Capítulo 34
Con los brazos cruzados, observo a Agnes charlando animadamente con una conocida.
Con disimulo busco mi móvil y abro la aplicación de mensajes; ni Michelle ni Bruno me han escrito nada.
Sé que un cumpleaños es solo una fecha, pero ellos nunca se habían olvidado.
Recorremos algunas tiendas, y a la hora del almuerzo comemos en un restaurante del centro.
Llevo fuera de casa desde temprano, y lo único que quiero es una ducha y quedarme todo el día en la cama.
Pasar el sábado en un salón de belleza debería ser sinónimo de alegría. Al fin y al cabo, Agnes pagó las uñas, el tratamiento facial y el peinado. Sin embargo, me siento triste.
Tal vez porque nadie se acordó de que hoy es mi cumpleaños. Ni siquiera mi padre.
—Isobelle —miro a Agnes e intento sonreír—. Antes de volver, necesito pasar por una tienda que hay aquí enfrente. ¿Te importa?
—No.
—Te noto triste —comenta con el ceño fruncido—. ¿No te ha gustado salir conmigo? Hablo demasiado, ¿verdad?
—¡No! No es eso, es que me duele la cabeza. Estos días, con todo lo de la boda... todo es una locura.
Agnes asiente y me toma de la mano.
—Se te pasará en cuanto lleguemos a casa —dice, y yo sonrío con educación—. Vamos rapidito, así no tardamos más.
Asiento y la sigo hasta el otro lado de la calle.
La tienda es una boutique, lo que me recuerda a mi antiguo trabajo. Los vestidos son preciosos, aunque los precios son una barbaridad. Agnes ya está en el mostrador, y cuando la dependienta saca una caja mediana con un lazo, frunzo el ceño. Tan rápido como entramos, salimos de nuevo.
La camioneta de Agnes está en un aparcamiento cercano, así que tardamos poco en llegar. Me acomodo en el asiento del copiloto y observo cómo colocan la caja en el asiento trasero.
—¿Ansiosa?
—¿Por qué? —pregunto sin entender bien a qué se refiere. ¿Hablaba de la boda, que ya está cerca porque casi es fin de mes?—. Creo que un poco, antes lo estaba más. No me lo esperaba.
—Te ama demasiado —comenta mientras sale del aparcamiento—. Él también estaba ansioso.
Sonrío con educación; en realidad no entiendo bien a qué se refiere, pero no quiero alargar la conversación.
¿Mattias también estaba ansioso? Miro de nuevo la hora y suspiro, casi las tres de la tarde.
Hoy, antes de salir, ni siquiera vi a Mattias; estaba tan ocupado que se fue sin despedirse.
Rosalinda aprovechó que yo salía y se fue a casa de Marcos.
Me hubiera gustado ir con ella, pero ya había aceptado la invitación de Agnes.
Echo tanto de menos a los gemelos que solo con pensar en ellos sonrío. María Alice con su vestidito blanco y João Pedro con su trajecito estaban tan monos juntos. No veo la hora de verlos entrar en la iglesia; seguro que me derrito en lágrimas.
De vuelta a casa, de vez en cuando Agnes dice algo y yo respondo con monosílabos. No quiero ser maleducada, pero no tengo ganas de socializar. En la carretera que lleva a la finca de Mattias, me extraña que Agnes se detenga y me mire.
—¿Qué pasa?
—Cierra los ojos —pide con una sonrisita. Quizá al ver mi cara de confusión, abre la guantera y saca un antifaz—. Vamos, póntelo.
—¿Por qu...?
—¡Es sorpresa! —ríe, y me lo entrega.
Obedezco y contengo una sonrisa.
Con los ojos vendados, siento un cosquilleo en el bajo vientre. Cuando la camioneta se detiene por segunda vez, todo está en silencio. Se abre la puerta, y aunque no veo nada, por instinto miro hacia un lado.
—¿Te divertiste en el pueblo? —Al oír la voz de Mattias, sonrío y le llevo la mano al rostro.
—Te echaba de menos, te fuiste esta mañana y ni siquiera te despediste. —Él ríe y me ayuda a bajar—. ¿Qué está pasando? ¿Ya puedo quitarme el antifaz?
Hablando en voz baja, me pide que espere, pero en cuanto nos detenemos oigo que alguien, al fondo, hace "shh".
—Ya puedes quitártelo.
Me quito el antifaz rápidamente. Entre felicidad y sorpresa, veo a todo el mundo sosteniendo globos de cumpleaños, mientras gritan "¡sorpresa!" al mismo tiempo.
—Feliz cumpleaños, mi amor.
Sin poder creer que él lo supiera, me lanzo a sus brazos y lo beso.
—Me engañaste muy bien —digo, dejando escapar algunas lágrimas—. Le voy a decir a tu madre que me hiciste llorar.
Mattias ríe y me da un último beso.
—Ella también lo sabía, todo el mundo lo sabía.
Sonrío y me aparto de él para ir a abrazar a mis amigos, que están allí.
—¡Felicidades, Belle! Cuánto te echaba de menos, amiga. No te enfades con nosotros, fue idea de tu vaquero. ¡Estás guapísima!
—Pensé que se habían olvidado de mi cumpleaños.
—Qué va —replica Bruno, atrayéndome hacia un abrazo—. Todo estaba organizado desde nuestra última visita.
En cuanto me separo de él, niego con la cabeza.
Nunca se me habría ocurrido esa posibilidad; de hecho, casi se me había olvidado a mí también.
Abrazo a los gemelos, que están de pie en las sillas, y luego a los demás invitados.
Hay mesas y sillas repartidas cerca del porche, además de la decoración, que estoy segura de que es idea de Michelle.
Me vuelvo hacia Agnes, que tiene los brazos cruzados.
—Felicidades, mi niña —dice, y me abraza—. Ya me sentía fatal al verte esa carita triste. Mereces ser muy feliz, y esto solo está empezando.
—¡Gracias! —nos separamos y miro alrededor—. ¿Dónde está mi padre?
—Viene enseguida —responde, y me acaricia la mejilla—. Él y Javier tenían una reunión importante. Las chicas ya deben de estar al llegar.
Asiento comprensiva; recuerdo que Débora había dicho que tendría que ir a algún sitio ese fin de semana. Feliz por la sorpresa, abrazo a Mattias de nuevo y río cuando sus brazos me levantan.
—Belle, amiga, luego ya besas al guapo —dice Michelle en voz alta, arrancando risas entre los invitados—. Vamos a socializar.
Le doy un último beso a Mattias y voy a sentarme con mi amiga.
La mesa está llena de dulces, aperitivos y bebidas.
Me pregunto cómo no me di cuenta de que Mattias estaba planeando esta sorpresa.
Lo miro completamente enamorada; conversa con sus hermanos mientras los gemelos se disputan su regazo.
La certeza de haber elegido al hombre de mi vida me golpea de lleno.
Al notar su mirada sobre mí, sonrío y recibo la misma sonrisa de vuelta.
Mi felicidad, en ese momento, es inmensa.
—Toda enamoradita... —oigo murmurar a Michelle, y la miro todavía sonriendo.
Empezamos a hablar sobre los preparativos de la boda; aunque ya lo habíamos comentado por mensaje, todo es distinto en persona. Le cuento que mi padre consiguió una fecha en la iglesia, y le hablo de nuestra casa, que está en obras. Unas horas después llegan mi padre, Javier, Débora, Nana y Kim.
Presento a quienes no se conocían, en especial a Nana y a Marcos. Al notar las mejillas sonrojadas de Nana, me parece adorable. Marcos no pareció incomodarse cuando le dije que ella sería su pareja, o al menos yo no logré descifrar del todo su mirada cuando se lo conté.
Marcos es todo un misterio.
Mi padre me regala un collar, aunque le había dicho que no necesitaba gastar en mí.
Al fin y al cabo, la boda y la fiesta corrían por su cuenta.
A pesar de que Mattias y Javier no se llevan bien, en ese momento ambos se comportan, incluso educados.
Ni una sola pulla, ni un comentario fuera de lugar, y me siento agradecida.
Pasa el tiempo, y en algún momento de la noche, cantamos el cumpleaños feliz y repartimos la tarta.
Marcos no tarda mucho en irse con los gemelos ya medio dormidos. Después de él, Matheus y Liliane. Agnes, antes de irse con mi padre, me entrega la caja de la boutique; me quedo sin palabras.
—Es solo un detallito —comenta mientras abro mi regalo.
El vestido es de color turquesa, tan suave al tacto. Le doy las gracias y la abrazo; mi padre, a su lado, me sonríe y se despide. Cuando ya solo quedamos nosotras, me vuelvo hacia Michelle, que mantiene los brazos cruzados y una sonrisita.
Bruno y Mattias ayudan a doña Rosalinda a recoger las mesas. Michelle me agarra rápidamente del brazo y entramos en la casa rumbo a la habitación. En cuanto cruzamos la puerta, dejo mi regalo sobre el mueble.
—Belle, tengo la impresión de que no me lo has contado todo.
Con esa pregunta la miro sin entender, y cuando se queda callada, trago saliva.
—¿Qué?
—Te casas el mes que viene —dice como si fuera obvio—. La última vez que estuve aquí, lo de la boda era solo una posibilidad.
Antes de responder, la observo.
Su mirada es de desconfianza, y con los brazos cruzados espera una respuesta.
Entonces me doy cuenta de que nunca le conté lo del embarazo.
Porque cuando ella se fue, yo solo tenía sospechas, y después pasó todo lo demás.
Con los preparativos, ni siquiera recordé que ella no lo sabía; soy una amiga pésima.
—Estoy embarazada.
Michelle me mira sorprendida al instante. Tal vez esa no era la forma correcta de decirlo, y como queriendo confirmar mis sospechas, abre los brazos.
—¿Así, sin más?
Sonrío con timidez y espero su reacción, que no tarda en llegar. Michelle me abraza y empieza a hablar de lo sorprendida que está, pero muy feliz de saber que será tía. Le devuelvo el abrazo y contengo las ganas de llorar.
—Es que han pasado tantas cosas.
—¿Tu padre amenazó a Mattias? —pregunta con tono preocupado. Niego, y ella frunce el ceño enseguida—. Entonces, ¿por qué decidieron esto? ¿Por el embarazo?
Niego con la cabeza.
—Es el hombre de mi vida —digo convencida—. No queríamos esperar más. Nuestra casa está en obras porque, cuando volvamos de la luna de miel, queremos tener nuestro hogar.
—Madre mía, Belle —Michelle jadea, llevándose una mano al pecho—. Un bebé... nunca pensé que te vería siendo madre.
—Voy a ser una buena madre.
—No lo dudo ni por un segundo. —Sonríe, sujetándome las manos—. Un bebé...
Su mirada tierna se posa en mi vientre.
—El primero de cinco.
—¡Dios mío, qué pícara! ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga santurrona? —Río y cojo la caja para guardarla en el armario—. Oye, Belle, te echo de menos en el trabajo. Allí está bien, pero echo en falta nuestras charlas.
—Eran buenos momentos —comento, volviéndome hacia ella—. ¿Sabes? Desde que vine a parar aquí, y conocí a Mattias y a su familia, por fin sentí que pertenecía a algo. —Cuando Michelle frunce el ceño, continúo—: No es que no me sintiera así contigo y con Bruno, pero es distinto con...
—Lo entiendo, Belle —me interrumpe con una sonrisita—. Y está todo bien, de verdad. No hace falta que te expliques. Pasaste por un mal momento con tu madre y con ese desgraciado. Es bueno saber que por fin sientes que tienes más gente que te quiere. De verdad.
La abrazo con fuerza.
Me siento fatal por no haberle contado lo de Benício, pero ya decidí que no volvería a mencionarlo.
Nos separamos y volvemos afuera. Al llegar a la puerta, veo a Mattias con una cerveza en la mano, charlando con Bruno.
Michelle va corriendo hacia él y le cuenta lo de mi embarazo.
Mi amigo se queda sorprendido y me abraza, felicitándome.
Se nota clarísimo que está feliz con la noticia, y yo me siento radiante.
Me siento en el regazo de Mattias y lo abrazo.
Su brazo me rodea la cintura, y la mano que antes sostenía la cerveza ahora descansa en mi muslo.
Nos quedamos charlando hasta la madrugada, pero pronto el cansancio nos vence.
Después de ducharme, me acurruco en la cama junto a Mattias, que me espera, y lo abrazo.
Michelle y Bruno dormirán en el salón; aunque doña Rosalinda quería cederles la habitación, mis amigos se negaron.
—Gracias, amor —murmuro, haciendo que Mattias me mire.
—Casi arruino la sorpresa —dice risueño—. No me gustó nada tener que rechazar tus invitaciones.
Sonrío e inclino mi cuerpo sobre el suyo. Nuestros labios se rozan, y con un movimiento Mattias me atrae hacia él.
—Casi lloro cuando, tan obviamente, te inventabas excusas.
Mattias sonríe, me besa, y lleva la mano detrás de la almohada. Sostiene una cajita alargada de color negro; lo miro sin poder creerlo.
—Mattias...
—Ábrela —ordena, interrumpiéndome. Me siento en el colchón, y él hace lo mismo. En cuanto abro la cajita, sonrío al ver la pulsera plateada cubierta de pequeñas piedras brillantes. Es tan delicada y preciosa—. ¿Te gusta?
—¡Me encanta! Pero no deberías gastar en mí —digo, todavía contemplando la joya. En cuanto veo la marca, lo miro alarmada—. ¡Mattias! Esto fue caro, de verdad no deberías haber gastado en mí. Nuestra casa, y...
—No te preocupes —pide, poniéndome un dedo en los labios—. Eres mi mujer, te mereces todo lo que pueda darte.
—Me vas a malcriar —bromeo, sosteniendo la pulsera—. Es realmente preciosa, Mattias.
Me pongo la pulsera y dejo que él la cierre. Antes de apartarse, sus labios rozan mi muñeca.
—Prefiero cuando me llamas "amor" —murmura, y me besa el cuello. Un escalofrío me recorre el cuerpo, haciéndome morder el labio—. Y no me importa malcriarte.
—Amor... —gimo al sentir sus besos bajar por mi escote—. Eres tan cariñoso —susurro, y luego lo hago mirarme—. No cambies conmigo, por favor.
Mattias me mira confundido.
—¿A qué te refieres?
Me encojo de hombros y bajo la mirada, pero él enseguida me hace mirarlo de nuevo.
—Es que me tratas con tanto cariño y amor —digo, sintiéndome un poco tonta—. Solo no quiero que te canses de mí. Yo invadí tu vida, y... ¿Estás seguro de que quieres casarte conmigo? No es por el bebé, ¿verdad? O...
—Bel —sus manos me sostienen el rostro—. Si pudiéramos, nos casaríamos ahora mismo. —En cuanto dice eso, sonrío—. Estoy completamente seguro de que te quiero a ti, y quiero formar contigo una familia enorme.
—Cinco hijos.
—Eso. —Sonríe, contagiándome la sonrisa—. Tú me diste un nuevo propósito de vida, Bel. La sola idea de no tenerte cerca es asfixiante. Salgo a trabajar contando los minutos para volver a tus brazos.
Lo abrazo con la intención de esconder mis lágrimas; debo de parecer una tontita llorona. Me quedo unos minutos aferrada a él, y cuando decido apartarme, me seco los rastros de lágrimas. Mattias me mira entre confundido y preocupado.
—Perdón.
—No tienes que disculparte. —Sonríe, acariciándome la mejilla—. ¿Te sientes mejor? —Asiento, y él continúa—: ¿Puedo hacer algo por ti? Lo que quieras.
De pronto, su sonrisa se vuelve pícara, y aunque tengo ganas de repetir lo de anoche, esta vez quiero otra cosa.
—¿Dormimos abrazaditos? —pregunto, un poco tímida. Él asiente enseguida, y sin perder tiempo me acurruco contra él.
Mattias lleva solo unos calzoncillos boxer, y a pesar del frío de la noche, su cuerpo está caliente. Siento su brazo rodeándome la cintura, y una de sus piernas se cuela entre las mías. Deposita un beso en mi cuello, y como respuesta, froto mi trasero contra él.
—Qué mala.
Sonrío y me froto una última vez.
—Buenas noches, amor.
Cierro los ojos y, junto a Mattias, dejo que la inconsciencia me venza.