Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Antes de salir de la habitación, ya listo para empezar el día, miro a Isobelle, tumbada semidesnuda sobre el colchón.

La sábana le cubre parte de la cintura, dejando los pechos al descubierto.

Todavía adormilada, se gira, dándome una vista de su trasero respingón, enrojecido por los apretones que le di anoche.

Solo de recordarlo, siento que mi cuerpo vibra pidiendo más.

Detrás de mí oigo que Brutus se acerca, y mi madre lo llama. Cierro la puerta para no despertar a Isobelle y camino hasta la cocina.

—¡Buenos días, hijo! —dice en cuanto me ve—. ¿Isobelle está durmiendo o en la ducha? —susurra, mirando hacia el pasillo.

—Durmiendo.

—¡Perfecto! Ahora explícame cómo vamos a organizar la sorpresa para ella.

El cumpleaños de Isobelle es este fin de semana, y nuestra boda es dentro de un mes. Me siento mientras la observo llenar una taza de café. Desde que Bruno me contó la fecha, he planeado mentalmente todo lo que vamos a hacer.

—Sus amigos llegan el viernes y se quedarán en casa de Marcos hasta el día siguiente —comento, y ella asiente—.

Ella cree que solo vienen tres días antes de la boda.

A principios de semana logré hablar con la señora Álvarez; le expliqué todo y aceptó llevarse a Isobelle a la ciudad ese día.

Así tendremos unas horas para organizarlo todo.

Mi madre me mira sonriendo.

—Va a ser tan feliz, hijo mío.

Asiento y doy un trago al café. Después del desayuno, pasaré por la obra para ver cómo va todo, y si necesitan algo más. Luego iré a la finca de Tibério, terminaré de revisar a los animales y les daré algunas indicaciones a los empleados.

Mientras como, escucho a mi madre hablar sobre Marcos, y sobre la posibilidad de pasar un tiempo en la finca con él.

No lo dice abiertamente, pero sé que está preocupada por él y por los gemelos.

Tuve la oportunidad de hablar con él el día que me acompañó a la obra, pero, como era de esperar, estuvo esquivando el tema todo el rato.

Marcos nunca ha sido de lamentarse, es un poco cerrado, pero sé que, en el fondo, está dolido.

Suspiro y asiento cuando mi madre menciona algo sobre ir al gallinero. Con prisa por salir, termino de comer y friego lo que he ensuciado. Me dirijo una última vez hacia la habitación, entreabro la puerta y dejo escapar una sonrisa.

Isobelle sigue durmiendo.

Cierro la puerta de nuevo y busco mi sombrero detrás de ella. Bajo las escaleras del porche y camino hasta la camioneta. Mi madre sale del gallinero con Brutus pisándole los talones. Me despido con la mano y ocupo enseguida el asiento del conductor.

La primera parada es en la obra, y enseguida me informan de que no han entregado parte de los materiales.

Aviso de que me encargaré del asunto, y entro a revisar lo que ya está hecho y lo que falta.

Como era de esperar, todo es un desastre, pero sé que al final habrá valido la pena.

Me despido del encargado y vuelvo a la camioneta.

Cuando por fin salgo de la finca de Tibério, el sol ya está alto en el cielo.

Subo rápidamente a la camioneta y me dirijo a casa.

Tengo hambre, y echo de menos a Isobelle; es en momentos así cuando pienso en tener un móvil.

Sería de gran ayuda. Enciendo la radio con una canción cualquiera y tomo rumbo.

En cuanto cruzo mis tranqueras, veo a mi madre con las manos en la cintura, mirando de un lado a otro.

Paro frente al porche, y al bajar ella abre la boca para hablar, pero al mirar por encima de mi hombro, suspira.

Miro hacia atrás: Isobelle se acerca por el caminito de tierra, sosteniendo con cuidado a un cachorro.

—¡Hija, qué susto me diste! —dice mi madre, y me mira—. Estaba en la cocina cuando la llamé y no obtuve respuesta.

—Perdón, doña Rosalinda. Vi que este gatito estaba subiendo al gallinero, fui a por él y el muy ingrato salió corriendo. Pero al final lo agarré. —Al terminar, sonríe y me muestra al pequeño—. Mira qué precioso, gruñó del susto, pero luego se puso a ronronear.

Un poco confundido, cojo al cachorro, que tiembla levemente. Observo el hocico, las orejas cortas, el pelaje que recuerda al de un jaguar.

—Bel, esto es un gato montés —murmuro, e Isobelle me mira sorprendida—. Es un animal salvaje, no podemos quedarnos con él. ¿Estaba subiendo al gallinero?

—Sí —confirma, y suelta un suspiro—. ¿En serio no podemos quedarnos con él? Es solo un cachorro y está solo.

Lo reviso por completo y no encuentro ninguna herida visible.

—Va a crecer y quedará casi del tamaño de Brutus —respondo, todavía examinándolo—. Y si logró llegar tan cerca, significa que la madre puede andar cerca, con más crías.

—Yo quería quedármelo.

Esta vez miro a Isobelle y sonrío de lado. Ese puchero la hace más adorable, pero no me gusta verle esa mirada triste.

—¿Quieres un gatito? Podemos adoptar uno, pero a este pequeño no podemos quedárnoslo. Necesita estar en el monte, no puede domesticarse.

Como respuesta, ella lo acaricia entre las orejas y sonríe al oírlo maullar.

—Es tan lindo —murmura, y lo sostiene con cuidado—. ¿Y qué vamos a hacer con él? Es tan pequeñito.

Miro a mi madre, que sonríe, pero enseguida nos da la espalda.

—¿Comiste? —pregunto, y ella asiente enseguida—. Voy a almorzar, y después lo llevamos al pueblo; allí las autoridades sabrán qué hacer con él.

—Está bien.

Me llevo las manos a la cintura y los miro a los dos. Quiero recuperar esa sonrisa que me alegra el día, ¿cómo puedo estar tan rendido por una mujer?

—Puedo comprarte buñuelos.

Entonces, esta vez, ella me sonríe a mí.

—¿Quieres comprarme con buñuelos?

—¿Va a funcionar?

Sin responderme, y todavía con el cachorro en brazos, pasa a mi lado con andar sinuoso.

Me mira por encima del hombro y parpadea despacio.

La sigo hacia dentro de casa y voy a comer.

Desde la cocina, veo a Brutus frente a Isobelle, que sentada en el sofá habla con los dos como si se los estuviera presentando.

Por fin, cuando salimos de la finca rumbo al pueblo, ya son casi las cinco de la tarde.

El camino transcurre en silencio; el cachorro, ahora dormido envuelto en una manta, será entregado a la policía local, que hará de intermediaria con los responsables de esos animales.

Podríamos haberlo soltado donde Isobelle lo encontró, pero probablemente algún cazador lo atraparía, y como el gato montés es una especie rara en peligro de extinción, no podemos hacer la vista gorda.

En el pueblo, entregamos al cachorro a la policía y avisamos del lugar donde fue hallado. Aprovechando que estamos allí, la llevo hasta la plaza y señalo un banco.

—¿Te molestaste conmigo?

—No, ¿por qué? —ríe mientras entrelaza nuestros dedos—. Solo estoy pensativa con todo esto.

Me giro para mirarla y le acaricio la mejilla.

—¿Ansiosa por nuestro gran día?

Isobelle sonríe abiertamente e inclina el rostro hacia mi mano.

—También —confiesa, y esta vez me mira de frente—. Estos días han sido demasiado ajetreados. Mi padre se fue a São Paulo.

—Me comentó que iba a viajar.

Después de respirar hondo, Isobelle observa nuestras manos entrelazadas, pero enseguida aparta la mirada. Le preocupa algo, se le nota en la cara. Antônio me dijo la última vez que lo vi, en su despacho con Tibério, que iría a São Paulo a resolver unos asuntos con la madre de Isobelle.

Me pregunto si ella lo sabe, pero no me arriesgo a preguntar.

—Creo que fue detrás de mi madre —dice sin rodeos—. ¿Te parece tonto que no la odie y que aun así me preocupe por ella?

—Tienes buen corazón, eso es distinto. —Respondo, y le toco la barbilla. Tiene los ojos llenos de lágrimas—. No me gusta verte así de triste.

Se le escapa una lágrima, pero se la seca enseguida.

—Me llamó dos veces hoy.

La miro sorprendido.

—¿Qué quería?

—No contesté, apagué el móvil y salí afuera. Fue cuando vi al gatito subiendo al gallinero, y llegaste tú. Creo que, tal vez, necesito cambiar de número.

—Está bien, podemos hacerlo —murmuro, y la siento acurrucarse contra mí—. Aprovechamos y me compro un móvil también.

—Ya iba siendo hora —replica, abrazada a mí; me río y la acerco más—. Te voy a estar mandando mensajes todo el día.

—No me voy a quejar.

Nos quedamos sentados en el banco un rato más. Las luces de la plaza están encendidas, y por los senderos que llevan a la fuente, muchos niños corren y juegan. Pronto será nuestro hijo el que corra y juegue ahí. Tener esa certeza me hace sonreír de oreja a oreja.

Le beso la coronilla a Isobelle.

—¿Cuándo vamos a comprar los buñuelos que me prometiste?

En un movimiento rápido, se pone de pie y me arrastra de la mano.

Antes de seguirla, me permito contemplar esa sonrisa preciosa, y sin poder contenerme, la atraigo hacia un beso.

Nuestros labios se encuentran, y mi cuerpo vibra con el contacto.

Queriendo profundizarlo, le rodeo la cintura con un brazo y la acerco más.

Sin embargo, Isobelle me detiene y sonríe.

—¿Qué pasa? —pregunto sin entender.

—Aquí no, señor Insaciable. La iglesia está justo detrás de ti.

Miro por encima del hombro y suspiro. Me vuelvo hacia Isobelle y arqueo una ceja.

Ella, sin darle importancia, me arrastra hacia el restaurante de Constantino.

Compramos dos empanadillas y dos bebidas.

No tenemos prisa por volver a casa; total, mi madre sabe que Isobelle está conmigo y mi jornada ya ha terminado.

Hablamos de algunos detalles más de la boda, y ella me recuerda lo de la prueba de los trajes. Comentamos sobre la luna de miel: el destino elegido es Maragogi. Pasaremos allí una semana, e Isobelle está muchísimo entusiasmada.

—Ah, ¿este fin de semana podemos ir a la cascada? —pregunta de repente—. Hace tiempo que no vamos.

—¿Este fin de semana? —repito para ganar tiempo—. Creo que no voy a poder, Bel —digo, y recibo un asentimiento a cambio—. Necesito adelantar unas cosas, pero podemos ir otro día. ¿Qué te parece?

—Claro, no pasa nada.

Sonrío para disimular y caminamos hacia la camioneta. En cuanto nos acomodamos, la miro de reojo. Se está poniendo el cinturón, pero en su rostro hay algo de tristeza. Tal vez podría ceder, pero ¿y si a la hora de organizar la sorpresa necesito resolver algo?

—¿Podemos salir el sábado por la noche, entonces? Hay sitios por aquí que no conozco.

Se ríe y me mira con ilusión.

—No sé —murmuro, sintiéndome fatal, pero sin querer arruinar la sorpresa—. ¿Puedo responderte ese mismo día?

Me mira sorprendida, pero asiente. Nos quedamos en silencio mientras tomo el camino de tierra; por el rabillo del ojo veo que mantiene la vista fija en la ventana.

—Si no podemos salir, podemos organizar una cena solo para nosotros. ¿Qué te parece?

—¿Es alguna ocasión especial? —pregunto, aunque sé perfectamente que sí lo es—. No sé a qué hora vuelvo, tengo algunas visitas con varios ganaderos. Bueno, en realidad con los animales, no con los ganaderos. Yo no atiendo personas, sino a los bichos.

Me callo de golpe y respiro hondo.

¿Qué tontería acabo de decir?

Intento relajarme en el asiento y apoyo el brazo en la ventanilla.

No me arriesgo a mirar a Isobelle, no vaya a delatarme y darle a entender que estoy mintiendo.

Después de unos minutos llegamos a la finca; mi madre está en el porche con una taza y Brutus tumbado a su lado.

Isobelle baja en silencio, pero al pasar junto a mi madre la saluda.

Me detengo en la entrada y la veo alejarse. Mi madre avisa que las ollas están sobre el fuego, pero no tengo hambre. Decidido a arreglar la situación sin echarlo todo a perder, voy hacia la habitación.

Empujo la puerta y veo a Isobelle de pie frente a la cómoda.

—Podemos salir el domingo, seré completamente tuyo.

—Está bien —intenta sonreír, y coge unas bragas y un vestido—. Si no puede ser, no pasa nada.

—Bel... —la llamo, y ella me mira—. Te amo.

Entonces, cuando sonríe, el peso que llevaba sobre los hombros desaparece.

—Yo también te amo.

Me acerco y la beso en los labios.

—¿Quieres ayuda con la ducha?

—No con tu madre despierta —niega, aunque su mirada recorre mi cuerpo—. Pero si tienes tiempo, la puerta va a estar sin llave.

Me río con esa pulla, y la sigo enseguida hasta el baño.

Al cruzar la puerta, la cierro con llave y observo a Isobelle quitarse la ropa con movimientos sinuosos.

La imito, quitándome también la mía, y me meto bajo la ducha.

La abrazo con ternura y ruego para que el fin de semana llegue rápido; no voy a aguantar mucho más tiempo mintiéndole.