Capítulo 24 #3
—Esto va a desaparecer —comentó, y luego tomó el camisón blanco de encaje—. Ahora, esas marcas en tu cuello, esas no son de ahora.
—Deméter... ayúdame, por favor. No puedo quedarme aquí, Benicio va a...
—No sabes obedecer —me interrumpió, un poco impaciente—. La antigua esposa del patrón también era así, de carácter difícil. Eso fue lo que los separó. Si obedeces, no te va a lastimar.
—¡Creo que estoy embarazada! —dije rápido, haciéndola mirarme sorprendida—. Si él me lastima... mi bebé...
—¿Embarazada?
Asentí con la cabeza y tragué saliva.
Sin decir nada más, Deméter me vistió y sostuvo la toalla contra el pecho.
—¿El bebé es de Benicio? —Confundida, negué, y la observé ir hacia la puerta—. ¿Estás segura? Porque tú y Benicio...
—¡El padre de mi bebé es Mattias! Jamás me acosté con Benicio.
Deméter negaba con la cabeza, y me miraba sin poder disimular su alegría.
Entonces, sin decir nada más, salió del cuarto y cerró la puerta con llave desde afuera.
En cuanto me quedé sola, me levanté y caminé hasta la ventana.
Al mirar por el vidrio, vi que era de noche, y algunos peones estaban repartidos por el área exterior.
Traté de ver el camino hacia la tranquera, pero no pude.
¿Cómo iba a escapar? Mattias ya había venido hasta aquí, y tal vez, al no encontrarme, no volvería más.
Sin saber qué hacer, me llevé la mano al pecho; me sentía tan nerviosa, con tanto miedo.
Miré mi anillo, que todavía llevaba puesto, y dejé caer algunas lágrimas.
Detrás de mí se abrió la puerta; todavía apoyada contra el vidrio de la ventana, vi a Benicio entrar con el látigo en la mano. ¿Me iba a golpear otra vez? Mientras él se acercaba, yo me alejaba hacia el baño.
—Por lo que veo, ya estás mejor —comentó, mirándome de pies a cabeza—. Ese camisón fue hecho para ti.
—¿Qué pretendes manteniéndome aquí? —pregunté, y con disimulo miré hacia el lado; estaba cerca del baño—. Mi padre y Mattias no van a descansar hasta encontrarme. ¿No ves el problema enorme que estás causando?
—Mattias Ferreira —murmuró, y empezó a desabotonarse la camisa que llevaba puesta—. Dime... ¿te gustó haberte acostado con él? —Me ignoró por completo, y respiré hondo en ese instante.
Sus manos bajaron hacia el cinturón, y aprovechando esa oportunidad intenté correr hacia el baño, pero antes Benicio logró agarrarme y, con extrema violencia, me tiró sobre la cama.
—¡Por favor! ¡No me toques!
—Isobelle —negó con la cabeza, quedándose con el pantalón colgando de la cadera—. Por tu culpa casi me muero, tuve una infección fuerte. Pasé buena parte del tiempo dormido, internado, y durante todo ese tiempo no tuve una mujer.
Me encogí en la cama y me abracé a la almohada.
—¡No quiero que me toques!
Benicio se rió y rodeó la cama; su mano me agarró la pierna, y sin querer que me tocara, empecé a forcejear. Me sujetó los brazos, y al sentir su perfume masculino tan cerca fue inevitable que las náuseas me atacaran.
—Él te probó —susurró cerca de mi oído—. ¿Qué te cuesta ser mi puta por hoy, antes de que te mate?
Al terminar la pregunta, no pude evitar las náuseas, y sin importarme nada vomité sobre Benicio. Él enseguida se apartó de encima de mí, y era evidente el asco en su rostro. Temblando, lo vi gritarle a Ernesto, que abrió la puerta rápidamente. A su lado apareció Deméter, y se quedó callada.
—Parece que le gustó quedarse con el jaguar —murmuró Benicio mientras se limpiaba con la camisa—. Si todavía no le dieron el sedante, ni se molesten. Vamos a ver hasta cuándo dura esta desobediencia de Isobelle.
—Sí, señor.
—¡Patrón! —Deméter finalmente habló; parecía nerviosa—. Isobelle me contó que está embarazada. —En cuanto lo dijo, los ojos furiosos de Benicio se posaron en mí—. Tal vez, por hoy, usted podría tener piedad y dejarla dormir aquí en la casa.
—¿Embarazada? —repitió, y como si recién ahora lo notara, se fijó en mi anillo en la mano derecha.
—Así es, señor —continuó Deméter, y dio un paso al frente—. Ya sabe cómo son estas jovencitas cabeza hueca, les gusta llevar la contraria. Debe de haberse sentido mal, no ha comido nada desde que llegó. Yo soy mujer y entiendo lo terribles e incontrolables que son esos mareos.
Me encogí en la cama, todavía bajo la mirada de Benicio, y para mi sorpresa él solo asintió con la cabeza e hizo un gesto con la mano.
En ese mismo momento, Ernesto me agarró del brazo y me arrastró hacia afuera.
Deméter pasó delante de nosotros como un cohete, y mientras caminábamos por el pasillo intenté ubicar hacia dónde íbamos.
Se abrió una puerta, y sintiéndome más aliviada vi que era un cuarto. Ernesto me sentó en la cama, y sin ningún cuidado me apretó la cara con una mano.
—¡Tienes mucha suerte! Pero que sepas que te voy a estar vigilando, y puedes estar segura de que si intentas algo, te vas a arrepentir amargamente.
Con desdén me soltó la cara, y estiró la mano hasta tomar un pedazo de cuerda que Deméter sostenía. Lo observé atarme las manos, y enseguida salió del cuarto.
—Podría cambiarte esa ropa sucia, pero voy a dejar que pases la noche así, como castigo. Espero que pienses bien en lo que estás haciendo. ¿Dónde se ha visto? ¿Vomitar encima del patrón? ¿De verdad perdiste el juicio, niña?
Queriendo solo ignorarla, me quedé mirando el techo. Deméter se comportaba como si yo fuera la gran culpable de todo, y aunque no quisiera, me hacía recordar a mi madre. No lograba notar ninguna diferencia entre las dos.
Como no le respondí, ella solo suspiró y, antes de salir, sacó la llave de adentro. Mientras oía cómo cerraban la puerta con llave, lloré sintiéndome verdaderamente aterrada.