Capítulo 19 #3
Tras mi orden, Mattias sonrió y me abrazó la cintura con un brazo.
Sus caderas, que hasta entonces habían estado quietas, empezaron a acompañar mis movimientos con más fuerza y rapidez.
Al sentir las sensaciones multiplicarse, gemí y eché la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello a los labios de Mattias.
Toda la camioneta se sacudía, y el calor sexual nos envolvía a ambos.
Los sonidos de nuestras pelvis encontrándose, y de las palmadas que seguía recibiendo, eran como música para mis oídos.
Miré a Mattias y me deleité con su expresión genuina de placer, y sin poder contenerme dejé que el orgasmo se apoderara de mi cuerpo.
Mientras me contraía, oí a Mattias gemir con voz ronca y apretarme la cintura con fuerza.
Dejé de moverme y sentí su miembro palpitar todavía dentro de mí.
Respirábamos como si hubiéramos corrido una maratón, y después de que los espasmos abandonaran mi cuerpo, apoyé nuestras frentes juntas y sonreí.
—No siento el cuerpo.
Mattias sonrió y recostó la cabeza en el respaldo del asiento.
—¿Hice un buen trabajo, entonces? —Asentí, extremadamente cansada, solté un suspiro y lo abracé—. ¿Te gustó la cabalgada?
Sonreí y me aparté para mirarlo a los ojos.
—Sí, y ya no puedo esperar a la próxima.
—Qué insaciable —bromeó, y me dio otra palmada seguida de un apretón—. ¿Volvemos a la finca?
—¿Podemos quedarnos unos minutitos más aquí? —pregunté, recibiendo una sonrisa y un asentimiento—. Necesito digerir todo lo que pasó esta noche.
Me acomodé, todavía sentada sobre Mattias, dejando que su miembro saliera despacio.
De novia había pasado a prometida, y eso me llenaba de alegría. En ningún momento sentí que todo fuera precipitado, pero tenía miedo de que algo saliera mal. Porque todo estaba yendo demasiado bien.
Con cariño me tocó la mejilla, y me miró detenidamente.
—¿Te arrepientes de haber aceptado mi propuesta de matrimonio?
—No. —Negué con una sonrisita—. Quiero casarme contigo. —En cuanto respondí, Mattias sonrió abiertamente—. ¿Y tú? ¿Estás seguro de que me quieres como esposa?
Sin demora, buscó mi mano y la puso sobre su pecho. Sentía perfectamente su corazón acelerado.
—Me pongo así cada vez que estás cerca —murmuró, sin apartar nuestras miradas—. Nunca en mi vida estuve tan seguro de algo como lo estoy ahora. Te quiero para siempre, Bel.
Sentí el pecho cálido, y sin fuerzas para contener las lágrimas, dejé que cayeran.
Mattias, al notarlo, me las secó y unió nuestros labios.
Empezó entonces un beso romántico, primero solo un roce de labios, pero enseguida su lengua pidió paso.
Automáticamente se lo concedí, y gemí en cuanto nuestras lenguas se tocaron.
Lo abracé más, sintiendo un escalofrío extenderse por todo mi cuerpo, y cuando lo noté endurecerse, me moví buscando más contacto.
—Y luego dices que la insaciable soy yo —bromeé cuando terminamos el beso; Mattias frotaba su erección entre mi trasero—. ¿No es así?
Se rio y empujó entre mis pliegues, pero enseguida volvió a frotarse como antes.
—¿Sabes qué podríamos intentar ahora?
Su tono malicioso y sugerente me hizo morderme el labio.
—¿Qué? —pregunté, y al instante sentí la glande presionar en la otra entrada—. De ninguna manera. —Negué, sintiendo el cosquilleo y unas ganas locas de que continuara—. ¿Ya viste tu tamaño? Es una locura.
—¿Solo un poquito? —pidió, y negué, sonriendo, nerviosa. Cada vez que forzaba en la otra entrada, mi cuerpo se erizaba entero y cerraba los ojos—. No seas miedosa.
—Nunca hice nada ahí —le avisé, y enseguida recibí varios besos por el cuello.
—¿Entonces lo hacemos en nuestra luna de miel? —preguntó, y lo miré—. ¿Me prometes que lo vas a pensar?
—¿Vamos a tener luna de miel? —pregunté, sorprendida, y él sonrió, asintiendo—. ¿Nos vamos a casar en la iglesia?
—Por supuesto, vestida de novia, con velo y corona de flores.
Sonreí, pero noté que hablaba en serio.
—Ya ni siquiera soy virgen.
—El cura no tiene por qué saberlo —replicó, y me atrajo más cerca. Sin apartar nuestras miradas, sentí sus dedos tocarme entre los pliegues—. Y quiero recibirte en el altar. ¿Tú no quieres?
—¡Sí quiero! —afirmé, y en cuanto sujeté su grosor, lo guié dentro de mí. Al ser penetrada, gemí y acerqué nuestros rostros—. Lo quiero muchísimo, Mattias.
Lo besé mientras nos movíamos, y sin despegar nuestros labios, empecé a desabotonarle la camisa que todavía llevaba puesta.
En medio de mi tarea, Mattias me subió el vestido, y en cuanto quedé sin él, por fin logré terminar de abrir los botones.
Rápido junté nuestros cuerpos, y jadeé con el calor que emanaba de su pecho firme.
Sin pudor, froté mis pechos contra Mattias, mientras movía las caderas.
En un movimiento rápido, Mattias me sujetó por la cintura y cambió nuestra posición.
De forma torpe, me recostó en el asiento, y al intentar quedar encima, me reí cuando lo oí maldecir.
Estaba completamente retorcido, pero en cuanto encontró una posición que nos favoreciera, me atrajo más cerca y sonrió.
Por lo visto, no íbamos a salir de ahí tan pronto.