Capítulo 10
Habían pasado ya varias horas desde que Rosalinda se había retirado.
Y aunque me obligaba a dormir, no lo lograba.
Con un suspiro me senté, todavía enrollada en la manta, y observé a Brutus, que ahora dormía en el otro sofá.
Me sentía inquieta, y mi mente me traicionaba enviándome imágenes de Mattias y de mí, cerca de la puerta.
De la caricia en la mejilla y los labios.
Solo con recordar aquel roce en mi piel me quedaba con una sensación extraña. Me llevé los dedos a los labios y cerré los ojos. No era lo mismo que cuando Mattias me tocaba.
Suspiré y me levanté del sofá.
En cuanto mis pies tocaron el suelo frío, me abracé a mí misma y me dirigí a la cocina. Todo estaba a oscuras, pero la luz de fuera se colaba por las ventanas de cristal. Al llegar al armario, abrí una puerta y saqué un vaso.
Un vaso de agua me ayudaría a calmarme.
—¿Sin sueño?
Sobresaltada, me giré y vi a Mattias en la entrada de la cocina. Solo llevaba una camiseta de tirantes y un pantalón corto oscuro. Se acercaba despacio, y se detuvo cuando estaba a un brazo de distancia.
—Me has asustado —dije, girándome para llenar el vaso con agua del filtro—. Sí, sin sueño. Creo que me impresionó lo del chupacabras.
Bromeé y volví a mirarlo.
—A José le va a encantar saber que crees en esas cosas.
Me encogí de hombros y bebí un trago de agua.
—No entiendo por qué tú no crees —dije, observándolo con atención—. Seguro que tus abuelos, o hasta tu madre, conocen alguna historia.
—Yo solo creo en lo que puedo ver —respondió, y me quitó el vaso que sostenía—. En toda mi vida nunca he visto uno de esos bichos, así que...
Al terminar de hablar se bebió toda mi agua, y luego estiró el brazo para dejar el vaso en el fregadero.
Al sentir el buen olor que desprendía, cerré los ojos e inspiré.
Entonces una mano me tocó la cintura, y al abrir los ojos, vi a Mattias acercarse y pegar su cuerpo al mío.
Con el contacto, resoplé y me mordí los labios.
—Mattias...
—Cada vez que te muerdes el labio así —me interrumpió, apoyando la nariz en la mía. Nuestros labios se rozaron apenas, pero enseguida siguió hablando—: siento celos, y unas ganas de quedarme con todos tus besos.
Embriagada por el momento, froté mi mejilla contra la suya.
La barba tupida, en contacto con mi piel, me hizo imaginármela rozando en otro sitio.
Solo de pensarlo, me dio vergüenza. Rocé nuestros labios lentamente, y Mattias intentó profundizar el beso, pero lo aparté y le toqué los labios con el dedo índice.
Sus ojos mostraban un deseo crudo y descarnado.
Volví a juntar nuestros labios en un pico, y Mattias intentó de nuevo profundizar el beso. Esta vez, sin embargo, fue más rápido. El brazo en mi cintura me abrazó, acercándome más, y su mano grande fue hasta mi nuca. Me agarró el pelo con posesividad, dejándome sin poder moverme.
Las piernas me temblaron, y un delicioso escalofrío me recorrió el cuerpo. Mi respiración se volvió irregular, sentía el corazón desbocado, y en esos segundos lo miré a los ojos.
—M-Mattias...
—Este es el momento en que me detienes —dijo con la voz tan ronca de deseo que apenas pude oírlo—. Me he contenido porque no quiero asustarte. Pero Dios sabe lo difícil que ha sido para mí estos días.
Sorprendida por esa confesión, tragué saliva y dejé que mis ojos recorrieran su rostro.
—Pensé que te molestaba —dije, notando su mirada confusa.
—Estás lejos de ser una molestia —murmuró, tirando de mi pelo, dejando mi cuello expuesto para él—. Vamos, Isobelle. O me apartas ahora, o déjame besarte como llevo fantaseando.
Al sentir los besos y mordiscos por mi cuello, gemí bajito y, sin darme cuenta, froté mi pierna contra Mattias.
Sentía el cuerpo en llamas, y una deliciosa inquietud entre las piernas.
Quería hablar, pero de mis labios solo salían suspiros y gemidos.
Y todo se intensificó cuando Mattias lamió mi cuello y me apretó entre sus brazos.
—Aah...
—Voy a tomármelo como un sí —susurró junto a mi oreja.
Entonces sus labios tomaron los míos con hambre.
Su lengua, al rozar la mía en una caricia erótica, me hizo gemir y llevar las manos a su pelo rubio.
No lograba controlar mi cuerpo, que se movía inquieto en busca de alivio.
En pocos segundos de beso ya había cogido el ritmo que él marcaba.
A veces me mordía los labios, otras los succionaba, haciéndome repetir los mismos movimientos.
Mientras me besaba, podía sentir perfectamente algo duro rozándome el vientre.
Y sabía exactamente qué era, lo que me encendió aún más.
La mano que me apretaba la cintura se deslizó hasta mi muslo desnudo y tiró de él hacia arriba.
Parecía que Mattias iba a devorarme ahí mismo, apoyada contra el fregadero.
Apartándolo para poder respirar, no me moví cuando su mano subió despacio hasta mi pecho y el pulgar frotó mi pezón endurecido.
Fue con un deseo intenso que observé a Mattias apretarme el pecho, para después bajarme el escote.
En todo momento me miraba fijamente, tal vez buscando algún rastro de inseguridad en mí.
Con el pecho desnudo, me mordí el labio y esperé a que Mattias hiciera algo.
Su brazo fuerte me rodeó la cintura y de un impulso rápido me dejó sentada en la encimera. Tiré de la camisa de Mattias, queriendo sentir de nuevo sus besos y sus manos recorriéndome el cuerpo.
—Que esto no sea un sueño...
En cuanto terminé de hablar, vi a Mattias sonreír y quitarse la camisa.
—No lo es —confirmó, y enseguida tomó mis labios en un beso delicioso—. Sin saberlo, llevas un tiempo quitándome el sueño.
Sonreí ante eso, y antes de que pudiera decir algo más...
Sus labios se cerraron sobre mi pecho, succionando y mordiendo el pezón.
Sin poder contenerme, gemí más fuerte, y Mattias rápidamente me tapó los labios con la mano.
Me puse tensa ante la posibilidad de que Rosalinda despertara, pero enseguida volví a relajarme cuando su lengua lamió mi pecho.
Tenía las bragas completamente empapadas, y lo único que quería era que Mattias me tocara ahí.
El calor que me estaba volviendo loca no cesaba, y al bajar la mirada vi su lengua migrar hacia el otro pecho.
—M-Mattias... —lo llamé en un susurro, y él me miró, aún con los labios en mi pecho.
Busqué su mano, aunque me diera vergüenza, y la guie hasta mis bragas. Él, por su parte, soltó mi pecho y sonrió de lado. Ni quería imaginar cómo tendría el valor de mirarlo a la cara al día siguiente, pero en ese momento solo quería disfrutar. Abrí más las piernas y esperé a que hiciera algo.
Sus dedos frotaron despacio la tela de las bragas, y con intención de intensificar la caricia, Mattias metió dos dedos por debajo, haciéndome morder el labio para evitar que el gemido sonara demasiado alto.
Completamente rendida a él, acerqué mis labios y lo besé. Él frotaba mi clítoris con maestría.
—Qué mojada estás —susurró contra mis labios—. Me estás volviendo loco.
Con cada presión de los dedos de Mattias, sentía que mi cuerpo estallaría de placer en cualquier momento.
Aferrada a su pelo, eché la cabeza hacia atrás y me deleité cuando Mattias me penetró con los dos dedos.
Sentir esas sensaciones nuevas me hizo gemir de placer entre lloriqueos.
Ya me había tocado alguna vez en la ducha, pero aquello era completamente distinto.
—Tengo ganas de follarte aquí mismo —me advirtió, con el rostro pegado al mío—. Follarte hasta dejarte ronca de tanto gritar.
—Tu m-madre puede aparecer —respondí, sintiendo sus dedos penetrarme más rápido—. M-Mattias...
Abrazada a él, me llevé la mano a los labios y me los tapé mientras sentía los espasmos recorrerme el cuerpo entero.
Todavía podía sentir sus dedos apretándose dentro de mí cuando Mattias me tomó en brazos y me besó.
Estaba demasiado sensible, y en cuanto mis pechos rozaron su torso desnudo, gemí.
El calor que desprendía Mattias estaba reavivando el fuego en mí.
—Creo que es mejor que paremos —dijo, mirándome a los ojos. Sin poder hablar, solo asentí—. Aunque dormir es lo último que quiero hacer ahora.
Al dejarme en el suelo, las piernas me flaquearon, pero Mattias me sostuvo enseguida.
Despacio me acomodé el vestido y me froté las piernas.
Estaba tan húmeda que me resultaba incómodo.
Sin poder evitarlo, miré el pantalón corto que llevaba Mattias y tragué saliva al notar la erección marcada bajo la tela.
Tenía ganas de ponerme de rodillas y llevármelo a la boca, pero me daba vergüenza. En silencio lo vi agacharse, recoger la camisa que se había quitado y ponérsela. Por último, Mattias me miró y me acarició la mejilla.
—Yo...
—Buenas noches, Mattias —lo interrumpí, recibiendo una mirada confusa—. Mejor vete a tu cuarto.
Mattias seguía observándome, y por dentro me sentía completamente avergonzada.
No era normal en mí entregarme de esa manera, pero me sentí tan bien entre sus brazos que solo quise sentir y corresponder a esas sensaciones.
Algo cruzó por sus ojos, y cuando pensé en explicarme mejor, él asintió con seriedad y me dio la espalda.
Brutus, que estaba en el sofá, caminó hacia mí y se detuvo frente a mí.
Con un suspiro me volví hacia el fregadero y negué con la cabeza.
Mañana buscaría la ocasión de hablar con él y le explicaría la situación.
No quería que se molestara, ni que la convivencia entre nosotros se volviera rara.
Y de ninguna manera quería faltarle al respeto a Rosalinda, que desde que llegué había sido como una madre para mí.
Pasé junto a Brutus y fui al baño a asearme.
Al mirarme al espejo, contemplé mis labios enrojecidos por los besos y me llevé los dedos al cuello. Negué con la cabeza y abrí el grifo. Hablaría con Mattias y todo se arreglaría.