Capítulo 09
Con los brazos cruzados, escucho atentamente lo que José y Leôncio comentan sobre las muertes en la finca del Forastero.
Los ataques al ganado me preocupan bastante, porque sé que si está pasando en las fincas vecinas, no tardará en llegar a mis tierras.
Miro hacia el final del cercado y suspiro.
Tal vez poner trampas, pero en puntos estratégicos.
—Mattias, quizá si ampliamos el corral y reforzamos la entrada, evitaríamos que el bicho entre.
—¿Cuánto tiempo creen que tardaremos? Las vacas no pueden quedarse a la intemperie.
—Un mes debería bastar —responde Leôncio—. Pero tiene que ser buena madera, como la del granero.
—Un mes —repito, asintiendo—. No hay otra. No puedo perder ni una vaca más. En cuanto terminen aquí, empezamos con el corral. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, patrón —José asiente, y me da una palmada en el brazo—. Ahí viene la patrona.
Confundido, miro hacia donde señala y siento que el corazón me late más fuerte. Isobelle se acerca con una taza en las manos, pero lo que me deja desconcertado es el vestido que lleva. La tela azul le marca la cintura fina, y el escote realza a la perfección sus pechos medianos.
Bajo la mirada y, sin poder evitarlo, recorro su figura entera.
—Séquese la baba, patrón —se burla Leôncio, pero al recibir una mirada seria, se aparta y se acerca más a José.
Al verla cerca de la valla, trago saliva e intento disimular lo afectado que estoy.
—Hola. —Sonríe y me tiende la taza—. Tu madre dijo que no tomaste café. Así que te lo traje.
—Gracias.
—Ey, señorita. —José la llama, captando su atención—. ¿Se enteró de que el chupacabras atacó el ganado del Forastero? Es lo que anda diciendo la gente.
Cuando termina de hablar, noto la confusión genuina en su mirada.
—¿Un qué? —pregunta, lo que me hace reír—. ¿Qué pasa?
—El chupacabras es una leyenda.
—No, no lo es —replica José. Pongo los ojos en blanco, sabiendo que volveríamos a la misma discusión de siempre—. Mi tío por parte de madre luchó contra él y sobrevivió.
—¿Entonces es un hombre? —pregunta Isobelle, apoyándose en la valla.
Sin poder evitarlo, miro el escote, pero enseguida aparto la vista. Sé que no está bien, pero me cuesta controlarme.
—No.
—Sí.
Mientras bebo el café, noto a Isobelle interesada en el tema, mirando a los dos hombretones frente a mí con expectación.
—Puede andar como un hombre —murmura Leôncio, quitándose el sombrero para secarse el sudor de la frente—. Es como si fuera un hombre lobo.
—Los hombres lobo no existen.
Todavía con la taza en la mano, me siento en la valla. Isobelle sonríe, y eso la hace aún más bonita.
—El hombre lobo sí existe, ¿no te acuerdas de que en la última luna llena unos ganaderos se quejaron de las gallinas mutiladas?
—¿Y quién dice que no fue el chupacabras?
—Porque no lo fue.
—El chupacabras es la criatura más temible que existe. —José vuelve a la carga, mirando a Isobelle, mientras Leôncio, detrás de él, niega con el dedo—. Les arranca la cabeza a las víctimas y les chupa la sangre. Nadie sobrevive para contarlo.
—Pero usted dijo que su tío sobrevivió.
Río, encontrando graciosa la cara de José, pillado en el renuncio.
—Ese era otro chupacabras.
Sin poder contenerse, Isobelle ríe y niega con la cabeza. Salto de la valla y me pongo a su lado.
—Bueno, ahora dejemos que terminen ahí.
Caminamos en silencio hacia la casa.
Desde el día en que tuvimos aquel momento en el corral, no me he atrevido a acercarme a Isobelle.
Sin querer, escuché el motivo por el que había huido de su ciudad natal hasta aquí.
Cuando la oí hablar de ese maldito padrastro, y el miedo en su voz, me destrozó por completo.
Solo quiero protegerla, y en el corral sentí el deseo de besarla, de hacerla mía ahí mismo.
Pero me acordé de su dolor, y no pude seguir adelante.
No puedo involucrarme, no quiero asustarla.
No quiero hacerle daño.
Así que me mantuve distante, por su bien y por el mío.
—No le hagas caso a lo que dicen. —Cambio de tema, haciendo que me mire.
—Tranquilo. Solo me quedé confundida con lo del chupacabras.
Río y camino hacia el porche.
—¿Nunca habías oído hablar de él?
—No era un tema del que hablara en mi día a día.
Me siento en el escalón de la entrada, y ella me acompaña.
—Depende de tu imaginación cómo te lo imagines. Unos dicen que es un animal de cuatro patas, otros que parece una bestia con dientes afilados, pero que puede andar como nosotros.
—¿Nunca lo has visto?
—Yo sí he visto lobos.
Al oír un ruido acercándose, veo la camioneta negra entrar en la propiedad, e Isobelle se arrima a mí. Mira nerviosa hacia la entrada.
—Es Marcos.
Ese suspiro de alivio me incomoda. Sé que solo mencionar el nombre de Benício Menzzotti le provoca a Isobelle un miedo tremendo.
Y lo único que quiero es poder ponerle fin a esa situación.
Salgo de mis pensamientos; Marcos aparca y baja con expresión abatida.
Mi hermano está pasando por un mal momento en su matrimonio.
En cuanto abre la puerta trasera, Maria Alice salta a sus brazos y ríe a carcajadas cuando él la lanza hacia arriba.
João Pedro, en cuanto baja, corre hacia nosotros.
—¡Tío! ¡Tío! Papá dijo que hoy nos quedamos aquí con la abuela.
Sonrío y lo abrazo. Miro a Marcos y noto que observa a Isobelle con atención.
—Buenos días, hermano —murmura; le respondo con un gesto—. Isobelle.
—Buenos días. Hola, Maria, ¿qué tal?
—Tía, cuánto te he echado de menos —dice, mientras baja de los brazos de su padre—. Traje mi cuaderno rosa del cole. Ya aprendí a hacer la a, la e, la i, la o, la u.
—Yo también aprendí —dice João Pedro, y como respuesta, Maria Alice le saca la lengua—. Tío, ¿dónde está la abuela? Le voy a decir que Maria me sacó la lengua.
—¡No, João!
Y así, como dos huracanes, los pequeños corren dentro de casa buscando a su abuela.
—¡Sin correr! —grita Marcos, sin ser obedecido. Al final suspira y se pasa la mano por la cara—. Bueno, yo ya me voy. Cualquier cosa, me avisas.
—Vale, cuídate.
Después de despedirse con la mano, deja las mochilas en el suelo junto a Isobelle y vuelve a la camioneta.
Sin apartar la vista de él, lo veo desaparecer en cuanto cruza las cancelas.
Desde donde estoy oigo los ladridos de Brutus y a los niños gritando a la vez.
La casa se convierte en un caos cuando llegan los pequeños, pero me gusta.
Me giro para observar mejor, al mismo tiempo que Isobelle.
Esa sonrisa preciosa me golpea directo en el pecho, y sin entender muy bien por qué, siento un cosquilleo en el estómago. Al notar que la miro, ella vuelve a morderse el labio y me observa. Sus ojos parecen entender lo que pasa por mi mente, y estoy casi seguro de que sí lo sabe.
—¿Qué pasa? —esa voz tan melodiosa y dulce me llega a los oídos.
Me encojo de hombros, sin confiar en mi voz en ese momento. Quiero preguntarle si tiene idea de cómo me pone, pero en un lugar más privado. Como mi habitación.
—Solo un poco de curiosidad.
—¿Sobre qué?
A veces se muestra más segura, más respondona —como en la cocina el otro día— y eso me gusta. Pero otras veces parece tan indefensa.
—¡Tía! —Desvío la mirada hacia la entrada; Maria Alice sostiene el dichoso cuaderno rosa—. ¿Quieres ver ahora mi a, e, i, o, u?
Isobelle parece de verdad interesada, y eso me hace sonreír. Es evidente que le gusta prestarle atención a Maria Alice, y que no lo finge.
—Esta de aquí es mi "a", y en esta está la "b". Pero no son de la misma familia.
—Es preciosa. —La elogia, y pasa a otra hoja—. ¿Esta también la hiciste tú?
—¡Sí, tía! Me la enseñó la tía Clau. Tengo dos tías en el cole. —Dice, haciéndome sonreír. El día que mi hermano me contó que iba a ser padre, sentí envidia. Yo también sueño con tener mi propia familia—. La tía Clau y la tía Lô.
—¿Y te caen muy bien las dos?
—Sí, sí, tía, hoy voy a dormir aquí contigo. Mamá se fue.
Sorprendido por lo que dice, veo a Isobelle mirarme asustada. Suspiro y niego con la cabeza. Con cariño, le acaricio el pelo lacio y rubio. Listo para decir algo que la haga sonreír, me detengo al ver a Isobelle tocarle la mejilla regordeta.
—Me alegra mucho que duermas aquí conmigo. Yo también te eché mucho de menos.
Maria Alice sonríe y la abraza.
Y yo me quedo ahí, solo observándolas.
Entretenido con las dos, oigo galopes a lo lejos.
Por la cancela pasa Sebastião a caballo. Cuando se acerca, se detiene a una distancia prudente. Noto la sonrisa que le dedica a Isobelle. Automáticamente me acuerdo de mi ridícula escena de celos.
—Buenos días, Isobelle —saluda, quitándose el sombrero—. Peque.
—Hola, tío Tião, mira mi cuaderno.
—Muy bonito. —Sonríe, y luego me mira a mí—. ¿Podemos hablar?
Antes de responder, miro a Isobelle y me pongo de pie.
Al verla coger a la pequeña y entrar en casa, vuelvo la mirada hacia Sebastião, que prácticamente se la come con los ojos.
Suelto un suspiro pesado, odiando de nuevo esos celos que siento, y le indico hacia el granero.
A cada paso intento controlar ese sentimiento posesivo que crece en mi pecho.
Sé que Isobelle no es nada mío, que solo está aquí por una casualidad del destino.
Pero es imposible metérselo en la cabeza a mi maldito cerebro.
Vuelvo la atención a Sebastião, que baja del caballo.
—Ni te voy a preguntar qué pasó para que tengas esa cara —dice, cruzando los brazos—. Investigué lo que me pediste, y resulta que Menzzotti no está en la finca.
—¿Y dónde está?
—Por lo que me dijeron en el bar, está ingresado —responde, dejándome sorprendido—. Lo asaltaron y el ladrón le dio en el ojo; parece que el desgraciado perdió parte de la visión.
Sin poder disimular, miro hacia la casa. ¿Isobelle le había hecho eso? Entonces recuerdo cuando ella contó que Benício la había encerrado en su cuarto. Solo de imaginar lo que pasó en manos de ese desgraciado, siento que me hierve la sangre.
—¿Entonces la finca está sola?
—Ernesto está ahí. ¿Por qué me pediste que investigara esto? ¿Desde cuándo te importa lo que le pasa a Menzzotti?