Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1) Capítulo 01
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Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1)

Protegida por el Cowboy (Intensa Tentación nº 1)

Por Jasmine Morazzo

© inepub.com

Capítulo 01

Siempre notó las miradas cargadas de maldad del hombre que la había criado y que siempre quiso controlarla; jamás imaginó que su vida podría desmoronarse.

En una sola noche todo cambió. Tuvo que defenderse de un ataque y, para lograrlo, se manchó las manos de sangre, y aun siendo inocente, la persona más importante, la que debía estar a su lado, se volvió en su contra.

Una huida.

Una nueva ciudad.

Isobelle necesitaba esconderse, y aunque Vassouras no fue su elección, terminó convirtiéndose en su refugio, que tal vez, por obra del azar, podría ser también su nuevo comienzo.

A los 34 años, Mattias Ferreira es un vaquero reservado y bastante rudo, que desde niño trabaja en el campo para ayudar a su madre.

Prefiere ocuparse de los animales y tratar con ellos antes que con las personas, y sobre todo, mantener el control de todo lo que lo rodea.

Sin embargo, la llegada de una joven a sus tierras podría cambiar todos sus principios, y sin darse cuenta, su instinto protector despertó como nunca antes le había sucedido.

Desde mi cuarto puedo oír las voces apagadas de los amigos del marido de mi madre. Todos los domingos era siempre lo mismo: se reunían aquí en casa, lo desordenaban todo y después se iban dejando el desastre de regalo.

En cuanto salgo del cuarto, oigo mejor el alboroto de los primates. Al detenerme en lo alto de la escalera veo a mi madre dirigirse a la cocina, sosteniendo unas latas de cerveza vacías. Suelto un suspiro rápido y voy hacia ella.

Ya en la cocina, abre cuatro cervezas con una sonrisa boba. En la estufa había varias ollas y sobre la mesa, botanas.

—Llévales estas cervezas —me ordena en cuanto me ve—. ¡Rápido!

—Mamá, estaba pensando en...

—¡Márcia! —Al mirar hacia atrás veo a mi padrastro y a sus amigos observándonos—. ¿Dónde están las cervezas?

—Ya van, mi amor. —La sonrisa de mi madre es la más enamorada que le he visto jamás—. ¡Isobelle!

Al oír el tono de regaño, tomo las cuatro cervezas y me dirijo a la sala.

En cuanto los amigos de mi padrastro me recorren con la mirada de arriba abajo, me siento incómoda.

Parecía que podían desnudarme solo con los ojos, y esa sensación no era nada agradable.

Le entrego una cerveza a cada uno, y cuando le doy la suya a Jorge, sus dedos rozan los míos.

Retiro la mano de inmediato y, antes de apartar la mirada, alcanzo a ver la sonrisa ladeada que él conserva.

Salgo de la sala a toda prisa y regreso a la cocina.

Podía ser cosa de mi imaginación, pero no era la primera vez que Jorge hacía eso; siempre que podía me tocaba de alguna forma o me miraba tan intensamente que me sentía invadida.

—Ayúdame con la comida. Tú solo te la pasas encerrada en ese cuarto.

Sin responder, voy hasta la olla. Al destaparla, el aroma delicioso de los frijoles me envuelve.

Trabajo toda la semana, sin descanso, en una boutique del centro comercial, pero por cómo habla mi madre, cualquiera pensaría que no hago nada.

—Prepara las rebanadas para asar en la parrilla —me ordena, y enseguida añade—: Después ve a cambiarte ese short, tenemos hombres en casa.

En cuanto oigo eso, dejo lo que estoy haciendo y miro a mi madre.

—Y no me mires así —dice acercándose, con el dedo apuntándome—. Cuando vivas sola en tu propia casa, puedes andar hasta desnuda si quieres, pero no voy a permitir que uses ese tipo de ropa cerca de Jorge.

—¿Y qué tiene mi ropa, mamá? —pregunto, viéndola llevarse las manos a la cintura.

—¿Que qué tiene? —repite, incrédula—. Andas como si nada, exhibiéndote... ¡eso no lo quiero!

Sacudo la cabeza, incrédula, y aparto la mirada.

Tal vez debería irme de verdad, tener mi propia casa, mi privacidad. Vuelvo la atención al fregadero y busco los trozos de pollo. Llevo cinco meses trabajando en la boutique, he ido ahorrando algo de dinero que podría ayudarme si decido alquilar un apartamento. Uno barato.

En realidad, muy barato.

— Si los jóvenes escucharan a sus padres, se evitarían muchas desgracias —retoma mi madre, sacándome de mis pensamentos —. ¿Por qué crees que pasan tantas cosas terribles en las familias? Sobre todo con esas jovencitas que no tienen nada en la cabeza.

Un poco alterada por ese comentario, me giro hacia ella y cruzo los brazos.

— ¿Qué estás insinuando? ¿Que la culpa de que pasen esas cosas es de las víctimas? ¡Mamá, por el amor de Dios! ¿Cómo puedes pensar así?

— Como si lo que digo fuera mentira — replica abriendo el refrigerador—.

En mi época esas cosas no pasaban, ¿sabes por qué?

Porque cada quien sabía cuál era su lugar.

Cada mujer sabía valorarse, pero ¿hoy? Muchas andan metiéndose con quien no vale la pena, vistiéndose de esa manera...

¿cómo va a respetar a una mujer que ya ni se viste decentemente?

— En tu época todo se ocultaba, mamá. Los maridos podían serles infieles sin que nadie los juzgara, y nosotras teníamos que quedarnos calladas y sumisas. Pero ahora los tiempos son otros. Estamos luchando para que nos escuchen y nos respeten. Nosotras...

— ¡Eso son tonterías! No me vengas con esa cantaleta de siempre.

Demasiado cansada, me lavo las manos en el grifo y paso junto a mi madre.

— ¿A dónde vas? — pregunta, plantándose en la entrada de la cocina —. ¡Isobelle, vuelve aquí! ¡Isobelle!

— ¡Isobelle!

Al oír la voz de Jorge, me detengo a mitad de la escalera y me giro hacia la sala. Estoy asustada por la forma en que me mira, pero no lo demuestro.

— ¿No oyes que tu madre te está hablando?

Miro a mi madre, que tiene una expresión furiosa.

— No soy sorda — respondo.

Y noto que sus amigos se ríen, lo que lo hace respirar hondo.

— Baja ahora mismo y discúlpate con tu madre.

Pongo los ojos en blanco al oír esa frase y sigo subiendo hacia mi cuarto. ¿Puede que esté siendo infantil? Sí, pero cuando mi madre empieza con esos pensamientos tan machistas, prefiero alejarme antes de que estalle una pelea peor. Ya en mi cuarto, cierro la puerta y suspiro.

¿Cuál era mi problema? Tengo veintitrés años, y seguir en esa casa ya no era tan sano como antes.

No me gusta pelear con mi madre, ni tampoco que Jorge se meta en esas discusiones creyendo que tiene algún poder sobre mí. Así que, decidida, voy hasta el armario y saco mi mochila. En cuanto me planto frente a los cajones, respiro hondo y empiezo a sacar algo de ropa.

De repente, mi puerta se abre de golpe.

—¿Qué estás haciendo?

Ignorando a mi madre, vuelvo al armario y saco mis bragas y sujetadores.

— Me voy — digo, y me maldigo por sonar tan infantil —. Te quiero mucho, pero parece que haces todo lo posible para que te odie.

— ¿Me odias? — pregunta, incrédula —. ¿Cómo puedes decir eso?

Nerviosa, dejo la mochila sobre la cama y me giro por completo hacia ella.

— Mamá, no te odio — digo, negando con la cabeza —, pero haces que todo parezca que la culpable soy yo. Como si la ropa que uso fuera para exhibirme ante alguien. Me visto como me gusta, como me siento bien.

— ¡Te vistes como una cualquiera! ¿Ese short es para andar en una casa donde hay un hombre? ¡Uno que ni siquiera es tu padre!

Con el ceño fruncido y los ojos ardiéndome, vuelvo mi atención a la mochila.

— Éramos más felices cuando Jorge no estaba aquí — digo, sentándome en la cama —. Estás completamente distinta.

Con la cabeza gacha, veo por el rabillo del ojo cómo mi madre se acerca al armario.

— ¡Si quieres irte, vete! — exclama, arrojándome algo de ropa encima —. ¡No voy a dejar al hombre que me da lo que necesito y que me ama, por un capricho malcriado tuyo! ¿No ves que soy feliz con él? ¿Por qué insistes en ser como el maldito de tu padre?

— ¡Mi padre no era un maldito!

— No. — Niega con la cabeza, apuntándome con el dedo —. Tu padre fue un desgraciado que me arruinó la vida cuando me dejó embarazada. Yo no debería estar aquí, Isobelle; si estoy aquí, es por su culpa.

Herida por lo que acabo de oír, aparto la mirada y siento cómo las lágrimas caen libremente. Ya no quiero seguir hablando, solo quiero quedarme sola y pensar a dónde podría ir. Saber que fui un error en la vida de alguien me dolía muchísimo.

— ¡Pues si quieres irte, vete! No pasan ni dos días y vuelves con el rabo entre las piernas. No sabes vivir sola, no vas a poder mantenerte sola, ¿sabes por qué? Porque todos sabemos que eres débil, Isobelle. Y esa debilidad la llevas en los genes de tu padre.

Me duele el corazón y las lágrimas caen sin que pueda contenerlas. No era justo que mi madre dijera esas cosas de mi padre. Él siempre hizo todo lo posible para darnos comodidad, y gracias a su esfuerzo teníamos esa casa. Al quedarme sola, me quedo mirando la mochila con la ropa.

Demasiado agotada, dejo que mi cuerpo caiga hacia atrás y cierro los ojos. Mañana mismo buscaría un lugar donde quedarme; no terminaría de armar la mochila, porque si lo hacía ahora, después no tendría el valor de volver a intentarlo.

Con la intención de olvidarme un poco del mundo, busco mi celular en el mueble junto a la cama, junto con mis audífonos.

Se me había quitado el hambre y no quería ver a nadie más.

Al abrir la aplicación de música, busco el álbum que siempre me calmaba y me ayudaba a dormir tranquila.

En cuanto le doy play y escucho la voz serena de fondo, con ese tono relajante, respiro hondo.

— Te extraño tanto, papá — murmuro en voz baja —. El mejor padre del mundo.

Sin darme cuenta, me giro de lado y me encojo en posición fetal.

Un poco confundida, abro los ojos y frunzo el ceño.

Sigo acostada en la cama. A mi lado, el celular y los audífonos están tirados de cualquier forma sobre el colchón.

Fue entonces cuando volví a oír la discusión que venía del piso de abajo, lo que probablemente me había despertado.

Salgo del cuarto a toda prisa y me dirijo hacia los gritos.

Con cada tono de voz que sube entre mi madre y su marido, siento que mi miedo se multiplica.

Ya no aguanto más esa situación.