Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 1. CÍCLOPE #2
4%

1. CÍCLOPE #2

El polvo y los escombros cayeron sobre mí mientras el cíclope arrancaba pedazos del techo para abrir espacio y aplastarme con su garrote-farola. Hasta que dispuso de todo el espacio que necesitaba.

Acumulé magia, preparada para liberar un cegador fogonazo de luz dorada que lo desorientara.

Y entonces aparecí en otro sitio. Fue tan repentino como una teleportación. Porque, para mí, eso había sido.

Un calor reconfortante me envolvió mientras Tom me sostenía entre sus brazos, con sus llamas pirománticas lamiendo el aire. El cíclope rugió, furioso y consternado por haber perdido a su víctima, mientras nosotros permanecíamos en la segunda planta, contemplándolo desde arriba.

—¡Perdona por haber apurado tanto! —se disculpó Tom, dedicándome una sonrisa pícara entre la barba naranja como el fuego—. Aún estoy aprendiendo cómo funciona todo este tinglado de caminar por el vacío.

Me reí y lo besé, pasando por alto que estábamos en plena batalla.

—Si los tortolitos habéis terminado... —nos interrumpió Alex—. Todavía tenemos que clavarle algo en el ojo a ese cíclope jodido por las grietas.

¿Clavar? ¿Ojo?

¡Grietas! Era tan obvio.

Busqué alrededor algo lo bastante afilado y lo vi. Una gran barra de acero que había sido liberada de lo que fuera que sostuviese antes.

Tom me bajó al suelo mientras el cíclope alzaba la vista hacia nosotros. Mi novio gimió.

—¿Es que no puede relajarse?

—Bueno, estamos intentando matarlo —respondió Alex.

Tom se encogió de hombros.

—Es nuestro trabajo. Estoy bastante seguro de que el suyo no era destrozar mansiones enormes porque sí.

—Yo diría que eso es más bien una afición.

—¡Tom! —interrumpí sus bromas—. Esa barra. ¿Crees que podrías darle impulso caminando por el vacío?

Tom miró la barra de acero, después me miró a mí y sonrió.

Alex negó con la cabeza.

—Estás tentando al destino, amigo mío. No deberías jugar así con El Intermedio.

—Solo un salto más —mintió Tom antes de desaparecer en el vacío.

Alex negó con la cabeza, exasperado. Ya había advertido a Tom de que no debía jugar con el vacío. Caminar entre los Reinos y lo que carecía de Reino no era algo que los mortales debieran ser capaces de hacer. Ni siquiera la mayoría de los demonios podían. Solo los espíritus errantes e incansables.

Pero había pasado un año desde que Tom me salvó dos veces de un edificio en llamas caminando por el vacío. Y desde entonces nos había ayudado a salir de un montón de apuros. Yo no iba a quejarme.

Tom apareció en un fogonazo y desapareció junto con la barra mientras el cíclope blandía la farola hacia nosotros. Alcé la vista justo cuando Tom reaparecía en el aire, cayendo junto a un cíclope ahora completamente desconcertado y empuñando la barra como una lanza. ¡Demasiado lejos!

Tom soltó una llamarada como un cohete, corrigió su trayectoria y se situó justo por encima de los brazos carnosos del cíclope. Demasiado rápido para que pudiera reaccionar.

Hundió la barra y se la clavó al cíclope hasta lo más profundo del carnoso globo ocular. La criatura chilló y se llevó las manos al ojo por instinto, con lo que solo consiguió hundirse aún más la barra.

Tom desapareció y volvió a titilar hasta cobrar existencia a nuestro lado. Por un instante, titiló de nuevo. Después se estabilizó y me miró con una sonrisa franca y satisfecha.

El cíclope se debatió mientras de la herida rezumaban una sustancia viscosa y sangre. Por fin comprendió que tenía un largo obstáculo en el ojo y alargó la mano para sacárselo.

Hice una mueca. Craso error.

Sacó la barra, haciendo que la sangre brotara de la cuenca como una fuente macabra. Se balanceó hacia delante y hacia atrás, chocó contra una pared que ya estaba destrozada y salió al jardín dando tumbos.

—Al menos ya no causará más daños —comentó Tom.

Mientras la sangre que lo mantenía con vida se derramaba, recorrió el césped dando tumbos como un borracho hasta acercarse a la única ala intacta de la mansión.

Todos contuvimos la respiración.

Se detuvo. Y nosotros exhalamos aliviados.

Acto seguido cayó hacia delante, aplastó uno de los muros de carga del ala y provocó el derrumbe de toda la estructura.

Se hizo el silencio. Todo lo contrario que las primas del seguro de Conrad después de aquello.

Nos quedamos allí, paralizados por el estupor, hasta que el sonido de unos ladrillos que prácticamente salieron despedidos rompió el silencio cuando Brick emergió de una pila de escombros. DJ Gibbs corrió hacia su amigo mientras tocaba distraídamente una melodía sombría en el keytar.

—¿Dónde está ese cabrón? —gritó Brick—. ¡Es hora del segundo asalto!

—Está muerto, Brickito. El tío de fuego se lo ha cargado en un plisplás.

Brick frunció el ceño ante las decepcionantes noticias de Gibbs mientras nosotros bajábamos por las ruinas para reunirnos con nuestros amigos.

—¿Necesitas sanación? —pregunté.

Brick se examinó en busca de lesiones. La mayoría de las manchas oscuras eran suciedad, no moratones.

¡Grietas! No era humano, ¿verdad? La peor parte se la había llevado la ropa.

Tenía las mangas destrozadas, lo que dejaba a la vista un tatuaje con los números 62 – 2.

Aún no se había dado cuenta de que se veían.

Parecían ser un tema delicado para él. Dejé de hacer preguntas.

Sonrió y formó una O con los dedos para indicar que estaba perfectamente.

—Puedes encargarte del próximo, Brick —dijo Tom, dándole una palmada en la espalda al matón.

—Solo si tampoco me lo robas —refunfuñó Brick.

—¿De verdad puede considerarse un robo? —preguntó Alex, enarcando una ceja con desconcierto—. Ni siquiera estabas en la pelea.

—Solo necesitaba tomarme un respiro.

—Y algo de plata para pagar el alquiler, por lo que parece —dijo Tom, dando un golpecito a la mochila de Brick con la parte plana de su hacha vikinga.

Brick se colocó la mochila a la espalda para ocultarla.

—No cambies de tema, Tom. Estamos compitiendo por ver quién mata a más, pero no es nada deportivo que te quedes con todas las muertes antes de que me haya dado tiempo a calentar.

—Lo justo es lo justo, Brick —argumenté.

Brick me miró con expresión de traición y asombro.

—¿ Et tu, Cins?