Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 1. CÍCLOPE
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Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2)

Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2)

Por Nicholas Woode-Smith

© inepub.com

1. CÍCLOPE

CÍCLOPE

Lo bueno de cazar monstruos es que nunca llega a resultar aburrido.

¿Lo malo? Pues que nunca llega a resultar aburrido.

Y, a veces, cuando huyes de un bruto tuerto hecho de pura rabia y michelines a prueba de balas, empiezas a recordar con nostalgia los buenos tiempos en los que suturabas mordeduras en urgencias.

—¡Por ahí no! —le grité a DJ Gibbs mientras recorría a toda velocidad un pasillo reluciente, abarrotado de antigüedades y lujos tanto anteriores como posteriores al Cataclismo. Gibbs soltó un chillido cuando el pasillo, ricamente decorado, quedó reducido a un montón de escombros y porcelana rota.

DJ Gibbs frenó en seco, pálido como un espectro y con los ojos tan abiertos que estaban a punto de engullir sus gafas de sol a lo John Lennon.

¡Hasta estuvo a punto de soltar el keytar!

Cualquiera pensaría que habría invertido su parte del dinero de la cacería en un arma.

Pero Gibbs no. Al menos, ahora ya no tenía que cargar con el portátil a todas partes.

Me deslicé por el parqué, ahora cubierto de polvo y ceniza, y me interpuse entre Gibbs y la enorme monstruosidad que se alzaba sobre aquella extensa mansión.

Un ojo del tamaño de un balón de fútbol me devolvió la mirada, palpitante de rabia. El cíclope levantó el tronco de árbol que había convertido a la fuerza en su garrote y volvió a alzarlo por encima de la cabeza.

Gibbs soltó un gritito. Yo apreté los dientes y busqué en lo más profundo de mi ser para canalizar mi chispa: mi magia interior.

Mi chispa resonó en mi interior y me bañó en un resplandor dorado que iluminó las runas escarificadas de mi brazo.

Últimamente no necesitaba demasiados halagos para salir.

Desde que había desterrado a dos demonios, uno de ellos un archidemonio, mi chispa se apuntaba a todo. ¡A mí me venía de maravilla!

Liberé un fogonazo de energía dorada. No lo imbuí de sanación ni de magia purificadora, que eran mi afinidad habitual. Solo era un haz de luz.

El cíclope retrocedió tambaleándose, se cubrió el ojo y estuvo a punto de golpearse la cara con su garrote de tronco.

—¡Qué pasada, colega! —exclamó Gibbs, haciendo con entusiasmo algún gesto raro con la mano que él aseguraría que estaba de moda, aunque probablemente acabara de inventárselo.

Lo agarré de la correa del keytar y tiré de él para adentrarnos más en la mansión. El cíclope no tardó en recuperarse y salió tras nosotros, llevándose por delante un montón de mampostería y obras de arte de valor incalculable.

—¿No dijo el jefazo que redujéramos al mínimo los daños colaterales? —preguntó Gibbs, observando las grietas que cubrían lo que hasta entonces había sido la impecable finca Bishops Court—. ¡Eh, troncos!

Añadió lo último como quien se acuerda tarde.

A Gibbs le encantaba su personaje. Creo que fingir que era un DJ moderno constituía toda su identidad.

No estaba segura de que lo fuera de verdad.

Ni de que eso importase cuatro décadas después de la muerte de la música disco y treinta años después de que todo cuanto conocíamos muriese junto con el apocalipsis mágico.

Bueno, no todo. Pero así sonaba más dramático.

Me volví hacia el vestíbulo y, a través de las puertas dobles abiertas de madera oscura, vi aparcado fuera el minibús de El Reckoning.

Empujé a Gibbs hacia la furgoneta.

—¿Qué pasa, tía? ¡Puedo ayudar!

—Ayúdanos no muriéndote, ¿vale? —Fruncí el ceño—. ¡Grietas! Gibbs no era precisamente el mejor cazador de monstruos; de hecho, ni siquiera era cazador de monstruos. Pero, si le pasaba algo, nos hundiríamos. ¡Yo quedaría destrozada!

Gibbs abrió la boca para decir algo justo cuando el techo que había sobre mi cabeza se abrió y dejó al descubierto a un cíclope de ojo rojo cada vez más furioso.

En una mano sostenía un pedazo de ladrillos y parqué, como si fuera una especie de bola de nieve arquitectónica; en la otra, su bate botánico.

—¡Aaaah! —gritó Gibbs con extraordinaria elocuencia antes de emprender una precipitada retirada hacia la puerta, soltando una cacofónica mezcla de notas al golpear el keytar mientras salía.

El cíclope miró el bocado musical que se alejaba corriendo y atravesó de un pisotón el baño de invitados de la planta baja, liberando una fuente de agua al acercarse.

—¡Eh! ¡Bruto tuerto maldito por las grietas...!

Sí , Cins, tienes que mejorar tus insultos.

Agité los brazos y salté en el sitio. El cíclope se volvió hacia mí y vi reconocimiento en su ojo. Y una furia tremenda ante mi mera existencia.

Me tocó a mí chillar cuando salté por los pelos para esquivar la bola de escombros que me lanzó. Astillas y cascotes salieron disparados como el agua de un globo reventado. Rugió de frustración y se lanzó tras de mí.

¡Aquel cíclope no tenía ningún derecho a ser tan rápido!

El cíclope alzó el garrote para golpearme, justo cuando una llamarada incineró el pobre pedazo de madera. Soltó el arma en llamas en el momento en que otro torrente de fuego salió disparado hacia su cara. Levantó su mano carnosa a tiempo de bloquear las llamas hechizadas.

Desde arriba resonaron disparos de pistola. Las balas no penetraban la carne del cíclope. ¡Lo típico! Pero aquellos diminutos aguijonazos por todo el cuerpo parecían cabrearlo de lo lindo.

—¡Cins, corre! —gritó Tom desde arriba, desatando otro infierno cuando su abrigo de salamandra estalló en una columna de fuego infernal.

Le lancé un beso a mi novio, lo que hizo que sus llamas ardieran con más intensidad todavía, y salí disparada por el pasillo como una elfa huyendo de una taberna enana.

El cíclope no me siguió. Yo no sabía demasiado de mitología griega, aparte de los mitos relacionados con la sanación y la matanza de demonios.

Heiligslicht, la Orden de sanadores y purificadores que me había criado, tenía una visión un tanto limitada a la hora de diseñar su programa de estudios.

Pero, con suficiente fuego, casi todo acababa muriendo. ¿No?

Esta ala de la mansión estaba relativamente intacta. El suelo de mármol blanco apestaba a opulencia, y las exquisitas antigüedades de madera desprendían un aroma hogareño que casi bastaba para ocultar el hedor a carne quemada y escombros que quedaba a mi espalda.

Oí un repiqueteo metálico que resonaba por el pasillo.

Qué raro. Se suponía que el lugar estaba evacuado.

El propietario quería que nos enfrentáramos al cíclope en el jardín, pero había tenido la sensatez suficiente para darles el día libre a sus sirvientes.

En otra ocasión habíamos trabajado en una empresa financiera que no había demostrado la misma prudencia.

¡Luchar contra hechiceros kobold que soltaban carcajadas y lanzaban fuego entre cubículos del Intermedio llenos de oficinistas medio muertos y hasta arriba de plazos de entrega había sido una experiencia interesante!

Me acerqué con cautela al ruido y utilicé la reducción del paso como excusa para recuperar el aliento. El entrechocar de metal contra metal aumentó de volumen antes de amortiguarse. ¿Lo habían metido en una bolsa?

Doblé la esquina y entré en lo que debía de ser un comedor.

Brick, el tanque y matón de nuestro grupo, se quedó paralizado con expresión culpable.

—Hola, Cins...

Sostenía una bandeja de plata, medio introducida en una mochila llena de otros objetos de plata. Su característica maza, que aún tenía soldada una bandeja de plata del trabajo del espectro de Cavendish, descansaba junto al cajón de los cubiertos.

Me planté las manos en las caderas y negué con la cabeza como una profesora decepcionada. Me sacaba varios años, pero, después de uno en El Reckoning, parecía poseer cierta autoridad tácita sobre él.

—Brick, ambos sabemos que ese cíclope no es vulnerable a la plata. ¿Qué demonios malditos por los Titanes estás haciendo?

Se mordió el labio y miró alrededor con nerviosismo. ¡Grietas! ¿Se había vuelto cleptómano?

—Es solo por si acaso, Cins. Ya sabes. Podría ser un demonio disfrazado.

Suspiré.

—Bueno, para eso ya me tienes a mí. Suelta la plata.

Antes de que Brick pudiera obedecer o protestar, el edificio volvió a temblar, haciendo que la plata repiqueteara y tintineara aún más. Unas botas golpearon con rapidez el parqué y después el mármol de aquella ala.

El sudor le corría a chorros por la frente a Alex mientras recorría el pasillo a toda velocidad.

—¡Hola, Alex! —lo llamó Brick.

Alex respondió con una sola palabra:

—¡Corred!

Un rugido puso punto final a la sugerencia de Alex, seguido de crujidos y desgarros cuando el cíclope volvió a asomar su horrible cabeza y atravesó las paredes con su nuevo juguete favorito: una farola.

¿De dónde la había sacado? ¿Quién demonios tenía farolas dentro de su casa en aquella ciudad maldita por las grietas? Nuestro cliente, por lo visto.

Brick levantó el martillo y echó a correr. Aunque desde luego no en la dirección que Alex tenía en mente. Con un grito de guerra bestial que rivalizaba con el rugido del cíclope, Brick cargó contra el gigante. Y este lo mandó de un manotazo a una habitación lateral. Ay, ¡Luz Sagrada!

Me volví para correr. Brick había salido indemne de cosas peores. Lo sanaría cuando no me estuviera jugando el cuello. Aunque todos mis instintos me impelían a acercarme para sanar a mi amigo.

Conseguí alejarme unos metros antes de que el cíclope saltara hacia delante y enviara una onda expansiva por toda la mansión. El suelo se agrietó bajo mis pies y tropecé con una fisura. Sin duda, no fue el momento más glorioso de mi carrera como cazadora de monstruos.

La luz del sol me bañó a través del techo destruido, hasta que el gigantesco cíclope la bloqueó al volver a levantar su nueva arma para vengarse por mi fogonazo de luz. ¡Menudo llorica! Solo había sido luz.

Intenté rodar para apartarme, pero se me quedó enganchado el pie en la grieta, cada vez más ancha. ¡Y tanto con reducir al mínimo los daños colaterales!