EPÍLOGO
NORA
La marea me lamía los tobillos, arrastrando la arena bajo mis pies antes de retirarse de nuevo al mar. Me ajusté más el cárdigan para protegerme del frío del atardecer.
Aunque solo era el principio de la noche, el frío ya se había instalado en la isla privada de Colt. Después de cinco días aquí, ya me lo esperaba.
Cerré los ojos y escuché el estruendo de las olas contra la orilla. Reconfortante. Terapéutico. Exactamente la razón por la que Colt había insistido en escaparnos aquí. Para desconectar del mundo. Para respirar.
Con un suspiro y una sonrisa, continué mi paseo. A veces Colt se unía a mí, pero casi siempre prefería la soledad. Me despejaba la mente, o me barría los pensamientos por completo cuando lo necesitaba.
—Colt —suspiré mientras se acercaba. Pantalones de lino color canela, camisa de algodón beige, con los botones justos desabrochados para insinuar las líneas de su pecho.
Me regaló una sonrisa cálida, con las patas de gallo marcándose. Un año después, y todavía me robaba el aliento como la primera vez.
—Hola —dijo, poniéndose a mi paso y tomándome las manos—. ¿Qué tal el paseo de ermitaña? —bromeó mientras me las apretaba suavemente.
—Lo estaba disfrutando —dije, mirándolo de arriba abajo—, pero permitiré la interrupción. No está mal lo que veo.
Fingió un grito ahogado y se llevó la mano al pecho.
—No puedo creer que me estés cosificando.
—Te cosifico desde el día que te conocí —repliqué.
—Mmm. Lo permitiré —dijo, encogiéndose de hombros.
Lo miré de nuevo. Seguía siendo el arrogante y cerrado «imbécil» que había conocido hacía más de un año, pero a la vez no se parecía en nada a él. Su aspereza se había suavizado. Cargaba menos peso sobre los hombros. Se reía con más facilidad. Amaba con más intensidad. Y de alguna manera, era mío.
—Se te ve feliz —dijo de repente, con una sonrisa suave.
Sabía a qué se refería. Los últimos seis meses habían sido un torbellino: montar mi ONG, perseguir financiación, quemarme. Este viaje era la pausa que no había sabido cómo tomarme.
—Lo estoy —admití—. Más feliz de lo que pensé que podría llegar a estar. Estoy ayudando a la gente, Colt. De verdad. Estoy generando cambios en lugar de solo marcar casillas. Esto… —señalé el horizonte, pero me refería a mi vida—. Esto es mi sueño.
Dejó de caminar y me acarició los nudillos con los pulgares.
—Tú lo hiciste realidad, Nora.
—No, nosotros lo hicimos realidad. —Sin él, sin su apoyo, su financiación, su fe, cientos de supervivientes no habrían tenido la oportunidad de empezar de nuevo—. No podría haberlo hecho sin ti.
—No seas modesta. Has hecho un trabajo excelente —dijo—. Mira a Liz.
Su nombre me hizo sonreír. Incluso desde la residencia universitaria, me llamaba dos veces por semana, y cada vez su voz sonaba más alegre. Por fin estaba viviendo la adolescencia que le habían negado.
—Tienes razón —dije—. Cada vez que hablamos, se me alivia el corazón.
Seguimos caminando mientras el atardecer se fundía con la noche. Luego rodeamos la curva de la playa y me quedé paralizada.
—Pero qué… —mis pasos vacilaron—. ¿Qué es esto?
Parecía una escena de película. Una manta de lino pálido extendida sobre la arena, salpicada de cojines mullidos.
Dos copas de cristal que capturaban los últimos rayos dorados.
Champán con sus burbujas. Una bandeja de frutas —uvas, bayas, cítricos— dispuesta con esmero.
Velas que parpadeaban contra la brisa del océano.
La sonrisa de Colt se curvó lenta y cómplice.
—Una celebración. De ti. De nosotros. De todo por lo que luchamos y de todo lo que hemos construido.
—Colt… —el corazón me dio un vuelco. Hacía un año, lo habría llamado cliché. Esa noche, era perfecto.
Me guio hacia la manta. El crujido de la arena bajo la tela me ancló a la realidad: esto era real. Rosas. Mar. Luz de velas. Descaradamente perfecto.
—Siéntate —dijo con suavidad.
Me hundí en los cojines con la copa de champán en la mano. Se acomodó a mi lado, hombro con hombro.
—Por nosotros —dijo, alzando la copa.
—Por nosotros —repetí, haciendo chocar las copas. Las burbujas me cosquillearon en la lengua, pero la calidez que me recorría venía de él.
—Hay algo que necesito hacer —dijo Colt mientras se metía la mano en el bolsillo. Su voz era firme, pero sentí la tensión que emanaba de él—. Llevo mucho tiempo pensando en esto.
Vaciló, con los ojos clavados en los míos. Luego se arrodilló.
Se me cortó la respiración. El corazón se me paró. Dios. Mío. Santo. Lo estaba haciendo de verdad.
—Has cambiado mi vida, Nora —dijo—. Trajiste luz donde solo había sombras. Gracias a ti, quiero ser mejor hombre. Me haces creer que puedo serlo.
Sacó una caja de terciopelo. La luz de las velas arrancó destellos al diamante de talla esmeralda que descansaba en su interior.
—No quiero despertar jamás a una vida sin ti. Quiero la eternidad contigo.
El susurro del océano, el parpadeo de las velas, la devoción en sus ojos… nada más en el mundo importaba.
—Nora —susurró—. ¿Quieres casarte conmigo?
—Sí. —Se me quebró la voz, desbordada de alegría—. Sí, Colt. —Me arrodillé y acorté la distancia entre nosotros.
Su sonrisa fue radiante mientras me deslizaba el anillo en el dedo. Incluso después de un año juntos, su contacto todavía me hacía saltar el corazón. Y en ese momento, cada batalla, cada cicatriz, cada peligro que habíamos enfrentado cobró sentido, porque nos había traído hasta aquí.
Me besó despacio, como si supiera que teníamos el resto de nuestras vidas para saborearnos.
—Gracias por decir que sí —murmuró contra mis labios.
Le mordisqueé los labios. —Siempre iba a ser un sí.
¡Ding! ¡Ding!
El timbre de un teléfono hizo añicos el momento. Me aparté, riendo. —¿Por qué hay un teléfono aquí? Pensaba que estábamos desconectados.
—Shhh. —Colt me puso un dedo en los labios, sonriendo mientras sacaba el teléfono. Deslizó el dedo por la pantalla y me lo pasó—. Toma.
Fruncí el ceño, hasta que el rostro de Liz apareció en la pantalla, sonriente desde su cama de la residencia.
—¡Dios mío, déjame verlo! —chilló.
—¿Ver qué?
—¡El anillo, obviamente!
Miré a Colt entornando los ojos. Parecía satisfecho. Pillado.
—¿Lo sabías? —pregunté.
Liz se encogió de hombros, sin el menor remordimiento. —Pues claro. Ahora enséñame ese pedrusco.
Levanté la mano. Sus chillidos de alegría llenaron el aire.
—Me alegro tantísimo por vosotros —dijo, con los ojos húmedos—. Os lo merecéis.
Colt se acercó más y me besó la sien. —Te quiero, Nora.
Y por una vez, no me molesté en ocultar cuánto lo quería yo también.