Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 9 COLT #3
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9 COLT #3

—Claro —Seth no levantó la vista de la tableta—. Justo después de que admitas que te estás enamorando de la trabajadora social.

—No estoy...

—No lo va a admitir —interrumpió Reyes—. Estamos hablando de Colt. Los sentimientos no van con él. Solo objetivos de misión y batidos de proteínas.

—Y whisky —añadió Banks.

—Y whisky —coincidió Reyes—. Pero nunca sentimientos. Eso requeriría ser humano.

Les dejé divertirse. Era más fácil que luchar contra ello, y además, no estaban del todo equivocados. Algo de Nora se me había metido bajo la piel de una manera que no podía explicar. Cada vez que intentaba mantener la distancia profesional, ella la hacía añicos.

—¿Habéis terminado? —pregunté cuando las risas se apagaron.

Seth levantó una mano. —Casi. Solo quiero decir, para que conste, que si le haces daño, me pongo de su lado. Parece genial.

—La conoces desde hace cinco minutos.

—Sé calar a la gente —finalmente levantó la vista, y bajo el humor, sus ojos eran penetrantes—. Hablo en serio, Colt. Sea lo que sea esto, no lo arruines. Mereces algo bueno.

La sinceridad me pilló desprevenido. Seth era el payaso del equipo, el tipo que lo desviaba todo con bromas y sarcasmo. Oír preocupación genuina en su voz resultaba casi extraño.

—Entendido —dije en voz baja.

Banks se apartó de la ventana.

—Tiene razón, ¿sabes? Todos te hemos visto perderte en este trabajo durante años. Lo del lobo solitario era noble al principio. Ahora solo es triste.

—Gracias por la sesión de terapia.

—Cuando quieras. —No sonrió, pero su mirada se suavizó un poco—. Te hemos seguido al infierno más veces de las que puedo contar. Lo mínimo que puedes hacer es dejarte ser feliz por una vez.

Reyes asintió.

—Lo que él ha dicho. Sin la emoción, porque que Banks use tantas palabras me está asustando.

Banks le hizo una peineta. La tensión se rompió y la habitación recuperó su ritmo familiar: cuatro hombres que se habían visto en lo peor y aun así seguían apareciendo.

Por eso los había llamado. No solo porque eran los mejores en lo suyo, sino porque eran las únicas personas en el mundo en quienes confiaba plenamente. Cuando todo se torcía —y en este trabajo siempre pasaba—, sabía que me cubrirían las espaldas. Sin preguntas, sin dudas.

—Muy bien —dije, proyectando los planos del Búnker en la pantalla principal—. Manos a la obra.

Después de perfilar el plan de infiltración, cuando todos se habían retirado a dormir unas horas, encontré a Banks todavía junto a la ventana. Las luces de la ciudad proyectaban sombras sobre su rostro y acentuaban sus cicatrices.

—¿No podías dormir? —pregunté mientras me acercaba.

Negó con la cabeza.

—Nunca puedo antes de una operación. Ya lo sabes.

Lo sabía. Banks había sido mi observador durante tres años antes de independizarse. Habíamos pasado incontables noches así: en silencio, alerta, esperando el amanecer.

—¿De verdad crees que podemos lograrlo? —preguntó en voz baja—. El Búnker no es broma. Llevo años oyendo rumores sobre ese lugar.

—Creo que tenemos que intentarlo.

Asintió despacio.

—La chica. Liz. Te recuerda a alguien, ¿verdad?

No respondí. No hacía falta. Banks había estado allí seis años atrás, en Ucrania. Había visto lo que me hizo perder a Katya.

—Esto no la traerá de vuelta —dijo. Sin crueldad, solo con honestidad—. Salvar a esta chica no deshará lo que pasó.

—Lo sé.

—Pero tienes que intentarlo de todos modos.

—Sí.

Clavé la mirada en las luces.

—Tengo que intentarlo.

El silencio se extendió entre nosotros, cómodo, suavizado por años de historia compartida. Finalmente, Banks me apretó el hombro.

—Entonces la sacaremos. Cueste lo que cueste.

Me apretó con más fuerza.

—Por eso estamos aquí, hermano. No por el dinero. No por la adrenalina.

Me miró a los ojos.

—Por ti. Porque nos lo pediste.

Algo se destensó en mi pecho. Había pasado tanto tiempo convenciéndome de que estaba solo, de que alejar a la gente era protegerla. Pero estos hombres nunca me habían dejado desaparecer del todo. Habían aparecido cada vez que llamé, por mucho que me hubiera alejado.

—Gracias —dije. Las palabras me salieron oxidadas, como si las hubiera olvidado.

Banks me soltó el hombro.

—No me des las gracias todavía. Dámelas cuando estemos bebiendo en tu playa y la chica esté a salvo.

—Trato hecho.

Se volvió hacia la ventana. Lo dejé con su vigilia y me dirigí a mi habitación. Mi mente ya repasaba las variables del día siguiente. Puntos de entrada. Estrategias de salida. Contingencias para cuando todo se torciera, porque siempre pasaba.

Pero bajo los cálculos tácticos, latía algo más. Un sentimiento que ya apenas reconocía.

Esperanza.

Y eso me aterraba más que la propia misión. Porque la esperanza era peligrosa. La esperanza te volvía descuidado. La esperanza te hacía dudar cuando debías apretar el gatillo.

La esperanza conseguía que mataran a la gente.

Abrí los planos del Búnker en mi tableta y estudié el laberinto de pasillos y habitaciones ocultas. En algún lugar de ese laberinto, una chica de diecisiete años contaba las horas hasta que la vendieran como ganado.

Mañana la salvaríamos o moriríamos en el intento.

No había plan B.