8 NORA
Apuñalaba los cereales como si me hubieran ofendido personalmente mientras observaba las hojuelas empapadas flotar perezosamente en la leche. Como una adolescente, llevaba veinte minutos de morros con el desayuno.
—¿No te gustan los cereales? —preguntó Lucas desde el otro lado de la mesa, mirándome como si fuera a estallar en cualquier momento.
Levanté la vista y forcé una media sonrisa.
—No, están bien. Eres un encanto.
Lucas había llamado a mi puerta esa mañana para sacarme de mi exilio autoimpuesto con la promesa de comida. Agradecía el esfuerzo.
—Puedo hacer tortitas —ofreció—. O un sándwich de desayuno. Algo caliente.
Me conmovió el gesto, pero ni siquiera podía fingir entusiasmo.
—Gracias, de verdad. Es solo que... no tengo apetito.
Por remordimiento, me metí dos cucharadas agresivas.
—¿Sin apetito? Eso no es bueno. ¿Estás enferma?
Negué con la cabeza.
—Físicamente, estoy bien.
Emocionalmente, no tanto.
Con un suspiro fuerte y dramático, Lucas se levantó y llevó su plato al fregadero como el padre de una comedia familiar, lo enjuagó y lo guardó.
—Nos vemos esta noche, Nora —dijo con su sonrisa alegre, que no hizo nada por levantarme el ánimo—. Tengo que arreglar algo en el coche.
El portazo tras Lucas me recordó que estaba oficialmente sola en la casa con el Sr. Gruñón, y solo pensarlo me agriaba el humor aún más.
Desde aquella noche, no había visto ni la sombra de Colt. Y en una casa de este tamaño, eso solo podía significar una cosa: me estaba evitando a propósito.
Al menos se avergüenza de lo que hizo.
Podía imaginármelo: al grandullón, duro y taciturno de Colt andando de puntillas por su propia casa como un ladrón en plena noche, agazándose detrás de las encimeras y escabulléndose por los pasillos solo para evitar cruzarse conmigo.
A pesar de mi mal humor, esa imagen mental me arrancó una chispa de alegría.
Al menos no andaba por ahí fingiendo que todo estaba bien. Porque no lo estaba. No después de besarme como si le fuera la vida en ello y luego esfumarse sin más.
Se me encendió la cara al recordarlo. El latigazo emocional era humillante, pero el silencio posterior lo era aún más.
Mi cuerpo todavía no se había enterado de que aquello había terminado, porque cada vez que cerraba los ojos veía su rostro entre mis muslos, y cada vez que despertaba aún sentía el fantasma de sus manos sobre mi piel.
Se largó. Te dejó tirada. Supéralo, Nora.
Pero no podía. No cuando ese dolor aún persistía mientras seguía intentando tragarme los cereales reblandecidos. Mis labios rozaron la leche fría y fruncí el ceño.
¿Por qué me empeñaba en comer esto?
Ese fue el momento en que reaccioné. Dejé caer la cuchara en el tazón con un chapoteo. Me levanté con energía renovada, tiré los cereales, enjuagué el tazón y me dirigí directa a su sala de control.
Me detuve en la puerta con la mano suspendida, debatiendo si debía llamar como una persona civilizada. Pero no. A la mierda la civilidad. No se la había ganado. No después de pasar de mí.
Tenía que saber que iba en serio.
Colt levantó la cabeza de golpe en cuanto la puerta crujió al abrirse. Y a pesar de mis esfuerzos por mantenerme enfadada e impasible, mi traicionero corazón dio un pequeño vuelco.
Parecía uno de esos modelos de portada de Men's Health que solía esconder bajo la almohada de niña.
Llevaba una camiseta blanca informal de cuello en V que se le ceñía a cada línea de su pecho.
Las mangas apenas contenían sus bíceps, los mismos bíceps que me habían rodeado hacía dos noches.
Tragué saliva mientras mi mirada se demoraba más de la cuenta.
¡Concéntrate, Nora!
Volví a la realidad de golpe al darme cuenta de que llevaba un rato plantada en la puerta mirándolo embobada. Aparté esos pensamientos y entré.
Colt frunció el ceño y todo su cuerpo se tensó con visible incomodidad, pero me dio igual. Que se retorciera. Era lo mínimo que merecía después de dejarme tirada.
—¿Hay algún problema, Nora? —preguntó en un tono oficial y frío, como si estuviera en una reunión de consejo.
Venga ya, Colt. No actúes como si no hubieras estado gimiendo mi nombre hace solo dos días.
Sonreí, imperturbable.
—Pues sí. Necesito hablar contigo. Sobre aquella noche.
—Ahora no es buen momento —dijo, levantando una mano para pararme mientras volvía la atención a sus ordenadores.
¿Acababa de hacerme el gesto de «habla con la mano»? Ni de coña.
La rabia empezó a hervirme por dentro, pero aún más enterrada estaba la vergüenza.
¿De verdad no significaba nada para él?
Avancé y estampé las palmas sobre la mesa, detrás de sus monitores.
—No, ahora es el momento.
Levantó la cabeza lentamente, como si estuviera decidiendo si regañarme o escucharme.
—A estas alturas deberías saber —continué, entornando los ojos— que todo ese numerito de tío taciturno con el «no quiero hablar de eso» no funciona conmigo. Guárdatelo para los secuaces.
Colt exhaló con irritación evidente.
—¿Por qué no puedes dejarlo correr? —preguntó, tan tranquilo y sereno.
—¿Qué? —su pregunta era ridícula—. Perdona si no quiero esconder la mierda bajo la alfombra como preferirías tú. Perdona si no quiero fingir que no compartimos un...
Me callé, porque ese era el punto en que una persona cuerda y racional pisaría el freno. Pero la cordura me importaba un bledo en ese momento. Llevaba dos días acumulando humillación, frustración y tensión sexual.
Así que dejé que las palabras salieran a borbotones.
—Un... un momento explosivo juntos aquí mismo. Un momento que no he podido sacarme de la cabeza. Un momento que ha invadido todos mis pensamientos, despierta y dormida.
Mi pecho se agitó de alivio mientras todo salía de mí. Acababa de arrancarme una tirita emocional de tres días, y sentó bien. ¿Me arrepentiría en unos cinco minutos? Sí. Pero oye, en ese momento estaba orgullosa de mí misma.
La voz de Colt era baja y cautelosa.
—Estoy intentando no hacerte daño.
Eso me hizo detenerme. Por primera vez desde que irrumpí, sus ojos se encontraron con los míos. Y vaya... esos ojos. Eran magnéticos, y cuanto más los miraba, más se me ablandaba el corazón.
¡Ni hablar!
Me sacudí esos pensamientos de golpe.
Colt volvió a suspirar y se pellizcó el puente de la nariz, señal inequívoca de que estaba estresado.
—No quiero hacerte daño, Nora.
Su tono era suave y delicado, y odiaba admitirlo, pero también sincero. Como si lo dijera en serio, como si de verdad le importara.
—¿Hacerme daño?
—Ya sabes. Esto... —vaciló, eligiendo sus palabras con cuidado—. Esta... situación... complica las cosas. Desdibuja los límites. E inevitablemente alguien acabaría herido.
—Oh... —se me cortó la respiración—. ¿Y naturalmente asumes que esa persona sería yo?
—Yo... no lo dije en ese sentido.
—¿No? —arqueé una ceja y crucé los brazos con más fuerza, negándome a ponérselo fácil.
—Solo... —comenzó, luego se detuvo—. No quiero que salgas herida por mi culpa. No por mí.
Me reí.
—Créeme, no lo harás —dije, aunque yo misma no lo creía del todo.
—Créeme, mi ego sigue intacto. Esto no tiene por qué ser un problema. Somos dos adultos, estas cosas pasan entre adultos todo el tiempo. Y, créeme, nadie te está pidiendo el corazón a cambio. —Forcé una risa mientras se me encogía el pecho—. Solo quiero que hables conmigo. Eso es todo.
—Hay límites —comenzó, claramente incómodo—, y una vez que se cruzan, se vuelve compli...
—¡Oh, por favor! —interrumpí poniendo los ojos en blanco—. Nos besamos, Colt. No me pusiste un anillo. No te estoy pidiendo matrimonio ni la casita con jardín. ¡Por Dios!
Juro que podía oír a todas mis amigas de la universidad aplaudiéndome con sorna en mi cabeza.
Enhorabuena, Nora. Ahora eres una de esas chicas despreocupadas y tranquilas.
Se detuvo a mirarme, con las manos juntas bajo la barbilla y la mirada endurecida.
—Hablaremos más tarde —dijo con un tono tajante que dejaba claro que no le había gustado mi arrebato. Dicho esto, volvió a centrarse en el ordenador. A fingir que nada había pasado.
Me di media vuelta y me alejé furiosa.
—Y por favor —añadió a mi espalda—, deja de irrumpir en mi sala de control. Prueba a llamar a la puerta la próxima vez.
No respondí, pero hice algo mejor al salir: cerré de un portazo lo bastante fuerte como para que supiera que estaba furiosa, y luego me desplomé contra la puerta mientras un cóctel de emociones me agitaba el pecho.
Estaba enfadada y también avergonzada, pero sobre todo triste por el latigazo emocional que suponía fingir ser tan despreocupada y distante cuando, en realidad, estaba a punto de derretirme en un charco patético.
¿Y adivina qué? Ni así se lo creyó. Porque no soy distante ni evasiva como él, se me da fatal ocultar mis sentimientos. Llevo el corazón a la vista con un cartel en negrita que dice: «¡Hola, por favor aplástame!».
Me aparté de la puerta mientras tomaba la decisión.
¡A la mierda!
Iba a volver allí y decirle la verdad. Que no me parecía bien. Que no quería que fuera algo sin importancia. Que lo que pasó significaba algo de verdad.
Pero justo cuando agarré el pomo de la puerta de nuevo, oí su voz.
—Tenemos... sacarla de allí...
Me quedé helada.
Su tono era bajo, amortiguado por la puerta, pero aun así lo bastante claro. Pegué más la oreja.
—...no sé cuánto tiempo la tendrán en el complejo... tenemos que movernos rápido... cuanto antes... meter al equipo...
Se me heló la sangre.
No. No. No. Eso no puede ser...
¿Liz? Estaba hablando de Liz. La encontró. ¿Y no dijo ni una palabra?
Me temblaban los brazos de rabia mientras giraba el pomo e irrumpía en la habitación con los ojos echando chispas. Colt levantó la vista con el ceño fruncido de disgusto. Pero ya no me importaba.
—¿Qué dije sobre llam...? —se detuvo a mitad de frase. Debió de ver la expresión de mi cara, porque el ceño desapareció al instante, sustituido por un curioso arqueo de ceja.
—¿Cómo pudiste? —espeté mientras avanzaba hacia él, el cuerpo ardiéndome de repente.
Colt no se inmutó.
—¿Puedo devolverte la llamada, Seth? —le dijo al ordenador antes de girarse hacia mí.
—¿Te importaría aclarar de qué se trata esto? —preguntó.
Oh, no te hagas el tonto conmigo.
—Ya la encontraste, ¿verdad? Ya encontraste a Liz. —No era una pregunta.
En lugar de responder de inmediato, cogió un bolígrafo y empezó a hacerlo girar entre los dedos.
—Para responder a tu pregunta —dijo finalmente—, sí, hemos localizado su ubicación exacta y estamos planeando cómo sacarla de allí —lo dijo con naturalidad, demasiada naturalidad. Eso confirmaba lo que ya sospechaba.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo? —Me tembló la voz, pero no de miedo. Temblaba del esfuerzo de contenerme para no lanzarle el bolígrafo que hacía girar directamente a su cara de engreído.
Tal vez, solo tal vez, había una explicación. ¿Quién sabe? Quizá se le había olvidado. No, quizá él también acababa de enterarse. Tenía que haber una razón.
Sin embargo, cuando Colt se levantó de la silla con un resoplido y avanzó hacia mí con pasos deliberados, supe que no había sido un error. Había sido intencionado.
—Creí que lo mejor para ti era no saberlo —dijo, deteniéndose junto a su mesa.
—¿Y quién coño eres tú para tomar esa decisión por mí? —gruñí, avanzando hacia él mientras por fin soltaba la rabia que había estado conteniendo.
Colt no parecía afectado; se limitaba a mirarme fijamente. —Entiendo que preferirías que te mantuviera al tanto de todo, pero no es buena idea.
—Una vez más, Colt —dije—, ¿quién coño eres tú para decidir quién puede saber de ella y quién no?
—Deberíamos hablar de esto más tarde. Quizá cuando la hayamos sacado de...
—No, Colt —lo interrumpí—. No vas a callarme solo porque te resulto incómoda para tu plan.
Se recostó contra el escritorio y volvió a hacer girar el bolígrafo, claramente intentando parecer imperturbable. Estuve a punto de arrebatárselo y clavárselo en el muslo. Solo un poquito. Por el efecto dramático.
—Si tanto quieres saberlo —dijo, con esa autoridad distante que rayaba en la condescendencia—, estás demasiado implicada emocionalmente. No creí que pudieras manejar la información.
Se me encogió el corazón con sus palabras. Igual me habría dado menos clavándome una daga en el pecho.
¿Demasiado implicada emocionalmente?
—Colt —susurré, pasándome las manos por la cara como si pudiera borrar físicamente la frustración—. Arriesgué mi vida para salvar a esa chica.
—Lo sé.
—Estoy escondida por su culpa —espeté—. Entré sola en mi apartamento aquella noche sabiendo perfectamente que podrían haberme emboscado, torturado o, joder, asesinado. ¿Y crees que no puedes confiar en mí porque soy demasiado emocional? —Levanté las manos—. ¿En serio?
Se le tensó la mandíbula y entonces, como si yo acabara de darle la razón, levantó un dedo hacia mí. —Y eso, Nora, es exactamente la razón por la que no puedo confiarte esta información.
—¿De qué coño estás hablando?
—Arriesgaste tu vida aquella noche por Liz —dijo, paseándose un poco como si estuviera dando una clase—.
¿Emocionalmente? Fue admirable. Es lo que haría una madre por su hija.
¿Estratégicamente? —Hizo una pausa—. Fue imprudente.
Y podría haberte costado la vida. Y si no eres capaz de controlar tus emociones, no puedo confiarte información sin que hagas alguna estupidez.
—Tengo derecho a saber. —¿Cómo no podía verlo? ¿Cómo no podía entenderlo?
Se giró para mirarme de frente, con los ojos duros y la postura rígida. —Renunciaste a ese derecho cuando decidiste escabullirte de la casa y ponerte en peligro. La impulsividad emocional cuesta vidas, Nora. Y no pienso perder a esta chica ni a ti porque alguien no supo controlar sus sentimientos.
Tragué saliva mientras sopesaba sus palabras.
¿Tenía razón? Tal vez. Pero eso no significaba que no pudiera preocuparme. Ni que no me hubiera ganado el derecho a saber.
—Así que, como decía... —continuó, y ya veía venir cómo me daba largas—. Hablaremos de esto más tarde.
¡Ding! Una notificación de su ordenador interrumpió el momento.
—Dame un momento —dijo Colt mientras se giraba para mirar el ordenador. Movió el ratón y contuvo el aliento bruscamente mientras fruncía el ceño.
Fue algo pequeño, casi insignificante, pero noté que algo iba mal. Y en lo más hondo de mis entrañas, sentí que tenía que ver con Liz. Me apresuré a ponerme a su lado para ver qué había provocado esa reacción en Colt.
No intentó impedirme que mirara el ordenador. Era un correo electrónico que decía: «Subasta confirmada. Cuarenta y ocho horas».
—¿Subasta? —Me giré hacia Colt buscando respuestas.
No puede ser lo que estoy pensando. No puede ser.
Tenía el rostro tenso y sombrío mientras asentía. —La Mafia suele subastar chicas menores de edad a gente rica y poderosa. Piensa en Jeffrey Epstein o en algún magnate petrolero de Oriente Medio que cree que las chicas son piezas de colección.
Jadeé.
No. No. No.
—No, Colt, Liz... es solo una niña —negué con la cabeza, incrédula, mientras retrocedía lentamente.
¿Liz? ¿Comprada por algún multimillonario perverso y depredador?