Capítulo 3 Monitores en la madrugada #3
—Entonces ayúdame.
Rafael cerró los ojos un momento.
—No puedes enfrentarte a Salazar sin pruebas.
—Estoy intentando conseguirlas.
—Y eso es exactamente lo que puede destruirte.
Clara se acercó un paso.
—¿Por qué tienes tanto miedo?
Rafael abrió los ojos.
—Porque ya vi lo que le pasa a la gente que intenta pelear contra algo más grande que ella.
—¿Gabriel Molina?
Rafael se quedó inmóvil.
El nombre cayó entre ellos como una piedra.
—¿Dónde escuchaste ese nombre? —preguntó.
Clara sintió que acababa de confirmar algo importante.
—Entonces lo conocías.
—Clara, aléjate de eso.
—¿Qué descubrió Gabriel?
Rafael bajó la voz.
—No puedo hablar de esto aquí.
—Todos dicen lo mismo.
—Porque es verdad.
—No, Rafael. Porque tienen miedo.
Él la miró con una mezcla de tristeza y cansancio.
—A veces tener miedo es lo único que mantiene a una persona viva.
Clara sintió que las palabras le dolían más de lo esperado.
—Ese no fue el médico que me enseñó a cuidar pacientes.
—El médico que te enseñó eso también quiere que sigas viva para poder cuidarlos.
Durante unos segundos no hablaron.
Luego un sonido atravesó la sala.
Un código por altavoz.
Atención neonatal. Apoyo urgente en unidad restringida. Atención neonatal.
Clara y Rafael se miraron.
La unidad restringida.
Clara salió antes de que él pudiera detenerla.
Corrió por el pasillo con el corazón golpeándole el pecho. Al llegar, vio la puerta restringida abierta por primera vez. Varias enfermeras entraban y salían. La luz roja del lector parpadeaba sin control.
Isabel estaba en la entrada.
—Clara, no—
Pero Clara ya había visto el interior.
La sala era más grande de lo que imaginaba.
Había cinco incubadoras. Paneles opacos separaban a los bebés, como si no fueran pacientes sino secretos individuales.
En una mesa metálica había ampollas etiquetadas con códigos.
Una computadora mostraba gráficos de constantes vitales.
Al fondo, un monitor sonaba con un pitido largo, desesperado.
En la incubadora central, un bebé diminuto luchaba por respirar.
Una tarjeta decía:
Paciente P-019. Nombre: Ana Castillo.
P-019.
El número de la notificación.
Clara sintió que todo encajaba y se rompía al mismo tiempo.
La bebé tenía la piel azulada alrededor de los labios. Una enfermera intentaba ventilarla. Otro médico revisaba una vía. Salazar estaba allí, dando órdenes con voz firme, pero su rostro tenía una tensión que Clara no le había visto antes.
—¿Cuánto tiempo desde la administración? —preguntó Clara, sin pensar.
Salazar se giró con furia.
—¡Sáquenla de aquí!
Pero Isabel, por primera vez, no se movió.
El monitor volvió a sonar.
La bebé no respondía.
Clara miró la pantalla.
Luego miró la ampolla sobre la mesa.
Luego a Ana Castillo.
Y en ese instante, todo su miedo se volvió pequeño frente a la vida que tenía delante.
—Necesita intervención ahora —dijo Clara—. No después del protocolo. Ahora.
Nadie habló.
Salazar apretó la mandíbula.
—Haga lo necesario —dijo al fin, casi escupiendo las palabras.
Clara se acercó a la incubadora.
No pensó en Mercedes.
No pensó en su contrato.
No pensó en la amenaza del mensaje.
No pensó en Rafael mirándola desde la puerta.
Solo pensó en la bebé.
—Vamos, Ana —susurró—. Quédate aquí.
Durante los siguientes minutos, el mundo se redujo a números, respiración, manos, oxígeno y tiempo. Clara trabajó junto al equipo con precisión. Cada segundo parecía estirarse. Cada pitido del monitor podía ser una esperanza o una sentencia.
Finalmente, la saturación subió.
Setenta y seis.
Ochenta.
Ochenta y cinco.
Ochenta y nueve.
El color de Ana empezó a mejorar.
Alguien soltó un suspiro.
Clara no supo quién.
Tal vez ella misma.
Cuando la bebé quedó estable, Clara levantó la mirada.
En la sala, nadie celebró. Nadie sonrió.
Todos parecían conscientes de que algo había sido salvado, pero también de que algo había quedado expuesto.
Salazar se acercó lentamente.
—Fuera —dijo en voz baja.
Clara se quitó los guantes sin apartar la mirada.
—Esta reacción debe registrarse completa.
—Fuera.
—Hora de administración, hora de crisis, síntomas, intervención y evolución.
Salazar dio un paso más.
—Está cruzando límites que no entiende.
Clara miró a Ana Castillo, dormida dentro de la incubadora, con el pecho moviéndose débilmente.
—No. Estoy viendo pacientes que ustedes intentan convertir en datos.
La sala quedó helada.
Entonces, desde la computadora del fondo, sonó una notificación.
Todos miraron hacia la pantalla.
Un archivo se había abierto automáticamente en el sistema.
El título apareció durante apenas unos segundos antes de que alguien lo cerrara.
Pero Clara alcanzó a leerlo.
PRONÓSTICO BETA — RESULTADOS AJUSTADOS
Resultados ajustados.
No “resultados finales”.
No “resultados revisados”.
Ajustados.
Clara sintió el papel de Enrique dentro de su bolsillo.
Gabriel Molina había dejado una pista.
Y ahora Clara sabía dónde empezaba el verdadero crimen.
Aquella madrugada, los monitores no solo habían salvado a una bebé.
También habían hablado.
Y esta vez, Clara los había escuchado.