Capítulo 3 Monitores en la madrugada #2
—La paciente es menor de edad y la madre está presente —dijo Clara—. Cualquier conversación relevante debe ser transparente.
Elena miró a Clara como si acabara de encontrar un punto firme en medio del agua.
Salazar sonrió sin alegría.
—Su entusiasmo es admirable, doctora. Pero también puede ser peligroso.
—Lo peligroso es no registrar lo que ocurre.
La frase salió antes de que Clara pudiera detenerla.
Los ojos de Salazar se estrecharon.
—¿A qué se refiere?
Clara sintió a Isabel tensarse detrás de ella.
Era demasiado pronto. No tenía pruebas suficientes. Solo la frase que había escuchado detrás de una puerta.
No registres todavía.
Clara eligió sus palabras.
—Me refiero a que cada crisis debe quedar documentada con precisión. Hora, síntomas, intervención y medicación previa.
—Eso ya se hace —dijo Salazar.
—Entonces no habrá problema en que revise el registro completo.
Mercedes intervino con suavidad calculada.
—Doctora Álvarez, hablaremos de esto en privado.
—No mientras Mateo siga inestable.
Salazar sostuvo su mirada unos segundos más. Luego se acercó a la incubadora y observó al bebé como si fuera un dato en una tabla.
—Mantengan vigilancia —ordenó—. No suspendan el protocolo hasta que el comité revise la solicitud.
Elena se enderezó.
—Pero yo soy su madre.
Mercedes se giró hacia ella.
—Y respetamos eso. Por eso vamos a orientarla correctamente antes de cualquier cambio.
La palabra “orientarla” sonó demasiado parecida a “convencerla”.
Cuando Salazar y Mercedes salieron, Elena se sentó despacio. Parecía agotada, pero también más despierta que antes.
—Doctora —dijo en voz baja—, ¿mi hijo está en peligro?
Clara miró a Mateo.
El bebé dormía, ajeno a los adultos que decidían sobre su cuerpo.
—Todos los bebés prematuros están en una situación delicada —respondió Clara—. Pero yo voy a revisar todo lo que pueda.
—¿Y si no la dejan?
Clara no respondió de inmediato.
Porque esa era exactamente la pregunta que también se hacía ella.
Más tarde, en la estación de enfermería, Clara revisó los monitores de las últimas horas.
Había una función del sistema que permitía ver tendencias: frecuencia cardíaca, oxígeno, respiración, temperatura.
No era el expediente completo, pero los monitores no mentían con tanta facilidad como los informes.
Buscó a Mateo.
El patrón era claro.
A las 5:10, administración del protocolo.
A las 5:43, descenso de saturación.
A las 5:45, respiración irregular.
A las 5:48, movimientos anormales registrados como “actividad transitoria”.
Clara anotó.
Luego buscó a Sofía Marín.
A las 2:40, administración.
A las 3:18, apnea severa.
Buscó a Lucas Herrera.
A las 11:05, administración.
A las 11:39, saturación inestable.
A las 11:42, movimientos anormales.
Tres bebés.
Tres crisis.
Entre treinta y cuarenta minutos después de recibir N-47.
Clara sintió que la sangre se le helaba.
Aquello ya no era una impresión. Era un patrón.
Necesitaba imprimir los registros, pero el sistema no se lo permitía. Los reportes estaban bloqueados para exportación. Así que hizo lo único que podía hacer sin levantar alarmas: copió los horarios a mano en su libreta, uno por uno, con letra pequeña y precisa.
Mientras escribía, una sombra cayó sobre la mesa.
—Eso puede costarle el puesto.
Clara levantó la vista.
Enrique Torres, el farmacéutico clínico, estaba frente a ella.
El mismo hombre de la carpeta gris. El mismo que había entrado en la unidad restringida.
Tenía el rostro cansado, la barba sin afeitar y una identificación torcida en el bolsillo. No parecía peligroso. Parecía alguien que llevaba mucho tiempo durmiendo poco y fingiendo demasiado.
—¿Me está amenazando? —preguntó Clara.
Enrique miró alrededor.
—No. Le estoy advirtiendo.
—Ya recibí suficientes advertencias.
Él bajó la voz.
—Entonces escuche una más: no use los ordenadores del hospital para buscar N-47. Todo queda registrado.
Clara cerró la libreta.
—¿Por qué me dice esto?
Enrique tragó saliva.
—Porque alguien debió decirme lo mismo a mí antes.
Clara lo observó con atención.
—¿Usted conocía al farmacéutico que desapareció?
El rostro de Enrique perdió color.
—No diga eso aquí.
—¿Cómo se llamaba?
Él apretó los labios.
—Doctora, no puedo ayudarla.
—Ya lo está haciendo.
Enrique miró hacia la puerta restringida. Luego dejó sobre la mesa un pequeño papel doblado.
—No lo abra aquí.
Después se alejó sin mirar atrás.
Clara esperó unos segundos. Luego tomó el papel y lo guardó dentro del bolsillo de la bata.
No lo abrió hasta llegar al baño del personal, donde no había cámaras visibles. Cerró la puerta, apoyó la espalda contra la pared y desdobló el papel.
Había un nombre escrito a mano.
Gabriel Molina.
Debajo, una dirección de correo electrónico.
Y una frase:
Busque el archivo “Pronóstico Beta”.
Clara sintió que el título le producía un escalofrío.
Pronóstico.
No como predicción médica.
Sino como advertencia.
Guardó el papel justo cuando escuchó pasos acercarse. Abrió el grifo para fingir normalidad y se miró al espejo.
Sus ojos estaban rojos por la falta de sueño.
Pero ya no había duda en ellos.
Al salir, encontró a Rafael Ortega esperándola al final del pasillo.
—Necesitamos hablar —dijo él.
Clara sintió el papel dentro del bolsillo como si quemara.
—Estoy trabajando.
—Clara, por favor.
Había algo en su voz. No autoridad. No reproche. Preocupación real.
Entraron en una sala vacía de consulta familiar. Rafael cerró la puerta.
—Víctor está furioso —dijo.
—Eso no me sorprende.
—Mercedes también.
—Eso tampoco.
Rafael se pasó una mano por el rostro.
—Estás llamando demasiado la atención.
—Un bebé tuvo otra crisis después del medicamento.
—Los prematuros tienen crisis.
—Tres bebés. Tres episodios. Todos entre treinta y cuarenta minutos después de N-47.
Rafael se quedó quieto.
Por un instante, Clara vio algo en sus ojos. No sorpresa. Reconocimiento.
—Ya lo sabías —susurró ella.
—No.
—Rafael.
Él bajó la mirada.
—Había rumores de eventos transitorios. Nada concluyente.
—¿Eventos transitorios? Mateo dejó de respirar.
—No estoy defendiendo a nadie.