Prometida al mafioso de Nápoles CAPÍTULO 1
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Prometida al mafioso de Nápoles

Prometida al mafioso de Nápoles

Por G.R. Oliveira

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CAPÍTULO 1

«En boca cerrada no entran moscas.»

VALENTINA ROSSI

Sentía la mano de mi madre en mis dedos cuando empecé a tocar.

No literalmente —llevaba diez años muerta—. Pero cada vez que me sentaba a este piano de la sala de música, era como si ella volviera y posara los dedos sobre los míos, guiando el nocturno de Chopin que tocaba los domingos, cuando la casa todavía era una casa y no una fortaleza.

Op. 9 n.º 2. Su favorito. El único pedazo de ella que el tiempo aún no se había llevado.

Era primera hora de la tarde de un martes en Palermo, y el sol entraba por las vidrieras venecianas en franjas doradas que cortaban el suelo. El mar Tirreno brillaba ahí fuera como un espejo de plata fundida.

Toda la casa en silencio, salvo por la música, por las suaves ondas del Chopin que brotaban de mis dedos.

Cerré los ojos en el segundo movimiento.

Pensé en Bolonia, en la carta de admisión guardada en el primer cajón de mi escritorio, encima de un sobre con veinte mil euros que había ido ahorrando a escondidas desde los diecinueve años.

Facultad de Letras Modernas. Dante. Calvino.

La vida que había elegido para mí misma por las noches, en silencio, en la habitación del convento, con la luz de la luna y sin más testigo que Dios.

Tres meses más, pensé. Tres meses y me voy de esta casa.

La puerta de la sala de música se abrió sin que nadie llamara.

No necesité volverme para saber que era él. Conocía el olor del puro de mi padre desde antes de saber andar: tabaco cubano, con una nota de cuero viejo del escritorio donde guardaba la caja.

Sin embargo, hoy venía acompañado de otro olor.

Colonia masculina. Dos.

Soldatos. Mi padre no llevaba soldados a la sala de música a no ser que estuviera cerrando algo muy gordo.

Seguí tocando. La mano derecha subiendo por los agudos. Cuatro compases. Cinco. Fallé la nota en el sexto. Un la en vez de un sol.

La mano me tembló. Paré y cerré la tapa del piano con más delicadeza de la necesaria, porque cualquier gesto más brusco habría sido una confesión.

Me volví despacio.

Salvatore Rossi, mi padre, capo de la familia Rossi, sesenta y dos años de Palermo en los huesos, se sentó en el sillón de enfrente sin pedir permiso.

Los dos hombres se quedaron de pie detrás de él, con las manos cruzadas delante del cuerpo.

Conocía esa postura. Era la postura de quien va armado y quiere que lo sepas.

Mi padre encendió el puro; la llama del mechero tembló un instante y luego se afirmó.

Dio una calada, soltando el humo por la comisura de la boca, mirándome como miraba a sus hombres cuando iba a dar una orden que no admitía réplica.

—Te casas dentro de tres meses, Valentina. No me preguntes con quién. No tienes derecho a preguntar.

Había algo que aprendí en el convento y que él nunca entendió: el silencio era un arma. El silencio era la única arma que una mujer podía llevar dentro de una casa de hombres armados sin que nadie la desarmara.

Me quedé callada, sentada de espaldas al piano cerrado. Las manos sobre el regazo, los anillos de mi madre en los dedos.

Miré a mi padre con la paciencia educada de una monja recibiendo penitencia.

Él me sostuvo la mirada y dio otra calada, esperando a que yo cediera.

No cedí.

Y entonces, porque él es quien es, y porque yo soy lo que soy, cedió él primero:

—Pregunta.

—¿Quién?

—Luca Moretti.

La casa no se vino abajo. El mar siguió brillando ahí fuera. Los relojes de la sala siguieron marcando los segundos.

Pero algo dentro de mí —algún órgano pequeño y específico que existía entre el corazón y el estómago y que servía exactamente para este tipo de noticias— dejó de funcionar en silencio para siempre.

Luca Moretti.

El Don de la Camorra de Nápoles. El hombre cuyo nombre mi padre llevaba cinco años escupiendo como si fuera veneno.

El hombre que mató a mi hermano.

—¿Cuándo? —pregunté, no sé cómo, pero con la voz firme.

—Dentro de tres meses, en Posillipo. Viajas a Nápoles la semana que viene y vivirás allí hasta la boda. Serás presentada a la familia, entrenada, preparada.

—¿Entrenada?

—Ya me has oído.

Sonreí. La sonrisa que aprendí de la madre superiora para usar con obispos pesados.

Por dentro: Entrenada como una perra. Como una yegua de raza que va a ser entregada al semental de la familia vecina para producir crías que acabarán con la guerra.

—Va bene, papà —dije.

Él me miró con desconfianza.

Esperaba resistencia, esperaba lágrimas, gritos, jarrones rotos.

Después se levantó. Los dos hombres se apartaron de la puerta para dejarlo pasar. Pero, antes de salir, se detuvo en el umbral y dijo:

—Fue lo mejor que pude conseguir, Valentina. Todavía no lo entiendes. Pero lo entenderás.

Subí la escalera de mármol con la calma de quien todavía es dueña de la casa. Después saludé a Rosalia en el pasillo.

Cerré la puerta de la habitación y eché la llave. Y solo entonces, con la espalda contra la madera, me deslicé hasta el suelo.

No lloré. Las lágrimas vinieron, pero no lloré: llorar es cosa de pulmones y garganta, con sonido.

Las mías solo caían, en silencio, mientras miraba el techo blanco de la habitación pensando en Matteo. En mi hermano de treinta y dos años en el ataúd cerrado, porque lo que quedó de él en el depósito no se podía enseñar a la familia.

Hice un juramento aquel día, con la frente apoyada en la madera del ataúd: Un día, Matteo. Un día miraré a ese hombre a la cara y lo mataré.

Y el destino, con ese sentido del humor cruel que solo el destino tiene, había decidido que yo iba a mirarlo a la cara en el altar.

Con velo blanco. Cogida de su brazo.

Me levanté y fui hasta el tocador de mi madre. Abrí el cajón secreto detrás del espejo —ella me lo había enseñado una semana antes de morir, cuando yo tenía trece años y todavía creía que los secretos entre mujeres eran un juego—.

Un día lo necesitarás, amore mio, me había dicho.

Saqué la daga de la familia. Empuñadura de marfil, hoja de acero de Toledo, el escudo de los Rossi grabado en la guarda.

Trescientos años. Las hijas de la familia la llevaban para protegerse de los maridos que recibían de regalo. Probé el filo en el pulgar y enseguida brotó una gota de sangre.

Voy a casarme, pensé, viendo correr la sangre.

No tenía elección, pero si fue él quien mató a Matteo, una de las dos familias no llegaría viva a fin de año.

Puede que sea la suya, puede que sea la mía, pero será una de las dos con toda la certeza del mundo…

Llamé a Francesca a las tres de la madrugada.

—¿Bella? —Su voz sonaba adormilada—. ¿Qué hora es, tía?

—Fra —susurré—. Me voy a casar con Luca Moretti.

El silencio al otro lado fue tan largo que pensé que se había cortado la llamada. Cuando volvió a hablar, su voz ya estaba lúcida.

—Madonna santa.

Se lo conté todo. En voz baja, con Rosalia durmiendo en la habitación del fondo del pasillo.

Francesca escuchó sin interrumpir, a su manera.

Al final respiró hondo e hizo una broma, porque así era como me salvaba desde los catorce años:

—Bella, cariño, una de dos: o te escapas ahora mismo a Bolonia con la mochila a cuestas, y yo misma te llevo a la estación, o te casas y te conviertes en la primera mafiosa licenciada en Letras Modernas. Por lo menos tendrás una biblioteca enorme en su mansión.

Me reí medio segundo y luego me callé.

—No voy a huir.

—Bella…

—Voy a casarme. Pero voy a descubrir, dentro de aquella casa, exactamente quién mató a mi hermano. Y entonces decidiré qué hago con Luca.

Le tocó a ella quedarse en silencio.

Cuando habló, su voz era distinta, sin bromas:

—Bella… ¿y si no fue él? ¿Y si fue alguien que está más cerca?

—Fue él, Fra.

—Pero ¿y si…?

—Fue él.

Colgué sin despedirme, después dejé el teléfono en la mesilla de noche con más fuerza de la necesaria y me acosté.

Mis ojos se clavaron en el techo.

El mar de ahí fuera batía contra las rocas de Mondello; el bulto de la daga bajo el colchón se me marcaba en la cintura.

Dentro de tres meses dormiría en la cama del hombre que mató a mi hermano. Y tenía que decidir, antes de llegar allí, si yo era la novia.

O si era la venganza…