PROMESAS DE CRISTAL
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Capítulo 1 Una apuesta perdida.
Una apuesta perdida.
La pantalla del teléfono celular se encendió bruscamente, inundando la habitación con una melodía chillona y escandalosa. La chica dejó a un lado la partida de Plantas vs. Zombis que jugaba en el ordenador para enfocar su atención en la notificación.
De: Mamá.
Al abrir la fotografía adjunta, se topó con una sorpresa de lo más desagradable: un chico castaño se besaba apasionadamente con una mujer rubia.
Sus manos comenzaron a temblar al reconocerlo.
Soltó un bufido lleno de indignación, se tiró de espaldas sobre la cama y se dispuso a leer el texto que acompañaba la imagen:
«Has perdido la apuesta, cariño. Así que, sin peros ni más juegos, en quince días te enviaré la información de tu prometido y futuro marido».
El resto de la noche transcurrió a una velocidad alarmante.
Dio vueltas y vueltas entre las sábanas, maquinando cuál sería su siguiente estrategia para eludir las exigencias de su madre.
Evaluó con cuidado cada opción; todas eran peores que la anterior.
Incluso consideró seriamente la idea de fugarse del país y cambiar de identidad con tal de no aceptar al viejo con el que, de seguro, su madre la había comprometido sin su consentimiento.
Sus pensamientos se fueron apagando lentamente, sin que ella lo notara, hasta que quedó sumida en la inconsciencia.
6:50 a. m., lunes 1 de junio.
El dulce y relajante sonido de la lluvia al caer fue interrumpido de golpe por el estribillo de Barbie Girl, de Aqua. Una mano emergió de las cobijas y buscó a tientas sobre la mesa de noche hasta dar con el ruidoso aparato. Tras descolgar, se apresuró a llevárselo al oído.
__ ¿Me puedes explicar por qué media oficina ya está aquí y tú no? — La voz de Melissa al otro lado de la línea terminó de espabilarla. Al comprobar la hora en el reloj de pared, Abril tragó grueso.
__ Melissa... ¿Ya llegaron los inversionistas?
__ No, llegarán a las siete; por eso debíamos estar aquí mucho antes. Por el amor de Dios, dime, ¿te quedaste dormida?
__ Es una larga historia. En breve estaré allá — respondió antes de colgar.
Comenzó a correr de un lado a otro de la habitación.
Se detuvo en la puerta del baño, debatiéndose mentalmente entre tomar una ducha rápida o solo lavarse los dientes.
«Es tarde», se regañó en silencio. Al mirarse en el espejo, notó las pronunciadas ojeras que enmarcaban sus ojos marrones.
Su cabello castaño y liso, que generalmente lucía como la indomable melena de un león, hoy estaba extrañamente aplacado.
Le agradeció a Dios por ese pequeño milagro, se dio una palmadita en la frente y se recordó que el tiempo corría en su contra.
Como una fiera enjaulada, se movió a contrarreloj hasta estar lista: camisa blanca perfectamente abotonada, falda tipo tubo de color piel de corte elegante hasta las rodillas y zapatillas cómodas.
Con el cabello ligeramente recogido, lucía como toda una secretaria ejemplar dispuesta a comerse el mundo.
Al salir de casa, descubrió que su hermano mayor la esperaba dentro de su vehículo.
__ Mamá me contó lo de la foto que te envió anoche —dijo él, haciéndole una seña para que subiera—. Supuse que no habrías pegado un ojo planeando tu próxima huida.
Abril obedeció de inmediato. Era demasiado tarde como para ponerse orgullosa en ese punto.
__ Gracias... — susurró.
En un abrir y cerrar de ojos, se encontró bajando del coche.
Le dedicó una rápida sonrisa a su hermano y corrió hacia el ascensor más cercano.
Con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho, decidió no mirar su reloj.
Al salir en el décimo piso, Susan, la recepcionista, la recibió con una mirada analítica.
__ No vayas tan rápido —le advirtió Susan—. Los inversionistas llamaron para cancelar; no vendrán. El señor Kavinsky, al ser notificado, avisó que hoy tampoco pasará por la oficina. Así que, si no tienes trabajo atrasado, te sugiero que vayas a la cafetería. ¡Te ves horrible!
Abril le dedicó una sonrisa forzada, de boca cerrada, antes de girar sobre sus talones y regresar al ascensor. Debido a la falta de sueño, su cerebro no trabajaba al cien por ciento; un chocolate caliente o algo dulce era justo lo que necesitaba para reaccionar.
La cafetería de frente del edificio, estaba pintada de un azul que transmitía una paz inmediata.
El olor inconfundible a pan horneado y a café recién colado solía hacer que los empleados olvidaran sus problemas.
Casi todo el personal de la Corporación Kavinsky acudía allí a pasar el rato cuando el gran jefe se ausentaba.
Hoy, lo más probable era que el lugar estuviera vacío, pues el cielo gris amenazaba con descargar otra tormenta.
Abril jugaba distraída con un trozo de sándwich, intercalándolo con sorbos a su café con leche, atrapada en sus dilemas.
__ Nena, ¿qué te atormenta? —Una de las empleadas del lugar se acercó con aire juguetón.
Tenía un cabello abundante y rebelde sujeto en una coleta alta, y su tez bronceada resaltaba con el rosa chillón de su uniforme. «Toda una belleza caribeña», pensaba Abril cada vez que la veía.
__ María, el idiota de Ronald se dejó tomar una fotografía besando a otra mujer.
María la miró perpleja por la confesión. Tras echar un vistazo rápido a los lados, arrastró una de las sillas y se sentó frente a ella como si fuera un cliente más.
__ ¿Ronald, tu prometido? —Su marcado acento cubano le añadió una capa de dramatismo al chisme.
__ Sí. Mi ex. Mi ex — corrigió Abril, desviando la mirada.
__ ¿Y tu mamá ya lo sabe?
__ Ella fue quien me envió la foto.
María soltó un silbido bajo y realizó un gesto dramático, pasando el dedo índice por su propio cuello.
__ ¡Qué tremendo problema! ¿Y qué vas a hacer? — preguntó, robándole un sorbo al café de Abril.
__ Dentro de quince días se supone que debo ir a conocer al viejo con el que mis padres pretenden casarme —comentó, poniendo los ojos en blanco.
__ Bueno, a veces lo mejor es dejarse llevar por la corriente — le aconsejó María, guiñándole un ojo antes de ponerse en pie para volver al trabajo.
Al salir del edificio minutos después, Abril no se percató de un camión que avanzaba a toda velocidad por la calle.
El vehículo pasó justo frente a ella, pisando un enorme pozo acumulado.
Una ola de agua de lluvia, sucia y estancada, voló por los aires, empapándola por completo de la cabeza a los pies.
Se quedó congelada en la acera, sintiendo el líquido helado escurrir por su camisa blanca perfectamente abotonada.
__ Genial — susurró para sí misma, con el sarcasmo chorreándole por la cara.
Regresó al décimo piso. Tan pronto como las puertas del ascensor se abrieron, Susan exclamó un aliviado: « ¡Por fin!», que se transformó en una mueca de petrificación al ver el estado en el que se encontraba.
__ Te dije que fueras a arreglarte, no a ponerte peor — siseó Susan, comenzando a comerse las uñas, un claro reflejo del estrés que la dominaba.
Antes de que Abril pudiera replicar, las puertas dobles al fondo del pasillo de mármol se abrieron de par en par con brusquedad. Una voz varonil, profunda y autoritaria, resonó con fuerza en todo el lugar:
__ ¡Abril!
Ella abrió los ojos con sorpresa y miró a Susan, confundida. La recepcionista solo articuló un silencioso «lo siento» con una expresión que rozaba las lágrimas.
__ ¡Llegas tarde y, encima, mojada como un perro!
Las manos de Abril se cerraron en puños, conteniéndose para no cantarle unas cuantas verdades a su superior. El azul gélido de los ojos de Aleksei pareció traspasarle los huesos mientras la miraba de forma acusatoria.
__ Si no fuera porque mi madre insiste en mantenerte aquí, hace mucho que habrías dejado de pertenecer a la Corporación Kavinsky. ¡Vete a tu casa! ¡Ahora!
La comisura de los labios de Abril tembló por la furia contenida. Sin embargo, con paso firme y decidido, giró sobre sus talones y abandonó el piso.
Llevaba meses planteándose seriamente la opción de renunciar. El salario era increíble, sin duda, pero cada vez que la madre de Aleksei intervenía, era ella quien terminaba pagando los platos rotos. Y, por si fuera poco, parecía tener el don de meter la pata cada vez que él estaba cerca.
« ¡Vaya día para querer morirse!», pensó Abril con total frustración.