Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3) 1. Chispa
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Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3)

Profecía Pura (Serie Kat Drummond 21, Cindy Giles 3)

Por Nicholas Woode-Smith

© inepub.com

1. Chispa

Chispa

El mundo tembló. Rocas, metal y polvo corrompido se precipitaron al suelo como la lluvia torrencial de una tormenta tropical.

Una bruma rosa oscura y roja se mezcló con el polvo gris y la ceniza levantados por los escombros, elevándose como vapor en una sauna sangrienta.

Y, a mi alrededor, el mundo gritó sin emitir sonido, acallado por el chirrido del metal.

—¡Esta montaña será vuestra tumba! —rugió Steelbender; su voz profunda retumbaba como un terremoto y contenía el eco de un martillo golpeando un yunque. Había certeza en su voz. Una certeza tan inflexible como el acero más resistente.

Los disparos atronaron, sumándose a la estruendosa cacofonía de la caverna que se derrumbaba. Conrad y Alex vaciaron sus pistolas contra la horda de agentes enmascarados, enfrentándose cuerpo a cuerpo con armas, machetes y puños. Una niebla de sangre se aferraba a la ceniza y el polvo.

Conrad agarró a un agente por la máscara y lo derribó antes de dispararle a bocajarro en la cara. El muerto lanzó un grito, con la boca abierta en un alarido pese a que sus ojos no mostraban señal alguna de vida. La sangre brotó de su cabeza como una fuente. Lloraba lágrimas de sangre.

El fuego surcó la cámara e incineró los cuerpos de los agentes mientras Tom atravesaba aquella estancia en pleno derrumbe como una trilladora infernal. Su hacha, envuelta en llamas, segaba una avalancha interminable de cuerpos.

Alex acuchilló con el machete a varios enmascarados, que a su vez le rajaron los brazos. El carmesí cubrió las escarificaciones verdes y resplandecientes de sus brazos. Sus movimientos se volvían más torpes con cada golpe que recibía y con cada agente al que abatía.

Sentí algo palpitar en lo más profundo de mi ser. Una luz titiló. Como si estuviera a punto de apagarse. Pero no podía permitirlo.

Un agente se abalanzó sobre mí, con los ojos llenos de odio y violencia irracionales. Me lancé a un lado y rodé entre los cadáveres mutilados que Brick había dejado desangrándose y pudriéndose en montones por toda la cámara.

Con un gesto seco del puño cerrado, Steelbender arrojó una andanada de metal dentado contra Brick.

Mi gigantesco amigo apartó una docena de fragmentos en pleno vuelo con su martillo negro.

Pero no fue suficiente. Lo acribillaron, atravesándole la armadura corporal.

Su cuerpo vibraba y se sacudía con cada impacto.

Me detuve y me volví hacia mi amigo moribundo, preparando aquella luz menguante de mi interior para arrancarlo del borde de la muerte.

Pero, cuando intenté alcanzar mi chispa, oí más gritos.

Alex vaciló; sus machetes se quebraron bajo la embestida de Steelbender.

Cayó al suelo mientras la sangre se acumulaba bajo su cuerpo.

Mi chispa jadeó en mi interior. No tenía poder suficiente para salvar a los dos.

Aquel lugar estaba sumido en la oscuridad.

La esperanza se desvanecía. Después de todo lo ocurrido, de todo mi insensato despilfarro de aquella valiosa magia que daba por sentada, apenas podía salvar a uno de ellos, mucho menos a ambos.

Conrad luchó solo contra varios agentes y desapareció bajo un montón de cuerpos vestidos de negro que se retorcían. Sus gritos se volvieron apagados. Ahogados. Y después enmudecieron. El mundo continuó temblando mientras el fuego se volvía cada vez más abrasador.

Tom se lanzó a la refriega, golpeando el torrente interminable de cuerpos con los puños envueltos en llamas y desgarrándolos con su hacha al rojo vivo. Con cada golpe, el amor de mi vida titilaba; su cuerpo se desvanecía y palpitaba como la estática de un televisor.

Brick y Alex jadeaban y gemían en el suelo. Yo permanecía inmóvil entre ellos, incapaz de decidir quién debía vivir y quién debía morir. Mientras tanto, Conrad se asfixiaba bajo el montón de muertos y moribundos, y mi chispa lloraba en voz baja.

Steelbender soltó otro rugido ensordecedor y caí de rodillas, tapándome los oídos y cerrando los ojos. Deseé que todo aquello se detuviera. ¡Que todo desapareciera! Pero no fue así.

Abrí los ojos y alcé la vista hacia Tom. Había abandonado sus inútiles intentos de liberar a Conrad. Brick trató de incorporarse, pero resbaló en su propia sangre. Alex no se movía.

Grandes pedazos del techo se desplomaron y redujeron a pulpa cuerpos ya destrozados. Sangre y huesos rotos se unieron al metal y al polvo, formando un huracán de metralla.

Tom me miró fijamente. Tenía el rostro pálido, decidido, destrozado... pero no derrotado. Su expresión sombría se disipó y me sonrió. Casi con tristeza. Pero sin una pizca de duda.

Sentí una punzada en lo más profundo de las entrañas, el corazón y la chispa.

Como si un cuchillo de hielo me apuñalara en el estómago.

Una y otra vez. Ya había visto antes aquella expresión en su rostro.

Había sentido aquella mirada y visto aquella triste resolución y aquella serena disposición al sacrificio.

Pero, más que una sensación de déjà vu, sentí auténtico terror.

—No... —intenté gemir, pero tenía la garganta seca. No emití sonido alguno. Ni siquiera un graznido.

Intenté tenderle la mano, detenerlo. Deshacer lo que había sucedido entonces. Pero él se limitó a negar con la cabeza y dio un paso al frente.

Se desplomó y cayó al suelo como un muñeco de trapo. La sangre comenzó a acumularse a su alrededor.

Abrí mucho los ojos, me obligué a ponerme en pie y atravesé de un salto el caos y la cacofonía para llegar junto a él.

No...

Otra vez no. Así no.

Ahora sentía mi chispa distante, ahuyentada por la oscuridad y por todo lo que había hecho durante aquella insensata cruzada.

Estaba pagando el precio de ser una sanadora que había intentado matar.

Pero, por inútil que fuera, supliqué a mi chispa que no me abandonara.

Que me castigara después. Que me diera una última oportunidad de salvar una vida.

La única vida que de verdad me importaba en aquel momento.

Tom yacía rodeado por la matanza mientras Steelbender seguía destruyendo el mundo a nuestro alrededor. Yo lo ignoré todo. No me importaba qué más sucediera. Lo único importante era que Tom viviera.

Llevé las manos hasta el círculo ensangrentado que crecía con rapidez sobre su pecho e intenté alcanzar mi magia. Busqué hasta la última brizna de chispa sanadora que pudiera recomponer al hombre que no solo me había salvado la vida, sino también el alma.

Pero la magia no acudió.

Apreté los dientes y grité.

—¡Llévatelo todo! —aullé—. Llévame a mí. Llévate mi chispa. Llévatelo todo, pero perdónalo a él. ¡Luz Sagrada! A él no. Por favor...

Pero la chispa no acudió. De las puntas de mis dedos no brotó magia alguna. Tom jadeó y tosió. Las lágrimas cayeron de mis ojos ardientes cuando por fin farfulló, alzó hacia mí sus ojos vidriosos y murió.

El mundo enmudeció.

Ya había sentido aquello antes. Mil veces. Pero nunca se volvía más fácil. El dolor jamás se mitigaba. Era un cuchillo tan afilado como siempre, hundiéndose en las partes de mí que se habían atrevido a sentir alegría.

Aparté del pecho de Tom mis manos manchadas de sangre, tomé las suyas entre las mías y las apreté. Cerré los ojos mientras las lágrimas resbalaban en silencio por mis mejillas.

—Lo siento...

Sentí que las manos de Tom me devolvían el apretón.

Abrí los ojos y me quedé sin aliento. Retrocedí de golpe, tapándome la boca con una mano.

Gurtrum me miraba desde el lugar donde antes había yacido Tom. Estaba muerta, ya en descomposición. Pero sus ojos vidriosos e inmóviles miraban directamente al fondo de mi alma.

—Tú me mataste —graznó la anciana purificadora; el veneno de su voz era demasiado corrosivo y potente para proceder de una muerta.

Sentí en las manos el frío metal y la empuñadura de madera de Voidshot.

Sobresaltada, solté la pistola y sacudí las manos para desprenderme de la sangre fresca y húmeda.

Pero el rojo no desapareció. Me miré las manos, que rezumaban capa tras capa de carmesí.

La sangre de Gurtrum ahogaba mi chispa y asfixiaba mi magia.

—Podrías haberlo salvado —tronó el cadáver de Gurtrum, al que ni la muerte había logrado silenciar—. Pero me mataste. Mataste tu chispa. Lo tenías todo. Y lo destruiste por una mezquina venganza. Para sentirte grande y fuerte.

—¡No! —intenté responder, pero solo me salió un chillido agudo. Me agarré la cabeza, dejando que la sangre me apelmazara el pelo y me manchara la piel.

—Tú... tú mataste a gente. Tú... tú eres una asesina.

—Y... tú también.

Desapareció y su cuerpo fue sustituido de nuevo por el de Tom.

—Y tú me mataste —dijo él.

El mundo regresó cuando Conrad me empujó al suelo. Abrió fuego contra los agentes que cargaban hacia nosotros. Bang. Bang.

Clavé la mirada en los ojos sin vida y acusadores de Tom.

Bang. Bang.

Conrad siguió disparando, de pie sobre mí, mientras los casquillos caían al suelo como el techo que se desplomaba.

Bang. Bang.

Ya no caían lágrimas de mis ojos. Ya no sentía nada procedente de mi chispa. Gurtrum tenía razón. Yo la había matado. Había matado mi chispa.

Bang. Bang.

Y lo había matado a él.

Bang. Bang. Bang. Bang. Bang.

***

¡BANG!

Me incorporé de golpe en la cama como un vampiro que huyera del sol y lancé por los aires un Libro que, de algún modo, había permanecido abierto sobre mi cara durante toda la tarde mientras dormía.

El Libro chocó contra la puerta entreabierta del armario y cayó con un golpe sordo sobre un montón de zapatos apenas usados.

Parpadeé, luchando contra un dolor de cabeza punzante mientras la luz asaltaba mis sentidos. Una rendija entre las cortinas dejaba entrar una franja de intensa luz blanca y dorada. La luz fresca de la mañana.

El sol apenas empezaba a salir. Era una visión que no contemplaba desde hacía siglos. Mucho más temprano que la hora a la que solía despertarme. Fruncí el ceño como solo puede hacerlo alguien a quien acaban de arrancar del sueño, justo cuando otro estruendo resonó por toda la casa.