Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Wade

La noche sigue mejorando

Me río del chiste de Jack y apuro la cerveza para volver al escenario.

Durante la siguiente hora canto con toda el alma y la pista de baile está a tope.

Jack me saluda para despedirse mientras me tomo otro descanso.

La chica antipática y su pandilla también se han ido.

Pero un grupo completamente nuevo de clientes ha llenado el local.

Todavía quedan un par de horas por delante, compruebo al mirar el reloj, mientras me bebo otra cerveza en el descanso.

Uno de los porteros me llama por mi nombre:

—Tú eres Wade, ¿verdad?

Asiento.

—¿Quién pregunta?

«Dios, ¿y ahora qué?».

El portero señala a una chica; solo puedo verle la cabeza entre la multitud. Cuando se acerca, me doy cuenta de que está embarazada. Tiene el pelo corto, ondulado y castaño, gafas, y una expresión amarga. No tengo ni idea de quién es ni qué quiere de mí, pero ladea la cabeza expectante.

—Déjame adivinar... no sabes quién soy.

No es una pregunta.

—De hecho, no, ¿debería conocerte? —pregunto, intentando sonar igual de arrogante y condescendiente.

Mira a su alrededor un momento.

—¿Crees que podemos ir a algún sitio privado a hablar?

Su tono es cortante.

—¿Puedes decirme primero quién eres? —me burlo.

—No es que vaya a cambiar nada, pero soy Priscilla. La última vez que vine fue hace unos seis meses, más o menos cuando tú también estuviste aquí.

Se frota la barriga hinchada y se me pone la piel de gallina.

—Eh... podemos ir a la sala de atrás —digo, guiándola.

El portero me mira y articula en silencio «¿estás bien?»; el mismo portero que echó a la prostituta antes. Asiento. Él asiente, comprensivo, pero se queda allí, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Cuando llegamos a la sala verde, cierro la puerta.

—Entonces, ¿qué puedo hacer por ti, Priscilla?

«Esto promete».

No se sienta en el sofá, probablemente porque parece infestado de alimañas. Y yo tampoco se lo ofrezco, porque ni siquiera yo quiero sentarme en él.

—¿Te acuerdas de mí, Wade?

Su tono denota irritación.

—No. ¿Por qué no me refrescas la memoria?

Mira el sofá.

—¿Tenía el pelo largo y negro? ¿Pesaba unos quince kilos menos?

Señala el sofá.

—Creo que estrenamos ese sofá unas cuantas veces, y la pared, y el suelo, ¿no?

Lo dice claramente sin estar orgullosa de ello.

—No me suena de nada, Priscilla.

Se lleva una mano a la cadera.

—Jesús, ¿con cuántas mujeres te acuestas cada noche?

—No creo que eso sea asunto tuyo.

Suelta un resoplido.

—Bueno, lo recuerdes o no, estoy esperando un hijo tuyo, Wade.

Echo la cabeza hacia atrás.

—Y una mierda.

¡Esta tía está loca! ¿Qué tiene este sitio? ¡Que alguien me recuerde no volver nunca más! Joder, ¡este lugar debería llamarse «Entra bajo tu propia responsabilidad»!

—Niégalo si quieres, pero es tuyo.

Es tajante.

—Y como hay docenas de Ford en Carolina del Sur, no pude encontrarte. Hasta que me enteré por ahí de que ibas a tocar aquí esta noche. Por eso estoy aquí.

No pensaba decirle que no vivo en Carolina del Sur, sino en Carolina del Norte. Cuanto menos sepa de mí esta psicópata, mejor.

Me miro las manos, intentando ganar tiempo.

—Mira, Priscilla, puedo decirte que no me acosté con nadie la última vez que estuve aquí. Este lugar está tan limpio como un contenedor de basura y, a pesar de lo que «crees» que sabes de mí, tengo mis principios.

Admito que estaba pensando en tirarme a la rubia en mi coche más tarde, antes de saber de qué iba, pero ahora no, y no en este antro.

—Bueno, te guste o no, Wade Ford, me vas a deber... y mucho —dice, entregándome un sobre manila—. Nos vemos en el juzgado.

Me habla como si fuera un payaso y sale de la habitación.

Cuando abro el sobre, se me salen los ojos de las órbitas. A pesar de haberme dicho que no podía encontrarme, de alguna manera había conseguido localizar mi dirección y mi número de teléfono.

Por más que lo intento, no recuerdo a esta mujer. Pero algo me dice que va a quedarse en mi memoria durante mucho tiempo.