Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Julia

Colton está sentado en el tanque de inmersión.

Estalla una carcajada general cuando todos sus alumnos se reúnen a su alrededor y se empujan unos a otros por la oportunidad de hundir a su profesor de equitación.

Pero justo cuando empiezan a hacer fila, los cuatro hermanos Ford restantes se acercan con paso tranquilo al frente de la cola.

Cada uno saca un billete de cien dólares del bolsillo y se lo da a Liz, que está recaudando dinero y vendiendo boletos para las atracciones.

Cinco intentos cuestan solo cinco dólares, pero ellos contribuyen con billetes de cien y lo hacen muy evidente, levantando los billetes en el aire.

Las risas y los aplausos son para morirse.

Colton cruza los brazos sobre el pecho, aprieta los labios y asiente, como diciendo «Ah, sí, me han pillado».

Me acerco a él e intento contener la risa, pero no puedo.

—¿Tú también quieres intentarlo? —dice, fingiendo irritación.

—¿Puedo? —bromeo.

—Adelante, pero me las pagarás... después —me guiña un ojo.

—Muy bien, hermanito. Aguanta —dice Dalton mientras hace su primer lanzamiento.

Lanza la pelota, pero queda a un centímetro de la diana.

La segunda golpea el objetivo, pero no tiene suficiente fuerza.

La tercera no se acerca ni de lejos. Un niño pequeño, claramente animado por su madre, se acerca al pulsador y lo presiona, y Colton se hunde en el agua.

Los aplausos y las risas resuenan como si estuviéramos en un club de comedia, no en un evento benéfico.

Colton emerge del agua empapado y se limpia la cara con las manos. Sus rizos mojados le enmarcan el rostro y la camiseta se le pega al cuerpo, dejando a la vista todos sus tatuajes y sus músculos. Está para comérselo. Siento que se me humedecen los muslos de inmediato.

—Tenemos que conseguir un jacuzzi o una piscina... o ambos —digo, y le muevo las cejas con picardía.

—¿Te gusta el look mojado, eh? —bromea mientras vuelve a subir a la tabla.

—Oh, sí.

Papá se acerca a mí y me rodea los hombros con el brazo.

—¿Crees que a Colton le importaría si lo intento? —pregunta, lo bastante alto como para que Colton lo oiga.

—A Colton no le importa —dice mi amado.

Charles se asegura de que los clientes puedan subir y bajar de los caballos, y echa una mano a los mozos habituales que vienen a cuidar de Rebel y Maya cuando Colton no está en casa.

Un par de camareras de Mingles están repartidas por todas partes para ayudar a Liz a recaudar dinero y vender boletos, y el hijo de Charles ayuda a los niños a entrar y salir del castillo inflable.

Los hermanos de Colton se encargarán de la barbacoa en cuanto terminen en el tanque de inmersión, y yo ayudo con la limpieza, incluidos los baños portátiles alquilados que hay en batería de tres en la parte trasera de la casa.

El evento benéfico es un gran éxito hasta ahora, con todos los vecinos presentes.

Vecinos, familiares y amigos de vecinos, y gente de todo el estado, algunos incluso de otros estados, han venido a ayudar a recaudar dinero para una causa digna.

Para cuando termina el día, hemos recaudado más de treinta mil dólares.

Papá y cada uno de los hermanos de Colton añaden su parte prometida y la fiesta de Colton vuelve a ser un éxito anual.

Él irradia orgullo mientras empezamos a limpiar al final de la noche.

—Colton, vendremos mañana y terminaremos —dice Dalton—. La empresa de alquiler viene al mediodía, así que tendremos todo listo para la hora de la cena.

Afortunadamente, no hay mucho que limpiar. La limpieza se hizo bien durante todo el día, así que es cuestión de tirar bolsas de basura, volver a guardar los accesorios y las tablas en el almacén, y poner todo de nuevo en su sitio.

—Bien, porque creo que estamos agotados —suspira Colton, y me rodea con el brazo.

—Mi conductor debería venir a recogerme pronto, Julia. Me despido ya —dice mi papá mientras me abraza—. Tú y Colton deberíais venir a cenar mañana. También he invitado a Liz y a Nate.

Miro a Colton y él y papá intercambian una mirada.

—C... Claro —duda Colton—. Suena genial. Allí estaremos.

Todavía no le he dicho a mi papá que me voy a mudar con Colton, así que Colton parece nervioso en su presencia. Esto me da la oportunidad perfecta para anunciar la noticia.

—Sí, nos vemos entonces, papá.

Papá da un paso hacia Colton y le extiende la mano, justo cuando los faros de un coche entran en el camino de entrada.

—Ahí está mi conductor —estrecha la mano de Colton y le da una palmada en el hombro—. Nos vemos mañana, Colton —le guiña un ojo.

Colton le devuelve el apretón de manos cordial y le sonríe.

Mientras sus hermanos empiezan a marcharse, Wade se ofrece a llevar a Liz y a Nate a casa.

—Espera, ¿dónde están? —digo, porque no recuerdo haber visto a mi hermana desde hace un rato.

—Está dentro limpiando —dice Colton—. Iré a buscarla.

Wade levanta una mano.

—No, está bien. Voy yo. De todos modos voy hacia allá.

—De acuerdo —le da un apretón de manos de despedida a Wade y lo vemos caminar hacia la casa.

Dos minutos después, Liz se despide desde el frente de la casa.

—¡Gracias por tu ayuda! —grito, y ella levanta el pulgar hacia ambos.

Wade también saluda con la mano y guiña un ojo.

—¿Qué fue eso? —pregunto, y miro expectante a Colton, como si supiera algo.

—¿Qué fue qué? —se ríe.

—Todo eso de que Wade quiere llevar a mi hermana a casa y quiere ir a buscarla a la cocina. ¿Qué pasa con eso?

Los ojos de Colton se abren de par en par.

—No me había dado cuenta.

Huelo la mentira a kilómetros.

—Tonterías. ¿Tu hermano va detrás de mi hermana? —sonrío.

Soy consciente de la diferencia de edad, pero hoy en día los años no importan tanto.

Colton hace un gesto con la mano.

—¡No, qué dices!

—¿Te ha dicho algo?

—No —se ríe como si fuera lo más ridículo que ha oído en su vida—. Vamos, entremos y tomemos un té. Me muero por una bebida caliente y un baño. Me duelen los huesos de tantos chapuzones de hoy.

Dejo pasar el tema. —De acuerdo. Voy a poner la tetera. ¿Qué té quieres?

—Voy contigo.

Al entrar en la casa, las luces traseras están encendidas, pero las de la sala de estar están apagadas. La estancia solo está iluminada por unas cien velas. Miro a Colton.

—¿Qué es esto?

Sobre la mesa de centro, en el jarrón de cristal más hermoso, hay un enorme ramo de unas cincuenta rosas rojas de tallo largo.

Señala con la barbilla.

—Ve a leer la tarjeta.

Me acerco a la mesa de centro y me agacho para coger la tarjeta del soporte de plástico que hay en medio del ramo. La tarjeta dice: «Mira detrás de ti, mi amor».

Al darme la vuelta, Colton está arrodillado con una pequeña caja cuadrada en la mano. Me llevo la mano a la boca y ahogo un grito. Ni siquiera ha abierto la caja y ya me brotan las lágrimas. Cuando la abre, estoy gimoteando. Tiene los ojos vidriosos y sacude la cabeza lentamente.

—Dios, te quiero tanto, Julia.

Se le quiebra la voz y una lágrima le cae por la mejilla. Me arrodillo para quedar a su altura. Me duele verlo llorar, aunque sé que son lágrimas de alegría.

Ni siquiera he mirado el anillo. No puedo. El momento es tan emotivo que temo estallar. Él continúa.

—Nunca he conocido a nadie que me haya hecho tan feliz tan rápido.

Se limpia los ojos y sorbe, intentando contener la emoción para poder terminar la propuesta.

—No hay nadie más para mí. Eres la única. Por eso quiero casarme contigo... y no me importa que solo nos conozcamos desde hace seis semanas, lo sé... Dios, claro que lo sé, que eres la mujer de mi vida.

Traga saliva. Le tiemblan las manos mientras saca el anillo de la caja. Soy un desastre de lágrimas y sollozos. Intento decir que sí, pero tengo tanto hipo que no me salen las palabras.

—¿Te casarás conmigo, Julia? —pregunta, con el anillo frente a mí.

Todavía sin atreverme a mirarlo, cierro los ojos con fuerza, dejando escapar más lágrimas, y asiento mientras articulo un sí con los labios. Me mira a la luz de las velas, inseguro, y exclamo:

—¡Sí! ¡Sí!

—¡Dios, como mis hermanos aparezcan ahora, me va a dar algo! —se ríe, rompiendo la tensión.

Suelto una carcajada y me limpio la nariz mientras él me pone el anillo en el dedo.

Un poco más valiente, me atrevo a mirarlo.

Abro los ojos de par en par: es el anillo de diamante y esmeraldas más hermoso que he visto en mi vida.

El diamante no es enorme, lo que me hace sonreír.

Las esmeraldas lo rodean y brillan a la luz de las velas.

—Las esmeraldas son para que hagan juego con tus ojos.

Niego con la cabeza, incrédula.

—Colton, me has hecho tan feliz —sollozo.

Me estrecha entre sus brazos.

—Bueno, eso no suena muy convincente —bromea para hacerme reír.

Suspira y me abraza con fuerza, como queriendo retener el momento.

—Te quiero tanto, Colton.

Me aparta un poco para verme la cara y dice:

—Te quiero más que a nada, Julia.

Me da un beso en los labios y luego me mira.

—Nunca me cansaré de ver esa mirada de amor en tus ojos.

—¿Te refieres a la mirada que tienes ahora mismo?

Se lo piensa un momento.

—Supongo que sí —dice con convicción, y vuelve a besarme mientras nos levantamos del suelo.

Miro a mi alrededor, todas las velas brillan en la oscuridad.

—Entonces, ¿fue mi hermana quien preparó todo esto cuando yo creía que estaba limpiando?

Levanta una mano.

—Me has pillado —sonríe—. ¿De verdad crees que podría haber montado esto yo solo?

Me río y lo beso de nuevo.

—¿Wade también lo sabía?

—Sí, lo sabía.

Arqueo una ceja.

—¿Quién más lo sabía?

Echa la cabeza hacia atrás.

—Bueno, tuve que decírselo a mis hermanos para que nos dejaran en paz —gruñe en broma—. Y tuve que pedirle permiso a tu padre porque soy un tipo chapado a la antigua.

Vuelven las lágrimas.

—¿Mi padre lo sabe?

Colton me limpia una lágrima de la mejilla.

—Sí. ¿Y sabes qué me dijo cuando se lo pedí?

—¿Qué?

—Dijo: «¿Dónde estabas hace tres años?» y «Dale muchos bebés» —me guiña un ojo.

Me llevo las manos a las mejillas mientras lloro de alegría.

—Oh, Colton. No te imaginas lo feliz que me hace eso.

—A mí también. Así que más vale que nos casemos pronto, porque no hemos usado anticonceptivos y no sé cómo se lo tomará tu padre si te quedas embarazada antes de la boda —dice con naturalidad y un toque de humor.

—Podemos casarnos aquí mismo, Colton —sugiero, ahora seria—. Este lugar tiene sitio de sobra para mucha gente, lo vimos hoy. Podemos alquilar una carpa por si llueve, y puedo llegar al altar montada en Maya.

Se me iluminan los ojos de emoción.

Parpadea.

—Vaya.

—¿Vaya qué?

—Pensaba que las chicas queríais la gran boda con limusinas y todo el tinglado.

—Bueno, ¿qué tipo de boda quieres tú?

—Mientras mis hermanos estén allí, lo único que importa es que nos casemos. Por mí, podemos hacerlo en el salón. Solo me sorprende que no quieras la típica boda de princesa.

—¿Quieres eso para mí?

Me envuelve en sus brazos y mira al techo, pensativo.

—Quiero lo que tú quieras, Julia. Si quieres una boda aquí, la hacemos aquí. Mientras pueda llevarte lejos a una luna de miel romántica donde seas toda mía cuando quiera y donde quiera, me da igual si nos casamos por internet.

—¿Una luna de miel romántica, eh? ¿Adónde quieres ir?

—A algún lugar donde pueda hacer esto —me besa el cuello, justo en ese punto sensible debajo de mi oreja—, y esto —sus labios descienden por mi cuello hasta el pecho, donde me baja la camiseta y besa la piel justo encima del escote—, y esto —me quita la camiseta, me desabrocha el sujetador y succiona mi pezón, haciéndome gemir—. Donde quiera, cuando quiera.

—Mmmm... entonces te refieres a una isla apartada en Bora Bora o algo así, ¿no? Donde tengamos nuestro propio rincón y nadie pueda vernos. Podemos hacer el amor en el agua o en la playa a cualquier hora del día y de la noche...

—Ahora sí que estás hablando mi idioma —sonríe sobre mi piel mientras besa mi otro pecho, mordisqueando la piel alrededor del pezón—. ¿Sabes lo increíble que es esto? —dice entre besos—. ¿Que podamos hacer esto todos los días durante el resto de nuestras vidas?

—Estoy deseando que llegue —jadeo mientras succiona mi pezón y luego lo lame, pasando la lengua sobre la punta erecta.

—Yo también. Pero ¿sabes qué es lo que realmente me hace ilusión?

—¿Qué es, mi amor? —gimo, disfrutando de la sensación de su lengua sobre mis pezones.

—Que la gente te llame señora Ford.

—Mmmm...

—Y llamarte mi esposa —me besa con pasión, deslizando su lengua en busca de la mía.

—Y llamarte mi marido —digo sin aliento.

—Y que me digas que estás esperando un hijo mío.

Lo miro y sonrío.

—Tú convertido en papá.

La mirada que me dirige está cargada de convicción.

Alterna la mirada entre mis ojos y me besa como si fuera la última vez, dejándome el pecho agitado.

Me baja los vaqueros y me los quita, agarra la manta del respaldo del sofá y la extiende en el suelo.

Me toma de la mano, me guía hasta el suelo y me tumbo.

Colton se quita la camiseta y la lanza a la pila donde está mi ropa, luego se baja los vaqueros.

Está gloriosamente erecto cuando se baja la ropa interior y su cuerpo cae sobre el mío.

Con las velas encendidas, nuestros cuerpos desnudos entrelazados como si fuéramos uno solo, Colton entra en mí, mirándome como si temiera que fuera a desaparecer.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Olvidé preguntarte si te gusta el anillo.

Echo la cabeza hacia atrás sobre la manta y suelto una risita.

—Es la joya más hermosa que he visto en mi vida.

Apoya su frente contra la mía.

—Gracias a Dios.

—Como si importara, Colton —susurro—. Me casaría contigo aunque lo único que me dieras fuera un limpiapipas como anillo de compromiso.

Desliza sus manos sobre mis cejas hasta mi pelo y me besa la nariz.

—Te habría dado el Diamante Hope si tu hermana no me hubiera convencido de lo contrario. O el mundo entero. Te daré lo que quieras, Julia.

—Ya lo has hecho, Colton —deslizo mi mano hasta su pecho—. Me has dado tu corazón. Es todo lo que querré jamás. Es todo lo que necesitaré jamás.

—Lo tienes. Todo.

—Tú también tienes el mío, Colton.