Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Colton

Puedo decir con toda sinceridad que jamás he sido tan feliz en mi vida como ahora.

La mujer que amo no solo va a quedarse en Carolina del Norte, sino que ha encontrado el trabajo perfecto y ha aceptado venirse a vivir conmigo.

La vida no podría ir mejor. Solo hay algo que me inquieta...

¿querrá ella lo mismo que yo? El día que conocí a su padre, hizo un comentario sobre querer tener un montón de hijos, pero cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que no puedo dar nada por sentado basándome en ese comentario.

Ya cometí ese error una vez y no pienso repetirlo.

Si lo de Julia y yo va tan en serio como parece, quiero asegurarme de no estar cayendo en los mismos errores del pasado.

Pero es muy difícil pensar en esas cosas cuando la mujer que amo está desnuda frente a mí, bajándome la cremallera.

La expresión de su rostro lo dice todo...

me desea. Nunca me cansaré de esa mirada.

Cuando mis vaqueros caen al suelo, me quito la camiseta y la lanzo sobre la cama.

Los condones están en el cajón de la mesita de noche y echo un vistazo hacia allí.

—Déjame coger los condones para que no andemos buscándolos en plena faena.

Arquea una ceja mientras me baja la ropa interior y se arrodilla.

Mi polla ya está dura como el acero y apenas me ha tocado.

Han pasado dos días. Dos días. Parezco un adolescente enamorado.

Es casi vergonzoso. Sé que voy a acabar en menos de dos minutos, especialmente si hace lo que parece que quiere hacer.

Rodea mi polla endurecida con los dedos y lame la punta, como si fuera un polo.

Es nuevo para ella, y me encanta. Aspiro aire lentamente, dejándome llevar por la sensación de su lengua deslizándose sobre la punta.

Cuando se mete la cabeza en la boca, aspiro hondo y siseo al exhalar.

—Oh, Dios... —jadeo.

La sensación es extraordinaria. Cada terminación nerviosa de mi polla está a flor de piel.

—Despacio, cariño —susurro, suplicante, sin querer que esto acabe tan rápido como parece que va a acabar.

Cuando me la lame de arriba abajo, echo la cabeza hacia atrás, sin querer mirar.

Es demasiado excitante. Ya miraré cuando esté a punto de correrme; para entonces será demasiado tarde de todos modos.

Mi polla brilla por su saliva mientras se la mete entera en la boca y pierdo el control.

Dejo escapar un grito más animal que humano cuando siento la punta rozar el fondo de su garganta.

—Tranquila, cariño —susurro.

Su tacto es perfecto, igual que su ritmo, mientras bombea mi polla despacio y luego acelera. Uno nunca sabe si correrse en la boca de una chica está bien visto, así que le aviso de que estoy a punto. Parece que no me oye, así que digo:

—Quiero correrme dentro de ti, Julia.

Se detiene un segundo y pregunta:

—¿Quieres que pare?

Es tremendamente sexy y no quiero que pare, pero tampoco quiero hacer algo de lo que me arrepienta, así que la cojo de la mano y la llevo a la cama mientras agarro los condones de la mesita de noche.

—¿Lo estaba haciendo bien? —pregunta, insegura—. Hace mucho que no lo hago —admite.

Dejo el condón al otro lado de la cama y le tomo el rostro entre las manos.

—Cariño, ha sido perfecto. Demasiado perfecto —me río por lo bajo.

Me subo encima de ella y le separo las piernas con las mías.

—Me encanta hacer el amor contigo —digo, besándola con avidez.

—A mí también —dice entre besos—. ¿Colton?

—¿Sí? —dejo de besarla para escucharla.

—¿Quieres que me tome la píldora... ya sabes... para no tener que usar condones?

Se me cae el alma a los pies.

Suelta una risa nerviosa.

—Sé que probablemente no es el mejor momento para esta conversación.

—No, no, es el momento perfecto —digo, apoyándome sobre los antebrazos a su lado, rodeándola con el cuerpo, lo bastante cerca para besarnos pero lo bastante lejos para poder hablar.

Mi polla sigue dura, descansando sobre su vientre—.

La respuesta depende de una pregunta que me ronda la cabeza desde que nos conocimos.

Su rostro se llena de preocupación mientras me aparta un mechón de pelo de la frente.

—¿Qué?

—Supongo que todo depende de cuándo quieras empezar a formar una familia.

Un amago de sonrisa asoma a sus labios, dándome esperanza.

—Estaba lista para empezar desde que te conocí.

Intento que el corazón no se me salga del pecho.

—Bueno, yo llevo listo los últimos cinco años, pero a veces, llegado el momento, nos echamos atrás. Ya lo he visto antes.

Me besa y se desliza hacia el otro lado de la cama.

Giro la cabeza para ver qué hace, y con un dedo, tira el condón al suelo.

No oculto mi sonrisa mientras paso los brazos por debajo de ella y la beso como si no hubiera un mañana.

Levanta las caderas hacia mi polla mientras abre las piernas, dejando que me deslice dentro de ella.

Sin el condón, la sensación es increíble.

No solo porque mi zona más sensible no está envuelta en látex y puedo sentir toda su calidez y humedad, sino también porque ahora sé que estoy de verdad con la persona con la que debo estar.

La persona que realmente quiere lo mismo que yo. Ahora y para siempre.

—Quiero un montón de bebés, y si quiero eso, tenemos que empezar ya —dice, moviéndose al ritmo de mis embestidas.

Esas palabras son música para mis oídos.

—Si soy tan fértil como mi hermana, estamos de suerte —jadea, apretándose por dentro.

—Tranquila, tranquila, amor —digo, queriendo saborear la sensación de estar dentro de ella, piel con piel. Es embriagador.

—Lo siento, es que no podía esperar más. Nunca pensé que dos días se me harían tan largos.

—Mmmm... oh, cariño, qué bueno es esto —jadeo, besándole la punta de la nariz—. Te siento entera. Eres... perfecta.

Me clava las uñas en los hombros.

—Tu polla entra y sale tan suave, Colton. ¡Oh, Dios, sí! —grita.

Bajo el ritmo, me inclino y le chupo los pezones mientras ella arquea la espalda y suplica más.

Mis testículos golpean contra su trasero cuando la penetro hasta el fondo.

Aprieta los dientes y sisea mientras la siento cada vez más estrecha.

—Oh, Dios, Colton. ¡Fóllame! ¡Fóllame fuerte!

—grita. Me pone muchísimo cuando suelta palabrotas en la cama.

—Oh, cariño, qué boquita tan sucia —me río bajito mientras le doy lo que quiere.

No puedo evitar sonreír, y entonces ella se contrae por completo y apoyo mi frente contra la suya como rindiéndome.

Qué bueno es esto. Estoy al límite. Siento que mis testículos están a punto de vaciarse dentro de ella.

Respiro entrecortadamente mientras ella me suplica que no pare.

Cuando su cuerpo se tensa, es demasiado y me dejo ir con ella.

Los dos jadeamos y suplicamos mientras nos corremos juntos.

Suena como una película porno: gritamos el nombre del otro e invocamos a Dios.

Mientras yacemos ahí, en la calma del orgasmo, con el corazón aún desbocado, ella dice:

—Ha sido increíble. Sentí cómo te corrías y fue muy excitante.

—Lo mismo digo, cariño. El sexo sin condón es otra cosa.

—Deberíamos repetirlo —dice, medio en broma.

Dejo caer la cabeza contra la almohada con un golpe sordo, fingiendo exasperación. Ella se ríe.

—Eres adorable —me toma la cara entre las manos y me besa—. No quería decir ahora mismo.

Arquea las cejas con picardía.

—Bueno... quizá sí.

—Eres insaciable. Me encanta —la agarro por la cintura y le hago cosquillas en el vientre, y ella suelta una carcajada.

—Veo que has puesto un cerrojo en la puerta. Eres un hombre listo.

—Bueno, no quiero que a la tercera vaya la vencida. Mis hermanos nunca aprenderán a usar el teléfono, y supongo que tienes razón... tampoco quiero que sientan que tienen que hacerlo.

—Eres muy buen hermano —me besa en los labios.

—Tú también eres bastante buena hermana, por lo que me han contado.

Ella ladea la cabeza.

—Tu hermana me contó que le diste tu anillo de compromiso para pagar la matrícula.

—Bueno, ¿qué otra cosa iba a hacer con él? Además, ella nunca aceptaría dinero ni de mí ni de mi padre —hace una pausa—. La han aceptado, así que estoy muy contenta por ella.

—Oh, eso es estupendo. Le irá bien. ¿Se va a quedar en Mingles?

—No lo sé. Probablemente. No aceptará dinero de mi padre, y si no, ¿cómo va a mantenerse?

—Tengo unos cuantos hermanos solteros y ricos... —dejo caer la insinuación.

Me da un manotazo.

—¿Qué? Solo era una idea —me encojo de hombros.

—Ni. Lo. Sueñes —dice, fingiendo estar molesta.

En fin, nunca se sabe.