Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Julia

—¿Y qué podemos hacer por ti? —pregunto con voz provocadora, después de haber tenido el mejor orgasmo de mi vida.

John nunca aguantaba ahí abajo el tiempo suficiente para hacerme acabar.

Colton lo consiguió en un abrir y cerrar de ojos.

No hay comparación. Fue alucinante. Tengo las piernas como gelatina y me muero por ver qué esconde Colton debajo de esos pantalones cortos.

Sus abdominales marcados ya dicen bastante, y veo cómo se le marca por debajo de la tela.

John la tenía diminuta, pero parece que Colton es un Adonis.

Por lo que me ha hecho en los últimos diez minutos, diría que es capaz de mucho más.

Su peso sobre mí es delicioso, y siento su dureza presionando justo donde acaba de saciarme.

Pero quiero más. Lo quiero dentro de mí.

Ya no tengo miedo. Estoy lista. Colton es tan dulce al preocuparse por mis principios, pero si soy sincera conmigo misma, creo que fue mi padre quien los estableció cuando era adolescente, y los mantuve cuando estaba con John porque la idea de estar con él nunca me pareció bien desde el principio.

—Me encanta tu cara —dice Colton, acariciándome las mejillas con suavidad de pluma—. Pareces tan... satisfecha —sonríe.

—Porque lo estoy —suspiro mientras busco su pene.

Él se incorpora un poco, sabiendo adónde voy.

—Y ahora, ¿qué hacemos con esto?

Meto la mano bajo la cinturilla de sus pantalones y lo rodeo con los dedos. Es enorme, y por mi expresión se da cuenta de que estoy gratamente sorprendida. Deja escapar un suspiro sensual mientras lo acaricio con movimientos provocadores.

—Esto está bien —dice, como si lo que estoy haciendo fuera suficiente.

Apoya su frente contra la mía y disfruta del contacto mientras respira hondo.

—Quiero más —digo, y lo beso en la boca.

—Bueno, ¿qué quieres? —dice con la respiración entrecortada mientras sigo acariciándolo.

—Sabes lo que quiero —respondo, y acerco su pene hacia mí en un gesto inequívoco.

—Bueno, cariño —se ríe suavemente, como si se diera por vencido—. No estoy seguro de que sea lo correcto, y me cuesta tomar buenas decisiones con tu mano haciéndome... esto.

—Oh, es lo correcto, Colton —digo con suavidad.

—Puede que sí, pero para ser sincero, no tengo condones —admite mientras cierra los ojos y deja escapar un gemido suave.

—Oh —digo, y vuelvo a besarlo.

Me llevo la mano a la boca y la humedezco con la lengua mientras él observa, entre curioso y totalmente excitado por lo sensual del gesto.

Cuando vuelvo a posar la mano en su pene, abre la boca en una «O» y jadea.

Lo empujo suavemente de espaldas y me coloco a su lado mientras él queda ahí, a mi merced.

Una parte de mí quiere metérmelo en la boca, pero todavía no puedo; eso era lo que más le gustaba a John, e intento apartar ese pensamiento de mi cabeza.

En su lugar, humedezco la otra mano y lo masturbo rítmicamente con una mientras mantengo ambas húmedas.

Colton gruñe mientras sus caderas se elevan.

No hay nada más sexy que un hombre entregado por completo a la pasión.

Tiene una mano en mi trasero desnudo, masajeándolo y apretándolo; la otra agarra las sábanas.

Su pene está duro como el acero y tiene una gota de humedad en la punta.

Cuando su respiración se vuelve irregular, dice:

—Estoy. Cerca. Oh, Dios.

Eso me anima. Me humedezco la mano una última vez y acelero el ritmo mientras su respiración se entrecorta y grita mi nombre. Cuando se corre, observo cómo su semen sale en largos chorros, pero los sonidos que hace son aún más sexys. Suelta muchos «mmm, ooohhhhh» mientras se libera.

Cuando se queda en silencio, me mira y sonríe mientras me acaricia el trasero.

—Eso fue fenomenal —comenta.

Cojo su camiseta de la cama y se la pongo en el vientre para que pueda limpiarse. Segundos después estoy tumbada sobre su pecho mientras él nos tapa con las mantas.

—Me ha gustado lo que has hecho con la mano... cuando te la has lamido. Ha sido muy excitante —murmura.

Su voz todavía suena cargada de deseo.

—Lo tendré en cuenta —digo, y me incorporo para besarlo.

Me toma la cara con la mano libre y me besa profundamente. La mirada que me dedica hace que se me derrita el corazón.

—Espero que no estés decepcionado.

—¿Decepcionado? ¿Por no haber tenido sexo?

—Bueno, sí —responde, sin soltarme la cara—. Es solo que... no quiero que tomes decisiones equivocadas.

—Colton, desde que te conocí no he hecho más que tomar decisiones correctas —digo con sinceridad—. Parece que sacas lo mejor de mí.

—Creo que eres más inteligente de lo que crees —me acaricia la mejilla—. No hay muchas mujeres con tu integridad. No quiero ser yo quien cambie eso.

Se me hincha el corazón. Pasamos el resto de la noche en brazos del otro. Por la mañana, recibo una llamada inesperada.

Colton está en la cocina preparando el desayuno mientras yo estoy en la ducha.

Al recordar la noche anterior, noto cómo se me calientan los muslos, pero también me hace sentir radiante.

Ese hombre me respeta más que nadie. Prácticamente le supliqué que tuviera sexo conmigo, y no lo hizo.

No quiso. Que no tuviera condones era lo de menos.

Podría haber ido a buscar algunos sin problema; hay muchas farmacias abiertas las veinticuatro horas en la ciudad.

No quiere acostarse conmigo porque teme que me arrepienta de abandonar mi postura de llegar virgen al matrimonio.

Pero ¿esos principios siguen siendo importantes para mí?

Con John, era como un juego. Era como su premio por casarse conmigo, lo mereciera o no.

Al principio, era la emoción de la espera; la anticipación de nuestra noche de bodas y lo mucho más especial que sería si perdía la virginidad entonces.

A medida que nuestra relación se fue empañando por su posesividad y sus problemas de control, creo que lo que hacía era negarle el sexo por cómo me trataba, mientras me convencía de que cuando estuviéramos casados las cosas cambiarían porque sería suya, y él no tendría que preocuparse por las mismas cosas que antes de la boda.

Luego, cuando las cosas se pusieron muy mal, simplemente perdí todo el interés.

En cuanto a mi padre, sí, siempre nos animó a Liz y a mí a esperar hasta el matrimonio, pero después de que Liz se quedara embarazada de Nate, creo que dejó de darle tanta importancia al tema del celibato.

Se dio cuenta de lo poco realista y anticuada que era la idea de abstenerse del sexo prematrimonial.

Pero yo seguí usándola con John por conveniencia.

Y seguí aferrándome a ella para salvar el honor de mi padre.

¿Se sentiría herido si tuviera sexo prematrimonial?

Quizás. Pero tengo veintisiete años, seamos realistas.

Con Colton, es más profundo que el sexo.

Cuando estoy con él, me siento... diferente.

Siento que me mira y ve más que una noche de pasión.

Si solo viera algo físico en mí, habría intentado algo hace mucho tiempo.

Nunca se habría disculpado por besarme en el armario.

Y desde luego no se lo habría pensado dos veces antes de volver a hacerlo.

Yo di el primer paso anoche... no él. Yo llevé las riendas, y él encantado de dejármelas.

Si hubiera querido marcharme, no me habría detenido, salvo por mi propia seguridad.

Mientras me seco con la toalla, oigo sonar el teléfono desde el bolso en la encimera del baño.

—¡Mary! ¡Dios mío, chica! ¿Ya has vuelto? —chillo.

—¡Sí! —dice.

—¿Qué tal Barbados?

—Un coñazo total... ¡y un calor de muerte! Joder, ¡estoy más roja que un cangrejo! Bueno, ¿dónde coño estás? ¿Todavía en casa de Liz?

—Sí —respondo, sin darle más detalles.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

Mierda.

—Creo que para siempre —digo, como si intentara convencerme a mí misma—. He solicitado un puesto de profesora en el colegio de mi sobrino.

—¡No me jodas! ¡Bien por ti! —exclama—. Joder, ¿y cómo se lo está tomando tu padre?

—Él también está aquí.

—¡Oh, gracias a Dios! ¡Pobre hombre! Seguro que no aguantaba ni un minuto más sin ti. Es tan adorable. Me encanta tu padre.

—Es genial. Bueno, ¿qué estás haciendo ahora?

—Estoy tumbada en la cama. Llegué ayer. Chris y yo hemos estado follando como conejos toda la noche. Nos echábamos muchísimo de menos —se ríe—. ¿Qué tal tu padre con Liz?

—Bien. Es como si se hubieran borrado trece años.

—Qué bien. Dale recuerdos de mi parte.

—Se los daré cuando la vea.

—¿Dónde estás?

Doble mierda.

—Estoy en casa de un amigo.

—Oh... ¿quién es ella? —pregunta como quien no quiere la cosa.

Nunca le mientas a tu mejor amiga, nunca le mientas a tu mejor amiga

—Es un él.

Hay una pausa.

—Vaya. Desembucha.

Bajo la voz.

—Se llama Colton. Trabaja con Liz.

Otra pausa.

—Son las ocho de la mañana. ¿Has pasado la noche allí? Espera... ¡HAS PASADO LA NOCHE! —dice, como si fuera el cotilleo más emocionante que ha escuchado en todo el año—. ¡Dime que mandaste a la mierda tu moralidad de los años cincuenta y te acostaste con él!

—No.

—Ugh... Julia —su tono sube una octava—, ¿qué pasa, es feo?

Me río.

—Eh, no, es guapísimo.

—Entonces, ¿está casado? ¿Es gay? ¿Tiene cincuenta años? ¿Qué?

—No, no y no.

—Vale, me rindo. ¿Estaba tu padre allí también? ¿Qué? ¿Cuál es el problema? ¿Por qué te da tanto miedo tirarte a la piscina? ¡Tienes veintisiete años, Julia! ¡A tu padre dejó de importarle tu virginidad cuando acabaste la carrera!

—Lo intenté, créeme, lo intenté —le explico lo que pasó.

—Vaya. La caballerosidad no ha muerto —Mary está impresionada—. Parece que te has encontrado un buen tío, Julia. ¿Y dices que está buenísimo?

—Sí. Todo él.

—Muy bien. Solo hay un problema con todo esto.

—¿Cuál?

—Que todavía no lo conozco.

Aparcamos frente a la casa de Liz y veo alejarse al chófer de la limusina de papá.

—Oh, vaya —digo nerviosa—. Mi padre está aquí.

Colton me pone una mano en la pierna.

—Tranquila, Julia. ¿Quieres que te deje aquí y me vaya?