Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Julia

Se oye la ducha mientras estoy tumbada en la cama de Colton, escuchándolo tararear suavemente una balada que no logro descifrar.

Estoy nerviosa por dormir aquí, pero al mismo tiempo me siento tranquila.

Colton es todo un caballero, no dejaría que pasara nada, él mismo lo dijo.

Pero siendo sincera, parte de mí no puede olvidar ese beso apasionado en el armario.

Su cuerpo contra el mío, con esa mezcla de hambre y ternura, quedó grabado en mi memoria para siempre.

Solo de pensarlo, siento un calor entre los muslos.

Envuelta en sus mantas, oigo cómo se cierra el grifo y me lo imagino desnudo, secándose la piel mojada.

Gotas de agua que caen por su espalda, se acumulan en su frente y brillan bajo la luz.

¿Me estás tomando el pelo? ¡Tal vez necesito una ducha fría!

Cuando entra en el dormitorio, solo lleva una toalla alrededor de la cintura. El agua de su pelo le gotea por la espalda, justo como lo imaginé.

—Perdona, se me olvidó coger el pijama —sonríe con timidez—. No suelo usar.

Genial, eso lo mejora todo.

Oigo el agua del lavabo mientras se cepilla los dientes.

Ya me he cepillado los dientes y me he puesto el pijama, y casi quiero hacer un comentario similar: que quizá debería pedirle prestada su camiseta y su pantalón corto otra vez, ya que no tengo nada apropiado que ponerme en su compañía.

Pero no lo hago. Aunque mi frasco de «Mary» me dice que debería.

Tres minutos después sale, oliendo de maravilla, y mis sentidos se vuelven locos.

—¿Lees antes de dormir? Tengo algunos libros en la mesita de noche, por si te apetece.

Saca un libro de la mesita de noche. No reconozco ni el título ni al autor, pero la portada tiene toda la pinta de ser de suspense.

—Normalmente leo libros de texto antes de dormir.

Repaso cosas del trabajo o preparo las clases del día siguiente —digo, incorporándome para apoyarme en las almohadas.

Antes de que volviera a la habitación, estaba arropada hasta las orejas—.

Lo echo un poco de menos. Será genial cuando tenga noticias del trabajo.

—Lo conseguirás —dice con tal convicción que me hace sonreír—. Entonces, ¿piensas quedarte aquí seguro? ¿No echas de menos Florida en absoluto? ¿Ni a tus amigos ni nada?

Pregunta mientras se sienta en la cama y se apoya en las almohadas, quedando en la misma postura que yo.

—Florida no queda lejos. Además, puedo volver en cualquier momento, o mis amigos pueden venir a visitarme. En cualquier caso, me alegra estar más cerca de mi hermana. La he echado de menos todos estos años. Es casi como si todo ocurriera por alguna razón.

—¿Y crees que a tu padre le parecerá bien que te quedes aquí a largo plazo?

Le quito importancia con un gesto.

—No pasa nada. Si nos echa tanto de menos, puede venirse aquí. Tiene negocios por todas partes, puede mudarse donde quiera.

Le doy una palmadita en el hombro.

—¿Y tú? ¿Echas de menos a tus otros hermanos?

—Vienen mucho. Estarán aquí este fin de semana para el evento benéfico. Tampoco viven lejos. Wade y yo somos los más unidos, de todas formas.

—¿Y tus padres? ¿Dónde viven?

Deja el libro en la mesita de noche, como si no tuviera intención de leerlo.

—Mi madre nos abandonó hace años, y mi padre murió hace poco.

Al ver que mi expresión cambia, levanta la mano.

—Nunca estuve muy unido a él, y hacía mucho que no lo veía.

—Oh —noto por cómo evita mirarme que es un tema delicado—. Lo siento, podemos hablar de otra cosa, o de nada, si prefieres dormir directamente.

Aprieta los labios y me mira.

—Es que hace tiempo que no hablo de eso. No hay mucho que contar. Mi padre me odiaba y me metió en el ejército cuando era adolescente. Mis otros hermanos hicieron cosas mucho peores y recibieron menos castigo.

Suelta una risa breve, echando la cabeza hacia atrás.

—Joder, uno de mis hermanos le robó una vez. Y solo le echaron una bronca.

—Sé a qué te refieres. Mi padre desterró a mi hermana de la familia por quedarse embarazada. Cuando se fugó para casarse, se acabó todo para ella. Tardó trece años en volver a dirigirle la palabra.

—Cuando me hirieron en el extranjero, a mi padre le importó un carajo. Si no hubiera sido por Wade, probablemente no estaría aquí.

—¿En serio? ¿Era tan malo?

—En serio.

Colton me mira y asiente una vez.

—Mi padre estaba tan cabreado con Wade que lo sacó del testamento. Ahora Wade no recibe nada de su dinero hasta que se case o cumpla treinta, lo que ocurra primero.

—Vaya. Qué duro.

Lo miro.

—¿Y tú? ¿Tu padre era rico? ¿Te dejó algo de dinero?

Levanto una mano.

—No importa. No es asunto mío. Lo siento.

—No, está bien.

Su mano me roza el brazo y un escalofrío me recorre la espalda.

—Sí, mi padre era dueño de una aerolínea. Dos de mis hermanos todavía la dirigen, y tengo algunas... conexiones con ella que me gustaría retomar algún día, pero, eh... sorprendentemente, sí, me dejó algo. Dios sabe por qué.

—A lo mejor no te odiaba, al fin y al cabo.

Colton se encoge de hombros.

—Ya da igual, ya no está.

—¿Qué es lo que quieres hacer con la aerolínea de tu padre?

Se lame los labios y suspira.

—Cuando estaba casado, mi exmujer no quería que siguiera en el ejército, aunque tenía mi título en aerodinámica. Me gustaría volver algún día y construir aeronaves para el ejército.

—¿Tendrías que volver al frente?

—No, no, nada de eso. Me licenciaron por esto.

Lleva unos bóxers negros y una camiseta gastada de Mingles.

Se levanta la camiseta y deja ver una cicatriz grande, de unos diez centímetros, que va desde el pectoral izquierdo hasta las costillas.

Se distingue la marca tenue de los puntos.

Hay varios tatuajes alrededor, algunos cortados, lo que indica que los tatuajes son anteriores a la herida. No puedo evitar poner cara de sorpresa.

—¡Dios mío! ¿Te dispararon? —La mano se me acerca instintivamente hacia la cicatriz y miro a Colton, como pidiéndole permiso para tocarla.

—Tres veces. Si hubiera sido a quemarropa, no lo habría contado.

Por cómo quedé, casi no lo cuento —me lleva la mano a su piel y deja que la toque.

La piel es suave y lisa, pero tiene una textura gomosa, y las suturas parecen maquillaje de Halloween—.

Tardé seis meses en recuperarme. Casi me muero solo por la pérdida de sangre.

Wade me cuidó cuando estuve lo bastante bien para volver a casa.

Me quedo boquiabierta.

—¿Dónde estaba tu mujer?

—No pudo soportarlo. Y créeme, no la culpo. Yo era un desastre y había que cambiarme los vendajes constantemente. Los primeros meses no podía hacer nada sin ayuda. Volví al hospital varias veces por infecciones y otras complicaciones. Tengo suerte de estar vivo.

—¿Te dejó entonces?

—No, lo nuestro fue un tira y afloja durante un tiempo, y luego se fue a casa de sus padres una temporada.

Cuando volvió la última vez, las cosas iban bien.

La llevé de viaje cuando me sentí mejor.

Pensé que eso nos uniría más, pero no funcionó.

En el fondo me dejó mucho antes de que me hirieran, creo, cuando echo la vista atrás y soy sincero conmigo mismo.

El caso es que no quería que volviera al ejército, con o sin combate, así que lo dejé.

—Cuando se fue, ¿por qué no volviste?

Se baja la camiseta y se la alisa sobre el abdomen.

—Supongo que una parte de mí pensaba que volvería.

Lo miro.

—¿Crees que volverá?

Me roza la mejilla con la mano.

—No —mira el reloj de la mesita de noche—. Es tarde. Deberíamos dormir un poco.

Pero no tengo sueño.

—Entonces, ¿de qué va esa recaudación de fondos? —pregunto, cambiando de tema.

—Ah, eso —carraspea—. Desde que se construyó este lugar, hace tres años, organizo un evento benéfico para recaudar fondos contra las enfermedades mentales.

La gente monta a Rebel y a Maya todo el día, y hay castillos hinchables, paseos en carro de heno, pintacaras, una barbacoa...

También vienen un par de negocios locales a mostrar lo que hacen, como un dojo infantil, una escuela de baile, y suele haber un espectáculo de magia.

Y, por supuesto, Wade y su banda también tocan.

—Vaya, suena genial. ¿Viene mucha gente?

—Ya lo creo. El año pasado recaudamos más de veinte mil dólares. Y yo igualo cada donación.

Le pongo la mano en el antebrazo.

—Colton, eso es maravilloso. Eres muy generoso. Me emociona. ¿Cómo puedo ayudar?

—Hay muchas cosas que puedes hacer. Necesitamos a alguien que venda entradas para las atracciones, siempre hace falta ayuda en la barbacoa. Y siempre puedes ofrecerte voluntaria para el tanque de chapuzones —me guiña un ojo.

—Cuenta conmigo para lo que sea.

—Genial. Liz también viene siempre. De hecho, todo el personal del bar participa.

Oímos que le suena el teléfono en el salón.

—Vuelvo enseguida —dice Colton, y se desliza fuera de la cama.

Todavía lleva la camiseta un poco subida y puedo ver esa «v» que le baja desde las caderas hasta la pelvis.

Es tan sexy que no puedo evitar mirarlo.

Lo oigo hablar por teléfono. Parece que habla con Wade.

Vuelve a la habitación diciendo algo de que ahora no puede hablar de cierto tema.

Me mira un segundo y luego dice que tiene que colgar, y cuelga.

—¿Todo bien?

—Wade —sacude la cabeza—. Qué cotilla de mierda. Sabe que estás aquí. Espero que no te importe.

—Bueno, al menos así no habrá interrupciones —digo, sin querer que suene atrevido, pero me sale así y noto que me arden las mejillas.

Colton se lame los labios y respira hondo, estirando los brazos musculosos por encima de la cabeza, casi con exasperación.

—¿Qué pasa? No quería insinuar nada —vacilo—. Yo... solo quería decir que no tendremos que dar explicaciones como esta mañana.

Levanta una mano.

—No es eso.

—¿Entonces qué? —pregunto, con la sensación de que le están entrando dudas sobre nuestro acuerdo—.

Si es mala idea, no me importa volver a casa de Liz —digo, aunque fue él quien propuso que me quedara.

Está de pie a metro y medio de mí, como si no supiera si volver a su lado de la cama o salir huyendo—.

Colton, no pasa nada. Puedo irme —digo en tono suave y reconfortante mientras me levanto de la cama.

Me detiene con las manos. Me pone una en cada cadera. La camiseta y los pantalones cortos que llevo están arrugados, pero encuentra ese punto sensible en los costados que me acelera el corazón.

—No, está bien. Por favor. Solo me preocupaba que Wade fuera un pesado y corriera la voz de que tú y yo hemos dormido juntos otra vez... y no de la manera inocente en que ha sido.

—Colton, tengo la sensación de que tu hermanito no es tan pesado como dices —inclino la cabeza hacia un lado, observando cómo me mira alternando entre un ojo y otro—. No dijo nada en el bar esta noche, y no se metió contigo por teléfono hace un momento.

—No le di la oportunidad —afirma, con las manos todavía en los costados. Noto los muslos húmedos y cálidos por su contacto.

Se hace el silencio. La mirada de Colton me baja hasta los labios, pero luego carraspea y me quita las manos del cuerpo.

Me entristece. Estaba disfrutando del contacto.

Era sexy pero reconfortante. Se aleja de mí y se sienta en el borde de la cama.

Apoya los codos en las rodillas y se pasa las manos por el pelo.

—¿Colton?

—¿Sí?

—¿Estás bien?

—Estoy bien, cariño. Te preocupas demasiado —dice mientras se levanta.

El pelo se le está secando y le cae sobre la frente.

Sin pensarlo, le aparto un mechón y se lo echo hacia atrás, deslizando los dedos entre su cabello.

¿Estás loca? ¡No hagas eso! Cierra los ojos un momento.

Cuando los abre de nuevo, tiene las pupilas dilatadas; apenas distingo el azul de sus ojos.

Sus largas y hermosas pestañas le rozan las mejillas mientras me dirige una mirada que me derrite. Dios mío, va a besarme otra vez...!

—Julia —susurra—, te prometí que no volvería a... besarte.

Se hace una pausa. Mi voz es apenas un susurro. —¿Y si te beso yo?

Apoya la frente contra la mía y cierra los ojos, como si ese leve contacto fuera algo inabarcable. Sus manos vuelven a posarse a cada lado de mis caderas, y me acaricia suavemente con los pulgares. —¿Qué me estás haciendo? —murmura con voz entrecortada.

Lo mismo que tú a mí.