Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Gregory

Gregory acaba de apagar la lámpara de la mesita de noche cuando oye el móvil desde la habitación contigua.

La suite donde se aloja es tan grande como una casita de campo, con cocina comedor y un baño completo con jacuzzi y sauna.

Esta suite suele reservarse para invitados especiales, pero su equipo le informó el día anterior de que estaba libre.

El dormitorio y la cocina tienen suelo de caoba oscura, y el baño, de mármol.

Junto a la cama con dosel hay un sillón orejero con una pequeña consola de roble delante, donde Gregory tiene su portátil.

Al levantarse, el Sr. Abbott coge la bata del respaldo del sillón orejero y se la echa sobre los hombros antes de salir del dormitorio por la gran puerta de roble. El teléfono suena una última vez antes de que lo descuelgue y conteste con brusquedad.

—Sr. Abbott, lamento despertarlo.

Es John.

—Más vale que sea importante —dice Gregory con tono amenazante.

—Señor, sé que sabe que su hija está en Carolina del Norte con su hermana. Al igual que usted.

—No veo qué tiene esto que ver contigo, jovencito. Te agradecería que me dejaras descansar.

Cuando está a punto de colgarle, Gregory oye que John se ríe burlonamente.

—¿Qué tontería es esta, chico? ¡Qué descaro llamar y hacerme perder el tiempo a estas horas!

—Oh, no le estoy haciendo perder el tiempo, señor.

—¡¿Qué significa esto?! —exige Gregory.

—¿Sabía que su niñita se ha liado con un vaquero cabeza caliente?

—¡No sé de qué hablas, idiota! ¡Está con su hermana! ¡Tú mismo lo acabas de decir!

—Intente llamarla ahora mismo. Le reto —se burla John.

—No seas ridículo —sisea Gregory—. ¿Qué pretendes, jovencito? ¿A qué estás jugando?

—No hay juegos, Sr. Abbott. Sé lo que vi.

—¿Lo que viste? —Gregory se detiene, incrédulo—. ¿Quieres decir que estás aquí? ¿Siguiendo a mi Julia como un animal? —suelta una risa amarga—. No me extraña que mi hija no pudiera esperar para alejarse de ti. Eres un ser despreciable. Mantente alejado de mis hijas... de las dos... y de mi nieto.

—Oh, Sr. Abbott, mala decisión —la voz de John es suave como la seda—. Creo que seguiré vigilándola. Alguien tiene que hacerlo.

—John, te irás de la ciudad inmediatamente y volverás con tu padre si sabes lo que te conviene —advierte Gregory—.

Yo puedo cuidar de mi hija. Tú ocúpate de tus asuntos.

Si se ha hecho amiga de otro hombre, lo averiguaré.

Mi hija es una mujer honorable, y estoy seguro de que tiene buenas razones para lo que hace.

Si es que hace lo que tú afirmas. Quizás te tiene miedo y se queda con ese otro para protegerse de ti —dice con voz ronca.

—Oh, creo que es más que eso, Sr. Abbott. Si fuera así, ¿por qué no se queda con usted? Ella sabe que está aquí en la ciudad.

—Bueno, a Julia no le gusta molestarme. Bendita sea. Es una lástima que no aprendieras más de mi hija. Estoy seguro de que a tu padre le disgustaría mucho saber lo que andas tramando.

John se revuelve incómodo y cambia de tema.

—Si usted no va a hacer nada, lo haré yo. Julia está comprometida conmigo, me pertenece a mí, no a un criador de caballos de tres al cuarto que se pasa las noches peleando en bares. La recuperaré, ya lo verá. Volverá a mí cuando vea la clase de perdedor que es.

—No harás tal cosa. El compromiso se ha roto, John. Te guste o no, no volverás a ver a Julia. Más te vale mantenerte alejado de ella, o tendrás que vértelas conmigo.

Dicho esto, Gregory cuelga.

John se queda mirando el teléfono y se muerde el labio inferior con rabia.

—Eso es lo que él se cree.