Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Julia

El viaje a Carolina del Norte es precioso, a pesar de las circunstancias.

Mientras dejo atrás las palmeras y esas temperaturas con las que se podría freír un huevo en la acera, me doy cuenta de que, a veces en la vida, hay que valorar los pros y los contras.

Después de recibir una llamada desesperada de mi hermana, no tuve más remedio que ir.

Papá me dio el mismo consejo que le dio a Liz hace trece años cuando se marchó: vete y no cuentes con ningún apoyo.

De algún modo, la pobreza me parecía algo trivial comparado con lo que mi hermana estaba pasando.

Ella me necesitaba y, curiosamente, yo también la necesitaba a ella.

Mientras conduzco, pienso en la película Frozen y en cómo esas chicas siempre estaban la una para la otra.

Así somos Liz y yo. Conseguimos mantenernos unidas, aunque vivamos a cuatro horas de distancia, y eso que la repudiaron hace trece años cuando decidió fugarse y quedarse con el bebé nacido fuera del matrimonio.

Mamá se fue cuando éramos niñas y se casó con un puertorriqueño.

Apenas hemos sabido de ella desde entonces.

Papá nunca se volvió a casar, pero es que está casado con el negocio, lo cual supongo que fue la mitad de la razón por la que Mamá se marchó.

La Abuela Abbott nos ayudó a criarnos a Liz y a mí cuando Mamá se largó a Puerto Rico. La Abuela murió hace unos años.

Liz tomó algunas malas decisiones en la vida, especialmente cuando conoció a Grant.

Al quedarse embarazada, tuvo que sacrificar sus estudios por la maternidad, y por eso acabó trabajando de camarera en un bar para ganarse la vida.

Grant nunca la animó a estudiar y aspirar a algo mejor.

Aunque, claro, él tampoco ganó nunca mucho más que el salario mínimo con los trabajos mediocres que tuvo a lo largo de los años.

Su orgullo, y mi padre, nunca me dejaron echar una mano, aunque yo tenía más de lo que necesitaba.

Toda esta situación fue la gota que colmó el vaso. Basta. Es hora de ayudarla.

Al llegar a Mingles, entiendo a qué se refería con que es un lugar muy concurrido.

No hay ni una sola plaza para aparcar, y ya he dado dos vueltas por el aparcamiento.

Lo que no resulta muy alentador es la escena que presencio nada más llegar.

Dos hombres están metiendo a otro, que cuelga tan inerte como un pez muerto, en un sedán pequeño.

Genial. La mujer que observa desde un lado parece tan encantada como yo.

Qué suerte la suya. Le toca llevarse al borracho a casa.

Justo cuando crees que tu vida es un desastre…

Después de dar otra vuelta por el aparcamiento, el coche con el borracho ya se ha ido, así que a regañadientes me detengo frente a la puerta principal, donde sigue uno de los hombres.

Parece que va a pedirme el carné. Nerviosa, bajo la ventanilla para hablar con él.

El pórtico está bien iluminado y las puertas dobles de la entrada están abiertas de par en par.

La música sale a raudales del interior del bar.

Hay poca gente fuera. El hombre que se acerca a mi ventanilla lleva una camiseta morado oscuro con el logo de Mingles, así que sé que puedo hablar con él sin problema.

Me inclino para que pueda oírme por encima del ruido y veo que tiene muchos tatuajes asomando por debajo de la manga de la camiseta.

Tiene unos ojos azules grandes y unas pestañas interminables.

Su boca carnosa enmarca una dentadura blanca y perfecta.

El pelo, rubio ceniza y ondulado, lo lleva más largo por delante y por detrás, y le enmarca el rostro a la perfección.

Una fina línea de sudor le perla la frente y hace que algunos mechones se le ricen.

Su sonrisa parece de cortesía pero educada, y su forma de hablar es suave y sincera.

Aunque no es tan grande como King Kong plantado en la puerta principal, este hombre tiene unos brazos grandes y musculosos, y la camiseta le cae sobre el pecho bien tonificado, justo a la altura de la cintura del pantalón.

Es alto y delgado, pero resulta imponente.

Cuando le pido que le lleve un mensaje a Liz, accede de inmediato.

Lo veo entrar en el bar con paso firme y seguro.

Seguro que es un portero fantástico. Nadie querría meterse con él.

Me quedo en ese sitio, ya que no hay otros, hasta que veo a Liz salir por la puerta. Encantada de verla, salto del coche y le doy un abrazo enorme.

—Perdona por no llamar. Se me quedó el móvil sin batería justo al salir de Virginia Occidental. No encontré el cargador, salí con tanta prisa.

—No pasa nada, me alegro de que estés aquí —dice mi hermanita.

Lleva el pelo rubio recogido en una coleta que le cae justo por debajo del sujetador.

Lleva puesta una camiseta morado oscuro con el logo de Mingles en el pecho izquierdo y un bolsillo a la derecha.

Los pantalones de lino morados los tiene manchados en el trasero.

Un pintalabios rosa descolorido le cubre los labios sin brillo, y se ha roto una uña—.

Lo sé —suspira—, estoy hecha un desastre.

He tenido una mala noche. Un borracho me tiró al suelo.

Esboza una sonrisa forzada mientras camina hacia la puerta del copiloto y se mete en el coche.

—Pero oye, saqué muy buenas propinas. Cincuenta dólares.

Diez minutos después llegamos a su casa de alquiler.

Es pintoresca y bonita, con macetas de flores en los alféizares que flanquean las ventanas de doble cristal a cada lado de la puerta principal.

La puerta del bungaló tiene media ventana y está pintada de azul turquesa, a juego con los alféizares y los marcos.

El tejado es gris oscuro y se ve una chimenea en la parte de atrás.

Hay un garaje individual y no hay ningún coche en la entrada.

—Nathan seguramente sigue despierto.

—¿Le dejas quedarse despierto hasta tan tarde?

Baja la mirada.

—Tiene trece años, Jules. ¿Tú te acostabas antes de las dos de la mañana cuando tenías trece?

—Bueno… sí.

—Eso es porque eras borde.

Le doy un empujoncito.

—Anda, ayúdame con las maletas.

La casa está en silencio salvo por el sonido tenue de música que viene del fondo.

Es de planta abierta, con la cocina comedor directamente a la izquierda y el salón a la derecha.

Una mesa redonda de madera para cuatro ocupa el centro de la cocina de estilo alargado.

En la pared larga del salón hay un televisor entre dos estanterías.

Frente al televisor hay un sofá de tres plazas, otro de dos y un sillón.

Más allá de la zona de estar y la cocina hay un pasillo que lleva a las habitaciones del fondo. Dejamos mis maletas junto a la puerta.

—¿Nate? —llama Liz—. Ya estoy en casa. Tengo una sorpresa para ti.

Me guiña un ojo y articula sin emitir sonido:

—No sabe que estás aquí.

Nate viene por el pasillo con cara de aburrimiento, como si la última vez que su madre anunció una sorpresa hubiera resultado ser un juego de paños de cocina.

Tiene el pelo castaño oscuro hecho un desastre de rizos.

Lo lleva corto, casi rapado por detrás y a los lados, y demasiado largo por arriba.

Parece que no se lo ha peinado en un par de días.

Nate es alto, le saca al menos una cabeza a Liz, y está muy delgado.

Si la Abuela Abbott estuviera viva, lo estaría cebando a base de su famoso pan casero.

Cuando me ve, esboza una sonrisa forzada.

—Hola, tía Julia. ¿Qué haces aquí?

—Tengo el verano libre, así que he venido de visita —miento.

Me da un abrazo, o medio abrazo. Consiste en que me pone el brazo sobre el hombro y se inclina hacia mí. Apenas me toca.

—Me voy a la cama —le dice a su madre, y ella le da una palmadita cariñosa en el trasero.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres un té? —pregunta Liz, siempre tan hospitalaria.

—No, estoy bien. ¿Dónde voy a dormir?

—Bueno, puedes dormir conmigo o quedarte en el sofá. Lo que prefieras. Necesito darme una ducha. Ponte cómoda; ya sabes dónde está todo.

Dejándome a mi aire, rebusco en las bolsas y encuentro el cargador del móvil, metido entre el neceser y los zapatos.

Después de enchufar el teléfono, saco el neceser buscando el cepillo de dientes.

Cuando mis nudillos rozan el tubo de pasta, tropiezo con una cajita de terciopelo suave.

Al abrirla, recuerdo que traje el anillo de compromiso.

La Roca, como la llama Mary, reposa con aires de grandeza en el estuche, como burlándose de mí.

Esta joya es mucho más de lo que pedí, y tan poco mi estilo que resulta ridículo.

La abuela Abbott me regaló un anillo con mi piedra de nacimiento cuando tenía diez años; fino y delicado, lo quise más que cualquier otra joya que hubiera recibido.

Todavía lo llevo en el anular derecho. Me lo han ajustado varias veces desde entonces, pero sigue siendo tan bonito como el día que lo recibí.

La Roca había sido tasada en veinticinco mil dólares a efectos del seguro. El corte princesa y la claridad son impecables. Me la meto en el bolsillo trasero, con una idea en mente, mientras cojo el cepillo y la pasta y me preparo para acostarme.

Treinta minutos después, Liz y yo estamos tumbadas en su cama, sin poder dormir. Nos reímos recordando viejos chistes, hasta que Nate llama a la puerta y nos pide que nos callemos. Tenía pensado ir al instituto al día siguiente, pero Liz dijo que lo dudaba.

—¿Nate sabe que Grant se ha ido?

—Ya se dará cuenta.

—Liz. ¿No crees que le debes una explicación?

—Más o menos la misma que recibí yo, sí. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me invente algo? No voy a mentirle a mi hijo.

—Bueno, por supuesto que no vas a mentirle, no estoy diciendo eso. Pero al menos cuéntale lo que sabes.

Suspirando exasperada, Liz deja caer la cabeza sobre la almohada.

—Ahora entiendo por qué hay gente que no quiere saber nada del sexo opuesto.

—¿Qué quieres decir?

—Tiré trece años a la basura por Grant. Ni hablemos de lo que pasó contigo y John, y casi todos los que conozco del trabajo tienen alguna historia de cómo les jodió alguien del sexo opuesto.

—Lo que necesitamos es un nuevo grupo de amigos —bromeo—. Oye, hagámonos lesbianas.

—Para —se ríe.

Tumbada en la cama con la ropa puesta, siento la cajita de terciopelo clavándoseme en el trasero.

—¿Nunca has querido hacer algo más con tu vida? ¿Estudiar algo? Siempre hablabas de meterte en artes culinarias. ¿Ya no piensas en eso?

Suelta un resoplido.

—Sí, claro. Recuerda que tú eres la que tuvo dinero para ir a la universidad.

Tú eres la profesora —levanta una mano a la defensiva—.

No te estoy echando la culpa ni nada. Yo me lo busqué y ahora me aguanto, lo entiendo.

Pero... estudiar no es una opción para mí.

Sobre todo ahora que Grant se ha largado.

Ni siquiera sé cómo voy a pagar este piso.

—Bueno, ahora tienes compañera de piso. Puedo ayudarte con las facturas.

—Gracias. Y no soy tan orgullosa como para no pedirlo —me da un codazo.

Meto la mano en el bolsillo trasero y le paso la cajita del anillo.

—¿Qué es esto? —exclama, fingiendo emoción—. Oh, ¿es un regalo? ¿Como el anillo de mentira que me diste cuando tenías ocho años? ¿Cuando me pediste que me casara contigo después de que Desmond, ese chico que te gustaba, te rechazara?

Me había olvidado por completo de Desmond.

—No, ábrela y ya está.

Se incorpora y abre la caja.

—Mmm, esto ya lo he visto. ¿Por qué me das tu anillo de compromiso?

—Vale unos veinticinco mil. Quiero que lo cojas y estudies.

Abre los ojos como platos.

—¿Qué? ¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio. Te mereces formarte y tener un trabajo decente. Seguramente tendrás que seguir en el bar una temporada o buscarte otro curro para pagar las facturas, pero quiero que tengas un buen trabajo como el mío.

—¡Dios mío! ¡Eres la mejor! —se inclina y me abraza con fuerza—. ¡No me lo puedo creer!

Su sonrisa es contagiosa.

—Me alegra verte sonreír otra vez.

—Gracias.

Es hora de cambiar de tema.

—Entonces, ¿quieres hacerte lesbiana conmigo? Podemos montar el «Gay Team», ya sabes, en plan «El Equipo A».

Pone los ojos en blanco.

—Son las relaciones. Son una mierda.

—Ya ves que sí.

—Hay un tío en el trabajo al que le tiran los tejos todas las noches...

o sea, TODAS las noches, un montón de mujeres, a veces hasta hombres —se ríe—, y nunca se va a casa con nadie —corta el aire con la mano—.

Nunca se lía con nadie. Dicen que está como una cabra, así que eso no cuenta, pero bueno, se mantiene al margen. Eso es lo que debería hacer yo.

La vocecilla de mi cabeza dice no preguntes. No preguntes por Pestañas, cuyo cuerpo no he podido quitarme de la cabeza en la última hora.

—Me da un poco de pena, la verdad. No sé ni por qué trabaja allí.

—¿Por qué lo dices?

Liz suspira y se deja caer de nuevo sobre la almohada.

—Ay, quién sabe. No me apetece hablar de eso ahora. Estoy reventada. Buenas noches —dice, y apaga la luz.

Al darme la vuelta en la cama, completamente vestida, me muerdo la lengua ante una pregunta que me quema por dentro.

…¿Cómo es que nunca me has hablado de él?