Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

A pesar de todo lo que Miguel había dicho, no podía evitar el nerviosismo que me carcomía. Aquel tipo se había acercado demasiado y, después de lo que había hecho Santiago, tenía mucho miedo de que se aprovecharan de mí otra vez.

Tenía que recordar que mi marido era el hombre que solía infundir miedo en la gente y que, si él había prometido protegerme, todo saldría bien.

Fuimos en coche a un centro comercial, seguidos por otro en el que iban varios hombres. Por mucho que la presencia de tantos guardias de seguridad me incomodara un poco, sabía lo necesarios que eran para garantizar mi seguridad y la de Miguel. No quería que nos pillaran por sorpresa otra vez.

Era un lugar precioso, una galería al aire libre con un arroyo artificial en el centro. Había muchas tiendas, sobre todo las marcas más famosas del mundo de ropa, complementos y cosméticos.

Encantada, me acerqué a la barandilla, observando el agua que corría por el arroyo que dividía la calle en dos partes.

Miguel se acercó a mí y me rodeó la cintura, pegando su cuerpo a la espalda mientras su boca se deslizaba hacia mi cuello y me ponía la piel de gallina.

—¡Miguel!

—Sí...

—La gente nos está mirando.

—¿Y qué?

—¿No te da vergüenza?

—Ni lo más mínimo. —Me agarró por la cintura y me hizo girar, de modo que quedé frente a él mientras su cuerpo fuerte y fornido me apretaba contra la superficie metálica.

—Mig…

El peso de sus labios me silenció, su lengua envolvió la mía y, cuando me di cuenta, estaba correspondiendo al beso, pasando mis brazos alrededor de sus hombros. Su cuerpo se frotaba contra el mío y descubrí lo mucho que quería más, pero tenía que recordar que estábamos en un lugar público.

—Para…

Dejó escapar una risita al morderme el labio inferior y apartarse.

Sus dedos se entrelazaron con los míos y me guiaron hacia la entrada de una tienda de ropa de mujer.

Todavía le echaba la culpa de lo que le había pasado a Virginia, pero no podía negar que cada vez me resultaba más fácil estar en su compañía.

En cuanto entramos en la tienda, una de las dependientas se acercó a nosotros y no me gustó la forma en que miró a mi marido.

Mirelle, ¿qué estás haciendo?

—¿En qué puedo ayudarles?

—Mi mujer quiere elegir algunos modelos.

—Esposa.

—Sí. —Hinché el pecho con orgullo.

—Ah... ¡Vale! Vamos a ver los modelos que más te gusten.

—Gracias.

Miguel me soltó la mano y se dirigió hacia sus compañeros, que estaban en la puerta de la tienda. Nadie entraría allí sin pasar por delante de ellos y eso me hizo sentir segura.

—¿Te gustan los modelos más discretos o los más sensuales? —La dependienta me lanzó una mirada que me hizo sentir un poco avergonzada.

—Discretos, por favor.

—Ah, con un guapo como ese puedes atreverte un poco más.

—Mejor que solo él lo vea.

—Si tú lo ves así. —Se encogió de hombros.

—¡Ese vestido de ahí! —Señalé el primero que vi, intentando desviar la conversación de ese tema.

Todavía estaba asimilando mi grado de intimidad con Miguel y no quería hablar de él con otras personas, y mucho menos con una desconocida.