Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Mientras Mirelle se cambiaba, me quedé mirando el cadáver del tipo al que acababa de matar. Eso no entraba en mis planes para la luna de miel y me cabreó muchísimo. Si hubiera tardado unos minutos más en llegar, podría haber ocurrido algo irreversible.

Era mi deber mantener a salvo a mi esposa y la posibilidad de fallar en esa tarea me resultaba muy desagradable.

Fuera quien fuera el responsable de estropear mi luna de miel, tendría que pagarlo muy caro.

Esperé a que Mirelle saliera del baño. Estaba sencillamente perfecta con el vestido de flores que le había comprado en la tienda del complejo turístico.

La tela caía como rayos de sol alrededor de su cintura y el escote dejaba ver lo justo para hacerme desear arrancárselo, pero, dada la amenaza, tendría que esperar.

—Vamos. —Le tendí la mano.

—Sí.

Mirelle observó de reojo el cuerpo tendido en el suelo y se apresuró a seguir adelante.

Mientras cogíamos el ascensor, saqué mi móvil y envié un mensaje a mi mano derecha.

Miguel:

Nos han atacado, refuerza la seguridad.

Javier:

¿Por quién, jefe?

Miguel:

No lo sé, necesito que lo averigües y te deshagas del cadáver que hay en mi habitación.

Javier:

Lo haré. ¿Dónde estás, señor?

Miguel:

De camino al restaurante.

Javier:

Enviaré a unos hombres allí.

Miguel:

De acuerdo.

En cuanto salimos del ascensor, acompañé a Mirelle a una mesa vacía del restaurante y mis ojos recorrieron el local, viendo a unos hombres entrar y situarse junto a las salidas.

Intercambié miradas con ellos, que asintieron; estaban allí por orden de Javier para velar por nuestra seguridad, la de mi esposa y la mía.

—¿Y si intentan matarnos otra vez? —murmuró Mirelle mientras cogía una servilleta de tela y se la colocaba sobre el regazo.

—No volverán a acercarse tanto.

—Pero...

Me incliné sobre la mesa y posé mi mano sobre la suya, llamando su atención.

—Confía en mí.

Se quedó un buen rato mirándome fijamente antes de asentir.

—¿Estará bien mi hermano?

—Adrián puede valerse por sí mismo.

—Está en silla de ruedas.

—No dudes de las habilidades de tu hermano; apuesto a que, por lo que ha pasado, ha contratado a unos matones mejores.

—Ojalá...

Estaba tensa y, por lo que había pasado antes, ni siquiera podía culparla. Estaba furioso porque alguien se hubiera acercado tanto mientras ella estaba bajo mi protección.

—Creo que será mejor que salgamos a comprarme ropa en otro momento, o que esperemos a que lleguen las cosas que me ha enviado mi hermano.

—Van directamente a mi casa.

—¡Ah!

—Estaremos bien.

—Pero...

—Ese tipo está muerto.

—¿Y si hay más?

—No serán tan estúpidos como para acercarse a nosotros cuando estemos bajo la protección de mis hombres. —Le cogí la mano y la llevé a mis labios, besándole el dorso.

Mirelle respiró hondo y sus labios esbozaron una sonrisa.

—Está bien.

—Vamos a comer ahora. Quiero que recuperes fuerzas. —Le eché una mirada y se le sonrojaron las mejillas.