Capítulo 33
Tenía hambre, sed, frío y miedo...
Mucho miedo…
Solo recordaba haber estado tan aterrorizada cuando mi hermano pasó varios días en el hospital, recuperándose de los disparos que había recibido.
Me sentía tan estúpida por haber creído a Santiago. Ni por un instante se me pasó por la cabeza que estuviera en contra de mi hermano, en contra de mí. Aunque quizá me mereciera lo que me estaba pasando, deseaba con todas mis fuerzas poder escapar de allí.
Con suerte, Adrián y Miguel se matarán entre ellos...
Recordé lo que Santiago les había dicho a sus hombres y volví a llorar.
¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho?
Mi prometido podría intentar matar a mi hermano otra vez y la culpa era mía. Aunque estaba furiosa por las decisiones que Adrián había tomado sobre mí, no quería que mi hermano muriera, ni que mi madre resultara herida.
De repente, me di cuenta de que plantearme una huida había sido la peor idea que se me había ocurrido jamás y que las consecuencias podrían ser terribles.
¿Y si nadie de mi familia sobreviviera?
Parecía ser exactamente lo que Santiago deseaba y eso me dejó aún más en estado de shock.
Oí el crujido de la puerta y volví en mí, de vuelta a la precaria habitación en la que me encontraba. Escuché los pasos de alguien que se acercaba y levanté la cabeza, viendo cómo se perfilaba una silueta masculina a la luz que entraba desde fuera.
No sabía si estaba amaneciendo o si se debía a la intensa luz de las linternas que usaban. Fuera lo que fuera, no me tranquilizó en absoluto y no me ayudó a ver al tipo con detalle; sin embargo, los pocos rasgos visibles indicaban que no era Santiago.
—¿Tienes hambre? —La voz grave resonó en la habitación.
—Sí —susurré.
Un plato metálico golpeó el suelo junto con una taza de agua. Me rugía tanto el estómago que me apresuré a cogerlo sin pensarlo dos veces.
El pan duro y el líquido con sabor a barro parecían un auténtico manjar de los dioses para alguien que llevaba mucho tiempo sin comer nada.
—Eres tan guapa…
Me sobresalté y retrocedí al darme cuenta de que aquel tipo me había tocado la cara. Sus manos parecían sucias, con las uñas llenas de tierra. Si hubiera tenido el estómago lleno, habría vomitado.
—¡No me toques! —Intenté retroceder, pero el volumen del vestido me lo impedía.
—¿Crees que tienes elección? —Se rió—. El jefe no tiene por qué ser el único que te utilice.
¿Usarme?
—¡No te acerques a mí! —volví a gritar, pero recibí una bofetada en la cara que me mareó durante unos instantes.
Mientras me recuperaba del golpe, me agarró por los tobillos y tiró de mí hacia delante, haciéndome perder el equilibrio, cayendo hacia atrás y golpeándome la cabeza contra una de las tablas de madera del suelo.
El dolor se extendió por mi cráneo mientras el hombre intentaba levantar las capas de la falda de mi vestido.
—Socorro… —intenté gritar pidiendo ayuda, pero él me tapó la boca con su enorme y sucia mano.
El pánico creció de forma incontrolable mientras me debatía. A pesar de que él era mucho más fuerte que yo, no quería rendirme. Tener a un desconocido encima de mí, intentando bajarme las medias y las bragas, me provocaba una mezcla de asco y pavor tan intensa que me llenaba de rabia.
Le arañaba el brazo, haciendo todo lo posible por apartarle la mano y poder gritar, mientras pataleaba, intentando darle patadas. Por suerte, él necesitaba más de dos manos para sujetarme por completo. No iba a dejar que me hiciera nada sin luchar.
Oí unos estallidos que parecían cohetes, pero no lo eran. Quizá fueran fruto de mi imaginación, porque el tipo que estaba encima de mí ignoró por completo el ruido, a pesar de que parecía cada vez más cercano.
Cuando por fin se movió para fijarse en lo que pudiera ser, le mordí la mano, lo que le hizo apartarla de mi boca, y grité.
—¡Socorro!
—¡Cállate! —rugió en tono amenazante, pero yo lo ignoré.
—¡Que alguien me ayude!
—¡Cállate! —Me tapó la boca de nuevo y sentí su repugnante miembro rozándome.
Se me revolvió el estómago de nuevo, pero antes de que él hiciera algo que me traumatizara para el resto de mi vida, la puerta se abrió de nuevo y oí otro ruido, tan fuerte que me dejó sorda.
La sangre me salpicó la cara como un chorro, obligándome a cerrar los ojos, y me quedé paralizada mientras aquel hombre caía sobre mí, sin vida.
Quería gritar de pánico, pero era como si él siguiera tapándome la boca, porque no pude.
Me pareció que pasó una eternidad antes de que aquel cuerpo pesado fuera apartado de encima de mí y arrojado a un lado.
—¿Estás bien?
—¿Miguel? —Parpadeé y me froté los ojos, quitándome la sangre que me impedía ver.
Aquel hombre inclinado hacia mí, con la mano extendida para ayudarme a levantarme, brillaba a contraluz como si tuviera unas alas que hicieran honor a su nombre.
Nunca imaginé que me alegraría tanto verlo.
Le cogí la mano y él me atrajo hacia sí, envolviéndome en sus brazos, y mi corazón empezó a calmarse.
—¿Te ha hecho daño?
Solo pude negar con la cabeza.
—Vámonos de aquí.
—Por favor... —sollocé, dejando que Miguel me guiara fuera de aquella cabaña.
Cuando me acomodó en el asiento trasero de una camioneta 4x4, me di cuenta de que los disparos habían cesado.
Me encogí, abrazándome las rodillas y dándome cuenta de que el vestido estaba sucio, lleno de hojas, ramas y manchas marrones y rojas de sangre. Podía ver las gotas en mis brazos e imaginaba que en mi cara estaría aún peor.
Desde fuera, podía ver a Miguel y a los otros hombres que parecían estar con él. Habían venido a buscarme y lo único que sentía era gratitud.