Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Todavía me preguntaba si Adrián no sería el responsable de todo aquello. La humillación parecía formar parte de su plan para vengarse de mí; sin embargo, cuando encontramos el coche con su hombre muerto en su interior, el jefe del Cártel de Medellín mostró una preocupación sincera.

O bien no sabía dónde estaba su hermana, o bien era un excelente actor. Por su bien, la primera opción parecía la mejor.

No permitió que se cancelara la boda, solo la consideró suspendida y envió a los invitados a hoteles, donde se les alojaría hasta la nueva fecha de la ceremonia.

Estaba tan furioso que ya no sabía si quería que la boda se celebrara, pero estaba ansioso por encontrar a Mirelle y descubrir la verdad sobre su desaparición.

Dejarme plantado en el altar era una decisión terrible, y haría que se arrepintiera de ella, aunque para ello tuviera que hacer que la sangre corriera por toda Colombia.

Quizá intentar apaciguar una posible guerra había sido un error por mi parte y la mejor alternativa habría sido ir a por ellos con todo; sin embargo, aún había tiempo de enmendar mi error y acabar con Adrián y su familia.

—¡Virgen santa! ¿Dónde está mi hija? —Carmen se paseaba de un lado a otro por el salón de la mansión, echándose el pelo hacia atrás, y lo único que me apetecía era pegarle un tiro en la cabeza para que se callara.

El inquietante sonido de sus pasos no ayudaba en absoluto y solo hacía que me doliera aún más la cabeza.

Para ser sincero, quedarme allí parado en aquella extraña reunión no me tranquilizaba en absoluto.

Quería ir a buscar a Mirelle, pero para eso necesitaba saber adónde ir.

Impaciente, resoplé al levantarme del sofá y acercarme a uno de los técnicos de Adrián, que estaba revisando las cámaras en busca de la matrícula del coche con el que Mirelle y el otro soldado de su hermano habían huido.

—¿Dónde está? —rugí mientras levantaba al hombre delgado y enclenque, con los ojos ocultos tras unas gafas redondas.

—Yo… estoy buscándola.

—¡Busca mejor! —Lo solté al suelo con aún más furia.

—Estoy haciendo todo lo que puedo.

—A ver si son amantes y se han fugado juntos —hipotetizó Sandro, empeorando aún más las cosas.

Apreté los puños y los dientes cuando la imagen de otro hombre tocándola invadió mi mente.

—¡Encuéntrala! —grité con aún más furia y tuve la sensación de que la habitación temblaba.

—Más rápido, Guillermo —exigió Adrián.

—El programa necesita un poco de tiempo, señor.

—No querrás que encontremos a mi hermana muerta.

—Claro que no, jefe.

—¡Pues encuéntrala ya!

Con una furia tan grande que me impedía respirar, me alejé de ellos, salí de la sala y me detuve frente a la piscina, contemplando mi reflejo, que se mezclaba con el de la luna sobre la superficie del agua.

Desde luego, no tenía intención de acabar así. Esa falta de control no me sentaba bien y no hacía más que avivar mi furia.

Oí el ruido de las ruedas de la silla de Adrián y me giré para fijarme en él antes de que el colombiano se detuviera a mi lado.

—Puede que no te lo creas, pero hay una buena explicación para lo que está pasando —dijo al enfrentarse a mi expresión poco amistosa.

—Espero que tengas razón —resoplé.

—No hay nadie que quiera encontrar a mi hermana más que yo.

—Ni siquiera deberías haberla dejado escapar.

—Santiago era un hombre en quien confiaba plenamente y quiero ser el primero en torturarlo para saber qué ha pasado.

—Deberías elegir mejor a tus hombres —refunfuñé, cruzándome de brazos.

—Sí, quizá tengas razón...

—Si tu hermana se ha fugado con él —comencé.

—¡No se ha fugado!

—Más vale que estés diciendo la verdad. Me prometiste una buena esposa, pero lo único que veo es una rebelde que se ha fugado con un soldado. Apuesto a que no es virgen ni por asomo.

—¡No ofendas la honra de mi hermana! —gritó él a su vez, furioso.

—Deberías haberte asegurado de que ella no ofendiera la mía.

—Vamos a tener una buena explicación de lo que ha pasado y la boda se celebrará.

—Ya estás poniendo a prueba mi paciencia, más vale que te dure hasta entonces —amenacé.

—No olvides que estás en mi territorio, Miguel. Te estoy recibiendo amistosamente en mi casa, pero no eres el único que cuenta con hombres y recursos —replicó con el mismo tono, dejando claro que también conocía las reglas de ese juego.

—Encontrar a tu hermana cuanto antes es la prioridad.

—Sí.

Estaba tan enfadado que me costaba pensar con claridad. Aunque Adrián tenía razón en que mi desventaja al estar en Colombia era evidente, más le valía no poner a prueba la magnitud de mi ira por haber sido abandonado en el altar.

Si Mirelle no regresaba, sería imposible eludir las consecuencias.