PRISIONERA DE SU DESTINO Capítulo 8 Secretos en la Oscuridad
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Capítulo 8 Secretos en la Oscuridad

El ataque cambió algo entre ellos.

Sofía intentó convencerse de que no era así.

Durante toda la mañana repitió la misma idea una y otra vez. Nada había cambiado.

Seguía atrapada en un acuerdo que nunca quiso aceptar. Matteo seguía siendo un hombre peligroso.

Y ella seguía deseando recuperar su antigua vida.

Sin embargo, cuanto más repetía aquellas palabras, menos creíbles parecían.

Porque la imagen seguía regresando.

Matteo lanzándose frente a ella.

Protegiéndola.

Arriesgándose sin dudar.

Nadie hacía eso por obligación.

Nadie.

La casa permanecía bajo máxima seguridad.

Los guardias patrullaban constantemente.

Las puertas estaban vigiladas.

Y los teléfonos no dejaban de sonar.

Todo el mundo parecía ocupado.

Todo el mundo menos Sofía.

Lo cual era frustrante.

Porque significaba que era la única persona que no sabía qué estaba ocurriendo.

Aquella tarde decidió buscar respuestas.

Y sabía exactamente dónde empezar.

El despacho de Matteo.

La única regla importante que le había dado desde que llegó. "No entres en mi despacho."

Precisamente por eso quería hacerlo.

Esperó hasta que la casa quedó tranquila.

Después recorrió los pasillos lentamente.

Escuchando.

Observando.

Asegurándose de que nadie la viera.

Cuando llegó a la puerta del despacho, dudó durante unos segundos. Aquello era una mala idea.

Una muy mala idea.

Pero la curiosidad llevaba semanas creciendo dentro de ella. Y ya no podía ignorarla.

Giró lentamente el pomo.

La puerta estaba abierta.

Por supuesto.

Entró.

El despacho era exactamente como lo recordaba.

Ordenado.

Silencioso.

Elegante.

Todo parecía perfectamente colocado.

Como si cada objeto hubiera sido cuidadosamente elegido. La habitación reflejaba a Matteo.

Control absoluto.

Nada fuera de lugar.

Comenzó a observar los estantes.

Los cuadros.

Los documentos.

Intentando encontrar algo.

Cualquier cosa.

No sabía exactamente qué buscaba.

Solo sabía que quería entender quién era realmente aquel hombre. Entonces lo vio.

Una fotografía.

Pequeña.

Escondida entre varios libros.

Aquello llamó inmediatamente su atención.

Porque era algo personal.

Y Matteo no parecía el tipo de persona que conservaba recuerdos personales.

Tomó la fotografía.

Y sintió que el corazón se detenía.

En la imagen aparecía una mujer joven.

Sonriendo.

Hermosa.

Pero no fue ella quien llamó la atención de Sofía.

Fue la niña que estaba a su lado.

Una niña de aproximadamente diez años.

Una niña que se parecía muchísimo a ella.

Demasiado.

El parecido era imposible de ignorar.

Sofía frunció el ceño.

Confundida.

Desconcertada.

¿Por qué Matteo tenía aquella fotografía?

¿Por qué guardaba una imagen de una niña que se parecía tanto a ella? Antes de que pudiera seguir pensando, escuchó una voz detrás. —Esa no era una de las reglas más difíciles.

El corazón casi se le salió del pecho.

Se giró inmediatamente.

Matteo estaba en la puerta.

Observándola.

Y aunque su voz sonaba tranquila, sus ojos no lo estaban. —Puedo explicarlo.

La frase salió antes de que pudiera pensar.

Matteo cerró la puerta lentamente.

—Estoy seguro.

—Solo tenía curiosidad.

—También estoy seguro de eso.

Sofía sostuvo la fotografía.

—¿Quiénes son?

Durante varios segundos Matteo permaneció inmóvil.

Mirando la imagen.

Algo cambió en su expresión.

Algo que ella nunca había visto antes.

Dolor.

Puro dolor.

Tan rápido que casi pasó desapercibido.

—Devuélvemela.

Su voz fue más suave de lo habitual.

Y eso resultó aún más inquietante.

Sofía obedeció.

Por primera vez desde que lo conocía.

Sin discutir.

Sin protestar.

Simplemente obedeció.

Porque comprendió que aquella fotografía significaba algo importante. Algo profundamente personal.

Matteo tomó la imagen.

La observó durante unos segundos.

Después volvió a guardarla.

—¿Quién era?

Silencio.

—Matteo.

Más silencio.

Finalmente él levantó la vista.

—Mi hermana.

Aquella respuesta la sorprendió.

Porque nunca lo había imaginado.

—¿Y la niña?

El silencio regresó.

Más largo esta vez.

Mucho más largo.

—Su hija.

Sofía sintió un nudo en el estómago.

Había algo en aquella historia.

Algo que todavía faltaba.

—¿Dónde están ahora?

Los ojos de Matteo se oscurecieron.

Y entonces ella comprendió.

Antes incluso de que él respondiera.

—Murieron.

La palabra apenas fue un susurro.

Pero llenó toda la habitación.

Durante varios segundos ninguno habló.

No había nada que decir.

Nada que pudiera aliviar aquello.

—Lo siento.

Matteo soltó una pequeña risa amarga.

—La gente siempre dice eso.

—Porque no sabe qué más decir.

—Exactamente.

Aquella respuesta hizo que Sofía bajara la mirada.

Por primera vez veía algo completamente diferente en él. No al hombre poderoso.

No al mafioso.

No al hombre que todos temían.

Veía a alguien que había perdido algo importante.

Y que probablemente nunca se había recuperado.

—¿Hace cuánto?

—Nueve años.

—¿Qué ocurrió?

Matteo permaneció callado.

Después caminó hacia la ventana.

Mirando la oscuridad exterior.

—Algunas historias no tienen finales felices.

Aquello fue todo.

Y aunque no respondió realmente la pregunta, Sofía entendió que no debía insistir.

No todavía.

Esa misma noche ocurrió algo inesperado.

Poco después de la medianoche se cortó la electricidad. Toda la casa quedó a oscuras.

Las luces desaparecieron.

Los pasillos quedaron sumidos en sombras.

Y durante unos segundos reinó un silencio absoluto.

Después comenzaron las voces.

Los movimientos.

Los guardias activándose inmediatamente.

Sofía sintió cómo el corazón se aceleraba.

El ataque.

Lo primero que pensó fue en el ataque.

Se levantó de la cama.

Intentando orientarse en la oscuridad.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Tres golpes rápidos.

Firmes.

Reconocibles.

—Sofía.

Era Matteo.

Ella abrió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Probablemente nada.

—Eso no suena tranquilizador.

—Ven conmigo.

—¿Por qué?

—Porque prefiero saber dónde estás.

Aquella respuesta fue tan directa que no encontró nada que decir. Y eso era raro.

Muy raro.

Caminaron por la casa iluminados únicamente por luces de emergencia.

Todo parecía diferente.

Más silencioso.

Más íntimo.

Más vulnerable.

Finalmente llegaron a una pequeña sala privada.

Matteo cerró la puerta detrás de ellos.

—Quédate aquí.

—¿Y tú?

—Voy a averiguar qué ocurrió.

—Podría ayudarte.

Por primera vez Matteo sonrió de verdad.

Una sonrisa pequeña.

Pero real.

—Definitivamente no podrías.

—Gracias por la confianza.

—De nada.

Aquello provocó que ambos sonrieran.

Y durante un instante olvidaron la tensión.

Olvidaron los ataques.

Olvidaron los secretos.

Solo fueron dos personas compartiendo un momento inesperadamente normal.

La electricidad regresó veinte minutos después.

Había sido una avería menor.

Nada más.

Pero para entonces algo ya había cambiado.

Cuando Matteo volvió a la sala, encontró a Sofía dormida en el sofá. Agotada.

La tensión de los últimos días finalmente había pasado factura. Se quedó observándola unos segundos.

En silencio.

Sin darse cuenta de que ella estaba despertando lentamente. Sofía abrió los ojos.

Y lo encontró mirándola.

Ninguno apartó la vista inmediatamente.

Algo extraño ocurrió.

Algo difícil de explicar.

No había miedo.

No había enfado.

No había desconfianza.

Solo silencio.

Un silencio diferente.

Más cálido.

Más cercano.

Y eso era peligroso.

Muy peligroso.

Porque ambos comenzaban a acercarse a una línea que nunca debían cruzar.

Más tarde, cuando regresó a su habitación, Sofía permaneció despierta observando el techo.

Pensando.

Demasiado.

Había descubierto secretos.

Había visto una parte de Matteo que nadie más parecía conocer. Y por primera vez comprendió algo importante.

El hombre más temido de Sicilia también estaba roto.

También tenía heridas.

También cargaba fantasmas.

Y quizá por eso resultaba tan difícil entenderlo.

Porque detrás del poder.

Detrás de la riqueza.

Detrás de la reputación.

Existía alguien completamente distinto.

Alguien que ocultaba su dolor en la oscuridad.

Y cuanto más descubría sobre él, más difícil se volvía mantener la distancia.

Aunque sabía perfectamente que debía hacerlo.

Porque acercarse a Matteo De Luca podía ser el mayor error de su vida.