Principito Oscuro 38 El vidrio verde
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38 El vidrio verde

El vidrio verde

La libertad de Adrián se medía en recorridos. Durante la primera semana caminaba hasta el quiosco y volvía. Luego llegó al puerto, a la estación y al mirador del acantilado. Siempre llevaba una piedra o un trozo de metal en el bolsillo para recordar el camino de regreso.

Una mañana encontró vidrio verde entre las algas. Tenía los bordes pulidos y una burbuja atrapada en el centro. Me lo entregó al volver.

—Parece una ventana que el mar hizo pequeña.

Lo dejamos sobre la mesa de la cocina. La luz proyectaba una mancha verde que se movía con las horas. Adrián la utilizaba para comprobar el tiempo sin mirar el reloj.

Yo había retirado las llaves interiores, cambiado las cortinas y colocado luces nocturnas siguiendo sus indicaciones.

Aun así, convertía la convivencia en vigilancia.

Si tardaba diez minutos, calculaba rutas.

Si dormía hasta mediodía, escuchaba su respiración detrás de la puerta. Él advirtió cada gesto.

—Puedes preguntar —dijo—. No necesitas convertir la casa en una consulta.

Empezamos a acordar reglas. Avisaría si no regresaba a cenar; yo no llamaría antes de la hora fijada. Podía cerrar su dormitorio por dentro con un pestillo que él mismo eligió. Guardaría los cuadernos donde quisiera. Las normas eran revisables y pertenecían a ambos.

La primera salida que no tuvo relación con el caso fue al supermercado.

Adrián eligió la hora, escribió una lista y rechazó que yo caminara detrás de él con el carro.

Nos separamos en la entrada. Lo vi comparar dos paquetes de café, devolver uno al estante y discutir con una empleada porque el precio de la etiqueta no coincidía con el de la caja.

Durante aquella discusión dejó de ser paciente, testigo o desaparecido.

Era un cliente enfadado por cuarenta céntimos.

En la sección de congelados se apagó una línea de tubos fluorescentes.

El zumbido de los motores cambió y una puerta automática comenzó a abrirse y cerrarse sin que nadie pasara.

Adrián se quedó inmóvil frente a los cristales.

Me acerqué hasta una distancia desde la que pudiera verme y esperé.

Tardó varios minutos en volver a mover las manos.

—Quiero terminar la compra —dijo.

Continuó por el siguiente pasillo. Añadió galletas que no figuraban en la lista y una planta de albahaca casi seca.

Al llegar a casa la puso junto a la ventana, retiró las hojas muertas y buscó información sobre cuánto sol necesitaba.

La cuidó con una disciplina que jamás concedió a los símbolos.

Cuando le pregunté si quería cambiarla a una maceta mayor, respondió que esperaría a ver si sobrevivía a nuestra cocina.

Pascual le ofreció trabajo en el taller dos tardes por semana.

No consistía en revisar pruebas ni reparar piezas de San Julián, sino radios, lámparas y pequeños electrodomésticos que los vecinos se resistían a tirar.

Adrián aceptó con la condición de no atender llamadas del hospital.

El primer encargo fue un tocadiscos que pertenecía a una mujer del puerto.

Encontró la avería, pidió una pieza y dejó sobre la mesa una nota con el precio.

Guardó una copia porque quería aprender a llevar sus propias cuentas.

La víspera de empezar compró unas botas, tres camisas y un despertador sin conexión a internet.

Extendió la ropa sobre la cama y retiró las etiquetas de la clínica que todavía quedaban en el armario.

Me pidió pintura para la habitación. Eligió un amarillo apagado y pintamos una pared durante toda la tarde.

Quedaron marcas del rodillo cerca del techo.

Propuse corregirlas. Adrián dijo que podían quedarse, pues una casa también debía mostrar quién había trabajado en ella.

Aquella noche las tuberías golpearon a las cuatro y cuarenta y cuatro.

Lo encontré sentado en el pasillo, mirando su puerta abierta.

Permanecimos allí hasta que el edificio recuperó sus ruidos habituales.

A la mañana siguiente fue al taller. Volvió con grasa en las manos, una quemadura pequeña en el pulgar y el dinero de su primera reparación dentro de un sobre. Compró otra planta de albahaca.

La vida fuera del caso ocupaba espacios pequeños.

Cocinamos mal, discutimos por la calefacción y vimos una película que ninguno terminó.

Adrián reparó una radio encontrada en un contenedor.

La primera voz que captó era la de Rosalía en una grabación antigua.

Apagó el aparato y lo dejó dos días sobre la encimera.

Después volvió a encenderlo. Escuchó el programa completo mientras lijaba la carcasa, mantuvo a Rosalía fuera de la conversación y, al terminar, cambió la frecuencia hasta encontrar música.

Una tarde me acompañó a la residencia de Samuel.

Nuestro padre dormía. Adrián dejó sobre la mesilla un dibujo de los tres volcanes y se marchó sin despertarlo.

En el coche explicó que no era un gesto de reconciliación.

Quería que un objeto suyo ocupara un espacio donde solo habían quedado las versiones de los demás.

El vidrio verde apareció en sus dibujos. A veces era una luna, otras una puerta o el ojo de un animal. Rosa lo vio durante una videollamada y dijo que recordaba haber recogido cristales con él. La memoria podía pertenecer a una playa distinta. Ninguno trató de corregirla.

La policía nos avisó de que una residencia portuguesa había localizado a una mujer cuya huella coincidía con Rosalía. Adrián sostuvo el vidrio contra la ventana. La luz atravesó dos transparencias y tiñó su mano.

—Si es ella, no puedo pedirle que vuelva a ser quien recuerdo.

—Tampoco tienes que saber hoy quién será para ti.

Guardó el vidrio en el bolsillo y aceptó viajar hasta la frontera, aunque decidió esperar fuera durante la identificación. Clara entró con los agentes.

Adrián permaneció frente al mar. Cada pocos minutos abría la mano para comprobar que el pequeño cristal seguía allí.