Del cuaderno sexto
Silente
La sierpe vivía debajo de la cama. Carecía de silbido; su voz era el espacio que quedaba después de una pregunta.
—¿Dónde está tu madre?
El silencio se arrastraba por el suelo.
—¿Quién cerró la puerta?
Subía por la pata de la silla.
—¿Qué viste en la escalera?
Se enroscaba en mi brazo.
Cuando respondía mal, mordía. El veneno empezaba por enfriar la lengua y luego borraba el camino entre una imagen y la siguiente. Mamá estaba en el rellano y, de repente, yo despertaba con el desayuno. Valentín sostenía una llave y, al parpadear, Vulpes sostenía un vaso.
—Puedo quitarte el dolor —prometió la sierpe.
—¿Qué dejarás?
—Una persona capaz de vivir.
—¿Cómo se llamará?
Su silencio respondió por ella.
Durante mucho tiempo creí que resistir consistía en recordar cada detalle. Me castigaba cuando una fecha cambiaba o una cara se volvía borrosa. Silente seguía gobernándome desde la exigencia de no olvidar.
Rosalía me enseñó a grabar. La máquina conservaba lo que yo no podía. Después Vulpes utilizó las grabaciones para construir otra jaula. Ningún objeto estaba a salvo de convertirse en puerta o cerradura.
Cuando la sierpe regresó, ya no le pedí que desapareciera. Le dije que conocía su mordisco. Encendí la luz y la vi: una aguja, una mano, una doctrina, un hombre que necesitaba decidir quién despertaba.
Seguía teniendo miedo. El miedo, al menos, llevaba mi nombre.