7 El nombre de mi hermano
El nombre de mi hermano
Ciudad Umbra figuraba en todos los mapas oficiales, aunque sus habitantes bromeaban con la facilidad con que las carreteras parecían evitarla.
La autovía terminaba treinta kilómetros al sur y los trenes directos fueron suprimidos después de un desprendimiento.
Para llegar había que seguir una carretera costera que desaparecía cada invierno bajo el barro.
Quizá por eso San Julián había crecido sin llamar demasiado la atención.
El hospital ocupaba un antiguo sanatorio para tuberculosos construido sobre la colina. Las alas modernas rodeaban el edificio original y disimulaban su forma. Desde el aire, según una fotografía del despacho de Umbral, parecía una estrella de seis puntas. El invernadero ya no aparecía.
Pregunté por registros anteriores. La funcionaria señaló diecisiete cajas sin catalogar y me recomendó volver otro día. Pasé allí la tarde.
El nombre de mi madre apareció en una licencia de obras.
Elena Ochoa, arquitecta técnica, había supervisado la reforma del invernadero en 1997.
Un año después presentó una denuncia por cambios no autorizados en el sistema de cierre y por la instalación de cristal de seguridad en una estructura destinada a pacientes.
La denuncia fue archivada. El informe mencionaba una muerte accidental, pero la página siguiente había sido arrancada.
Encontré también una fotografía del acto de inauguración.
Augusto Umbral, fundador del hospital, cortaba una cinta ante la entrada.
A su derecha estaban Severino, entonces un residente de aspecto tímido, y Samuel Sendero, mi padre.
Al fondo, casi fuera de la imagen, Elena sujetaba la mano de Adrián.
Yo estaba junto a ella.
Recordé la tela áspera de un abrigo gris y el olor metálico de la lluvia. Mi hermano tiraba de mí para acercarse a una puerta. Alguien pronunciaba mi nombre desde una escalera.
La memoria se interrumpió con un dolor agudo detrás del ojo izquierdo. Cerré la caja y salí a la calle. Había anochecido. Las farolas del casco antiguo se encendían por tramos y dejaban bolsas de oscuridad entre una plaza y otra.
Un hombre me siguió desde el archivo.
Al principio solo vi su reflejo en los escaparates: gabardina oscura, sombrero, un bastón que no utilizaba para apoyarse. Aceleraba cuando yo aceleraba. Me desvié hacia el puerto y entré en un bar concurrido. El hombre se quedó bajo el toldo de enfrente.
Pedí café. El camarero colocó una copa de coñac junto a la taza.
—Yo no he pedido esto.
—Invita el señor.
La mesa del fondo estaba vacía. Cuando miré a la calle, el hombre había desaparecido. Bajo la copa encontré un trozo de papel con una dirección y una hora: Pensión Boreal. Habitación 44. Medianoche.
Debería haber llamado a la policía. En cambio, regresé a casa, guardé la llave B6-12 en el bolsillo y abrí el primer cuaderno.
Adrián describía un planeta tan pequeño que bastaban tres minutos para recorrerlo.
Tenía tres volcanes, raíces negras bajo la tierra y una rosa protegida por una campana de cristal.
En el margen había dibujado un mapa de Umbra.
El puerto ocupaba el lugar del volcán activo; la residencia de mi padre, el del volcán dormido.
Donde debía estar la rosa señaló la Pensión Boreal.
A medianoche llamé a la habitación 44.
Abrió una mujer de unos cincuenta años, con el cabello rapado y una cicatriz que le cruzaba la barbilla. Me dejó entrar sin preguntar el nombre. Sobre la cama había recortes de prensa, cintas de audio y una maleta cerrada con dos candados.
—Te pareces a Samuel —dijo—. Es una desgracia, pero no es culpa tuya.
—¿Quién es usted?
—Clara Varda. Rosalía era mi hija.
Señaló la única silla. Ella permaneció de pie.
—Tu hermano y mi hija entraron en San Julián hace tres años para buscar el expediente B-612. Solo salió él. A Rosalía la declararon desaparecida y a Adrián lo borraron antes de ingresarlo.
—¿Por qué nadie lo identificó?
—Alguien lo hizo. Tú trabajas para ese hombre.
Sacó una fotografía de la maleta. Adrián aparecía junto a una joven de cabello negro, sentados en el muro del puerto. Él llevaba la bufanda amarilla de nuestra infancia. Rosalía miraba a la cámara con una expresión luminosa y desafiante.
—Severino sabía quién era desde el primer día —continuó Clara—. También sabía que terminarías reconociéndolo. Lleva tres años esperando que ocurra.
—¿Para qué?
—Para averiguar cuánto recuerdas.
* * *
Clara Varda encendió una grabadora de bolsillo. La voz de su hija llenó la habitación con un siseo de fondo.
Dieciséis de octubre. Adrián dice que el ala sigue debajo del edificio nuevo. El plano de Armayor confirma la escalera, pero nos falta la entrada. Vulpes conserva una llave. Si conseguimos que hable, mañana iremos al sexto.
La grabación terminaba con una risa y un golpe de viento. Clara detuvo la cinta.
—Fue hecha dos días antes del incendio.
—La policía no registró ningún incendio en San Julián.
—Lo llamaron avería eléctrica. Quemó un cuarto del archivo y parte de la galería tapiada. Dos empleados resultaron intoxicados. En el informe no aparece Rosalía.
—¿Encontraron un cuerpo?
—Severino me dijo que mi hija había abandonado la ciudad. Al mes siguiente recibí un mensaje desde su teléfono. Decía que estaba bien y que no la buscara. Ella nunca escribía bien sin tilde, ni siquiera cuando tenía prisa. Aquel mensaje tenía cinco errores.
Le pregunté por Vulpes. Clara cerró la maleta.
—Mateo Vulpes fue terapeuta de la unidad infantil. Después montó una fundación para víctimas de instituciones psiquiátricas. Adrián acudió a él cuando empezó a recuperar recuerdos. Vulpes lo puso en contacto con Rosalía.
—Eso parece una ayuda.
—Mi hija dejó escrito que domesticaba a las personas. Las hacía depender de él y luego cobraba por decidir qué parte de su historia podían soportar.
Me entregó una tarjeta sin dirección, solo un número de teléfono y el dibujo de un zorro.
—No lo llames desde tu móvil.
Cuando salí de la pensión, el hombre de la gabardina estaba al otro lado de la calle. Esta vez se acercó. Reconocí a uno de los celadores de la unidad de crónicos.
—El director quiere verlo —dijo.
—Es medianoche.
—El paciente ha tenido una crisis.
Subimos a su coche. Durante el trayecto intenté llamar a la planta, pero no había cobertura en la carretera de la colina. El celador conducía demasiado despacio. Le pregunté qué había ocurrido.
—Empezó a hablar.
—¿Eso es una crisis?
—Dijo nombres.
San Julián estaba iluminado como un barco. En la entrada me esperaba Severino con dos guardias de seguridad. No llevaba corbata y la camisa se le había salido del pantalón.
—Tu paciente ha agredido a un auxiliar —dijo.
—¿Está herido?
—Cuatro puntos en la ceja.
—Quiero ver la grabación.
—Las cámaras han fallado.
Subimos en silencio. La habitación de Adrián olía a desinfectante. Lo habían inmovilizado a la cama con correas de contención. Tenía sangre seca en el labio. Una enfermera preparaba una jeringa.
—¿Qué le administras?
—Cinco miligramos de haloperidol y diez de diazepam, según la pauta de urgencia.
—Cancélala. Quiero explorarlo antes.
Severino negó.
—Ha intentado arrancarle un ojo a un hombre.
—Las manos del paciente no tienen sangre. La herida del auxiliar debería haber dejado rastros.
—Estás implicándote demasiado pronto.
—Y tú llevas tres años implicado sin decirme que conoces su identidad.
La enfermera dejó la jeringa en la bandeja. Los guardias se miraron. Severino me condujo al pasillo y cerró la puerta.
—Mide tus acusaciones.
—Se llama Adrián Sendero Ochoa. Es mi hermano. Tú lo sabías.
Durante unos segundos, su cara perdió toda expresión. Después volvió a ser el director que presidía juntas y firmaba presupuestos.
—Tenía una sospecha.
—Le ocultaste información a la policía.
—El hombre ingresó sin documentos y con un discurso incoherente cuando hablaba. La identificación no pudo confirmarse.
Saqué la fotografía del colegio y la levanté entre los dos.
—Yo acabo de confirmarla.
—Precisamente por eso debes apartarte del caso.
—Esta mañana insistías en que lo aceptara.
—Esta mañana desconocía el vínculo.
La mentira fue limpia, casi elegante. Comprendí que Severino llevaba ensayándola desde antes de entrar en mi consulta.
—Voy a informar al juzgado de guardia y a solicitar una prueba genética.
—Hazlo. También informaré de que has sacado documentación clínica del hospital, has visitado a una familiar vinculada a una investigación abierta y has cancelado una pauta urgente tras la agresión a un trabajador. Puede que la comisión considere prudente suspenderte.
—¿Eso es una amenaza?
—Es el tipo de orden que uno da cuando sabe que será obedecida.
La frase aparecía en el cuarto cuaderno, atribuida a Augusto el Eterno.
Abrí la puerta de la habitación. La enfermera había aflojado las correas. Me acerqué a la cama y pronuncié el nombre completo de mi hermano. Sus párpados se movieron.
—Adrián Sendero Ochoa.
Abrió los ojos.
—Tardaste mucho —susurró.
—Lo sé.
—¿Trajiste la llave?
Toqué el bolsillo donde guardaba la etiqueta B6-12.
—Sí.
La comisura de su boca herida se levantó apenas.
—Entonces aún podemos llegar antes que los baobabs.