Capítulo 12
Capítulo Doce
EVIE
—Me agradan —dice Alex después de colocar la tableta en el extremo de la tumbona y girarse hacia un lado para observarme.
—Están bien, supongo —murmuro en tono burlón.
Extiende la mano, me rodea la cadera con su gran mano y me gira para que quedemos cara a cara, con solo unos centímetros de distancia entre nosotros.
—Tu hermana realmente quiere que salgamos juntos, ¿eh? —bromea, con la mirada alternando entre mis ojos y mis labios.
—Solo quiere que aproveche la vida al máximo y me divierta. Le preocupaba que me convirtiera en una reclusa sin amigos que solo hablara con su cuaderno de dibujo.
—Estoy seguro de que eso no es cierto—. Su mano comienza a subir desde mi cadera y se desliza hasta la curva de mi cintura, con los dedos deslizándose bajo mi camiseta. El calor de su piel hace que mi cuerpo arda.
—En cierto modo sí lo es. Pregúntale a Emmie; no era precisamente el alma de la Academia Lovell.
—Bien —afirma—. Eso significa que ninguno de los capullos de Lovell te ha probado.
—Cuidado, empiezas a parecer muy celoso.
—No hay nada de qué estar celoso cuando solo has sido mía —gruñe—. Cuando solo vas a ser mía.
—Ah, ¿sí?
Sus dedos suben más arriba, rozando el contorno de mis costillas, y su pulgar roza la parte inferior de mi pecho, haciéndome contener el aliento.
—Lo es —confirma, inclinándose hacia delante y acortando la distancia entre nosotros.
Mi respiración se entrecorta al pensar en adónde podría llevar esto.
—Alex —murmuro antes de que nos colisionemos, sabiendo que él robará todos mis pensamientos en el momento en que eso suceda—. ¿Dónde se alojan Blake y Zay?
Sus ojos se encuentran con los míos.
—En casa de mi padre.
Me echo hacia atrás. No me esperaba eso.
—¿En casa de tu padre?
—Sí, ¿no te ha contado lo de su nuevo trabajo?
—No —respondo frunciendo el ceño. Blakely no me oculta nada. Y desde luego no se lo cuenta a mi no novio antes que a mí. O al menos, nunca lo habría esperado.
—No te ofendas. Probablemente no tuvo oportunidad, y solo iba a empezar esta semana.
—Explícame, por favor —le exijo.
—Es la nueva ama de llaves de mi padre.
Tardo unos segundos en asimilar sus palabras y, cuando lo hago, se me cae la mandíbula.
—¿Ama de llaves? —pregunto, incapaz de ocultar la diversión en mi tono—. ¿Mi hermana? ¿Cómo coño lo ha conseguido? Es la persona más desordenada del mundo.
Alex se encoge de hombros. —Yo no participé en todo eso.
—Pero… Derek le consigue trabajo. Eso significa que tu padre debe conocerlo. Tiene contacto con él. Lo utiliza para sus fiestas—.
La comprensión me golpea como un camión, y me incorporo sobre el codo con tanta prisa que la mano de Alex se desliza de mi camiseta.
—Si lo conoce, entonces…
—Entonces hará todo lo que esté en su mano para encontrarlo y obtener las respuestas que necesitamos —me asegura Alex.
—Pero, ¿y si está trabajando con él? ¿Y si…?
—No, Evie. Mi padre es muchas cosas, pero no es un traidor. Su vida es la Familia. No haría algo así. Esto es algo bueno, no malo.
Vuelve a rodearme la cintura con el brazo y me aprieta un poco.
—Confía en mí, papá está de nuestro lado. Vuelve. Estamos relajándonos.
Dejo que me tire hacia abajo y no echo de menos cuando se acerca un poco más.
—No estoy segura de que lo que estás pensando ahora mismo pueda considerarse relajante.
—Quizá no, pero te garantizo que cuando termine, tus músculos estarán como gelatina y te sentirás totalmente extasiado.
—Qué engreído eres.
—¿Te he dado alguna razón para dudar de mis habilidades, Pecadora?
Deslizando su mano alrededor de mi espalda, me atrae hacia él, presionando nuestros cuerpos uno contra el otro.
—Supongo que no.
—Deberías haber dicho que sí, darme realmente la oportunidad de demostrar mi valía.
—Siéntete libre de demostrar que tengo razón —le provoco.
Su nariz roza la mía, su aliento acelerado sobre mis labios.
—Quizá tenga que hacerlo. Sé que esta situación es una mierda y que tu vida está patas arriba ahora mismo, pero solo quiero que sepas que estar aquí contigo, tenerte para mí, lo es todo—.
No me da oportunidad de responder, de estar de acuerdo, porque sus labios rozan los míos y rápidamente me pierdo en su beso.
Empieza dulce, tan increíblemente dulce, mientras sus dedos trazan círculos por mi espina dorsal, pero en poco tiempo, su lengua está explorando cada centímetro de mi boca, ha enganchado mi pierna sobre su cadera y se frota lentamente contra mí, haciéndome jadear y gemir en su beso.
—Soy adicto a esos sonidos, Pecadora. Ojalá pudiera grabarlos y escucharlos para siempre —gime, besándome el cuello.
Cuando llega a la tira de mi hombro, la empuja y continúa por mi pecho.
Me da la vuelta, se coloca entre mis piernas y mete la mano debajo de mi camiseta.
—Quítatela —gruñe antes de sacármela del cuerpo y tirarla a un lado.
—Sí —gimo, arqueando la espalda cuando me acaricia los pechos doloridos con sus manos grandes y callosas.
—Dios, Pecadora. Eres jodidamente perfecta.
—Alex —gimo cuando pellizca mis pezones duros entre sus dedos.
—Joder, te echaba de menos —gruñe antes de lamerme el pezón con la punta de la lengua.
—Sí —grito, sin importarme lo fuerte que sea. No hay nadie en kilómetros a la redonda. Nadie más que nosotros. Es una sensación embriagadora.
Su boca caliente me envuelve y me derrito por él.
Muevo las caderas y me froto contra su miembro, desesperada por más de lo que me está dando.
—Pecadora —gime—. Eres adictiva.
Cambia de lado, volviéndome loca con besos, lametones y pequeños mordiscos en mi sensible piel, lo que garantiza que mis bragas queden arruinadas.
—Por favor —gimo cuando ya no puedo más. Es como si me estuvieran torturando, pero de la mejor manera posible.
—¿Qué quieres? Dímelo.
Sus ojos encuentran los míos mientras me cubre de besos el estómago.
—Yo… yo quiero… —Mis palabras se interrumpen cuando él desliza su lengua por la cintura de mis pantalones cortos.
—¿Quieres?
—Quiero tu boca.
—¿Mi boca dónde? —gruñe.
—Sobre mí. —Sus ojos brillan de deseo, y eso me da la confianza necesaria para seguir adelante.
En realidad, esto no es muy diferente a hacer espectáculos en cámaras web.
Es muy diferente, dice una vocecita. Es real. Es real e intenso y todo lo que no sabías que querías.
Respiro hondo y canalizo mi lado más sensual, sabiendo que oír esas palabras lo volverá tan loco como a mí.
—Quiero que me comas el coño.
—Joder, pecadora —gruñe—. Solo tienes que pedirlo y lo haré todo el puto día.
Sus dedos se deslizan bajo mis pantalones cortos, bajándolos junto con mis bragas por mis muslos.
El cálido aire del verano se cuela entre mis piernas, haciéndome estremecer de deseo.
—Dios mío —jadeo cuando Alex se lleva la tela a la nariz e inhala profundamente. Cierra los ojos como si fuera el aroma más delicioso que jamás haya olido.
Probablemente estaría escondiéndome entre mis manos si no estuviera paralizada por la sorpresa.
Pero él acaba de oler mi ropa interior.
—Ojalá me lo hubiera podido llevar —confiesa, con los ojos fijos en los míos.
—¿Mi ropa interior? —pregunto, confundida.
—Tu aroma, tu ropa interior. Tú.
—Oh —jadeo mientras él tira mi ropa a un lado en favor de la realidad.
Con las manos en mis rodillas, me abre las piernas a la fuerza, exponiéndome ante él.
—Joder, qué bonita —murmura para sí mismo, haciendo que se me enrojezcan las mejillas.
Me mira fijamente durante largos segundos, casi como si estuviera memorizando cada centímetro, por si acaso tiene que volver a prescindir de mí.
—Joder, Evie. Estoy deseando hacerte mía.
Jadeo cuando su dedo choca con mi clítoris, y mis muslos intentan cerrarse por la intensidad.
Cualquier respuesta que pudiera tener se me queda atascada en la garganta cuando él presiona más fuerte y comienza a dar vueltas con una precisión vertiginosa.
¿Cómo es posible que, después de solo unas pocas veces juntos, me toque con tanta maestría como yo misma?
Está destinado a ser así, me susurra una vocecita en la cabeza.
Nunca pensé mucho en el destino o en los poderes superiores que controlan nuestras vidas, pero no puedo evitar sentir que estábamos destinados a encontrarnos. Y no solo para que yo les diera la pieza que les faltaba en este rompecabezas del tráfico que están tratando de armar.
—Alex —grito cuando introduce ese dedo dentro de mí, curvándolo para encontrar mi punto G—. Sí.
—No te vas a correr con mis dedos, Evie —me advierte antes de inclinarse hacia delante, rodearme las caderas con las manos y acercarme a él.
Grito cuando él pega su boca caliente a mi clítoris.
Es. Jodidamente. Bueno.
Mis dedos se enredan en su cabello
, sujetándolo con más fuerza, aunque no creo que vaya a ir a ninguna parte. Parece demasiado adicto a mi coño como para dejarme colgada.
Su lengua es implacable mientras me provoca, excitándome hasta que estoy a punto de llegar al límite, y luego dejándome caer antes de que llegue al clímax.
Es el cielo y el infierno mezclados en uno.
Aspiro con avidez bocanadas de aire cuando me suelta para besarme y mordisquearme el interior del muslo.
—Eres un provocador —gimo, retorciéndome como si él estuviera allí mismo.
—Lo sé. En realidad, te encanta. La gratificación retardada es muy excitante—. Sus ojos recorren mi cuerpo, siguiendo las pequeñas marcas de mordiscos que ha dejado, los chupetones y la evidencia de lo mucho que lo necesito.
Mis caderas siguen moviéndose, aunque no haya nada con lo que rozar.
—Te arrepentirás la próxima vez que te chupe la polla —grito cuando él comienza a acercarse una vez más a donde lo necesito.
Sus ojos brillan con deseo.
—Ah ¿sí? —pregunta con timidez—. Eso suponiendo que te dé suficiente poder para tomar el control, Pecadora.
Joder. ¿Por qué me pone eso tan cachonda?
—¿Te gusta eso? —pregunta, capaz de leer mi reacción—. ¿Quieres que tome el control? ¿Que te diga qué hacer y tome lo que necesito?
—Sí.
—¿Y serás una buena chica y seguirás las órdenes?
—Sí.
—Bien. Entonces empecemos ahora mismo. Quiero que te corras en mi cara.
No llego a responder, porque su boca vuelve a posarse sobre mi sensible piel y me devora como si su vida dependiera de ello.
—Alex. Alex —repito mientras él me lleva al clímax en cuestión de segundos.
Antes de que me dé cuenta de lo que está pasando, me empuja al límite, enviándome en caída libre hacia el orgasmo más intenso que he experimentado jamás.
Y él me acompaña en cada segundo.
Mi cuerpo se convulsiona, se estremece y estalla como un fuego artificial mientras su lengua sigue lamiéndome y su dedo me folla lentamente.
—Joder, nena —gime—. Eres tan hermosa, pero cuando te corres para mí… Es alucinante.
Se pone de pie y se baja los calzoncillos, apartándolos de una patada.
En un santiamén, vuelve a colocarse entre mis piernas con su polla en la mano. La gruesa cabeza brilla bajo la luz del sol, mostrándome lo desesperado que está.
Mi vientre se contrae mientras intento imaginar cómo se sentirá cuando finalmente me penetre.
He usado juguetes antes, pero nunca ninguno tan grande como él. Y si a eso le sumamos la fuerza que tiene en las caderas… Un escalofrío me recorre la espalda. Estoy medio impaciente por sentirlo y medio aterrorizada de que me parta en dos.
—Evie, joder —gime, con los ojos fijos en los míos mientras se masturba.
Me hipnotiza la forma en que se tensan y ondulan sus músculos, la dureza de su mandíbula, la excitación que hace que sus ojos brillen al sol.
Desplazando la mirada hacia su polla, lo observo darse placer, y el calor vuelve a acumularse en mi interior con solo verlo.
—Eres mía, Evie. Eres jodidamente mía.
Se oye un fuerte estruendo, luego pasos y luego…
—JODER.
—Bueno, se puede decir que Alex se ha animado —anuncia en voz alta una voz divertida mientras el hombre en cuestión se corre sobre mi estómago.
Qué vergüenza, joder.
Todo sucede en un instante. Alex se pone de pie de un salto, agarra una almohada y me la lanza para que cubra mi desnudez de las miradas indiscretas.
A él no le preocupa tanto la suya. Pero, ¿por qué debería hacerlo cuando tiene una polla así?
—¿Qué coño estás haciendo? —grita, cogiendo sus calzoncillos del suelo y subiéndoselos por las piernas con frustración—. Creía que estabas en un puto avión.
Afortunadamente, cuando me atrevo a levantar la vista, veo que tanto Emmie como Theo miran hacia otro lado para darnos un poco de intimidad. Aunque no puedo evitar pensar que es demasiado poco y demasiado tarde, la verdad.
—Lo estábamos. Aterrizamos hace un par de horas.
—Pero te hablé como si…—. Alex mira a su alrededor como si estuviera buscando un reloj.
—Estábamos en el avión.
—Pero…
—Hemos traído las cosas de Evie —dice Emmie, mirándome a los ojos y sosteniendo una bolsa, como si eso justificara que irrumpieran en el peor momento posible.
Me levanto de la cama arrastrando los pies, con la almohada pegada al pecho, y me acerco para quitársela.
—Gracias. Creo —añado en voz baja antes de entrar en la cabina, dejando a Alex a cargo de sus amigos.
No me doy la vuelta hasta que desaparecen de mi vista. Ya han visto suficiente; no necesitan ver también mi trasero.
Subo corriendo las escaleras como si los perros del infierno me persiguieran y no me detengo hasta llegar al dormitorio principal.
Tiro la almohada pegajosa y la bolsa de lona sobre la cama antes de abrirla y rebuscar en su interior.
—Sí —exclamo cuando mis dedos rozan las anillas de un cuaderno. Ignorando todo lo demás, lo saco junto con mi estuche y mis lentes.
Mi necesidad de acurrucarme en el sofá y perderme en un boceto mientras ellos se ocupan de lo que tengan que ocuparse abajo casi puede conmigo.
Pero entonces recuerdo que estoy aquí desnuda, cubierta del semen de Alex, y lo pienso mejor.
Dejo todo en la cama, me dirijo al baño, cierro la puerta detrás de mí y dejo la realidad fuera.
Abro la ducha, me meto bajo el chorro, echo la cabeza hacia atrás y muevo los hombros, dejando que la tensión se vaya.