Capítulo 2
Randy
Mientras me pongo otra tirita en el dedo, me pregunto si esta herida sanará alguna vez.
El riff que he perfeccionado para la nueva canción que vamos a grabar es increíble, pero cada vez que lo toco, me hace sangrar el maldito dedo en un punto donde nunca me había sangrado.
Tengo los dedos tan acostumbrados a sangrar que guardo una caja de tiritas junto a las púas de guitarra, y no sé qué gasto más rápido.
—Tío, vamos a repasar esa otra vez —sugiere Wade—. Solo la parte de mi solo. Creo que todavía no la tengo dominada.
—Sonaste bien, tío —replica Corey con amabilidad—. Creo que solo estás dudando de ti mismo.
—¿Tú crees? —digo en broma—. Yo pensé que apestabas.
Me río, y Wade me da un capón juguetón en la nuca.
—Espero que te desangres, tío —añade Wade con sorna.
Solo sonrío. Wade es mi medio hermano. Mi hermano de otra madre, como decimos.
Los dos venimos de familia de músicos. Su madre fue una famosa cantante de jazz en los sesenta, de ahí le viene esa voz increíble, y nuestro padre era músico de estudio, grababa para películas taquilleras en la misma época, de donde probablemente heredamos los dos el talento.
La madre de Wade y nuestro padre tuvieron una aventura, y de ahí nació Wade.
Cuando ella murió en un accidente de coche siendo él un bebé, vino a vivir con nosotros.
Mi madre dejó a nuestro padre hace unos diez años, y él se casó con otra música. Todavía siguen grabando juntos.
Me río y le echo el pie para hacerle la zancadilla, pero él me pisa con fuerza y los dos nos echamos a reír mientras rodamos por el suelo.
Gordon y Corey sueltan los instrumentos y se unen a nosotros.
Nos peleamos en el suelo del sótano, descargando la tensión de haber ensayado toda la noche.
Corey me agarra del pelo, como siempre, y grita:
—¡Deberías cortarte el maldito pelo, tío! ¡Blanco fácil!
—Siempre con el pelo, tío —gruño, dándole un manotazo en la cara para que me suelte—. ¿Por qué no te dejas crecer el tuyo y dejas de babear por el mío?
Corey tiene el pelo tan fino que da pena, así que se rapa la cabeza, y es lo único con lo que puedo meterme con él, porque tiene un cuerpo de infarto y las tías se vuelven locas con sus ojos verdes.
Además, es el tío más majo que puedas conocer.
La mayoría de los días es incluso más majo que Wade, y eso ya es decir, porque nuestro padre es estricto y nos crió para ser respetuosos.
—¡Eh, quítame el maldito pie de la cara! —se ríe Gordon, agarrándome del pie.
Es el que tiene el pelo más largo de todos; grueso, oscuro. Es de origen italiano, así que tiene ese aire europeo con la piel bronceada, y bajo el sol de California he visto a tías llamarle «El Adonis».
—¡Quítame la mano del pie! —resoplo mientras intento soltarme.
Seguimos peleándonos por todo el suelo hasta que oigo un carraspeo desde la escalera que sube al piso de arriba.
—Oh... hola, cariño —le digo a mi mujer, que está en las escaleras con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.
—Ocupados trabajando, ya veo —dice con sarcasmo.
Su tono gélido se palpa en el ambiente, y nos separamos sacudiéndonos el polvo.
—Solo estábamos haciendo un descanso.
Emily, mi mujer desde hace dos años, es actriz.
Nos conocemos desde el instituto, pero no empezamos a salir hasta que nos vio tocar en un club y se coló en el backstage, borracha y cachonda perdida.
Esa noche nos lo montamos en el cuarto de las escobas, algo que ella niega a día de hoy, pero juro que iba tan pedo que no se acuerda.
Nos casamos muy rápido, en plan, seis meses después, y entre sus trabajos de actriz y mis ensayos, la cosa ha sido complicada, por decirlo suave.
Carter, mi golden retriever, aparece detrás de ella y baja las escaleras a toda pastilla para llegar hasta mí. No puede resistirse a una buena pelea cuando la ve venir, así que volvemos a liarnos a tortas, esta vez con el perro incluido.
—Deberías sacar a tu perro, Randy. Ha meado arriba otra vez —dice Emily con frialdad—. Y tengo que ir a una audición, así que no tengo tiempo. Y gracias por las ojeras, por cierto.
Emily llama a Carter «mi perro» porque lo traje a casa sin pedirle permiso.
Estábamos en la parte de atrás de un local, fumando después de un bolo, y él andaba vagando por las calles en plena noche.
Sin collar ni nada. Hice todo lo posible por encontrar a sus dueños, pero después de un par de semanas, ya era mío.
Ella lo odia a muerte. Carter tiene problemas de vejiga, seguramente por eso sus antiguos dueños lo dejaron escapar, y si no lo saco a menudo, se mea donde pilla.
Tenemos una toalla en un arenero de gato arriba, pero no sirve de nada.
Es macho. Prefiere mear en el ficus de Emily junto a la puerta.
Con el ensayo de toda la noche, se me olvidó sacarlo.
No quiere salir por la gatera, y no he conseguido entender por qué, pero es rapidísimo si sales con él.
Aparte de eso, es el mejor perro del mundo.
Nos protege a mí y a los chicos, y huele a una rata a un kilómetro de distancia. Gruñe para avisarme.
—Lo saco ahora, cariño. Perdona —me río mientras Carter me mordisquea la camiseta y tira de mí hacia él.
—Randy, ¿puedes hacer que no te muerda así? ¿Y si empieza a morder a las visitas?
—No me está mordiendo, cariño, está jugando. Nunca muerde a nadie que le caiga bien.
—Bueno, te va a destrozar la camiseta, y entonces tendrás que comprarme otro ficus y una camiseta.
Me acerco a ella y la beso en los labios.
—Siento haberte tenido despierta toda la noche.
—No pasa nada. Me compré tapones. Funcionan bien —dice, esbozando una sonrisa tensa.
—Estás muy guapa —digo con sinceridad.
Emily siempre va bien vestida, y tiene maquilladores, pero no los necesita. Es guapa de natural, con su melena rubia y ese bronceado californiano por el que la mayoría de las mujeres pagarían una fortuna.
—Gracias. ¿Vas a ver tu vídeo esta mañana?
—Sí. Saldremos en una hora más o menos.
—Será mejor que te duches antes de ir —me recuerda.
Levanto el brazo y me lo huelo, mirándola con cara de «¿de qué hablas?».
—¿Qué insinúas? Huelo a rosas, cariño.
Levanta las cejas.
—¿Has esnifado coca últimamente?
Dejé la coca cuando nos casamos, es la pura verdad, pero todavía me lo echa en cara de vez en cuando.
—No. Toma.
Levanto el brazo y me acerco a ella. Me sigue el juego y me aparta.
—Gracias, paso.
Me inclino y la beso de nuevo.
—Buena suerte en tu audición.
—Gracias.
Me devuelve el beso.
—Y Randy, en serio, saca al pobre perro. Eso no puede ser bueno para él.
—Lo haré.
Silbo a Carter.
—¡Vamos, chico! ¡Vamos!
Corre hacia mí y le doy una palmadita en el trasero a Emily.
—Te acompaño.
En cuanto abro la puerta trasera, Carter corre hacia el árbol más cercano.
—¿Ves? Estaba reventando, Randy.
—Lo sé, lo sé. Lo bajaría mientras ensayamos, pero ladra como un hijo de puta.
—Entonces pon una alarma o algo. Estuvo arañando la puerta del dormitorio como a las tres de la mañana porque olvidaste sacarlo anoche.
—Sí lo saqué.
—Bueno... quizá deberías llevarlo otra vez al veterinario.
—O contratar a alguien para que lo saque.
—Cuando te vayas de gira, tendrás que hacerlo —aconseja Emily.
—Vale. Ese es el plan entonces.
—Bien. Tengo que irme.
—Vale, cariño. Buena suerte. Te quiero.
—Yo también te quiero —dice, y salgo al patio trasero con Carter mientras olfatea por ahí, buscando dónde hacer sus cosas. Corey aparece por la parte de atrás de la casa.
—Oye, tío. Nos vamos a casa a prepararnos. ¿Nos vemos aquí en cuarenta y cinco?
Todos los chicos viven a diez minutos de mi casa, así que nos viene genial para practicar y ensayar. Corey vivía más lejos, pero cuando conseguimos el contrato discográfico, se mudó más cerca.
—Claro.
Asiento.
Carter hace sus necesidades y juego con él un rato, y luego me meto en la ducha. Echamos a suertes y decidimos ir en mi coche a la productora, sabiendo que Bobby, nuestro mánager, se unirá a nosotros más tarde, y entonces podremos separarnos si queremos.
—Entonces, ¿por qué vamos a ver este vídeo, tío? ¿No es trabajo de nuestra publicista? —pregunta Corey.
—Bueno, sí, pero yo también quiero verlo... ¿tú no? —pregunto mientras paramos en un semáforo en rojo—. No quiero que salga una mierda en las pantallas con nosotros, ¿sabes?
—Estuvimos allí cuando grabaron el material. ¿Qué más necesitamos ver? —replica Corey.
—¿Cuál es el problema? Entramos, decimos sí o no, volvemos a casa a echar una cabezada y luego al estudio de grabación para el ensayo —interviene Wade—. Randy tiene razón, tío. No queremos que salga un trabajo de mierda con nuestro nombre.
—Bobby no dejaría que eso pasara —dice Gordon quitándole importancia con un gesto.
Lo miro por el espejo retrovisor.
—Oye, ¿en qué quedamos cuando empezamos, tío? Nosotros tomamos las decisiones finales. No importa cuánto confiemos en alguien en este negocio, nosotros tenemos la última palabra, y punto. Los vídeos son tan populares hoy en día que si sacamos uno de mierda, estamos hundidos.
—Pero es el primero, tío. Relájate —replica Gordon.
—Y si apesta, estamos acabados. Mira cómo arrasó nuestro primer sencillo en las listas. ¿Queremos seguir así, o empezar a sacar mierda porque confiamos en que otros hagan el trabajo por nosotros?
—Estoy de acuerdo, tío —dice Wade.
—Sí, yo también —dice Corey—. No lo veía así. O sea, claro, grabamos cosas bastante buenas, pero ¿y si la edición es una mierda y nos deja en ridículo?
—Exacto —digo.