Primavera en escocés (Pasión en el Lago Ness 3) Buenos Aires #3
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Buenos Aires #3

—Sí, mamá, créeme, ojalá pudiera hacerlo sola —fue todo lo que dijo. Tomó un sorbo de café y se quemó el labio. Soltó una maldición.

—¡Kendra! —Su madre odiaba que utilizara palabras vulgares.

—Lo siento, y puedes estar segura de que a mí tampoco me gusta que tengáis que seguir atados al negocio.

El corazón le latía con fuerza y tenía un nudo en el estómago.

No quería estar enfadada, pero lo estaba.

Kendra se levantó y sus ojos se posaron en la foto familiar que había en el alféizar de la ventana, junto a una maceta de hierbas.

Todo era distinto entonces. Su madre sonreía a la cámara mientras su padre abrazaba a sus dos hijas y reía.

Muchas cosas habían cambiado desde entonces.

No, todo había cambiado. Pero la muerte de su hermana pequeña no tenía nada que ver con el bar, por supuesto.

Por otra parte, Kendra se había sentido obligada a ayudar a sus padres, a aliviarlos.

Había abandonado Historia y Arqueología en el primer trimestre y se había quedado en Kiltarff.

No se arrepentía de ello, en absoluto. Pero si Libby no hubiera caído enferma, su vida habría sido diferente.

Kendra le había prometido a su hermana pequeña, que siempre había soñado con dirigir ella misma el pub, que se ocuparía de ello.

Y eso era exactamente lo que haría, solo que no sabía cómo.

Los planes de Libby eran grandiosos: quería convertir el pequeño pub en un restaurante especial.

Kendra no se veía en condiciones de hacerlo, y Kiltarff no necesitaba un segundo bar con menú degustación junto al Bluebell.

Kendra se frotó la frente con la mano.

—Voy a La Linterna.

—¿Ya? —Su madre enarcó una ceja y miró su reloj de pulsera.

—Sí, se me ha ocurrido algo. —Dejó la taza en el fregadero, aunque aún estaba medio llena.

Tenía que salir urgentemente de casa. Podía sentir que su madre la miraba, pero no dijo nada.

Kendra salió de la cocina sin decir palabra, se puso las botas y la chaqueta y se marchó.

Entonces respiró hondo, recordó que no llevaba el móvil, corrió a su habitación y se lo metió en el bolsillo trasero de los vaqueros.

Bajó corriendo la colina y cruzó el puente sobre el canal de Caledonia hasta La Linterna.

Maisie pasó junto a ella en bicicleta y la saludó.

Su librería y su pequeño café también habían sufrido pérdidas económicas debido a la ausencia de turistas, pero de algún modo se mantenía a flote, sobre todo porque los lugareños siempre le compraban.

Y de vez en cuando también necesitaban pequeños regalos.

Kendra la saludó de vuelta con una sonrisa y se marchó.

Esperó un momento frente a La Linterna y observó el viejo edificio.

Seis chimeneas se alzaban sobre la cubierta de tejas negras.

Los ladrillos grises estaban desiguales y las ventanas con parteluz necesitaban una limpieza.

Incluso la puerta de entrada de roble oscuro seguía siendo original.

Innumerables generaciones habían pasado por allí, bebiendo cerveza y comiendo estofado, así estuvieran de paso o por costumbre.

Pero actualmente, un pub ya no tenía el mismo estatus que antaño.

Kendra no podía juzgar si eso era bueno o malo.

Pero estaba claro que algo tenía que cambiar, y no se refería al interior, porque ese era el sello distintivo de la casa.

No podía ser más auténtico y, de todos modos, ella no tenía dinero para remodelarlo.

—¿Qué te pasa? —preguntó alguien, y Kendra se dio la vuelta. Colin le sonrió a la cara—. En mi tienda no aceptamos a raritas.

—Muy gracioso —respondió y se echó a reír—. Estoy pensando.

—Ah, ¿y en qué piensas?

Kendra suspiró.

—Necesito idear algo, no quiero quejarme pero, por alguna razón, las cosas no van bien en este momento.

Colin regentaba la tienda del pueblo y hacía poco que había alquilado la furgoneta.

—Todos estamos viviendo la misma situación.

—Me parece como si este invierno no fuera a acabar nunca.

—A ti también te afecta el tiempo, lo comprendo. —Ese día hacía un frío glacial y unas espesas nubes grises se arremolinaban en el cielo. El lago Ness tenía un aspecto oscuro y amenazador, mientras los árboles de la orilla extendían sus ramas desnudas en el aire.

—No se trata de hacer frente al tiempo —explicó Kendra—. Se trata más bien de que nuestro pub ya no es rentable. El verano pasado no conseguimos facturar lo que solíamos otros años.

—Entiendo. —Colin asintió—. ¿Hay algo que pueda hacer?

—Realmente no quería quejarme —admitió ella con franqueza—. Sé que todo el mundo aquí está luchando contra el mismo problema.

Colin le puso una mano en el hombro, su mirada compasiva era demasiado. Le ardían los ojos. Y no quería llorar, aún menos en la calle, donde todo el mundo podía verla. Kendra tragó saliva para deshacerse del nudo que tenía en la garganta.

—¿Sabes cuál es tu verdadero problema? —dijo Colin con suavidad.

Sacudió la cabeza.

—Que siempre quieres hacerlo todo tú sola. Tienes amigos, ¿sabes?

A Kendra se le encogió el corazón. Estaba conmovida.

—Sí, lo sé, pero, ¿cómo se supone que vas a ayudarme? No puedo obligarte a comer en mi bar dos veces al día —intentó bromear—. Y tampoco quiero robarle el negocio a Ellie con el cobertizo para botes. Por suerte nuestra oferta es fundamentalmente distinta.

—No se trata solo de que seamos tus clientes. Espero que lo sepáis. Si tenéis alguna duda, podéis hablar conmigo. Dios sabe que os he pedido ayuda muchas veces.

Sabía que se refería a la situación con su padre y su abuela.

Tras la muerte de la madre de Colin, su padre había perdido el rumbo por completo y había dejado a Colin solo con Laden y su abuela, que sufría demencia.

Kendra le había echado una mano con las tareas del hogar y —metafóricamente hablando— había apagado pequeños fuegos porque su amigo era incapaz de hacerles frente.

Pero esto era distinto: su problema no se resolvía con un poco de limpieza o charlando.

—Había pensado en presentar el pub a un certamen —explicó finalmente.

—Pero… —Colin enarcó una ceja.

—Los requisitos de inscripción son una cuenta de Instagram y una de Facebook.

—¿Cuál es el escollo? ¿Te ayudo a crearlas?

—Ni siquiera tenemos página web, Colin. Y no, eso puedo hacerlo yo misma.

Es que… —dudó—. Para tener una oportunidad real, necesitaríamos millones de simpatizantes.

Seguramente se decidirá por votación, ¿quién nos daría su voto?

Aunque todo Kiltarff se conectara y nos votara, nunca sería suficiente.

—¿Para qué sirve el premio? —Frunció el ceño.

—Bueno, más clientes, por supuesto. El lago no atrae a la gente a Kiltarff desde hace mucho tiempo.

—¿Sabes qué? ¿Por qué no lo intentas? ¿Desde cuándo abandonas la guerra antes de librar la primera batalla?

Kendra lo miró fijamente y luego chasqueó la lengua.

—No sé, parece una auténtica hazaña.

Colin le dio un codazo en el costado.

—Tú eres capaz de conseguir todo lo que te propongas.

—Ya no tengo doce años y hace tiempo que no creo en los cuentos de hadas. —Eso no era del todo cierto, porque aún seguía esperando su final feliz con carroza blanca… Que, por supuesto, no tenía nada que ver con La Linterna . Pero eso no se lo diría a Colin bajo ningún concepto.

—Venga, ya. ¿A qué viene tanta negatividad sin siquiera haber empezado? No te reconozco.

Kendra suspiró y se encogió de hombros.

—Lo sé, es un poco abrumador. Sería más fácil si no tuvieras que hacerlo todo tú sola.

Colin la miró sin decir palabra durante un suspiro y luego afirmó:

—Te sientes sola.

Kendra abrió mucho los ojos.

—No, desde luego que no. Mírame, rara vez o nunca estoy sola.

Quizá le ayudara repetirse ese mantra hasta el día de su muerte.

Por supuesto, sabía que Colin tenía razón, pero no quería parecer desesperada.

Por lo demás, no le resultaba difícil reprimir sus verdaderos sentimientos hasta el punto de que nadie se diera cuenta.

¿Por qué su expresión había empezado a tambalearse de repente?

Colin la abrazó, lo que pilló a Kendra completamente por sorpresa, pero no se resistió.

Le acarició la espalda, no con ternura, sino de forma amistosa.

El abrazo no era más que eso, y ambos lo sabían, porque Colin estaba muy feliz con su pareja, y Kendra lo veía como un hermano más que como un posible amante.

Afortunadamente. Así que podía dejar que ocurriera, en realidad le sentaba bien. Respiró hondo.

—Dios, todo parece tan incierto que me está dando un ataque de nervios —murmuró avergonzada.

—Ya veo, no hace tanto tiempo yo sentía lo mismo, Kendra. Tú me ayudaste entonces, ¿recuerdas? Déjanos ayudarte ahora. Ava podría echarte una mano creando y organizando tu cuenta de Instagram, ¿verdad? Ella sabe del tema. Se lo pediré ahora mismo.

—Tiene mucho que hacer con la renovación del castillo. No puedo pedirle que lo haga. —Kendra dio un paso atrás y se aclaró la garganta—. Deja que lo intente yo primero y, si no puedo hacerlo, me pondré en contacto contigo.

—Una criatura tan tierna y a la vez tan testaruda —dijo Colin sacudiendo la cabeza.

—¿«Tierna y testaruda»? Yo no soy tierna.

Colin se rio y sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Di lo que quieras, te apoyaremos. Nos vemos. Que se dé bien el día.

La dejó allí de pie. Kendra no sabía qué pensar, pero se sintió mejor. Tenía suerte de tener tan buenos amigos.

CAPÍTULO 4