Primavera en escocés (Pasión en el Lago Ness 3) Kiltarff, Escocia
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Kiltarff, Escocia

La pantalla reflejaba el titilar de la chimenea, que de algún modo encajaba con su estado de ánimo.

Alejandro Álvarez estaba sentado en un sillón de respaldo alto en el salón del castillo de Kiltarff y miraba fijamente su teléfono móvil, que yacía sobre una mesa de cristal a su lado.

En la penumbra, el dispositivo parecía oscuro y amenazador.

Sin embargo, se alegró de que no parpadeara intensamente.

Ni siquiera era posible, pues lo había apagado porque ya no soportaba que le bombardearan con mensajes de todo el mundo.

—¿Quieres otra copa? —le preguntó su viejo amigo y anfitrión Kenneth McGregor, cuya presencia había olvidado por completo durante un instante.

—No, gracias, prefiero mantener la cabeza despejada — respondió Alejandro.

No le había contado a su antiguo compañero de equipo hasta el último detalle de por qué había aceptado finalmente su invitación a Escocia.

Pero incluso allí, en el remoto norte, los titulares debieron de llegar, al menos a la gente que sigue el deporte del polo con interés.

Alejandro se alegró de haber hecho este viaje gracias a Kenneth.

Hasta entonces, siempre había tenido demasiadas cosas que hacer y, sencillamente, no había encontrado el momento en su estresante vida.

Ahora todo era distinto, y lo único que Alejandro ansiaba hoy era un poco de paz y tranquilidad. Eso más que nada.

Cerró los párpados un momento y se estremeció al recordar la pesadilla en la que se habían convertido los últimos días. Había imaginado que su carrera acabaría de otra manera. De una completamente distinta.

Alejandro tragó saliva y se enderezó. Podía sentir los ojos de su amigo clavados en él, este se mostraba preocupado, pero no le presionó ni le exigió información.

Sin duda, Kenneth también había leído las noticias de los medios de comunicación, que, como tantas veces, tergiversaban la verdad para magnificar el escándalo.

La mayoría estaban escritas en español, por supuesto, pero uno o dos titulares habían llegado a las páginas internacionales de polo.

Kenneth se dio por satisfecho cuando Alejandro le explicó brevemente que tales noticias solo pretendían arrastrarlo al fango y hundirlo, que ni una sola palabra era cierta.

Alejandro exhaló con fuerza. Aquellos bastardos habían conseguido arruinar su hasta entonces impecable reputación. Por completo.

Sin embargo, Alejandro había decidido no dar ninguna rueda de prensa, entrevista u otra declaración.

Solo había hecho saber a través de su representante que ninguna de las crónicas era cierta.

Por desgracia, la prensa sensacionalista nunca se interesa por la historia real.

Así que no tenía sentido intentar aclarar las cosas…

En algún momento, la tormenta de mierda se calmaría y todos olvidarían lo ocurrido. O no. Algunas manchas no salen ni frotando.

En su caso, Alejandro ni siquiera podía decir exactamente qué había hecho mal. Y no quería seguir pensando en ello. Pero no sabía qué hacer a continuación. Este escándalo había llegado en el peor momento posible.

—Preferiría desaparecer por completo durante unos meses — declaró finalmente Alejandro, al tiempo que exhalaba con suavidad.

—Te comprendo. ¿Has pensado en algún destino en particular?

—No estoy seguro. No, la verdad es que no. Definitivamente debe ser un lugar donde nadie me conozca y donde se respete mi paz y tranquilidad.

Kenneth exhibió una amplia sonrisa en su rostro.

—Tengo una idea…

—No irás a decir aquí, en tu casa, ¿verdad? No, no puedo aprovecharme de vuestra hospitalidad durante tanto tiempo. — Aunque apreciaba mucho a Kenneth y a su compañera Ellie, a quien acababa de conocer, quedarse en casa de unos amigos no entraba en sus planes.

Kenneth se frotó la barbilla.

—Vale, lo entiendo, pero puedo garantizarte que a nadie en las Tierras Altas le interesa el polo ni el mundo de los ricos y famosos.

—Sí, y que aquí hace un frío del carajo, también. —Alejandro curvó los labios en una sonrisa irónica.

Kenneth se rio a carcajadas.

—Comprendo que tu hermoso culo argentino esté helado, pero todo es acostumbrarse. De todas formas, no hay muchos lugares en el mundo donde se reflexione mejor que aquí. Y el invierno acabará pronto.

Alejandro se levantó y caminó lentamente hacia las ventanas del salón, que iban del suelo al techo, para pensar.

Contempló el lago Ness, que brillaba en la oscuridad, reflejando la luna plateada y las estrellas.

Siempre había algo inmensamente tranquilizador en mirar hacia el agua, ya fuera el mar, un río o un lago escocés.

—Sí, puede ser —murmuró para sí—, seguro que aquí no me busca nadie.

CAPÍTULO 1

—¿E stás loca? —jadeó Ava, atónita. Kendra miró a la cara a su amiga, que estaba de pie frente a ella con las manos en las caderas, negando con la cabeza.

—¿Loca?, ¿por qué? —quiso saber Kendra, aunque sabía a qué se refería Ava. Pero no le apetecía entrar en detalles.

—¿Has mirado el termómetro? Fuera hace mucho frío. Aún es invierno —continuó Ava sin avergonzarse.

Kendra sonrió. Su amiga tenía razón. Aunque la mayor parte de la nieve se había derretido en los últimos días, las noches en las Tierras Altas seguían siendo gélidas y, sobre todo, muy largas.

Ese era exactamente el motivo por el que Kendra quería ir sola.

Podría ser la última oportunidad de ver las raras auroras boreales este invierno.

El cielo estaba despejado y las estrellas ya brillaban sobre ella.

Su aliento dejaba pequeñas nubes blancas en el aire del atardecer.

—No estoy hecha de azúcar —dijo encogiéndose de hombros. Luego, cerró de golpe el maletero de la furgoneta que le había prestado Colin, el novio de Ava. Su amplia zona de carga en la que podías estirarte era perfecta para un viaje así.

El azúcar sería mejor, aguanta bastante bien las heladas, a diferencia del cuerpo humano.

Por un lado, era tierno que Ava se preocupara por ella, aunque se conocieran desde hacía poco tiempo, pero, por el otro, Kendra solo deseaba que la dejaran en paz.

Se alegraba de que sus amigos hubieran encontrado la felicidad en el amor, pero seguía siendo dolorosamente consciente de lo que ella misma se había perdido.

No lo admitiría aunque se lo preguntaran, pero se sentía sola.

Aunque estuviera en todo momento rodeada de personas.

—Por favor, Ava, relájate. Me llevo un saco de dormir térmico, ropa de abrigo y una manta eléctrica a pilas. No moriré congelada; además, no hará tanto frío. Tampoco es la primera vez que hago esto y conozco los riesgos.

Ava exhaló con fuerza y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.

—Tengo miedo por ti. Debe de ser muy peligroso estar sola ahí fuera. Las mujeres de las Tierras Altas sois muy duras.

Kendra dejó escapar una risa entre dientes.

—Agradezco que te preocupes, pero no me da miedo la oscuridad y aquí ya no hay lobos ni osos. No los ha habido desde hace siglos.

—Los animales no son lo peor que se esconde en la oscuridad. — Ava frunció el ceño.

Kendra se despidió de su amiga con un abrazo. No quería oír nada más.

—No te preocupes. Me cuidaré y, como te he dicho, no es la primera vez que hago una cosa parecida.

—¿Quieres que vaya contigo? —se ofreció Ava.

Kendra respiró hondo.

—Eres muy amable, pero de verdad que necesito un tiempo a solas para pensar.

—¿Pasa algo? —quiso saber Ava—, ¿ha ocurrido algo?

—No, no. De verdad que no pasa nada —recalcó Kendra, apretando los labios.

Se guardó para sí el hecho de que sentía que la aplastarían si se quedaba allí.

También se calló que había vuelto a discutir con sus padres sobre los temas habituales porque querían retirarse.

Con un poco de distancia, todo volvería a la normalidad, como siempre.

Ava asintió por fin y aceptó la decisión de su amiga.

—Entonces asegúrate de que llevas el móvil contigo y de que la batería está cargada. Por si necesitas ayuda.

Kendra sonrió.

—Sí, mamá.

—Hablo en serio. Y cuando vuelvas, también te pondrás en contacto, ¿hecho?

—Iré a tu despacho mañana por la mañana, si insistes. ¿Cómo va la reforma?

Ava había llegado a Kiltarff a finales del año anterior para convertir un ala del castillo local en un hotel.

Kendra era amiga de los propietarios desde hacía mucho tiempo y ahora Ava formaba parte de su círculo de amistades.

Había dejado atrás su antigua vida en Londres y se había enamorado de Colin, que regentaba una tienda de alimentación en el pueblo.

Tras algunas idas y venidas, los dos se habían convertido en una hermosa pareja.

—En principio, va bien, pero los plazos son muy ajustados.

Los obreros trabajan prácticamente día y noche y, aun así, no sé si podremos respetar la fecha de apertura prevista.

Como es natural, Kenneth y Ellie están muy molestos porque aún no pueden empezar a hacer publicidad, aunque algunas habitaciones ya están terminadas, pero no todas.

Nadie quiere irse de vacaciones a un edificio en obras.

Tendremos que pensar en otra cosa, quizá un evento más grande con invitados o algo así.

—Entiendo. —Kendra asintió—. Todo saldrá bien, estoy segura.

—Dios quiera que así sea. —Ava expulsó el aire de sus pulmones con un silbido.

—Bueno, tengo que irme —dijo finalmente Kendra—. Gracias otra vez a Colin por prestarme la furgoneta hasta mañana.

—Ojalá no te la hubiera dejado.

—Eres un encanto, Ava. Te garantizo que es mil veces más seguro pasar una noche sola en las Tierras Altas que viajar en el metro de Londres.

Ava sacudió la cabeza con resignación.

—No importa lo que diga, terminarás haciendo lo que quieras. Hasta mañana, querida.

Entonces, Kendra subió al vehículo y arrancó el motor.