Primavera en escocés (Pasión en el Lago Ness 3)
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Prólogo
SObrE EL LIbrO
Cuando llega la primavera a las Tierras Altas de Escocia, no solo se derrite la nieve, también los corazones...
Una noche en las Tierras Altas de Escocia, sola bajo las estrellas.
Esa es la escapada favorita de Kendra cuando su vida cotidiana como dueña de un pub se vuelve abrumadora.
En su lugar favorito, con una vista impresionante hacia el lago Ness, sueña en secreto con ese hombre que algún día conquistará su corazón.
A la mañana siguiente, eso es exactamente lo que ocurre: un atractivo desconocido interrumpe su acampada.
Tras ver juntos el amanecer frente a la legendaria masa de agua, Kendra anhela desesperadamente volver a verle, a pesar de no saber nada de ese hombre por el que ahora suspira.
Poco tiempo después, el moreno argentino se presenta en su pub y Kendra se entera de que ha comprado una antigua mansión por la zona.
Cuando él se le insinúa, no puede creer su suerte.
Sin embargo, Kendra sospecha que Alejandro oculta parte de su historia; parece estar huyendo de algo en lugar de querer establecerse en su pueblo.
¿Podrá Kendra arriesgarse a abrirle su corazón?
K iltarff, Escocia La pantalla reflejaba el titilar de la chimenea, que de algún modo encajaba con su estado de ánimo.
Alejandro Álvarez estaba sentado en un sillón de respaldo alto en el salón del castillo de Kiltarff y miraba fijamente su teléfono móvil, que yacía sobre una mesa de cristal a su lado.
En la penumbra, el dispositivo parecía oscuro y amenazador.
Sin embargo, se alegró de que no parpadeara intensamente.
Ni siquiera era posible, pues lo había apagado porque ya no soportaba que le bombardearan con mensajes de todo el mundo.
—¿Quieres otra copa? —le preguntó su viejo amigo y anfitrión Kenneth McGregor, cuya presencia había olvidado por completo durante un instante.
—No, gracias, prefiero mantener la cabeza despejada — respondió Alejandro.
No le había contado a su antiguo compañero de equipo hasta el último detalle de por qué había aceptado finalmente su invitación a Escocia.
Pero incluso allí, en el remoto norte, los titulares debieron de llegar, al menos a la gente que sigue el deporte del polo con interés.
Alejandro se alegró de haber hecho este viaje gracias a Kenneth.
Hasta entonces, siempre había tenido demasiadas cosas que hacer y, sencillamente, no había encontrado el momento en su estresante vida.
Ahora todo era distinto, y lo único que Alejandro ansiaba hoy era un poco de paz y tranquilidad. Eso más que nada.
Cerró los párpados un momento y se estremeció al recordar la pesadilla en la que se habían convertido los últimos días. Había imaginado que su carrera acabaría de otra manera. De una completamente distinta.
Alejandro tragó saliva y se enderezó. Podía sentir los ojos de su amigo clavados en él, este se mostraba preocupado, pero no le presionó ni le exigió información.
Sin duda, Kenneth también había leído las noticias de los medios de comunicación, que, como tantas veces, tergiversaban la verdad para magnificar el escándalo.
La mayoría estaban escritas en español, por supuesto, pero uno o dos titulares habían llegado a las páginas internacionales de polo.
Kenneth se dio por satisfecho cuando Alejandro le explicó brevemente que tales noticias solo pretendían arrastrarlo al fango y hundirlo, que ni una sola palabra era cierta.
Alejandro exhaló con fuerza. Aquellos bastardos habían conseguido arruinar su hasta entonces impecable reputación. Por completo.
Sin embargo, Alejandro había decidido no dar ninguna rueda de prensa, entrevista u otra declaración.
Solo había hecho saber a través de su representante que ninguna de las crónicas era cierta.
Por desgracia, la prensa sensacionalista nunca se interesa por la historia real.
Así que no tenía sentido intentar aclarar las cosas…
En algún momento, la tormenta de mierda se calmaría y todos olvidarían lo ocurrido. O no. Algunas manchas no salen ni frotando.
En su caso, Alejandro ni siquiera podía decir exactamente qué había hecho mal. Y no quería seguir pensando en ello. Pero no sabía qué hacer a continuación. Este escándalo había llegado en el peor momento posible.
—Preferiría desaparecer por completo durante unos meses — declaró finalmente Alejandro, al tiempo que exhalaba con suavidad.
—Te comprendo. ¿Has pensado en algún destino en particular?
—No estoy seguro. No, la verdad es que no. Definitivamente debe ser un lugar donde nadie me conozca y donde se respete mi paz y tranquilidad.
Kenneth exhibió una amplia sonrisa en su rostro.
—Tengo una idea…
—No irás a decir aquí, en tu casa, ¿verdad? No, no puedo aprovecharme de vuestra hospitalidad durante tanto tiempo. — Aunque apreciaba mucho a Kenneth y a su compañera Ellie, a quien acababa de conocer, quedarse en casa de unos amigos no entraba en sus planes.
Kenneth se frotó la barbilla.
—Vale, lo entiendo, pero puedo garantizarte que a nadie en las Tierras Altas le interesa el polo ni el mundo de los ricos y famosos.
—Sí, y que aquí hace un frío del carajo, también. —Alejandro curvó los labios en una sonrisa irónica.
Kenneth se rio a carcajadas.
—Comprendo que tu hermoso culo argentino esté helado, pero todo es acostumbrarse. De todas formas, no hay muchos lugares en el mundo donde se reflexione mejor que aquí. Y el invierno acabará pronto.
Alejandro se levantó y caminó lentamente hacia las ventanas del salón, que iban del suelo al techo, para pensar.
Contempló el lago Ness, que brillaba en la oscuridad, reflejando la luna plateada y las estrellas.
Siempre había algo inmensamente tranquilizador en mirar hacia el agua, ya fuera el mar, un río o un lago escocés.
—Sí, puede ser —murmuró para sí—, seguro que aquí no me busca nadie.