Epílogo
LA INSTALACIÓN
—Tendrá su arma antes de que acabe el mes.
La voz de Dostiger sonaba crispada mientras se encorvaba sobre el teléfono en su escritorio. Llevaba cuatro días sin salir de la oficina. La cara surcada de cicatrices se le cubría de barba de varios días y todavía llevaba el mismo uniforme de faena manchado de combate.
—¿Aún tiene recursos para esto? —preguntó con frialdad el general iraní. Sabía que el traficante de armas había invertido una fortuna en la fallida recuperación del agente nervioso Novichok.
—Tendrá su arma. Esta vez no habrá errores.
—Eso espero… Tenga mucho cuidado, Dostiger. Las armas nucleares implican un nivel de riesgo mucho mayor. Habrá muchos más ojos observando.
—Déjeme eso a mí. Tendrá su arma. Úsela. Quiero que el Mossad arda por lo que me hicieron.
Dostiger escupió las palabras cargadas de puro odio.
—Eso sí se lo puedo prometer. Entrégueme el arma y reduciré una de sus ciudades a cenizas. Si me falla, mis hombres irán a por usted.
—No le fallaré.
—Excelente. Póngase en contacto conmigo cuando esté listo para la entrega.
El iraní dio por terminada la llamada.
Dostiger dejó el teléfono y alargó la mano temblorosa hacia el vaso sobre el escritorio.
Estaba vacío. Agarró una botella, arrancó el tapón y dejó que el licor chapoteara en el vaso.
Cuando lo alzó hacia los labios, sus ojos se quedaron fijos en un punto lejano y sonrió.
De pronto, todo estaba tan claro. Se inclinó hacia delante y pulsó el botón del intercomunicador.
—Póngame con Yuri.
A pesar de los fracasos del jefe de seguridad, Dostiger lo había perdonado. Los hombres leales eran un bien escaso en aquellos días.
Cinco minutos después llamaron con suavidad a la puerta del despacho. Dostiger dejó su segundo whisky sobre la mesa.
—¡Yuri! Ya era hora, maldición.
La puerta se abrió y un hombre entró en la estancia. No era Yuri; era un bruto de hombros anchos y cabeza rapada.
—Hola, camarada —dijo el hombre mientras le apuntaba con una escopeta.
Bishop entró en el despacho detrás de Aleks.
—Tú y yo ya nos conocemos, Dostiger.
Los rasgos toscos del ucraniano se deformaron de rabia.
—¡Tú! ¡Fischer!
—En realidad, me llamo Bishop.
—Me da igual cómo te llames, pedazo de mierda. ¿Dónde está? ¡Dónde está mi agente químico!
Sonrió.
—Hace mucho que desapareció. No vas a recuperarlo.
Dostiger lo fulminó con la mirada mientras hablaba despacio.
—Escúchame. Te daré millones. Te haré más rico de lo que puedas imaginar.
—Tu dinero no va a salvarte ahora, Dostiger. Tu destino quedó sellado cuando tus hombres derribaron un avión de pasajeros israelí en 2004.
—Así que es usted del Mossad.
—No, solo soy un ciudadano preocupado por el mundo. Asintió a Aleks, que alzó la escopeta.
Los ojos de Dostiger se entornaron y, por un instante, una chispa de desafío cruzó sus facciones ajadas.
—Váyase a la mierda.
La escopeta tronó en el reducido despacho y el proyectil impactó en el pecho de Dostiger. El cartucho XREP Taser hundió sus electrodos en la piel y descargó una sacudida de alto voltaje que hizo que el traficante de armas se convulsionara en la silla.
—¿Te gusta? —preguntó Aleks—. ¿Quema? ¿Te gusta no tener control?
Bishop rodeó el cuerpo convulso y sacó una jeringa del bolsillo. Giró el capuchón protector y clavó la aguja larga en el cuello de Dostiger. Se hundió hondo en la carne y descargó su carga tóxica.
Le susurró al oído al moribundo:
—Eso es por mis padres, por mis amigos y por todos los que han muerto por tu culpa, maldito hijo de puta. Acabo de inyectarte una dosis de algo no muy distinto de tu Novichok. Espero que lo disfrutes.
Bishop dejó la aguja clavada en el cuello de Dostiger y salió detrás de Aleks. No se quedaron a contemplar los últimos minutos de vida del traficante de armas. Ya nada podía salvarlo.
Yuri estaba esperando en el pasillo y Bishop le entregó un sobre al pasar.
Cuando el jefe de seguridad fue a abrirlo, un gemido gutural salió del despacho.
Con aprensión, empujó la puerta y miró al interior.
Dostiger seguía sentado en la silla, la cabeza echada hacia atrás en un grito interminable y mudo.
Parecía congelado en una agonía insoportable, como si cada músculo de su cuerpo se hubiera contraído hasta que el corazón le explotó.
Sangre y mucosidad le salían por la boca y la nariz, mezclándose en una masa pútrida sobre el frente de la camisa.
Yuri se volvió con repugnancia y, con las manos temblorosas, abrió con cuidado el sobre que le habían dado. Dentro había una tarjeta.
AHORA TRABAJAS PARA NOSOTROS
SIEMPRE TE ESTAMOS VIGILANDO
Kurtz lo esperaba en un elegante Mercedes negro aparcado frente a la Instalación. Bishop se sentó en el asiento delantero y el alemán le dirigió una mirada interrogante.
—Listo —dijo Bishop mientras se abrochaba el cinturón.
El Mercedes rugió cuando Kurtz hizo patinar las ruedas traseras sobre la grava. Salieron disparados por la avenida flanqueada de árboles.
Al incorporarse a la autopista que los llevaría a Rumanía, sonó el teléfono de Bishop. Era Vance.
—El objetivo ha muerto —informó Bishop.
—Buen trabajo, amigo. ¿Cómo te sientes?
—Aliviado. Me alegra que ese bastardo esté muerto. Ahora tengo ganas de volver a la isla y descansar un poco.
—Puede que eso todavía no sea posible.
—¿Cómo? ¿Que ya ha salido otra cosa?
—Ni lo dudes. Tenemos un problema en Abu Dabi que acaba de estallar.
—Vamos, Vance. Ya sabes lo que opino de la política. ¿Seguro que las autoridades locales no pueden arreglárselas solas?
—Esto no va de política, va de supervivencia. Nuestro generoso benefactor necesita nuestra ayuda y nosotros necesitamos su dinero.
Mierda , pensó Bishop. Si Tariq necesita nuestra ayuda, es que la situación debe de ser realmente grave .
—Me imagino que detrás de esto está la Fuerza Qods.
—Tariq te pondrá al tanto cuando llegues a Abu Dabi.
—Vale. ¿Y Aleks y Kurtz?
—Ya hemos hecho los arreglos para incorporarlos a la operación.
—Oye, si vamos a enfrentarnos a la Fuerza Qods, hay alguien más que nos vendría de perlas en el equipo.
—Tranquilo, colega. Saneh ya va en camino.
—Será mejor que me dé prisa, entonces. Tariq tiene su encanto con las mujeres.
Vance soltó una risita.
—Tú descansa un poco en el vuelo. Ya hablaremos cuando pongas un pie en tierra.
Bishop guardó el teléfono en el bolsillo. Se volvió hacia Kurtz y Aleks.
—¿Lo oyeron, muchachos? Nos vamos a Abu Dabi. Bienvenidos a PRIMAL, aquí los malvados no pegan ojo.