38. Odesa
TREINTA Y OCHO
Odesa
Dostiger miraba fijamente el teléfono sobre su escritorio, como si pudiera obligarlo a sonar. En cualquier momento esperaba la llamada de Yuri para que le confirmara la entrega del arma química. No tardó: el timbrazo estridente del aparato rompió el silencio y él descolgó.
—¡Dostiger, han atacado el aeropuerto!
—¿Qué?
—¡Tanques! Nos atacaron con tanques.
—¿Atacado? ¿Por quién, por los judíos?
—No lo sé. Tienen tanques. Lo ametrallaron todo.
—¿No lo sabes? ¿NO LO SABES?
—Se apagaron todas las luces. Salieron de la nada, con tanques. Nuestros hombres no pudieron hacer nada.
—Nada de excusas, Yuri. ¿Tienen el Novichok? —preguntó Dostiger con frialdad.
—Sí, los contenedores han desaparecido.
—¿Y el equipo Alfa?
—No logro comunicarme con ellos. Tenían tanques, Dostiger. No tuvimos ni una…
—Vuelve a decir «tanques», Yuri, y estás muerto —gruñó—. Quiero esos contenedores. ¿Dónde están ahora?
—Tendrán que sacarlos del país. Iban hacia el norte.
—Intentarán sacarlo por aire.
—¡Sí! —Asintió Yuri—. Sí, claro. El aeropuerto de Dalmak. Es el único aeródromo lo bastante cerca. Intentarán sacarlo por aire desde Dalmak.
—Espero que tengas razón, Yuri, por tu propio bien. Me llevo el helicóptero y a los chechenos. Terminaré esto yo mismo.
Dostiger estrelló el teléfono contra la base. Tomó aire hondo, levantó de nuevo el auricular y pulsó uno de los botones de marcación rápida.
Respondió una voz seca, de mando:
—Hola.
—Ogi, soy Dostiger.
—Ah, amigo mío, ¿cómo estás?
—He estado mejor. Escucha, necesito un favor.
—¿Qué clase de favor?
—Necesito un caza sobre Odesa.
—¿Un caza? ¿Cuándo? ¿Por qué?
—Lo necesito ahora —dijo Dostiger con urgencia—. Alguien intenta robarme algo.
—Ahora es complicado —respondió el general de la Fuerza Aérea ucraniana.
—Ogi, ¿tengo que recordarte quién paga la escuela de tus hijos en París?
—No soy un desagradecido, Dostiger, pero van a hacer preguntas.
—Escúchame, harán preguntas si no haces nada. Unos terroristas acaban de atacar el aeropuerto de Odesa; han destruido la terminal.
—¿Cómo? ¿Terroristas en el aeropuerto? Yo no he…
—No hay tiempo para preguntas —lo interrumpió Dostiger—. Limítate a conseguirme un caza. ¡No lo voy a repetir!
—Podría hacer despegar uno de los MiG. Los tenemos listos en la frontera con Moldavia.
—¿Cuánto tardará en llegar a Odesa?
—Quince minutos, no más.
—Hazlo. Dile al piloto que hay terroristas intentando escapar. Debe interceptar cualquier tráfico que intente salir del espacio aéreo de Odesa. Tiene orden de obligar a aterrizar a cualquier aeronave sospechosa que no obedezca. ¿Me has entendido?
—Haré esto por ti, Dostiger, pero entonces estaremos en paz. La deuda queda saldada: no más favores.
—Cuídate, Ogi. Tu deuda se salda cuando yo digo que se salda, y no antes.
Dostiger estampó el teléfono contra la mesa.
—Maldito Mossad —gritó—. Toda mi operación había quedado comprometida.
—Tienen que ser los israelíes; nadie más se atrevería tanto.
¡Fischer y Saneh! —refunfuñó mientras cojeaba hasta un alto armario de acero en la esquina del despacho y hacía girar el dial del frente, contando las vueltas mientras marcaba la combinación—.
Tienen que ser ellos. Británicos e iraníes, sí, cómo no. ¡Mossad con identidades robadas!
El armario hizo clic y él lo abrió de un tirón. Dentro guardaba las piezas más preciadas de su colección de armas. Sacó un rifle de francotirador y pasó las manos por el arma bien engrasada. El Dragunov estaba golpeado y gastado, la culata marcada con decenas de muescas.
—Morirán aquí, en Odesa. Se los prometo.
La suposición de Yuri era acertada: Jumper los esperaba en la pista del aeropuerto de Dalmak, a cinco millas al norte del Internacional de Odesa.
Aleks estampó el BTR contra la verja cerrada y la reventó.
Irrumpió directamente en la angosta calle de rodaje donde el avión aguardaba al ralentí en la oscuridad.
Un viejo guardia de seguridad, encorvado por los años, les agitó el puño mientras pasaban rugiendo junto a su garita.
El copiloto de Jumper salió a su encuentro cuando se detuvieron tras la rampa bajada del AN-72 y desembarcaron del maltrecho transporte blindado.
—Tenemos que despegar ya mismo; todas las frecuencias están hechas un caos.
Bishop asintió.
—Danos un minuto para pasar el paquete.
—Entendido —respondió el hombre. Regresó a la bodega de carga.
Aleks supervisó el traslado de los contenedores y los aseguró al suelo del avión con cinchas.
Cuando Saneh fue a subir, Bishop la tomó suavemente del brazo y la apartó a un lado.
—Lo siento, Saneh, no vienes con nosotros.
Ella lo miró completamente desconcertada.
—¿Qué?
Negó con la cabeza, y la sorpresa dio paso a una expresión de rabia.
—Después de todo lo que ha pasado, ¿vas a abandonarme?
—Ivan pasará a buscarte en unos minutos. Él te sacará del país.
Bishop rebuscó en el bolsillo hasta encontrar un trozo de papel.
—¡No! Quiero terminar esto con el equipo.
—No puedes seguir adelante. Es por tu propio bien.
—¿Por mi propio bien? Se suponía que esto iba a ser un esfuerzo conjunto. ¿Y los contenedores?
—Me aseguraré de que los destruyan —dijo, mirando el avión. Aleks estaba de pie en la rampa y le hizo un gesto con la cabeza. Estaban listos para partir.
—¿Así que ni siquiera me dejas salir volando con ustedes? ¿Por qué? ¿Porque no confías en mí? Después de todo lo que he hecho por ustedes.
—Es por tu propio bien, Saneh. Tienes que poder volver a Irán. Si te quedas con nosotros más tiempo, van a pensar que los traicionaste. Si te vas ahora, todavía podrían creer que el MI6 te utilizó.
—¡MI6! Vamos, Aden, los dos sabemos que eres tan británico como yo. —Su voz tenía un filo de rabia—. Por lo que sé, ¡he estado ayudando al Mossad!
—No trabajo para ningún amo político y estoy haciendo esto para protegerte.
—Eso lo decido yo, Aden, no tú ni tu gobierno.
Bishop resopló.
—No trabajo para ningún gobierno.
—Entonces, ¿para quién diablos trabajas? ¿Para la ONU?
Él sonrió ante la ironía y le tendió un trozo de papel.
—Sigamos en contacto. Quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse algún día.
Se inclinó hacia ella y la besó en la mejilla. Se dio la vuelta y desapareció en el avión que aguardaba.
Saneh se quedó de pie mirando cómo la rampa se cerraba y el reactor aceleraba por la pista irregular.
Se lanzó desde el extremo de la pista y se elevó hacia el cielo oscuro.
Abrió el papel que Bishop le había dado y aprovechó los faros del BTR maltrecho por el combate para leer la nota garabateada.
Era una dirección de correo electrónico: [email protected]
—¿Quién eres, Aden? —murmuró mientras alzaba la vista hacia el horizonte, intentando seguir el avión mientras desaparecía en la oscuridad.
Tenía las emociones hechas un nudo y se quedó allí un momento, contemplando el cielo nocturno.
Un sonido profundo retumbó desde el oeste.
Giró la cabeza despacio, y la curiosidad se le transformó en miedo.
Dio un salto cuando una forma oscura cruzó el cielo a toda velocidad justo sobre su cabeza, con dos lenguas gemelas de fuego brotando de la cola.
El transporte de PRIMAL había dejado libre la pista y comenzaba un amplio viraje cuando la voz del piloto sonó por los altavoces del intercomunicador.
—Equipo, tenemos compañía. Fuerza Aérea ucraniana.
—¡Mierda! —Bishop se calzó unos auriculares—. ¿A qué distancia?
—Nos está llamando el indicativo Raven; está a dos millas y se acerca rápido. Tiene que ser uno de sus MiG-29.
—¿Puede ponerlo en mis auriculares?
—Recibido, voy a abrir un canal.
Una ráfaga de estática anunció al caza ucraniano.
—Aeronave no identificada, le habla la Fuerza Aérea, indicativo Raven. Identifíquese.
El piloto del Jumper respondió tras una breve pausa.
—Raven, aquí transporte civil Victor Victor 374.
—Victor Victor, debe regresar de inmediato al aeropuerto de Dalmak y esperar nuevas instrucciones.
—Raven, somos un transporte civil aeromédico con rumbo a Budapest. No podemos regresar a Odesa.
Bishop escuchó con atención.
—Victor Victor, obedecerá o lo derribaré.
Vaya, esto se ha puesto muy feo muy rápido , pensó Bishop. No había duda. Trabaja para Dostiger.
—Siga dándole largas. Tenemos que cruzar la frontera con Moldavia.
—Lo intentaré, pero si nos ilumina con el radar, vamos a hacer maniobras evasivas.
—Recibido —respondió Bishop antes de cortar el micrófono—. Abróchense, equipo. Esto puede ponerse feo.
Aleks y Kurtz revisaron a toda prisa las cinchas del equipo y de los contenedores. Luego regresaron a sus asientos y ajustaron las correas del arnés.
La voz del piloto ucraniano volvió a sonar:
—Victor Victor, esta es su última advertencia. Regrese a Odesa o abriré fuego.
—Raven, somos un transporte desarmado con heridos graves a bordo. No dispare. Repito, no dispare.
El Jumper mantuvo su rumbo hacia el espacio aéreo moldavo. El MiG ucraniano lo seguía a una milla de distancia.
—Acaba de iluminarnos —anunció el piloto—. Lanzando contramedidas.
El piloto levantó la nariz del Jumper y extendió los aerofrenos, lo que hizo que perdiera velocidad de forma brusca.
El MiG no pudo reducir tan rápido y se vio obligado a pasar de largo.
Al mismo tiempo, su radar de adquisición de blancos quedó inutilizado por la cápsula de contramedidas electrónicas del Jumper.
—Interfieran también sus comunicaciones —ordenó Bishop—. Manténganlo a raya e intenten llegar a la frontera. Es nuestra única oportunidad.
—Sí, me parece que nuestra tapadera ha quedado totalmente al descubierto —respondió el piloto.
—Pisa a fondo los frenos y deja que pase de largo —dijo Bishop, citando Top Gun .
—Puedes ser mi piloto de apoyo cuando quieras —respondió el piloto.
Mientras el MiG completaba el viraje, el piloto del Jumper se lanzó hacia la frontera. Bajó todos los flaps y empujó las palancas de potencia hasta el tope. El rechoncho transporte se sacudió cuando alcanzó su velocidad máxima.
El piloto vigilaba de cerca el receptor de alerta de radar y, en cuanto el MiG se alineó con su cola, tiró con fuerza de la palanca y volvió a cortar gases.
La velocidad de pérdida del estilizado caza era más del doble que la del transporte de PRIMAL, lo que le dejaba apenas una fracción de segundo para disparar su cañón.
La ristra de trazadoras pasó desviada cuando el MiG se precipitó por encima del Jumper.
—Mierda, ha sido por los pelos —dijo el piloto mientras hacía entrar el avión en otro picado y salía disparado hacia la frontera—. ¿Cómo van ahí atrás?
Bishop echó un vistazo al equipo. Aleks tenía un tono verdoso, pero a pesar de las maniobras brutales, todos estaban bien.
—Estamos bien. ¿A qué distancia de la frontera estamos?
—Muy cerca. No estoy seguro de que vaya a picar otra vez con la misma jugada.
—Lo estás haciendo muy bien. Puedes quitártelo de encima.
El piloto del MiG había aprendido de su primer intento.
Tras sobrepasar su objetivo, describió un arco más amplio, dejando que su presa ganara distancia y dándose así más espacio para maniobrar.
Al salir del viraje, encaró el Antonov y sacó los aerofrenos, reduciendo la velocidad con rapidez.
Sonrió mientras apretaba el disparador y el cañón de 30 mm del MiG escupía una ráfaga de proyectiles de alto explosivo contra el blanco en fuga.
Los operativos de PRIMAL sintieron cómo su avión se estremecía y el piloto gritó por el intercomunicador:
—Dios, nos han dado, el motor de babor y la hidráulica han fallado —el piloto siguió con su narración—. He perdido toda la potencia de los motores y la hidráulica está fallando rápidamente.
El avión empezó a sacudirse con violencia.
—Acércanos todo lo que puedas a la frontera —ordenó Bishop mientras comprobaba por cuarta vez el arnés.
—Sí, si este cabrón no nos hace explotar en el aire antes.
—Ábreme un canal con el MiG —dijo Bishop.
—Recibido, estás al aire.
Bishop inspiró hondo.
—Raven, aquí Victor. Me llamo doctor Andrew Thompson. Han violado el derecho internacional al disparar contra un transporte médico desarmado. Cesen el fuego de inmediato.
—Doctor Thompson, su avión ha sufrido daños. Deben realizar un aterrizaje de emergencia en territorio ucraniano o los derribaré.
Con un solo motor y la hidráulica fallando, el Jumper perdía altura a toda velocidad. El piloto sudaba a chorros mientras peleaba con los mandos para mantener el avión nivelado.
—Aden, estamos jodidos de todas formas. ¿Qué quieres que haga?
—¿Cuántos paracaídas de frenado tenemos?
—Dos. Los voy a necesitar los dos para el aterrizaje de emergencia.
—¿Y si nos apañamos con uno y le damos el otro a este cabrón?
—Te sigo. Podría funcionar.
—Hazlo.
El piloto comprobó los instrumentos; el MiG venía justo detrás y se mantenía estable. Inspiró hondo y miró al copiloto, que asintió.
—Ya oíste al jefe.
El piloto echó las palancas de gases hacia atrás de golpe y desplegó el tren de aterrizaje y los flaps.
El copiloto tenía el dedo sobre el disparador del paracaídas de frenado.
—¡A tragar seda, saco de huevos! —dijo mientras apretaba el botón.
El piloto del MiG respondió con reflejos fulminantes cuando el transporte redujo la velocidad de golpe.
Tiró con fuerza de la palanca para evitar la colisión y, al mismo tiempo, abrió fuego con el cañón.
Las ráfagas destrozaron la cola del Jumper.
No vio el paracaídas cuando salió despedido directamente hacia los potentes turborreactores del MiG, arrancándolo del maltrecho transporte de PRIMAL.
Los motores se bloquearon al instante y, con la pérdida total de potencia, el caza entró en pérdida. El piloto llevó instintivamente la mano hacia abajo y tiró de la palanca de eyección, lanzándose al gélido cielo nocturno.
De vuelta a bordo del Jumper, la voz del piloto resonó por la megafonía interna:
—Prepárense para el impacto. ¡Nos estrellamos!
—¡PREPÁRENSE PARA EL IMPACTO! —gritó Bishop.
El piloto apenas tuvo unos instantes para localizar un posible lugar de aterrizaje mientras luchaba por mantener el control del aparato condenado. Apuntó la nariz hacia la primera zona despejada que alcanzó a ver.
El Jumper se estampó contra el suelo, aplastó el tren de aterrizaje y fue dando tumbos por el campo. El piloto desplegó el paracaídas que quedaba, pero este se arrancó de cuajo y el avión siguió deslizándose sobre el vientre hasta chocar contra un murete de piedra.