Primal Desatado (Primal 2) 36. Aeropuerto Internacional De Odesa
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36. Aeropuerto Internacional De Odesa

TREINTA Y SEIS

Aeropuerto Internacional De Odesa

Yuri, el jefe de seguridad de Dostiger, se sentía seguro.

El aeropuerto bullía con cerca de un centenar de hombres dedicados a proteger la carga entrante.

Más de cincuenta eran matones de Dostiger, contratistas fuertemente armados con experiencia militar.

Contaban con el apoyo de la policía de seguridad del aeropuerto y de un pelotón de las unidades de élite Alfa del SBU, el Servicio de Seguridad de Ucrania.

Los operadores Alfa eran la fuerza de reacción rápida de Yuri, un equipo de asalto fuertemente armado preparado para responder a cualquier contingencia.

Desde su posición en la torre de control, Yuri dominaba con la vista todo el aeródromo.

La pista, de una milla y media, se extendía de norte a sur, con la terminal y la torre situadas a un tercio de su longitud.

Una franja de hierba para desvíos de emergencia separaba el asfalto de la valla de alambre de cuchillas y de la zanja contra vehículos que rodeaban el campo.

Un intenso sistema de iluminación de seguridad bañaba hasta el último centímetro del perímetro.

Proyectaba largas sombras tras los hombres que patrullaban el límite.

Yuri había revisado a fondo la seguridad y estaba convencido de que no había un solo resquicio por el que un equipo del Mossad pudiera infiltrarse sin ser visto.

Había situado hombres en todoterrenos blindados en ambos extremos de la pista y desplegado equipos adicionales que patrullaban el perímetro con perros.

Los equipos de seguridad llevaban de guardia desde el mediodía y no habían informado de ningún indicio de vigilancia ni de intentos de intrusión.

En el interior de la terminal, la policía habitual del aeropuerto contaba con el refuerzo de más hombres de Dostiger vestidos de civil.

Ocultaban las subametralladoras bajo chaquetas abultadas y estaban atentos a cualquier actividad sospechosa.

El equipo de asalto Alfa aguardaba fuera, en furgonetas negras, listo para intervenir en cuanto surgiera algo inesperado.

El comandante Alfa no se separaba de Yuri; la lealtad de su equipo estaba pagada en efectivo.

El jefe de seguridad sonrió al mirar hacia el equipo de francotiradores apostado en la pasarela de la torre de control.

Apenas se distinguían, con sus monos negros y las pasamontañas fundiéndose con la noche.

Le tranquilizaba saber que aquellos tiradores, tendidos tras sus fusiles de francotirador Blaser, podían meterle una bala a un hombre en cualquier punto del aeródromo.

—Disculpe, señor. —Un controlador aéreo interrumpió sus pensamientos—. El vuelo ha entrado en el espacio aéreo ucraniano. Estará en tierra dentro de sesenta minutos.

—Excelente. Avíseme cuando inicien la aproximación.

—Sí, señor.

Yuri sacó el teléfono del bolsillo de su gruesa chaqueta e hizo una llamada. Dostiger contestó al segundo tono.

—Yuri, ¿qué está pasando?

—Todo sigue según lo previsto; ni rastro del Mossad.

—Mantente alerta, Yuri. Estoy seguro de que nos están vigilando. ¿Tienes suficientes hombres?

Dostiger estaba paranoico desde el asalto a su club nocturno.

—Sí, tengo casi un centenar. El equipo Alfa ha sido informado al detalle de sus funciones de seguridad y escolta. En cuanto entreguen el agente químico, ellos mismos se encargarán de trasladarlo hasta la Instalación.

—Bien, bien, pero no bajes la guardia. Sé que vendrán a por el paquete.

—Estamos preparados para cuando lleguen. Que lo intenten.

—Llámame en cuanto la carga esté en tierra.

—Sí, señor.

Dostiger cortó la comunicación y Yuri guardó de nuevo el teléfono en el bolsillo. Luego descolgó del cinturón una radio negra.

—A todas las unidades, aquí Mando. Prueba de radio, cambio.

Cada uno de los jefes de equipo respondió informando sin novedad.

Todo estaba dispuesto y, en menos de una hora, la carga estaría a salvo en la Instalación.

Allí Yuri contaba con búnkeres camuflados, sensores de movimiento y un pequeño ejército de veteranos mercenarios chechenos, por no hablar de una compañía de infantería mecanizada ucraniana lista para intervenir con solo dos horas de aviso.

Ahora no podía hacer nada más que esperar.

PARQUE AUTOMOTOR DE LA 17ª brIGADA MECANIZADA

El complejo de vehículos ocupaba una manzana del tamaño de dos campos de fútbol, rodeada por una alta valla metálica coronada con alambre de cuchillas.

Una garita y una barrera abatible formaban un sencillo control de acceso en la entrada.

En la caseta contigua se alojaba el destacamento de seguridad, soldados que se turnaban para cubrir la monótona guardia de la puerta.

A menos de treinta metros del control, por un terraplén junto a la carretera, el equipo PRIMAL se agazapaba en una zanja llena de barro.

Bishop reptó hasta el borde del asfalto para observar la garita.

A través de las gafas de visión nocturna integradas en el casco, el soldado de guardia en la barrera aparecía en tonos rojos y amarillos resplandecientes, destacando con nitidez sobre el fondo verde y negro.

El guardia iba y venía, fumando un cigarrillo.

Aplastó la colilla con la bota y regresó al calor de la caseta para reunirse con sus compañeros.

De vez en cuando Bishop distinguía fugaces siluetas de los hombres al cruzar ante las ventanas de la chabola.

Parecía que dentro hubiera una fiesta; alcanzaba a oír a varios cantando a pleno pulmón.

—Tiene razón. Están borrachos. Todos y cada uno —susurró Bishop por la radio a su equipo.

—¿Ves a los perros? —preguntó Kurtz.

—Negativo, ya nos ocuparemos de ellos si aparecen. Saneh, ¿lista?

—Lista —respondió ella desde el asiento del conductor de la furgoneta de servicio.

—Bien, el plan sigue igual. A mi señal.

El equipo avanzó tras él, agachado, listo para entrar en acción.

—¡Vamos, vamos, vamos!

Se desplazaron con rapidez, las armas en alto, mientras se acercaban en silencio a la garita. Situados junto a la puerta principal, Bishop la abrió con un leve empujón y se abalanzó hacia el interior.

Los cantos se apagaron en seco cuando el equipo se desplegó por la estancia, subfusiles encarados y listos para disparar.

Los cinco guardias estaban allí, sentados alrededor de una gran mesa de madera atestada de botellas de vodka, vasos vacíos y fusiles reglamentarios AK-74.

Los soldados ucranianos, de ojos desorbitados, eran jóvenes, inexpertos y no estaban preparados para lo que tenían delante.

Las lentes abombadas y reflectantes de los cascos integrales hacían que el equipo PRIMAL pareciera un grupo de extraterrestres sacados de una película de Hollywood. No emitían ningún sonido, salvo el leve silbido del aire al pasar por los respiradores integrados a ambos lados del casco.

Uno de los guardias se lanzó hacia adelante en la silla, alargando la mano hacia su AK-74.

Kurtz le disparó al pecho con el táser montado en su MP7.

El cuerpo convulso resbaló de la mesa al suelo, donde siguió sacudiéndose en un charco de orina que se extendía.

Bastó para disuadir cualquier otro intento de resistencia.

Bishop localizó al de mayor graduación, lo agarró por el cuello y arrastró al aterrorizado soldado hasta un rincón.

Aleks y Kurtz inmovilizaron al resto de los guardias mientras Bishop interrogaba a su líder, empujándolo contra la pared.

La presencia de aquellos atacantes sin rostro resultó un golpe duro para el muchacho.

—¿Dónde están los perros? —La voz de Bishop sonó áspera a través de las rejillas del casco.

El hombre empezó a farfullar en ucraniano.

—¿Dónde están los perros? Los guau-guau —insistió. Alzó la mano enguantada y dibujó en el aire la silueta de un perro ladrando.

El hombre lo miró con absoluta incomprensión.

—¡A la mierda! —Arrojó al soldado a un lado, lo hizo rodar por el suelo—. Ponlo con los demás.

Aleks lo agarró por el cuello del abrigo, le esposó las manos a la espalda y lo empujó a la habitación contigua con los otros guardias. Pavel y Miklos estaban despejando las habitaciones restantes y el exterior del edificio.

—Hemos encontrado a los perros, jefe. Están en unas jaulas ahí detrás —transmitió uno de ellos.

—Buen trabajo. No se acerquen a ellos; no quiero dispararles —dijo Bishop mientras pulsaba otro botón de la radio para transmitirle a Saneh en la furgoneta—. Punto de entrada asegurado.

—Me pongo en marcha ahora —respondió ella.

La vieja furgoneta rusa emergió de la oscuridad y se detuvo en la entrada justo cuando Kurtz levantó la barrera. El equipo se amontonó dentro y Saneh los condujo por el depósito hacia los hangares de vehículos.

Casi al fondo del complejo, alineados bajo los focos de seguridad, había doce BTR-94: suficientes blindados para trasladar a un centenar de hombres.

El BTR-94 era una variante ucraniana de un transporte blindado de personal ruso.

Un poco más largo que un minibús, el BTR de ocho ruedas tenía una tripulación de tres y podía llevar en su casco blindado a una escuadra de soldados completamente equipados.

Su armamento incluía una torre de armas remota con dos cañones de 23 mm y una ametralladora de 7,62 mm.

Aleks fue el primero en bajar de la furgoneta en cuanto Saneh aparcó junto a la hilera de BTR. Siempre había pensado que aquellos mastodontes parecían insectos. Erizados de armas y antenas, recordaban a cucarachas gigantes que escupían muerte.

Los antiguos miembros del bloque del Este de la FIST tomaron el mando de la preparación de dos de los vehículos; tanto Aleks como Miklos tenían experiencia previa con ellos. Serían quienes condujeran los transportes blindados de personal durante el asalto.

Aleks usó un par de cizallas para cortar el candado de la escotilla lateral de su vehículo.

Giró la pesada manija, liberó el mecanismo y la parte inferior de la escotilla cayó hacia afuera formando un peldaño, mientras que la mitad superior se abrió hacia arriba.

Accionó el interruptor de la iluminación interior y llenó el casco con un resplandor amarillento.

Dentro olía a taller mecánico, el aire cargado con un tufo denso a diésel y disolventes. Aleks trepó más allá de la jaula del artillero hasta el asiento del conductor. Examinó botones e interruptores. La disposición era distinta de la del BTR-70 en el que se había entrenado .

Accionó varios interruptores y presionó con el pulgar el botón de encendido.

El motor grande dio un golpe seco al intentar arrancar, con el motor de arranque forzado al límite.

Volvió a presionarlo y ocurrió lo mismo; el motor se negaba a cobrar vida.

Maldiciendo, estaba a punto de intentarlo otra vez cuando Saneh se deslizó en el asiento de mando junto a él.

Ella se inclinó hacia adelante, examinó el panel de control y accionó algunos interruptores.

—Inténtalo ahora —murmuró.

Aleks frunció el ceño y apretó el botón de arranque con el pulgar. El motor diésel dio una vuelta y arrancó, rugiendo al cobrar vida. Alzó, sorprendido, sus espesas cejas.

—Tienes que encender la bomba de combustible y las bujías de incandescencia —le gritó Saneh por encima del estruendo del motor—. También tenemos BTR en Irán, ¿sabes?

Le dedicó una sonrisa y se apartó del asiento del conductor.

Kurtz ya estaba atrás, junto con cajas de munición traídas de la furgoneta.

Aleks lo ayudó a cargar las pesadas cintas de proyectiles para los cañones y le enseñó a manejar la estación de armas remota.

Kurtz aprendió deprisa, haciendo girar la torreta eléctrica y usando la cámara para acercar y alejar la imagen.

Aleks lo dejó practicando y salió agachado de la cabina para revisar el otro vehículo. Pavel y Miklos ya tenían su BTR listo: el motor al ralentí y la munición cargada. Solo les faltaba rellenar el depósito de diésel.

—Muy bien, vamos, muchachos —dijo antes de apresurarse de vuelta para ponerse al volante de su vehículo. No les quedaba mucho tiempo y sabía que tardarían unos minutos en llenar los tanques.

Mientras las dos dotaciones llevaban sus BTR hasta el punto de repostaje, Bishop estaba sentado en la parte trasera de la furgoneta esperando una llamada de Ivan. Miró el reloj. Solo les quedaban unos minutos. Un pitido en el casco interrumpió sus pensamientos.

—Fischer, soy Ivan. Estoy ya en posición en el aeródromo.

—Recibido. ¿Alguna novedad?

—Sí, hay mucho movimiento por aquí: más de ochenta hostiles, quizá más.

—¿Alguna señal de armamento pesado?

—Negativo, muchachos, no deberían tener problemas.

Bishop sonrió. Le hacía gracia que la voz de Ivan sonara más a político británico que a espía ruso entrenado.

—Recibido, llegaremos en breve.

—Entendido, cambio y fuera.

Bishop utilizó el iPRIMAL que llevaba en la muñeca para contactar con el Bunker.

—Bunker, aquí Bishop.

—Chua al habla, el avión objetivo llega en veinticinco minutos.

—Recibido, nos ponemos en marcha en cinco.

—Jumper los estará esperando en cuanto hayan recuperado el paquete. Suerte.

—Gracias, colega. Aquí Bishop, cambio y fuera.

Saltó fuera y cruzó a buen paso hasta el punto de repostaje, donde el equipo estaba terminando de llenar los depósitos de los dos BTR.

—Ya está, muchachos. El avión viene en camino; más de ochenta hostiles en el aeropuerto y sin armas pesadas.

—Casi me dan lástima los pobres bastardos, da —respondió Aleks antes de pulsar el arranque de su vehículo.

Casi como si fuera una señal, el rugido de los dos grandes diésel llenó el aire cuando Miklos puso en marcha su propio vehículo. Él y Pavel iban en el primer BTR con Bishop. La otra tripulación la formaban Aleks, Kurtz y Saneh.

Los dos transportes blindados de personal salieron del cuartel y tomaron la carretera principal. Pavel seguía el GPS que les había proporcionado Ivan.

Bishop miró su reloj. Tenían exactamente veinte minutos.

El tiempo sería crucial. Tenían que llegar al aeropuerto justo después de que el AN-12 tomara tierra y ni un instante antes.

Chua había confirmado que el avión de Dostiger llegaba puntual.

Ellos contaban con dos vehículos blindados cargados de combustible y munición, y el avión de extracción estaba listo.

En poco más de media hora deberíamos tener todo esto resuelto , pensó.