Primal Desatado (Primal 2) 27. Club Kyiv
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27. Club Kyiv

VEINTISIETE

Club Kyiv

—Se han ido hace rato, ¿eh? —dijo Nico volviéndose hacia su compañero.

—Sí —gruñó el otro portero corpulento—. ¿Treinta o cuarenta minutos, quizá?

—Putos aficionados, ya tendrían que haberlos matado.

Nico estaba cabreado. Nada le habría gustado más que ir en una de las tres Range Rover que habían salido a matar al inglés y a su novia.

Se arrepentía de haberse puesto a cubierto cuando empezaron los disparos y de haber perdido la oportunidad de matar al extranjero engreído.

Hombres como Fischer siempre le sacaban de quicio; blandos que lucían sus trajes caros con sus mujeres espectaculares, pero que en su vida habían trabajado de verdad.

Se llevó la mano al interior de la chaqueta y la apoyó sobre la pistola en la cartuchera.

Nico pensó que ya era hora de que lo ascendieran de la puerta a algo mejor pagado y un poco más movido.

Después de un año trabajando para Dostiger, aquella noche había sido la más intensa que recordaba.

Por lo general, el Club Kyiv no daba problemas.

Todo el mundo sabía lo que les pasaba a quienes los causaban en el local de Dostiger.

—Han dejado ese BMW hecho polvo —comentó el otro gorila, señalando los restos del auto de Aleks.

—No me gustaría estar en la piel de ese pobre cabrón ahora mismo.

Un par de matones de Dostiger habían sacado el cuerpo inconsciente de Aleks del BMW y se lo habían llevado al interior del club. Sin duda lo estarían machacando abajo, en los calabozos. Nico se estremeció solo de pensarlo.

Al final, los dos porteros volvieron a centrar su atención en la larga fila de gente que esperaba para entrar.

A pesar del incidente, la cola seguía creciendo.

Ningún tiroteo iba a mantener a la gente alejada del club; los hombres venían por las mujeres y las mujeres, por la droga y el dinero.

Por los altavoces, el encargado había anunciado bebidas gratis en un intento de calmar a los clientes que pudieran haberse alterado.

Todo en la operación de Dostiger funcionaba como un reloj.

Minutos después del tiroteo frente al club, una furgoneta se había llevado los cadáveres y habían fregado la calle con botellas de limpiador industrial.

Todo lo que quedaba del enfrentamiento eran un par de autos acribillados y el BMW destrozado.

La policía de Kiev no había aparecido; no se atrevía a meter las narices en los asuntos del traficante de armas. Algunos de sus agentes cobraban de él.

—Han vuelto los chicos —dijo el otro portero, señalando la Range Rover que doblaba hacia la calle.

—¡Pero qué mierda! —exclamó Nico. El todoterreno blindado estaba cribado de agujeros de bala; hasta el parabrisas balístico tenía surcos que lo atravesaban, la lámina opaca y cuarteada. El parachoques delantero estaba hecho un acordeón, uno de los faros reventado, la parrilla abollada y torcida.

Nico ignoró las miradas de la clientela que hacía cola en la acera y, en cuanto la Range Rover se detuvo, abrió de un tirón la puerta del copiloto, sin prestar atención a la furgoneta blanca que se detuvo detrás.

Se quedó helado, mirando con desconcierto el rostro del pasajero.

—¡Qué pasa, campeón de mierda!

El puño enfundado en Kevlar de Bishop se estrelló en la cara de Nico, lanzándolo de espaldas contra la acera. Antes de que pudiera reaccionar, Miklos ya había saltado desde atrás y le propinó una patada brutal en un costado de la cabeza, dejándolo inconsciente.

La multitud contemplaba la escena mientras otros dos hombres armados salían a borbotones de la furgoneta blanca.

Kurtz llevaba la ametralladora MK48 encarada al hombro, apuntando el cañón a la cara del segundo portero.

Hizo girar la culata en un arco corto y preciso, enganchando al gorila musculoso bajo la barbilla.

El grandullón se desplomó con un ruido seco y repugnante.

Miklos se movió a toda prisa; el ágil checo les ató las manos a la espalda a los hombres inconscientes. Pavel cubría la retaguardia, apuntando con la ametralladora a todos los presentes, atento a cualquier amenaza.

La atractiva anfitriona rubia pareció quedarse de piedra al ver de nuevo a Bishop; el traje de rayas que le había visto llevar antes estaba ahora cubierto por un chaleco negro de placas, y empuñaba una ametralladora apoyada en el hombro, barriendo el entorno en busca de blancos.

Ella miró, atónita, a los dos guardias indefensos inmovilizados en la acera y luego a los otros tres hombres, todos armados hasta los dientes.

Se sorprendió aún más cuando Saneh saltó de la Range Rover, con una Uzi en la mano.

El físico de estrella de cine y la melena suelta de la iraní desentonaban con el chaleco antibalas y la ametralladora.

Bishop agarró a Saneh del brazo y la empujó hacia la furgoneta.

—Te quedas aquí con Kurtz.

Ella se soltó de un tirón.

—No, voy contigo.

—Esto no se discute —zanjó él.

Asintió en dirección al alemán.

—Kurtz, si intenta seguirnos, la encapuchas y la tiras a la furgoneta.

Kurtz había quedado relegado a asegurar los vehículos; Bishop no pensaba soltarlo con una ametralladora en el interior, tan reducido, del club.

Saneh le lanzó una mirada fulminante, pero no insistió. Kurtz se limitó a sonreírle, alzando una ceja.

Bishop se abrió paso a empujones junto a la anfitriona rubia.

—Voy en cabeza, chicos. Abatid a todos los objetivos armados, con el mínimo de bajas civiles.

Se colocó junto a la puerta principal y volteó el arma para comprobar el seguro.

Miklos agarró el picaporte y lo abrió de un tirón.

Bishop irrumpió con rapidez en el guardarropa, el MP7 encarado al hombro.

La atractiva encargada lanzó un grito y se desmayó al instante detrás del mostrador.

Cuando los tres hombres estuvieron dentro, repitieron el mismo procedimiento en la entrada a la pista del club.

Entraron en la sala principal en formación cerrada, con las armas listas. El primer guardia que los vio estaba en la escalera.

—Tango arriba —anunció Bishop sin aminorar el paso.

Apretó el disparador en una ráfaga corta y taladró con tres impactos el pecho del objetivo.

Los disparos amortiguados quedaban completamente ahogados por la música palpitante.

Sonrió al reconocer el espectacular tema de Prodigy, Invaders Must Die .

Los ritmos de alta intensidad y las luces estroboscópicas volvían la situación irreal, casi como si formaran parte de un videojuego.

Varios clientes se fijaron en los hombres armados y no les prestaron la menor atención.

Lideró al equipo alrededor de la pista de baile.

En formación cerrada en punta de flecha, se abrieron paso entre la multitud y subieron por las escaleras que conducían al piso superior.

El portero muerto yacía boca abajo en el mármol.

La sangre se acumulaba en cada peldaño antes de desbordarse hacia el siguiente.

Pavel se agachó cuando una bala rebotó en la barandilla en una lluvia de astillas.

—Tango en la barra —transmitió Bishop, intentando conseguir un ángulo limpio a través de la multitud.

El ruso fornido se giró por instinto y descargó una larga ráfaga contra un guardia de seguridad detrás de la barra principal, abatiendo al hostil.

Una bala perdida rozó al camarero y el resto hizo añicos las botellas de licor alineadas en la estantería de espejo a su espalda.

Algunos clientes gritaron de terror y se tiraron al suelo, pero la mayoría siguió ajena a todo, bailando al son de la música incesante.

—Tango abatido —informó Pavel.

Cuando coronaron la escalera, Bishop encuadró al portero que vigilaba la entrada al despacho de Dostiger.

Disparó a través del balcón abarrotado en cuanto el punto rojo se alineó con la frente del guardia.

El hombre se desplomó hacia atrás contra la puerta con un gruñido, mientras la sangre manaba de su tercer ojo.

La clientela del balcón se apartó con nerviosismo, abriendo paso a los hombres armados.

Bishop apartó de una patada el cadáver del guardia y despejó la puerta salpicada de sangre. Pavel y Miklos se colocaron a su lado, las armas listas. Probó el picaporte. Estaba cerrado. Sacó la Beretta y apuntó al cerrojo. Miklos le hizo un gesto para que se apartara.

—Permítame, jefe.

Con un chasquido de muñeca, el checo hizo aparecer una defensa extensible. Los segmentos se deslizaron hasta encajar con un clic metálico. De un golpe brutal arrancó el picaporte. Luego, invirtiendo la porra, reventó la cerradura. Una patada seca les franqueó el paso.

—Bien hecho —dijo Bishop mientras irrumpía por la puerta—. Primera sala despejada.

La sala de espera estaba vacía. Las dobles puertas del despacho de Dostiger estaban abiertas de par en par. Miklos encabezó al equipo hacia el interior y despejó con rapidez las cuatro esquinas.

—Segunda sala despejada. Parece abandonado, jefe —informó Miklos por encima de la música que invadía aquel despacho antaño sereno a través de los cristales hechos añicos.

Bishop señaló la larga estantería.

—Ahí hay una puerta oculta.

Pavel cubría la retaguardia mientras Miklos y Bishop registraban la estantería. Iban lanzando libros y adornos al suelo, buscando el mecanismo. Bishop estaba seguro de haber visto a Dostiger entrar por esa parte del muro.

—Miklos, ya saben que estamos aquí. Es hora de animar la fiesta. Vuélalo.

El checo sonrió y de un tirón arrancó uno de los bolsillos de su chaleco táctico.

Sacó medio bloque de C4 ya preparado. Giró el detonador temporizado hasta diez segundos y encajó la carga en la estantería.

Luego salió disparado del despacho hacia la sala de espera, donde Bishop y Pavel aguardaban agazapados.

Los segundos se estiraron hasta que una detonación atronadora sacudió todo el edificio, haciendo volar los cristales que quedaban del despacho sobre la pista de baile. Cuando la onda expansiva se disipó, la música por fin se detuvo.

Miklos sonrió.