Primal Desatado (Primal 2) 26. Valle De Khod
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26. Valle De Khod

VEINTISÉIS

Valle De Khod

Mirza sacudió la cabeza en un intento de despejar las telarañas del cansancio. Llevaba dieciocho horas moviéndose sin parar con Ice y necesitaba mantenerse alerta; los talibanes seguían ahí fuera.

Se sentó con la espalda apoyada en una roca, vigilando el valle en busca de cualquier amenaza mientras Ice exploraba por delante. Por un momento se perdió en sus propios pensamientos y se levantó las gafas de visión nocturna de los ojos, contemplando las estrellas sobre el horizonte.

El sonido inconfundible de la grava crujiendo bajo unas botas de combate lo devolvió de golpe a la tarea y alzó el fusil de francotirador al hombro, mirando a través del visor térmico.

—Tranquilo, tigre, soy yo.

Ice se agachó a su lado y dejó la mochila en el suelo con cuidado. Sacó el mapa del chaleco táctico, lo extendió sobre la tierra y echó por encima una manta fina de camuflaje. Se tumbaron boca abajo, con las cabezas bajo la manta, e Ice encendió una lucecita.

—Aquí es donde estamos —dijo, usando un lápiz para señalar la línea de cresta en el mapa—.

Y aquí es donde creo que están llevando a cabo la operación de recuperación —trazó un pequeño círculo en otro punto del mapa, a poco más de una milla de distancia—.

Creo que tenías razón en que la base de lanzamiento de misiles está más arriba en la montaña, aquí —Ice utilizó el lápiz para marcar una cima muy por encima del punto de extracción—.

Probablemente tengan varios misiles colocados ahí arriba.

Tenemos que encontrarlos todos antes del amanecer.

La cabeza de Mirza se inclinó hacia delante hasta golpear el mapa y luego dio un respingo al despertarse.

—Mirza, Mirza, toma esto —Ice le tendió una pastilla blanca.

—¿Qué es? —preguntó, maldiciéndose por dentro por su debilidad.

—Te mantendrá despierto. Te necesitamos al cien por cien.

Mirza asintió, echó la cabeza hacia atrás y se tragó la pastilla.

Ice volvió a concentrarse en el mapa.

—Tenemos que evitar el campamento, bordear este lado de la montaña y luego subir hacia el emplazamiento de los misiles.

—Es un buen plan.

—Vale, voy a contactar con Vance. Luego salimos.

Dejó a Mirza doblando la manta y se alejó unos metros para contactar con el cuartel general de PRIMAL.

—Bunker, aquí Ice. ¿Está Vance?

Uno de los encargados de la guardia respondió a la llamada.

—Negativo, Ice, está desconectado. ¿Quieres dejarle algún mensaje?

—Entendido, seguimos adelante con la operación de limpieza. Para el amanecer tendré neutralizada la amenaza antiaérea. ¿El Tren sigue en horario?

Sabía que Mitch estaría trabajando sin descanso para reparar la aeronave.

—Afirmativo. Ya entregaron las piezas. Para el amanecer tendrás tu apoyo aéreo —respondió el encargado de la guardia.

—De acuerdo, nos ponemos en marcha. Ice, fuera.

Regresó junto a Mirza, que ya estaba recogiendo el equipo. El estimulante había hecho efecto y estaba completamente despierto cuando reanudaron el ascenso por la montaña.

Gracias a sus equipos de visión nocturna apenas tuvieron problemas para avanzar por el terreno escarpado.

Las gafas avanzadas y las miras térmicas de sus armas eran mucho más sofisticadas que cualquier cosa que los talibanes pudieran usar.

A medida que la temperatura nocturna descendía, aumentaba la firma térmica que emitía un cuerpo humano.

Eso hacía mucho más fácil detectar al enemigo.

En lo alto de la montaña, dos de los hombres de Khan estaban de guardia como centinelas aéreos.

Se apretaban uno contra otro, buscando refugio del viento helado que se precipitaba desde las montañas del Hindu Kush.

A pesar de sus gruesas chaquetas y mantas, temblaban sin parar mientras el suelo desnudo liberaba el calor que había absorbido durante el día y la temperatura del aire nocturno y enrarecido se desplomaba.

Tenían órdenes estrictas de no encender fuego, aunque en aquella montaña azotada por el viento tampoco había nada que quemar.

A Khan le preocupaba que los estadounidenses los detectaran con sus satélites y aviones espía.

Los dos centinelas estaban cubriendo el primer turno, mientras sus otros dos camaradas permanecían calientes, envueltos en sacos de dormir preparados para clima ártico.

A pesar de la muerte de Khalid y sus hombres, la moral en el equipo de misiles seguía alta.

Habían conseguido ahuyentar al bombardero ruso y la operación aún podía salir bien.

Con la mayoría de los hombres de Khan muertos, el pago que se repartirían los supervivientes sería mucho mayor.

La promesa de una fortuna era capaz de caldear hasta la noche más fría.

Uno de los guerreros se deshizo de las mantas y tomó los binoculares de visión nocturna del equipo, barriendo el horizonte con la mirada. Antes de morir, Khalid había informado de una pequeña aeronave que volaba a lo lejos.

—¿Ves algo? —preguntó el otro afgano, sin molestarse en salir de debajo de las mantas.

—No, no hay nada ahí fuera.

Bajó los prismáticos hacia el punto de extracción.

El sensible tubo intensificador de imagen captó un hilo de luz que se escapaba por debajo de las redes de camuflaje.

Khan tenía a los lugareños trabajando toda la noche; el plan era terminar antes del amanecer.

Se dejó caer junto a su compañero y sacó del bolsillo de la chaqueta un maltrecho paquete de cigarrillos.

Con los dedos enguantados extrajo dos. Se volvió hacia el otro, que seguía envuelto en la manta, y le colocó uno en la boca.

—Allá abajo hay luz de sobra. Nadie nos verá.

—Gracias —gruñó el otro.

Sacó un encendedor de otro bolsillo. Protegió la diminuta llama con ambas manos para intentar encender el cigarrillo de su compañero. El viento la arrancó de un zarpazo.

—Maldito viento —maldijo, intentando de nuevo. La llama chispeó una fracción de segundo, suficiente para que el cigarrillo prendiera. Dejó que su compañero diera unas caladas, afianzando la brasa. Luego la usó para encender el suyo.

—Sabes que Khan dijo nada de fumar y nada de luces —murmuró el otro centinela.

—¿Has visto la cantidad de luz que sale del campamento? Khan ni se dará cuenta.

Su camarada soltó una carcajada.

—Mañana a esta hora, hermano mío, estaremos de vuelta en la aldea y a Khan ya no le importarán las cerillas.

Mirza estaba barriendo el terreno con la mira térmica de su fusil cuando detectó el tenue resplandor del cigarrillo.

A simple vista habría sido invisible, pero para los sensores ávidos de calor de su visor era como si alguien hubiera encendido una bengala.

Ajustó la sensibilidad de la óptica. El cigarrillo volvió a brillar cuando el blanco inhaló y Mirza sonrió, satisfecho.

Distinguía la cabeza y los hombros de dos hombres sentados en una hondonada entre dos rocas.

—Ice, dos hombres cerca de la cumbre. Parece un puesto de centinela —susurró. Con aquel viento probablemente podría gritar sin que lo oyeran.

—Recibido. He visto a otros dos durmiendo más atrás —respondió Ice.

Volvió a barrer la ladera hacia arriba e identificó a los otros dos hombres en sus sacos de dormir.

A través de la mira nocturna, los afganos dormidos parecían enormes babosas incandescentes.

Giró de nuevo el arma hacia los fumadores y observó cómo uno de ellos alzaba unos prismáticos y escudriñaba la noche.

Instintivamente, Mirza se dejó caer boca abajo, por si al centinela se le ocurría revisar los accesos a su posición.

Tras unos segundos, alzó la cabeza con cautela.

El hombre había terminado su barrido y volvía a acomodarse entre las mantas.

Sintió a Ice colocarse a su lado. Una mano en el hombro le confirmó que todo iba bien.

—Bien, Mirza, tenemos que encontrar los misiles e inutilizarlos, pero no podemos matar a los centinelas; sabrán que estamos aquí —dijo Ice.

Agazapados tras la cobertura y a sotavento de la posición afgana, podían hablar en voz relativamente normal.

Mirza asintió. No quería matar a los hombres mientras dormían. Sabotear las armas le resultaba una idea mucho más aceptable.

—Ice, con estos misiles rusos, si quitas la junta tórica del contenedor, el gas se escapa y el buscador deja de funcionar. Mirza había utilizado misiles similares durante su época en el ejército indio.

—¿Cuánto tiempo te va a llevar?

—Diez o veinte segundos por lanzador.

—No tengo ni idea de cómo se hace.

—Está bien, iré yo.

—¿Seguro?

—Saldrá bien. Puedo hacerlo con los ojos cerrados. Mirza dejó el fusil de francotirador junto a la mochila.

—De acuerdo, te cubro desde aquí.

Asintió. Sacó la pistola de la funda y enroscó el silenciador en el cañón. Se desprendió del voluminoso chaleco portaequipo y lo dejó en el suelo, al lado de la mochila.

Mirza avanzaba encorvado, deslizándose con cautela de un afloramiento rocoso a otro.

La fina uña de luna proyectaba sombras alargadas tras los peñascos y las grietas, y él las aprovechaba para desaparecer en la oscuridad.

A ratos se detenía cuando alguno de los talibanes se incorporaba para otear el horizonte.

Entonces Ice le daba vía libre y él continuaba, seguro de que el estadounidense lo cubría.

Las gafas de Mirza apenas lograban captar el calor de los dos centinelas. Dependía de que Ice los vigilara a través de la óptica más potente del gran visor de francotirador y le indicara cuándo era seguro moverse.

A medida que se acercaba, el viento gélido amainó y cualquier ruido que hacía parecía amplificarse en el aire inmóvil.

El crujido de la arena bajo sus botas, el roce de la chaqueta, incluso los latidos retumbando en sus oídos sonaban lo bastante fuertes como para despertar a los muertos.

Estaba casi encima de los dos afganos y cualquier error podía ser fatal.