12. El Tren Del Dolor, Sur De Afganistán
DOCE
El Tren Del Dolor, Sur De Afganistán
Mientras Ice y Mirza dormitaban, Mitch Ferry estaba ocupado en su centro de control, en la parte delantera del avión.
Justo detrás de la cabina, sentado en una butaca giratoria de respaldo alto, manejaba sin parar las terminales informáticas que controlaban los sensores y las armas del aparato, además de los drones desplegables, o UAV.
Tres grandes pantallas táctiles LCD estaban fijadas a las paredes de la estrecha cabina.
La central mostraba la posición del avión sobre un mapa digital del terreno, mientras que en las otras dos Mitch ejecutaba pruebas de diagnóstico sobre la barquilla de designación de objetivos y el armamento.
Su tema favorito de Prodigy atronaba en los auriculares inalámbricos de comunicaciones mientras él marcaba el ritmo con la cabeza al compás del bajo.
Los dedos saltaban del teclado a las pantallas táctiles.
La música se desvaneció cuando el piloto abrió un canal en el intercomunicador.
—Mitch, faltan diez minutos para la posición de lanzamiento del UAV.
—Recibido. Estoy activando los sistemas ahora.
—Bajaremos a ciento cincuenta nudos para el lanzamiento. ¿Puedes llevar el UAV hasta que completemos el circuito y soltemos al equipo?
—Sin ningún problema —dijo Mitch, tocando una pantalla para consultar los datos meteorológicos más recientes—. Parece que tenemos algo más de dos horas hasta el primer amanecer. Tenemos que meter a los muchachos bajo la cobertura de la oscuridad.
—Recibido. Estaremos de sobra dentro de ese margen.
—Perfecto —dijo Mitch mientras cambiaba de canal de radio hacia la bodega de carga.
—Espabila, colega. ¿Estás despierto? —Mitch llamó al jefe de carga del Tren del Dolor en la bodega del avión.
—Acabo de despertarme, colega. ¿Qué pasa? —respondió una voz.
—¿Listo para lanzar al pájaro en diez minutos?
—Sí, está lista para el despegue.
—Perfecto, vuelvo ahora mismo a poner al día a los muchachos.
—Listos cuando tú digas.
Mitch se deslizó por una escalerilla corta detrás de su puesto y abrió la puerta que separaba la cabina del compartimento de carga.
Vio que Ice y Mirza estaban completamente equipados, con los cascos puestos y las gafas de visión nocturna levantadas.
Mirza alzó la vista de su iPRIMAL, pero Ice seguía con aspecto de estar profundamente dormido, desparramado sobre su paracaídas.
Mitch alargó la mano para sacudirle el hombro y el corpulento hombre habló en cuanto abrió los ojos de golpe.
—¿Estamos listos para el despegue?
—Estamos a punto de lanzar el UAV, despegamos en menos de una hora.
—Recibido, ¿podemos comprobar las comunicaciones en los próximos quince minutos?
—En cuanto vuelva a mi puesto, los conecto a los dos, ¿de acuerdo?
Mirza le levantó el pulgar, Ice respondió:
—Está bien.
Mitch se volvió y se detuvo.
—Ah, Ice —dijo.
—Sí, hermano.
—Vamos a hacer mierda a estos payasos.
—Maldición, sí, hombre. Maldición, sí.
—Estoy buscando un cementerio —murmuró Mitch cuando el Tren del Dolor llegó al punto de lanzamiento del UAV. Treinta estadounidenses muertos y sus vehículos destrozados yacían esparcidos en algún lugar allá abajo.
El británico había usado el pod de designación del avión para rastrear los alrededores de la última posición conocida de la patrulla emboscada, pero, como era de esperar, desde treinta mil pies la resolución era muy pobre.
Tendría que confiar en el dron que volaba más bajo para localizar el lugar de la emboscada y una zona de lanzamiento adecuada para Mirza y Ice.
El británico había utilizado el pod de designación del avión para rastrear los alrededores de la última posición reportada de la patrulla emboscada, pero, como era de esperar, desde treinta mil pies la resolución era pésima.
Tendría que confiar en el dron que volaba más bajo para localizar el lugar de la emboscada y una zona de lanzamiento adecuada para Mirza y Ice.
—Paracaídas fuera. ¡El UAV ya está en vuelo! —informó el jefe de carga cuando el pequeño aparato desapareció en la noche.
Mitch notó cómo el Tren del Dolor volvía a ganar velocidad hasta la velocidad de crucero.
En cuestión de segundos apareció un símbolo parpadeante en la pantalla maestra de control: el dron estaba en línea.
Le ordenó volar sobre la zona objetivo, manteniendo una separación de cuatro kilómetros para evitar ser detectado.
En otra de las pantallas abrió la imagen en escala de grises del terreno que enviaban los sensores del UAV.
Parecía la superficie de la luna mientras la cámara del aparato barría las montañas rocosas.
Con el joystick, Mitch acercó el plano sobre un río estrecho y serpenteante y localizó las manchas térmicas de un pequeño poblado encaramado a su orilla.
—Madrugadores, ¿eh? Ya están preparando el desayuno —murmuró para sí.
Desplazó el sensor siguiendo el curso del río.
Diez minutos se convirtieron en veinte y aún no había encontrado lo que buscaba.
Alzó la vista hacia el contador que descendía en la parte superior de la pantalla.
Cuando la imagen pasó por un punto angosto entre dos crestas, distinguió los restos de la patrulla estadounidense: cinco vehículos calcinados.
Alejó el encuadre, en busca de una zona de lanzamiento adecuada. En el lado cercano de la cresta occidental había una superficie plana y despejada a media ladera. La señaló con el dedo en la pantalla, marcándola con un punto de ruta, y envió las coordenadas a Ice.
En la bodega, Ice bajó la vista al iPRIMAL sujeto al antebrazo justo cuando empezó a parpadear.
—Es la hora de la verdad —dijo.
Con los dedos amplió el mapa digital y comprobó tanto la posición de la patrulla destruida como la DZ que Mitch había elegido. Era una buena opción: bastante plana. Detestaba los aterrizajes duros.
—¿Contentos con ella, chicos? —preguntó Mitch por radio.
—Tiene buena pinta —respondió Ice.
—Perfecto. Cinco minutos para llegar. Entramos con el viento de cara; tendrán una cola de dos nudos. Amanecerá en aproximadamente treinta minutos.
—Recibido, ¿puedes iluminar la zona de salto?
—En cuanto salten, el UAV marcará con láser —respondió.
A través de sus gafas de visión nocturna, Mirza e Ice podrían ver el haz infrarrojo apuntando desde el cielo como el dedo de Dios, señalando la zona de lanzamiento.
Los dos operadores se incorporaron con esfuerzo, ajustaron los arneses y se apretaron los cascos.
El jefe de carga apagó las luces de la bodega y activó un resplandor rojo apagado.
Las mochilas y las armas sujetas al pecho los obligaban a moverse como mujeres embarazadas mientras avanzaban dando traspiés hacia la parte trasera del avión.
Pasaron junto a los palés de munición Viper Strike y los dos UAV restantes.
El jefe de carga los esperaba junto a la rampa, en la puerta lateral diseñada para los paracaidistas.
—Dos minutos —anunció Mitch por radio, y el jefe de carga alzó dos dedos.
—Uno listo —dijo Mirza, asintiendo al hombre.
—Dos listos —respondió Ice detrás de él.
—Un minuto —transmitió Mitch justo cuando el jefe de carga hizo deslizar la puerta hacia arriba.
El viento irrumpió en la bodega, tironeando de su equipo y de la ropa. Mirza sintió la oleada de adrenalina al echar un vistazo por la puerta hacia el vacío que se abría debajo. A pesar del bramido del aire, lo único que oía era el latido de su propio pulso retumbándole en los oídos.
—¡YA! ¡YA! ¡YA! —La voz de Mitch tronó en los auriculares de Mirza.
El adiestramiento se impuso a su aprensión y dio un paso al frente, fuera de la puerta.
La ráfaga de aire y ruido lo sacudió cuando lo arrancó del avión.
De pronto, solo quedó el rugido del viento mientras el Tren del Dolor desaparecía y él se precipitaba en caída libre hacia la tierra, en la negrura absoluta de la noche.
Alargó la mano hacia la anilla de apertura del paracaídas y tiró de ella con fuerza.
La vela se tensó hacia arriba, arrancándolo de la caída libre como una mano gigante que aferrara el arnés.
Bajó las gafas de visión nocturna y las activó.
Le revelaron un paisaje en escala de grises, sin más fuentes de luz que las estrellas de la noche.
Hizo girar el paracaídas en un arco cerrado, buscando el láser.
—Mirza, ¿estás bien? —La voz de Ice sonó en sus auriculares.
Justo entonces, él localizó el dedo de luz deslumbrante y utilizó las anillas del paracaídas para virar hacia él.
—Estoy bien.
Ahora descendían bajo sus velámenes, en lo más profundo de territorio hostil, deslizándose con rapidez hacia la zona de lanzamiento.
La voz casi alienígena de Mitch irrumpió en sus radios entre un crepitar de estática.
—Muchachos, el Tren del Dolor se retira en cinco. Volveremos en cuatro horas, cuando repostemos. Les paso el control del UAV al Bunker.
—Vuelvan en cuanto puedan, Tren del Dolor. Siento que tengo las pelotas colgando al viento sin mi ángel de la guarda —respondió Ice.
—Recibido. Buena caza, muchachos. ¡Tren del Dolor fuera!
Muy por debajo del Tren del Dolor, en lo alto de las montañas que se alzaban sobre el valle de Khod, un campamento improvisado empezaba a desperezarse.
A medida que los primeros dedos de luz se extendían sobre las tiendas camufladas, los golpes sordos de un generador en marcha resonaron en los riscos cercanos.
El motor tosió unos segundos, descompasado, antes de encontrar un ritmo constante.
Un momento después, al ruido se sumó el tableteo de un taladro hidráulico que salía de un pozo horadado en la ladera.
En cuestión de minutos aparecieron del túnel las primeras carretillas cargadas de escombros, empujadas por hombres afganos mugrientos que arrastraban los pies bajo el peso de la roca.
Se veían exhaustos: los habían obligado a trabajar casi sin tregua durante cuatro días.
Varios habían muerto el día anterior cuando cedió un entibado mal colocado.
El castigo fue brutal. A los dos obreros aturdidos que lograron sacar con vida de entre los escombros los apalearon hasta matarlos.
Uno de los talibanes les destrozó la cara a golpes de pala.
Los afganos restantes trabajaban a la desesperada, aterrados por los despiadados hombres armados que los vigilaban.
Yanuk estaba sentado sobre un montón de rocas, observando a los trabajadores con atención, un cigarrillo colgándole de la comisura de los labios.
La operación se suponía que debía estar terminada en cuarenta y ocho horas y ya iban retrasados.
Una serie de contratiempos había frenado el avance: el derrumbe del entibado, las averías del generador e incluso un corrimiento de tierras provocado por las explosiones.
—Los malditos hajis me están saboteando —maldijo el ingeniero.
Aunque los hombres de Khan habían dado un escarmiento a los dos responsables del derrumbe del túnel, seguía recelando del resto.
Aplastó la colilla contra una roca y se agachó para calentarse las manos sobre el pequeño hornillo de gas que apenas conseguía templar su café.
No alcanzaba a entender cómo podía hacer tanto frío por la mañana y luego rozar los cien grados a mediodía.
Yanuk alzó la vista del hornillo y vio que Khan y un séquito de combatientes habían subido desde su campamento para inspeccionar los avances.
Los diez guerreros talibanes vestían atuendos similares: túnicas sencillas y un turbante negro enrollado en la cabeza.
Un par de ellos destacaban por sus chalecos antibalas de moderno camuflaje digital, recién saqueados a los estadounidenses emboscados.
A Yanuk le parecían ridículos con esos chalecos de camuflaje tan característicos por encima de sus prendas tradicionales.
Ni una sola vez el señor de la guerra afgano lo había invitado a bajar a las tiendas que habían levantado al pie de la obra.
Khan y sus hombres se habían montado un campamento confortable, con alfombras y sirvientes.
Por las noches, Yanuk los observaba a través de sus gafas de visión nocturna.
Mientras él dormía al raso y comía de lata, aquellos campesinos se daban la gran vida como si estuvieran de excursión: se atiborraban de cabra asada y se turnaban para sodomizar a uno de sus jóvenes sirvientes.
El ingeniero ruso apuró el resto del café y se incorporó, colgándose el fusil de asalto al hombro. Inspiró hondo y se acercó adonde Khan contemplaba a los esclavos.
—Están trabajando demasiado despacio, Yanuk. El inglés impecable de Khan lo irritaba.
—Llegaremos a tiempo.
—Tal vez, pero tenemos un problema.
—No hay ningún problema. Llegaremos a tiempo. —Yanuk apretó los puños a los lados del cuerpo. No deseaba otra cosa que deslizar el cuchillo de combate que llevaba en el antebrazo y hundírselo en la garganta a aquel señor de la guerra arrogante.
—El problema no está aquí, amigo mío.
Yanuk frunció el ceño.
—Se acercan unos vehículos desde el sur —dijo Khan, señalando por la cresta hacia el valle.
—¿Qué? ¿Quiénes? ¿Cómo lo sabes?
—Mis camaradas —dijo Khan, señalando a los talibanes que tenía detrás—. Me han informado de que hombres que creen que son fuerzas especiales estadounidenses se están acercando al valle.
—Tus hombres tienen que detenerlos. ¡No puedo ir más rápido!
Khan señaló a los talibanes y dijo:
—Mis amigos están trayendo a más hombres para garantizar nuestra seguridad. Pero ahora entiendes por qué tenemos que darnos más prisa.
—Si tus hombres ayudaran, podríamos excavar más deprisa...
—¡No! —Khan lo taladró con una mirada helada—. Mis guerreros no cavan. Ellos nos defenderán. Haz que esos perros hazaras trabajen más duro.
Yanuk no se fiaba de sí mismo para responder mientras Khan se daba la vuelta y su séquito lo seguía de regreso al campamento. Para él, los talibanes no eran más que campesinos con fusiles. Arrojó con rabia su café tibio al polvo y regresó a la excavación.