5. Valle De Khod, Afganistán, 2012
CINCO
Físicamente, Ishmael Khalid no era un hombre imponente.
Tenía una estatura media, hombros estrechos y rasgos de ave de rapiña.
Lo que le faltaba de presencia física lo compensaba con pura intensidad.
Como un ave de presa, su mirada era inflexible, fría y distante.
Los labios finos y la nariz aguileña acentuaban aún más el parecido.
El afgano era guerrero y comandante; toda su vida adulta había girado en torno a la guerra.
De adolescente, la primera sangre que derramó fue rusa, y después de que los Spetsnaz mataran a su padre, Khalid heredó el liderazgo de su aldea.
Con aquella muerte llegaron la responsabilidad sobre un centenar de guerreros, extensas tierras y la lealtad al señor de la guerra, Khan.
Había sido el servicio a Khan lo que lo había llevado de nuevo al valle de Khod, a menos de diez millas del lugar donde había muerto su padre. Sus órdenes eran tomar a veinte de sus mejores hombres y tender una emboscada a cualquiera que intentara avanzar hacia el norte por el valle.
El terreno que Khalid había elegido estaba bien situado: un tramo abierto en el fondo del valle que se estrechaba en un embudo, con laderas escarpadas y desnudas dominando ambos lados.
Los vehículos que circularan por la angosta pista que seguía el cauce del cañón se verían obligados a agruparse, lo que multiplicaría la eficacia del armamento avanzado de sus hombres.
Khalid sonrió al imaginar la carnicería que desataría la emboscada. Con las armas que les había proporcionado el traficante de Khan, sus hombres acabarían sin dificultad con cualquiera que intentara interferir en las actividades más arriba del valle, en la montaña.
Los guerreros a las órdenes de Khalid no se parecían en nada a los talibanes desaliñados que combatían a los estadounidenses.
Eran el ejército personal de Khan. Adiestrados por mercenarios chechenos y equipados con armamento de última generación, se financiaban gracias a los campos de opio del señor de la guerra.
Aunque se hacían llamar talibanes, hacía ya mucho que habían dejado las túnicas tradicionales por uniformes de combate, botas y arneses de pecho.
Todos llevaban los característicos pañuelos negros en la cabeza del ejército de Khan.
Desde su foso de mando camuflado, en lo alto de un escarpado farallón, Khalid sentía la excitación del combate inminente.
Su avanzadilla había informado de una patrulla estadounidense que avanzaba directamente hacia ellos.
Vigilaba la entrada del valle a través de la mira de gran aumento de su fusil de francotirador Accuracy International.
Khan prefería evitar el combate directo y confiaba en minas y bombas improvisadas para causar bajas.
Aquella sería la primera vez que sus hombres se enfrentaran cara a cara con el Ejército de Estados Unidos.
El lejano bramido de los motores diésel resonó por el valle cuando la formación estadounidense se deslizó a la vista.
Khalid se inclinó hacia delante de manera instintiva.
Era una patrulla estándar de Strykers ligeros blindados.
Contó cinco vehículos: tres carros de apoyo de fuego, dos transportes de personal.
El vehículo de cabeza se apartaba ligeramente de la pista para esquivar posibles minas en el camino y se detenía a intervalos regulares para registrar el terreno.
Khalid conocía bien los Stryker; la información sobre aquellos vehículos blindados ligeros de ocho ruedas era fácil de encontrar en internet.
Se permitió una sonrisa irónica al ver a los soldados estadounidenses emplear las mismas tácticas básicas que habían usado los rusos. Evitaban los caminos siempre que podían y se detenían a cubierto, detrás de afloramientos rocosos, utilizando el terreno como protección.
—Enemigo distinto, tanques distintos, pero siempre piensan igual —murmuró con sorna, volviéndose hacia el hombre agazapado a su lado—. ¿Ves los tres primeros vehículos? ¿Los que llevan torreta?
—Sí, Khalid.
—Esos tres hay que destruirlos primero. Son mucho más mortíferos que los demás.
El combatiente más joven asintió, de acuerdo, mientras Khalid accionaba el teléfono de campaña y transmitía sus instrucciones a sus lugartenientes de confianza, ocultos en sus búnkeres camuflados.
—Omar, tú apuntas al segundo vehículo. Zakir, tú apuntas al tercero. A mi orden, hermanos míos.
El comandante afgano esperó a que los dos equipos confirmaran el mensaje antes de volver a mirar por la mira de su fusil.
Todos los vehículos estaban ya dentro de la zona de aniquilación, con el Stryker de cabeza avanzando a tirones por el terreno quebrado.
Miró al hombre que tenía al lado y sonrió.
Era exactamente el recorrido que había previsto que seguirían.
Khalid aferró con su mano enguantada el detonador. Al quitar el seguro, el sistema de iniciación se armó justo cuando el primer vehículo se deslizaba hasta su posición, casi exactamente encima del lugar donde habían colocado la primera batería de minas antitanque.
—Alá conceda la victoria a los guerreros santos, allahu akbar —susurró Khalid.
Oprimió el pulsador de disparo. Tres minas antitanque estallaron bajo las ruedas traseras del Stryker, treinta kilogramos de explosivos que se estrellaron hacia arriba contra el casco en una explosión atronadora que hizo retumbar todo el valle.
La tripulación murió al instante. El vehículo volcó sobre un costado, mientras el combustible y los plásticos ardían con furia.
El calor abrasador y la fuerza de la detonación hicieron estallar la munición, y el Stryker quedó hecho trizas en un fogonazo.
Mientras la explosión se cobraba el vehículo de cabeza, los hombres de Khalid dispararon sus armas antitanque Spike contra los dos Stryker siguientes.
Con un rugido, los misiles de fabricación israelí salieron disparados desde los búnkeres ocultos, y sus sensores se fijaron en los blancos del fondo del valle.
Cayeron en picado. Las ojivas de carga hueca detonaron a corta distancia del impacto, escupiendo chorros incandescentes de metal a través del fino blindaje de la parte superior de cada torreta.
Bastaron unos segundos para que los vehículos prendieran fuego, asfixiando y envolviendo a la vez en llamas a sus tripulaciones.
Con los tres primeros vehículos destruidos, a los dos transportes de personal que cerraban la formación no les quedaban opciones. Los comandantes de los vehículos bajaron las rampas. La infantería se desbordó hacia el exterior, desplegándose en un cordón defensivo.
Khalid ordenó a sus hombres que entraran en combate y armó las otras minas que había sembrado.
Cuando apretó el disparador con el pulgar, las cinco minas antitanque estallaron en una única y descomunal explosión justo debajo de uno de los transportes de personal que quedaban.
La onda expansiva envolvió el vehículo en una nube de polvo, que se sumó al humo que ya se elevaba de los otros restos en llamas.
El último transporte de personal intentó retroceder a toda prisa, aprovechando el humo para ocultarse de las armas de Khalid. Parecía que iba a escapar, hasta que otro misil surcó el aire desde la ladera. Su destino fue el mismo que el de los demás: una pira funeraria retorcida y ardiente.
Con los cinco vehículos estadounidenses destruidos, Khalid concentró su atención en los infantes que seguían con vida.
Su equipo de morteros dejó caer proyectiles sobre ellos; el acero candente de las sofisticadas granadas de explosión en el aire destrozaba cuerpos mientras los hombres buscaban desesperados algún refugio.
Khalid utilizó su fusil de francotirador para rematar con método a los heridos.
Uno tras otro, los proyectiles de alta velocidad y punta perforante atravesaban las corazas de los soldados.
En cuestión de minutos la emboscada terminó. Cinco vehículos blindados quedaron ardiendo en el campo de batalla, con treinta hombres muertos o agonizando. El hedor de metal, combustible y carne quemados corrompía el aire.
Al norte de la emboscada, en la montaña que dominaba el valle, Pavlo Yanukovych observaba a los lugareños esclavizados.
Desde la boca del túnel, abierta en la pared desnuda del acantilado, los trabajadores sacaban carretillas cargadas de escombros y volcaban las piedras sobre montones que crecían a toda velocidad.
El golpe sordo de los martillos neumáticos llegaba desde la abertura del pozo, las herramientas neumáticas triturando las planchas de roca que impedían a Khan y a sus hombres alcanzar su objetivo.
Mientras los trabajadores vestían túnicas tradicionales y tocados, el antiguo ingeniero de combate ruso llevaba un chaleco táctico sobre la camisa y un pantalón caqui descolorido.
Sus botas militares estaban destrozadas y un fusil de asalto G36 le colgaba del hombro.
Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo.
Los sonidos lejanos de la emboscada ensombrecieron el rostro de Yanuk, que se volvió para encontrar a Khan mirándolo fijamente.
Yanuk no temía a muchos hombres; veterano de combate y sicario de un traficante de armas, estaba acostumbrado a tratar con criminales peligrosos, pero Khan le ponía los nervios de punta.
—Así que, ruso, parece que los estadounidenses han llegado. Puede que no tengamos tanto tiempo como pensábamos ¡Debemos acelerar la excavación!
El inglés de Khan era casi perfecto. Era la única lengua que ambos compartían.
Yanuk respondió a trompicones:
—Ah, será arriesgado, pero podemos hacer corto a cinco días.
Se apartó de Khan, avergonzado de su pobre inglés.
—Si los estadounidenses llegan hasta aquí antes de que completemos nuestra tarea, tú, amigo mío, serás el primero en sufrir. Te lo aseguro.
Yanuk clavó la vista en la distancia y se mordió la lengua. Experto tanto en armas químicas como en ingeniería militar, la experiencia del ruso era crucial para la misión, algo que el líder afgano no parecía comprender.
La tensión se quebró con el agudo timbrazo del teléfono satelital de Khan. El señor de la guerra sacó de entre sus ropas el voluminoso aparato. Hizo una pausa para asegurarse de que la llamada era segura antes de llevárselo a la oreja.
—Khan, soy Khalid —llegó la voz al otro lado.
—¿Qué ha pasado, hijo mío?
Los dos hombres conversaban en pastún.
—Tendimos una emboscada a los estadounidenses que subían por el valle: cinco vehículos blindados destruidos y treinta hombres muertos.
—¡Muy bien! ¿Han tenido bajas?
—No hemos sufrido ninguna baja, pero gastamos más munición de la prevista.
—Buen trabajo. ¿Alguno de los infieles logró escapar?
—No. Nos encargamos de todos. El inhibidor debió impedir que se pusieran en contacto con su cuartel general.
—Bien, bien. El ruso dice que no tardaremos más de cinco días en terminar la excavación. ¿Tienes suficiente munición para detener otro reconocimiento? —preguntó Khan.
—Sí, pero serán más cautelosos la próxima vez. Suponemos que, tarde o temprano, acabarán viniendo los bombarderos.
—Muévanse a la nueva posición y asegúrense de tomar las precauciones necesarias. Ya hay planes para mantener ocupados a los aviones estadounidenses en otra parte.
—Por supuesto, Khan, nos moveremos de inmediato. Tendremos los misiles listos, por si acaso. Informaré en cuanto estemos preparados.
El teléfono emitió otro pitido, señal de que la llamada había terminado. Khan miró la duración: treinta y cinco segundos. Creía que los estadounidenses necesitarían al menos un minuto de conversación para romper el sistema de cifrado comercial. Guardó el teléfono y se volvió hacia Yanuk.
—Mis hombres han cumplido. Tendrás tus cinco días, ruso.
Khan le dio la espalda y descendió por la ladera hacia su campamento, marcando un número en el teléfono.
—¿Sí? —contestó una voz desconocida.
—Soy Khan. Dígale a Dostiger que todo va según lo previsto.
Hubo una pausa mientras le pasaban el mensaje al traficante de armas. Por razones de seguridad, Dostiger rara vez hablaba por teléfono y prefería dejarle el aparato a uno de sus guardaespaldas.
—¿Sigue ahí? —preguntó la voz.
—Sí.
—Dostiger quiere hablar con usted.
Hubo otra pausa mientras el teléfono cambiaba de manos.
—¿Cómo está, Khan?
—Estoy bien. Me alegra oír su voz, hijo mío.
—Sí. He estado ocupado con nuestros amigos iraníes. ¿Cómo va nuestro proyecto?
—Hemos tenido algunos contratiempos menores, pero nada que no pueda resolverse.
—¿Contratiempos menores?
—Mis hombres se ocuparon de una patrulla estadounidense.
—¿Estadounidenses? ¿Ya?
—Esto no supone un problema, Dostiger; se mantienen los acuerdos que cerré con los talibanes. Los estadounidenses no vendrán con demasiadas fuerzas y, si lo hacen, será demasiado tarde.
—Entonces, ¿la excavación va según lo previsto?
—Sí, terminaremos aquí como estaba previsto. No dudes de mí, hijo mío. Es la voluntad de Alá la que nos ha traído hasta aquí y es la voluntad de Alá que tengamos éxito.
—Sí, la voluntad de Alá. Por supuesto.
—Puede que no seas creyente, Dostiger, pero aun así estás guiado por la mano de Alá. Con tu ayuda expulsaré a los estadounidenses de nuestras tierras, como antes expulsé a los rusos.
Dostiger soltó una carcajada.
—Khan, con mis armas no puedes fracasar. Y cuando les demos a nuestros hermanos en Irán lo que quieren, Afganistán será tuyo.