Presión atmosférica Capítulo 29
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Capítulo 29

La expedición terminó a mediados de junio, con el equipo regresando a Austin cargado de datos suficientes para varios años de publicaciones y una sensación colectiva de logro que debería haber bastado para eclipsar cualquier tensión residual.

Marguerite los recibió en el almacén con una celebración improvisada, orgullosa de un proyecto que ya empezaba a generar interés de otras instituciones a nivel nacional, y el resto del equipo se dispersó hacia sus casas con el alivio evidente de quien lleva ocho semanas durmiendo en una tienda de campaña.

La celebración de bienvenida, aunque genuina en su alegría colectiva, tuvo para Bex un sabor agridulce que le costó disimular durante toda la tarde.

Cada felicitación por los logros científicos de la expedición se mezclaba, en su mente, con el peso todavía sin resolver de la conversación pendiente sobre el futuro que llevaban semanas posponiendo, y sonrió y agradeció los cumplidos con una fachada de normalidad que empezaba a costarle más de lo que quería admitir.

—Habéis hecho un trabajo excepcional —les dijo Marguerite, a ambos, durante la celebración—. Los datos de Nebraska y Oklahoma van a redefinir varios aspectos de nuestro modelo de predicción para los próximos años.

—Gracias, Marguerite —respondió Bex, con una sonrisa que sintió más forzada de lo que le habría gustado.

Bex y Zane volvieron al apartamento con una normalidad aparente que ninguno de los dos terminaba de sentir del todo, la grieta abierta en Oklahoma todavía presente entre ellos, no como una herida abierta pero tampoco como algo completamente curado.

Zane cumplió su palabra: en la primera reunión de equipo tras el regreso, propuso formalmente que Dutch asumiera la autoridad final sobre decisiones de distancia de seguridad en cualquier despliegue futuro, una propuesta que el equipo entero aceptó sin discusión y que Marguerite calificó de "el tipo de humildad profesional que rara vez se ve en este campo".

—Lo has hecho —le dijo Bex, esa noche, con una mezcla de gratitud y algo más difícil de nombrar—. Has cedido el control.

—Te lo prometí.

—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero, Zane, sigo sin saber si es suficiente.

Él se quedó mirándola, con una expresión que empezaba a mostrar el cansancio acumulado de semanas de tensión no resuelta del todo.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que ceder el control formal está bien, pero no borra lo que pasó en Oklahoma, ni el miedo que sigo sintiendo cada vez que pienso en el futuro.

Necesito tiempo, Zane. Tiempo para pensar en lo que quiero, en si puedo seguir haciendo este trabajo de la misma manera, en si estamos alineados en lo que queremos a largo plazo de una forma que hace unas semanas daba por sentado.

Los días siguientes al regreso transcurrieron con una tensión silenciosa que ninguno de los dos sabía cómo nombrar del todo, cada uno moviéndose por el apartamento con un cuidado excesivo, evitando cualquier tema que pudiera reabrir la conversación pendiente.

Bex se sorprendió a sí misma quedándose más tiempo del habitual en el instituto, revisando datos que ya había revisado, posponiendo el momento de volver a casa donde la incertidumbre esperaba en cada silencio compartido.

Georgia, que había notado la tensión sin necesidad de que nadie se lo explicara, se acercó a Bex una tarde en la sala de control con la delicadeza de quien sabe que está a punto de tocar un tema sensible.

—¿Va todo bien entre vosotros? Habéis estado raros desde que volvisteis.

—No lo sé, Georgia. Cedió el control de seguridad a Dutch, como prometió. Pero siento que hay algo más grande que no hemos resuelto del todo, algo sobre el futuro que ninguno de los dos sabe cómo abordar sin que se convierta en una discusión.

—¿Has pensado en darte un poco de espacio? A veces la distancia física ayuda a pensar con más claridad que estar constantemente rodeada de la tensión.

Bex se quedó pensando en la sugerencia durante el resto de la tarde, dándole vueltas hasta que, esa misma noche, encontró el valor para plantearle a Zane la idea que llevaba días formándose sin que ella se atreviera a nombrarla del todo.

—¿Estás terminando conmigo?

La pregunta llegó con una vulnerabilidad tan cruda que Bex sintió que el pecho se le encogía de golpe.

—No. No es eso. Es que necesito espacio para pensar con claridad, sin la presión de estar viéndote cada noche, sin que cada conversación se sienta como una negociación sobre nuestro futuro. Voy a quedarme unos días en casa de Georgia. No es una ruptura, Zane. Es una pausa.