Presión atmosférica Capítulo 11
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Capítulo 11

El correo llegó un martes de finales de agosto, con el membrete de la Universidad de Colorado y un asunto que decía, sin mucho preámbulo, "Propuesta de colaboración interinstitucional: red de sensores de baja altitud".

Zane lo leyó dos veces en la pantalla de su despacho antes de llamar a Bex por el pasillo, con una expresión que ella tardó un momento en identificar como incomodidad.

—¿Qué pasa?

—Quieren colaborar en el despliegue de una nueva red de sensores portátiles. Financiación conjunta, dos semanas de trabajo de campo compartido a finales de septiembre.

—Eso suena bien, ¿no? Más recursos, más cobertura.

—Suena bien. El problema es quién lo propone.

Le giró la pantalla para que Bex pudiera leer el nombre al final del correo, y sintió que algo se le tensaba en el estómago antes incluso de terminar de procesar las letras: Dra. Odessa Marsh, directora del Laboratorio de Sensores Atmosféricos de la Universidad de Colorado.

—¿Es...?

—Es ella.

Bex conocía la historia solo en fragmentos, recogidos a lo largo de los años entre rumores de conferencia y una mención breve que el propio Zane había hecho una vez, sin entrar en detalles: un compromiso que había durado poco más de un año, roto justo antes de la boda, por razones que Zane nunca había querido explicar del todo y que Bex nunca había querido presionarlo a contar.

—¿Quieres que la rechace? —preguntó Zane—. Puedo decir que no tenemos capacidad este año. No sería del todo mentira, con la fase tres recién empezada.

—¿Es una buena propuesta? Técnicamente, quiero decir.

Zane dudó, con la honestidad incómoda de alguien que preferiría no admitir algo en ese momento concreto.

—Es una propuesta excelente. Su laboratorio ha desarrollado la mejor tecnología de sensores de baja altitud del país en los últimos tres años. Trabajar con ellos multiplicaría la resolución de nuestros datos.

—Entonces la aceptamos.

—Bex.

—Zane, no voy a dejar que rechacemos una colaboración que beneficia al proyecto solo porque tú tengas historia con la persona que la propone. Somos profesionales. Tú mismo se lo dijiste a Ashworth.

—Lo sé. Es solo que quería que lo supieras antes de que apareciera en el almacén dentro de tres semanas, en lugar de que te enteraras por sorpresa.

Bex apreció el gesto, aunque no consiguió del todo que le calmara el nudo que se le había instalado en el estómago desde que había leído el nombre en la pantalla, un nudo que reconoció, con cierta vergüenza, como algo mucho más simple y mucho menos profesional de lo que le gustaba admitir: celos, viejos y básicos, del tipo que ninguna cantidad de racionalidad científica conseguía disolver del todo.

Encontró a Georgia en la sala de control minutos después, y no pudo evitar contarle la noticia, necesitada de una perspectiva externa que la ayudara a procesar la mezcla de emociones que sentía.

—¿La ex de Zane? ¿La del compromiso roto? —preguntó Georgia, dejando a un lado el informe que estaba revisando con un interés repentino mucho mayor.

—La misma. Va a pasar dos semanas trabajando con nosotros.

—Bex, respira. Es una colaboración profesional, no una prueba de resistencia.

—Lo sé. Racionalmente lo sé. Pero también sé que va a estar aquí, en nuestro espacio de trabajo, compartiendo historias de cuando estaban juntos, y no puedo evitar que eso me ponga nerviosa.

Georgia se cruzó de brazos, con la misma expresión evaluadora que reservaba para los problemas que consideraba solucionables con la actitud correcta.

—Aquí tienes dos opciones. Puedes pasarte dos semanas comparándote con un fantasma del pasado de Zane, o puedes recordar que tú eres la persona con la que decidió quedarse, no ella. Yo, en tu lugar, elegiría la segunda opción, pero entiendo que los celos rara vez son razonables.

—Gracias por el discurso motivacional.

—Para eso estoy. Ahora, cuéntame más sobre esta tal Odessa, porque necesito saber a quién vigilar quiero decir, a quién recibir con la cordialidad profesional adecuada cuando llegue.

Bex se rió a pesar de sí misma, agradecida por la manera en que Georgia siempre conseguía aligerar hasta las preocupaciones más pesadas, y pasó el resto de la tarde con una inquietud todavía presente, pero mucho más manejable gracias a la conversación.

•  •  •

Odessa Marsh llegó un lunes de septiembre con un equipo de tres personas, una furgoneta cargada de sensores prototipo, y una presencia que Bex reconoció como amenazante desde el primer segundo, aunque tardó un rato en identificar exactamente por qué.

No era solo que fuera atractiva, con ese tipo de belleza atlética que sugería años de trabajo de campo bajo el sol; era la manera en que se movía por el almacén como si ya conociera cada rincón, la familiaridad con la que saludó a Zane, un abrazo que duró un segundo más de lo que Bex habría considerado estrictamente profesional.

—Zane Kestrel. Cuánto tiempo.

—Odessa. Bienvenida a Austin.

—He oído que ahora tienes puesto fijo aquí. Qué cambio, después de tantos años hablando de volver a Oklahoma en cuanto surgiera la oportunidad.

—Las cosas cambian.

—Ya veo que sí.

Odessa se giró hacia Bex con una sonrisa que resultaba, en su superficie, perfectamente cordial, y le tendió la mano con un apretón firme que Bex devolvió con la misma firmeza, decidida a no dejar que ningún nervio se le notara en la cara.

—Doctora Hargrove. He leído su trabajo sobre asimilación de datos. Impresionante, para ser un enfoque tan tradicional.

—Gracias. También he seguido el suyo. La miniaturización de sensores que ha conseguido su equipo es notable, aunque me pregunto cómo maneja la deriva de calibración en despliegues prolongados.

Fue una pregunta técnica, precisa, formulada con la misma cortesía afilada que Odessa había usado para su comentario sobre "enfoque tradicional", y Bex vio, con cierta satisfacción interna, que había dado en el blanco: Odessa parpadeó un segundo antes de responder, recomponiéndose con una sonrisa algo más tensa.

—Tenemos un protocolo de recalibración cada seis horas. Es información que compartiré con gusto durante la colaboración.

—Estupendo. Estoy deseando verlo en funcionamiento.

Zane, que había observado el intercambio con una expresión que oscilaba entre la incomodidad y algo parecido a la diversión, intervino antes de que la conversación pudiera continuar en la misma dirección.

—¿Por qué no empezamos con la logística de despliegue? Dutch tiene el calendario preparado.

Los primeros minutos de la reunión técnica transcurrieron con una cortesía profesional impecable por ambas partes, aunque Bex no pudo evitar notar la manera en que Dutch, sentado al fondo de la sala con su tablet, intercambiaba miradas breves con Georgia cada vez que Odessa mencionaba algún detalle de "los viejos tiempos" con una naturalidad que sugería que llevaba mucho tiempo sin pensar en las consecuencias de mencionarlo delante de la actual pareja de Zane.

—Antes de continuar —dijo Marguerite, que se había pasado por la reunión brevemente para dar la bienvenida oficial al equipo visitante—, quiero agradecer a la Universidad de Colorado su disposición a colaborar con nosotros. Espero que las próximas dos semanas sean productivas para ambos equipos.

—Estoy segura de que lo serán —respondió Odessa, con una sonrisa profesional dirigida a Marguerite antes de volver a posar los ojos, solo un segundo más de lo necesario, en Zane.

El resto de la mañana transcurrió entre reuniones técnicas, en las que Odessa demostró, para disgusto de Bex, ser exactamente tan competente como sugería su reputación, con un dominio de la instrumentación que igualaba, en su propio terreno, la precisión que Bex tenía con los modelos de predicción.

Fue una tarde larga, profesional en la superficie, cargada de una tensión subterránea que Bex sintió en cada mirada que Odessa dirigía hacia Zane, cada mención casual de "cuando estábamos juntos en Boulder" o "aquella vez que casi nos mata un derecho en Kansas", anécdotas compartidas que Bex no podía competir ni participar, solo escuchar desde fuera con una sonrisa que le costaba cada vez más mantener.

Esa noche, Marguerite insistió en organizar una cena de bienvenida para el equipo visitante, en un restaurante cerca del instituto que solía reservarse para ocasiones importantes, y Bex se encontró sentada, por una distribución de asientos que sospechaba no era del todo casual, justo enfrente de Odessa, con Zane a su lado y Georgia al otro extremo de la mesa lanzándole miradas de solidaridad silenciosa cada pocos minutos.

—Cuéntame, Bex —dijo Odessa, en algún momento entre el primer y el segundo plato, con un tono que sonaba genuinamente curioso más que competitivo—. ¿Cómo terminaste especializándote en asimilación de datos? Es un campo bastante árido para la mayoría de la gente.

—Empezó como una obsesión con entender por qué los modelos fallaban en los primeros minutos de vida de una célula. Todo lo demás vino después.

—Zane me contó una vez que discutió contigo sobre exactamente ese tema, en una conferencia hace años. No mencionó tu nombre entonces, pero até cabos hace poco.

Bex sintió que la mirada de Zane se posaba sobre ella, con una disculpa silenciosa por haber compartido, aunque fuera sin nombres, un fragmento de aquella historia con Odessa en algún momento de su relación pasada.

—Norman —confirmó Bex, decidiendo que no tenía sentido fingir lo contrario—. Hace seis años.

—Vaya. El mundo es pequeño, en este campo.

—Demasiado pequeño, a veces.

Odessa se rió, con una calidez que sorprendió a Bex, y la conversación derivó hacia temas más neutrales durante el resto de la cena, aunque Bex no consiguió sacudirse del todo la sensación incómoda de estar siendo evaluada, comparada, medida contra un pasado que no le pertenecía pero que insistía en proyectar su sombra sobre el presente.

De vuelta en casa esa noche, Bex se sentó en el borde de la cama mientras Zane se cambiaba de ropa, con una pregunta que llevaba toda la cena queriendo formular.