Capítulo cincuenta y ocho
El horizonte brilla con los primeros indicios del amanecer, un recordatorio silencioso de que incluso tras la tormenta más dura, el mundo encuentra la manera de sanar.
Pero al contemplar la devastación a mi alrededor —los árboles arrancados de raíz, el suelo inundado— no logro quitarme de encima la pesadez en el pecho.
El cuerpo de Theron es prueba de hasta dónde llega un padre para salvar a su hijo. Se me nubla la vista de lágrimas mientras me acerco a él. La carga de mi elección, intercambiar una vida por otra, parece casi insoportable, pero vivir sin Regan es una agonía que no podría soportar.
La mano de Zeke encuentra la mía, una presencia cálida y firme en medio de mi tormento interior.
—Eligió esto —murmura, con la voz ligeramente quebrada—. Por Regan. Por ti. Por el bien de su pueblo.
Quiero creerle, encontrar paz en sus palabras, pero cada vez que miro el cuerpo inerte de Theron, la culpa me anuda las entrañas.
La elección fue mía, y acabé con una vida porque no podía soportar la idea de perder a alguien a quien amaba.
Sin embargo, al observar a James luchando por ocultar sus emociones, me doy cuenta de que el dolor de la pérdida es algo que otro debe cargar por mi culpa.
La mirada de Lyon permanece fija en Regan, sentado con Gnash en la hierba, los tres lobos tumbados a su alrededor.
Sintieron nuestra angustia, y ver a Regan vivo es un bálsamo para nuestras almas heridas.
Sin embargo, la ausencia de su padre proyecta una sombra sobre lo que debería haber sido un momento de puro alivio.
—Tenemos que darle la despedida que merece —susurra Lyon.
Las horas siguientes son una vorágine de actividad.
La última morada de Theron se prepara en los terrenos del castillo.
Resulta conmovedor y desgarrador a la vez ver a tantos reunirse para presentar sus respetos.
Puede que haya causado mucho daño con la maldición, pero fue un buen rey para su pueblo.
Su tristeza es comprensible, y en sus ojos veo admiración y gratitud por su rey caído.
Al regresar a casa, nos enteramos de que la tormenta que causé al abrir la tierra se extendió kilómetros y kilómetros, y cuando trajimos de vuelta a Regan, la magia de mi aquelarre desató una tormenta tan poderosa que todo el país la sintió. Ahora la tierra sangra, igual que nuestros corazones.
Con cada elemento viene una señal. El agua lava, dándonos un nuevo comienzo; el fuego quema lo viejo e invita a lo nuevo; el viento eleva nuestros espíritus a los cielos, y la tierra, con el tiempo, devuelve la vida.
La voz de James resuena por los terrenos, narrando historias de la valentía de Theron y de su amor por su reino. Sus palabras pintan la imagen de alguien digno de ser rey, padre y amigo. Pero cuando llega mi turno de hablar, las palabras me fallan.
Me tomo un momento para ordenar mis pensamientos.
Nadie habla nunca de lo surrealistas que son los funerales.
Es como entrar en una habitación donde el tiempo se detiene y un silencio pesado se cierne sobre todo.
Hay una incomodidad desconcertante al estar frente a una multitud —una mezcla de rostros familiares y desconocidos— cada uno con la marca cruda del dolor.
Es como desnudar el alma en el día más frío del invierno, esperando encontrar las palabras adecuadas para reconfortar a todos, aunque sea solo un poco.
Hablar de la pérdida en semejante entorno resulta a la vez íntimo y expuesto, una vulnerabilidad compartida que todos, sin importar su origen o historia, pueden entender.
No me siento digna de hablar por él, dado que fui yo quien le quitó la vida. Sin embargo, como su reina, se espera que lo haga, a pesar de mi participación en su muerte.
—En nuestras vidas, enfrentamos decisiones que nos definen. El último acto de Theron fue su momento definitorio, que nos enseñó a todos el poder del amor y el sacrificio —hago una pausa mientras las lágrimas me corren por el rostro—. Que su espíritu encuentre la paz que merece.
Mientras el sol se pone, no puedo apartar los ojos de Regan. El peso de su dolor es evidente, pero bajo todo eso, veo una chispa, una voluntad de seguir adelante.
Una vez que el funeral termina y dan sepultura al rey, la noche nos envuelve.
Apoyo la cabeza en el hombro de Zeke y contemplo las estrellas.
Brillan, ofreciendo un destello del pasado, del presente y del futuro.
Quizás, a su manera, nos están diciendo que no importa cuán oscura parezca la noche, el amanecer siempre llegará, y con él, una oportunidad de empezar de nuevo.
A pesar del agotamiento que me abruma, soy incapaz de cerrar los ojos y buscar refugio en el sueño. En cambio, dejo que mis pensamientos vaguen mientras mi mente reproduce lo que sucedió.
Regan desapareció justo después del funeral de su padre, y sé que Lyon fue a buscarlo, pero siento que debería darle espacio. Al fin y al cabo, yo soy quien le ha causado esta angustia.
La muerte del rey Theron fue una tragedia que sacudió a todos los que lo conocían. Pero también creó una oportunidad para mí —la nueva reina— de hacerme cargo del reino y enmendar los males que la maldición trajo consigo.
El mundo parece diferente desde el funeral de Theron. Es como si todo se hubiera desenfocado ligeramente, pero al mismo tiempo, ha renacido la esperanza en el futuro.
El aire fresco de la noche me llena los pulmones, y el olor acre de la muerte aún se aferra a mi vestido.
Es como un sudario invisible que me pesa, un recordatorio constante de lo que tuve que hacer.
El corazón me late dolorosamente en el pecho mientras la mano de Zeke encuentra la mía en la oscuridad.
—¿Estás bien? —pregunta con suavidad.
Niego con la cabeza. No hay palabras para expresar lo destrozada que estoy por dentro.
Zeke me aprieta la mano con más fuerza y murmura:
—Ven conmigo.
Me lleva lejos de los terrenos del funeral, hacia las colinas que dan a los establos y al laberinto. Es allí donde encontramos a Regan con Lyon, sentados en la cima.
Unas cuantas luciérnagas parpadean a nuestro alrededor mientras los grillos cantan en armonía.
Es casi onírico. Gnash se pone de pie de inmediato al verme, y Regan mira por encima del hombro.
A pesar de que la mano de Zeke en la parte baja de mi espalda intenta empujarme hacia delante, me quedo clavada en el sitio, sin atreverme a acercarme.
—Perdón por desaparecer. Es que hay demasiada gente —dice Regan mientras extiende la mano hacia mí.
Me acerco vacilante para tomársela, sin entender cómo puede soportar mirarme después de lo que hice. Me atrae hacia él y tira de mí hasta sentarme en su regazo. Zeke se deja caer a su lado, y Lyon se sienta al otro lado con Hunter y Shadow.
La calidez de sus ojos aleja el frío del aire nocturno.
—Cuando te miro, solo veo a la mujer de la que me enamoré profunda e irrevocablemente. Domaste a la bestia y liberaste mi alma anhelante.
—Todo comenzó con un juego de vida y muerte, pero quién hubiera pensado que encontraríamos ambas cosas y mucho más —murmura Regan mientras sus brazos me rodean—.
En el laberinto del juego, entre los movimientos y las apuestas, encontré el amor, y lleva tu rostro —susurra Regan, que me toma de la barbilla y me gira el rostro hacia él.
Su pulgar me acaricia la mejilla con suavidad—. No estés triste ni te sientas culpable.
—Aún lo siento mucho —susurro.
Regan se mueve ligeramente y la calidez de su aliento se desliza por mi cuello.
—En los fuegos de mi ira —murmura mientras deja que sus dedos tracen un camino por mi brazo, lo que me pone la piel de gallina—, fue tu toque calmante el que apagó las llamas.
Su otra mano me roza la cintura y me atrae contra él.
—Y cuando la lujuria amenazó con cegarme —continúa, con la voz espesa de deseo—, tu amor me mostró la verdadera pasión.
Sus labios encuentran el hueco de mi cuello y dejan un rastro de besos suaves y persistentes, y sus dientes me rozan la piel donde debería estar su marca junto con la de su hermano.
Mi piel hormiguea allí donde me toca, y Zeke posa los labios en mi hombro.
Cuando lo miro, sonríe con suficiencia y se acerca más.
—Siempre he envidiado lo que otros tenían.
Siempre quise más —confiesa con voz seductora, en un susurro—.
Pero contigo solo siento plenitud. Sin embargo, en un giro irónico, me descubro hambriento de tu amor, de tus caricias.
—Me sujeta la barbilla con suavidad y captura mis labios en un beso profundo y embriagador.
Sus manos me recorren con libertad, expresando su intenso anhelo.
Lyon espera con paciencia, pero su aura está cargada de intensidad.
—Me enorgullecía de estar por encima de todos, y en mi avaricia, anhelé el mundo entero —confiesa, con los ojos fijos en mí—.
Pero ahora, todas las riquezas y coronas no son nada comparadas con el tesoro de tenerte a mi lado.
—Con un movimiento repentino, me rodea la cintura con el brazo, me atrae hacia él y me arrebata del regazo de Regan.
Sus labios se estrellan contra los míos, hambrientos.
El aire cambia a nuestro alrededor, pero el gemido exagerado de Hunter rompe el momento de repente.
Me aparto y dirijo la mirada hacia el trío de lobos, que tienen las patas colocadas teatralmente sobre los ojos, claramente sin estar preparados para la ardiente exhibición de sus amos.
Me río de sus payasadas y Gnash salta sobre nosotros.
—Se supone que estás de nuestro lado, gigantesco aguafiestas —dice Zeke, empujando al enorme lobo.