Capítulo cuarenta y ocho
James y yo avanzamos como sombras hacia nuestro destino, invisibles bajo el manto de la noche.
La luna pende en lo alto y baña los túneles de la montaña con su luz pálida y luminiscente.
Tras la terrible experiencia de anoche, descansamos antes de pasar el día buscando la manera de burlar a los guardias.
Enseguida descubrimos que el rey Slavic tiene a todos sus guardias aquí, dejando su reino aparentemente indefenso.
También comprendimos que tendríamos que improvisar y entrar a la fuerza, porque no podíamos perder tiempo esperando refuerzos.
Al acercarnos a la entrada del búnker subterráneo en el lado este de la montaña, una visión inesperada nos detuvo en seco. Una fila de criaturas formidables montaba guardia, con los ojos brillando de forma amenazadora en la oscuridad.
—Genial, justo lo que necesitábamos —murmuró James, y Gnash gruñó.
Le tapé el hocico con las manos para silenciarlo.
Me llevé un dedo a los labios y le hice un gesto para que se sentara.
Gnash obedeció a regañadientes, con el pelaje erizado.
Eran híbridos, soldados vampiros con sangre licana, una combinación impía de fuerza y velocidad, pero estaban en desventaja: James era más viejo que Matusalén y no tenían ninguna posibilidad contra un rey licano de pura sangre.
Nuestro ataque fue rápido y brutal. Nos lanzamos a la refriega entre choques de cuerpos y zarpazos. A pesar de su naturaleza, los híbridos no esperaban nuestro asalto. Aprovechamos esa ventaja para dominarlos.
A pesar de nuestros esfuerzos por no alertar a todo el contingente de guardias, uno escapó y la situación empezó a descontrolarse cuando avisó a los demás.
Mi cuerpo se debilitaba y mis sentidos se atenuaban. Una ola de dolor recorrió cada músculo y tropecé, con las fuerzas flaqueándome. James apareció a mi lado al instante, me rodeó la cintura con el brazo para mantenerme erguida mientras pateaba a un guardia que estaba a punto de atacarme.
—Está cambiando —gemí con agonía. Al oírlo, James jadeó, pero tuvo que abandonarme. Me empujó contra la pared y se enfrentó a más guardias que se acercaban.
—Regan, quédate conmigo —suplicó, con los ojos reflejando mi propia preocupación.
Me quedaba sin tiempo. Sabía que deberíamos haberlo intentado anoche.
No debería haber descansado. La maldición que me devastaba me alertó de su cambio, casi burlándose de mí, diciéndome que la muerte venía a por mí.
Sentí una oleada de poder, un maremoto de energía primigenia, y lo supe sin lugar a dudas: Zirah había cambiado.
James tomó la delantera y se lanzó de nuevo a la lucha mientras más guardias inundaban el túnel.
Tropecé con un cadáver en el suelo. Mi tío era una fuerza de la naturaleza, con movimientos precisos y letales.
Una cosa quedó meridianamente clara mientras mi visión se nublaba y mi conciencia vacilaba: la misión de rescate acababa de convertirse en una carrera contra el tiempo, y no podíamos permitirnos perder.
Me metí los dedos en la boca y silbé. El sonido resonó espeluznante en el túnel, rebotando en las paredes de piedra.
Un segundo después, oí a Gnash irrumpir en los túneles detrás de nosotros.
Su pelaje me rozó la pierna mientras ayudaba a James a acabar con los guardias restantes.
Me apoyé contra la pared rocosa para recuperar el aliento y esperar a que pasara la ola de náuseas y mareos.
Cuando pasó, nos adentramos de cabeza en las entrañas laberínticas del búnker subterráneo, con nuestros pasos resonando en las sombrías paredes de roca gris.
Los túneles se asemejaban a una compleja colmena, un laberinto retorcido de corredores. El olor a tierra húmeda se mezclaba con el aroma metálico de sangre fresca mientras dejábamos cadáveres en cada túnel.
El murmullo de actividad era distante pero incómodamente cercano, como el zumbido incesante de un avispero. Nos movíamos de sombra en sombra, con cada nervio en tensión. James lideraba el camino, con movimientos rápidos y fluidos, los sentidos concentrados en lo que teníamos por delante.
Cuando llegamos a una encrucijada en los túneles, miré a James.
—¿Qué camino?
Él dudó un momento antes de guiarnos hacia la derecha, y para cuando llegamos a la siguiente bifurcación, los pasos de los guardias se oían más fuertes detrás de nosotros.
Más adelante, el túnel se dividía en dos direcciones distintas, pero los lobos parecían haber captado el olor de Zirah.
Los seguimos por el lado derecho hasta que James se detuvo de repente.
Sus músculos se tensaron en anticipación.
Seguí su mirada, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho mientras contemplaba la visión ante nosotros.
—En serio, un poco de puñetera ayuda no vendría mal, Litha. Es a tu hija a quien intento salvar —maldije a la bruja muerta en voz baja, hablando al vacío como si pudiera oírme.
Habíamos tropezado con una parte del túnel que parecía ser un centro neurálgico.
Se abría a una caverna enorme con neveras, mesas, taquillas y televisores que cubrían las paredes.
Pero también había una horda de guardias vampiros, cuyos ojos brillaban con malicia en la tenue luz cuando nos detuvimos.
—De verdad me estáis haciendo ganarme la redención, ¿o es otro juego de mi condena? —siseé a las Parcas. Sin perder un segundo, James y yo entramos en acción.
Éramos un torbellino de furia y desesperación, con nuestros ataques sincronizados como si fuéramos extensiones el uno del otro.
James desgarró a un guardia mientras yo mandaba a otro rodando de una patada rápida y derribaba a otros dos como si fueran bolos.
Nuestra lucha estaba marcada por el crujido enfermizo de huesos y el siseo de vampiros encontrando su fin.
Gnash y Hunter se lanzaron a la masacre.
A pesar de nuestro rápido ataque, más guardias se abalanzaron hacia nosotros. Luchamos espalda contra espalda, con la línea entre amigo y enemigo difuminada en aquella danza de muerte. Pero mi fuerza menguaba; cada golpe y cada ataque consumía energía que no tenía para desperdiciar.
El animal dentro de mí se agitaba inquieto, arañaba y desgarraba las paredes de mi conciencia.
Sentí a James tambalearse, con las fuerzas agotándosele, pero seguía luchando con determinación implacable mientras Gnash y Hunter despedazaban a los que no veía venir.
Gnash, lo sabía, podía sentir nuestras muertes inminentes. Podía sentir que mi tiempo se agotaba.