Presa de la reina Lycan (Serie Indeseada nº 2) Capítulo cuarenta y seis
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Capítulo cuarenta y seis

Un zumbido eléctrico de peligro flota en el aire y pone mis instintos en alerta máxima. Los vehículos que nos persiguen brillan ominosamente bajo la luz de la luna en el espejo lateral. Una horda amenazante de motociclistas nos sigue de cerca; sus motores rugen como bestias depredadoras.

—También van en motos —le advierto a Regan.

—Aunque vinieran montados en unicornios, no les serviría de nada —gruñe Regan. Me mira y una promesa tácita cruza entre nosotros. No nos van a atrapar, no esta noche. Cambia de marcha; tiene los ojos desorbitados, maníacos.

Una de las motocicletas nos alcanza primero y se acerca por el lateral de la camioneta.

Los lobos gruñen salvajemente y la camioneta se balancea con sus movimientos.

De repente, Gnash salta del techo y Hunter sale disparado desde la parte trasera de nuestra camioneta.

Sus enormes cuerpos derriban a los dos guardias más cercanos en motos, mientras otros tres pasan zumbando junto a ellos.

Sus gruñidos resuenan en la noche y su ferocidad es todo un espectáculo.

A medida que la persecución se intensifica, Regan parece cobrar vida.

Sus movimientos son fluidos y precisos mientras maniobra el vehículo y esquiva obstáculos con destreza.

Es una fuerza imparable, una ola de poder y habilidad.

Sus manos dominan el volante; cada giro nos aleja de la persecución letal.

—Agarraos —dice con voz firme mientras gira bruscamente el volante. Leila chilla en el asiento trasero y yo me agarro a la agarradera de la puerta. Mi cuerpo se desliza en el giro y las garras de Shadow chirrían contra el metal de la caja de la camioneta; el sonido me hace rechinar los colmillos.

Regan se inclina en el giro brusco y repentino, y nuestra camioneta derrapa levantando una lluvia de grava. El primer coche pasa volando junto a nosotros y roza nuestro parachoques por escasos centímetros. Con un movimiento rápido, Regan tira del volante y hace que el vehículo entre en un trompo.

Nos detenemos de golpe, con nuestra camioneta ahora de frente a los motociclistas que se acercan.

Uno no tiene oportunidad de frenar a tiempo: golpea nuestra camioneta de frente y sale volando por los aires dando volteretas.

La moto vuela sobre el capó y aterriza hecha un amasijo de metal retorcido.

Gnash atrapa al guardia caído justo cuando Shadow salta desde atrás.

Es un caos de extremidades y sangre salpicando por todas partes.

—¿Qué estás haciendo? —chilla Leila cuando Regan se quita el cinturón de seguridad.

—Tranquilízate. Él se encargará. No lo llaman Ira por nada —dice Theron con voz inquebrantable.

Regan sale de la camioneta con el rostro convertido en una máscara endurecida de furia.

Extiende el brazo en el último segundo cuando una moto intenta esquivarlo y lo derriba de un golpe certero.

Hago una mueca, esperando que el brazo se le rompa, pero la moto golpea el frente de la camioneta y cae sobre el hombre que yace boca arriba en el suelo.

Los guardias en las motos no tienen ninguna oportunidad. Caen de sus motos, ruedan sobre el asfalto y quedan reducidos a pulpa cuando Regan y sus lobos terminan con ellos.

Regan se queda allí de pie, con el pecho agitado, mientras sus ojos arden con una fuerza indómita.

Sus labios se curvan en una sonrisa triunfante.

—¿Eso es todo lo que tenéis? —se burla de los guardias; su voz resuena en el silencio mientras los coches se detienen, y a pesar de tener un pie en la tumba, Regan sonríe con malicia.

No puedo evitar sonreír ante la escena. Ahí está Regan, con toda la pinta de la fuerza indomable que es. Un dios entre mortales. Un faro de fortaleza.

Mientras los vehículos se acercan, Regan se mueve con precisión mecánica. No hay miedo, solo concentración. El poder puro que emana de él es como una tormenta hecha carne.

Los últimos motociclistas que se acercan se quedan paralizados en el sitio, pero es demasiado tarde para ellos.

Uno tras otro, Regan los arroja de sus motos; sus cuerpos se contorsionan en el aire antes de golpear contra el asfalto para que sus lobos los rematen.

Hombres salen de sus coches con los ojos rojos brillantes mientras la oscuridad finalmente se traga lo que queda de luz.

Mientras lo rodean, Regan permanece solo, un monumento inquebrantable en medio de los restos de motos y cuerpos.

—¿Eso es lo mejor que tenéis? —Su burla resuena en el silencio que sigue, un desafío a los hombres que se acercan.

Los gruñidos se propagan por el aire mientras los tres lobos gigantes se mueven para ponerse a su lado con las cabezas gachas y los dientes al descubierto.

Los hombres intentan atacar, pero no son rival para Regan y los lobos. Regan da un paso adelante con Shadow justo a su lado. No aparta los ojos de su oponente mientras Gnash y Hunter los rodean y crean un perímetro aterrador de dientes y garras.

Se queda en medio de todo: el hombre con el mayor depredador de la naturaleza a un lado y lo peor de la humanidad al otro. Que Dios se apiade de cualquiera que se atreva a cruzarse en su camino ahora.

Gritos llenan el aire mientras levanta lentamente los brazos hacia ellos.

Un escalofrío espeluznante me recorre la columna ante lo que podría venir después, cuando me doy cuenta de que está llamando a sus lobos.

Los lobos desgarran extremidades con facilidad mientras repelen un golpe espantoso tras otro de los atacantes, y gruñen a cualquiera que se atreva a acercarse.

Regan se mueve rápidamente, esquiva los golpes dirigidos a él y acaba con los asaltantes uno por uno sin despeinarse. Sus movimientos parecen casi ensayados. Sin un solo gesto de más ni un paso en falso, derriba a cada uno de sus enemigos.

Pronto, él y sus lobos son los únicos que quedan en pie entre la sangre y la carnicería. Un segundo después, Leila salta de la camioneta y vomita.

—Las chicas… siempre tan aprensivas con la sangre —dice Theron con tono casi aburrido.

Ella levanta la cabeza y lo fulmina con la mirada justo cuando la puerta del conductor se abre y Regan sube a la camioneta.

El olor cobrizo de la sangre inunda la cabina mientras cierra la puerta de un golpe y me mira, con el pecho todavía agitado.

Está cubierto de sangre enemiga de la cabeza a los pies.

A algunos de esos hombres los conocía, y algunos merecían su destino más que otros.

—Bueno, creo que acabaste con todos —le digo, y él gruñe cuando la camioneta cruje y se balancea, señal de que los lobos han saltado a la caja. Leila chilla y da un brinco, visiblemente alterada.

—No puedo creer que estuviera acariciando a esas bestias —murmura Leila, con los ojos puestos en la ventana trasera—. Puaj, se lo está comiendo —dice con arcadas. Theron se gira en su asiento mientras Regan arranca el motor.

—Buen chico —murmura Theron con orgullo.

—¿Buen chico? Se está comiendo una cabeza.

—Le gusta el sonido del cráneo cuando explota —responde Regan a la pregunta que nadie hizo. Leila lo mira parpadeando, y en el tenso silencio, las poderosas mandíbulas de Gnash aplastan el cráneo con un fuerte estallido.

Regan sonríe.

—Voy a vomitar otra vez —se queja Leila.

—Aquí atrás no —le espeta Theron.

—Mira al frente, Leila, ignora el espectáculo asqueroso de detrás. Caramelos explosivos. Son solo caramelos explosivos —le digo mientras Regan conduce hacia la montaña.