Capítulo Diecisiete
Después de pasar la mayor parte del día en Serenity, nadando, comiendo y holgazaneando, regresamos al castillo. Al salir del bosque, Agatha nos está esperando.
—¿Aggy? —Lyon sonríe y se acerca a ella.
Al sonreír, el rostro de la anciana se convierte en un laberinto de arrugas y pliegues, y sus vibrantes ojos azules brillan.
—Lyon. Mi reina. Nos preguntábamos si os uniríais a nosotros para cenar esta noche —pregunta, y miro a Lyon.
—La elección es tuya —me dice, y asiento, deseosa de ver cómo es la ciudad por la noche.
—Por supuesto —le digo, señalando el camino sinuoso que lleva al centro de la ciudad.
Nos recibe el sonido alegre de niños jugando antes incluso de entrar en la ciudad.
Sus risas lejanas llegan desde kilómetros de terreno boscoso, y cuando por fin llegamos al claro, mi corazón da un vuelco ante la dulce escena.
Los niños corretean entre las sillas y las piernas de los adultos que llevan bandejas de pescado.
Parece que todos tienen una tarea, y los puestos del mercado se transforman en un restaurante al aire libre ante mis ojos.
Mesas, mantas de picnic y alfombras de piel cubren cada centímetro del lugar. Cada uno trae un plato con algo. Quienes no trajeron comida trajeron juegos e instrumentos musicales, y todos ayudan a prepararlo todo.
Enseguida me pongo a ayudar a las mujeres a preparar las mesas y organizar la comida, mientras algunas personas empiezan a tocar música, y los juegos de los niños se transforman en baile y canto.
Esta atmósfera hogareña es algo que nunca supe que anhelaba, pero estar aquí me hace ver todo lo que me ha faltado.
Pan, queso y embutidos cubren las mesas, junto con frutas y verduras recién recogidas y peladas. Pequeñas hogueras arden en los fogones dispersos por la plaza, y una mujer empieza a servir bebidas de barriles de ponche y jarras de agua.
Cuando Lyon regresa con otro hombre y un grupo de niños que llevan bandejas de madera rebosantes de pescado a la parrilla, no puedo evitar sentir orgullo al verlo relacionarse con su gente.
Este no es el hombre que traicionó a mi madre.
Ha vencido de verdad sus pecados y se ha convertido en lo opuesto de lo que fue.
Atrás quedaron los días en que Lyon solo ansiaba riqueza y grandeza.
Ahora encuentra satisfacción en su humilde reino, entregándose a la diligencia y la humildad en lugar de a la codicia y el orgullo.
Ya no cede a la tentación de sus pecados, sino que muestra gracia y honor.
A medida que avanza la noche y las hogueras se van consumiendo, las risas y las charlas se reducen a un murmullo. Me encuentro sentada junto a Lyon sobre una alfombra de piel, contemplando el cielo estrellado.
—Esto es precioso —susurro, apoyando la cabeza en su hombro.
Lyon me rodea con un brazo y me acerca más a él.
—Lo es —coincide, con la mirada fija en las estrellas—. Pero no tan precioso como tú.
Me sonrojo ante sus palabras y siento una calidez que se extiende por mi cuerpo cuando algunos niños se acercan a nosotros. Lyon se incorpora apoyándose en un codo y mira sus caritas sucias; las sonrisas de los pequeños se iluminan.
—¿Los trajiste? —pregunta un niño, y Lyon se ríe.
—¿Acaso no lo hago siempre? —pregunta, y los dos niños y una niña pequeña sonríen de oreja a oreja.
Un niño de ojos verdes brillantes se gira para mirar hacia atrás.
—Sí los trajo. ¡Te lo dije! ¡Te lo dije! —presume el niño. De repente, docenas de niños nos rodean.
—¿Quién dudó de mí? —pregunta Lyon, cruzándose de brazos y mirándolos con reproche fingido. Chasquea la lengua esperando una respuesta.
—Milo lo hizo —dice una niña pequeña. Debe de tener unos siete años.
—¿Ah, sí, Mimi? —pregunta Lyon. Ella asiente con entusiasmo, mirándolo. —Entonces, ¿puedo quedarme con el suyo? —pregunta la niña.
Lyon me ayuda a levantarme antes de que los pequeños pies me pisoteen sin querer mientras los niños lo rodean desde todas direcciones.
Agarra su bolsa y me pasa la correa por la cabeza, colocándola sobre mi hombro.
La bolsa pesa, y lo miro, pero él sonríe con picardía.
Siento la tentación de mirar dentro para ver qué pesa tanto.
—¿Cuándo os he fallado y no os los he traído del Alto Reino? —le pregunta a uno de los niños, que supongo que es Milo.
—Pero anoche no bajaste a cenar —se encoge de hombros con inocencia.
—¿Y por eso diste por hecho que no los traje? —pregunta Lyon.
—¡Él dijo que te los comiste! —La niña se ríe, y el niño le sisea para que se calle, pero ella le saca la lengua.
—Tal vez lo hice —les dice Lyon, rascándose la barbilla—.
No lo sé —se saca los bolsillos hacia fuera—.
No los noto, así que debo de habérmelos comido —declara.
Todos los niños empiezan a tirar de él y a empujarlo, lo derriban y lo inmovilizan en el suelo para registrarle los bolsillos.
Su risa es contagiosa. Tantas manitas que hurgan y tiran, y se nota que tiene cosquillas—.
¡Vale, vale, no me los comí! ¡No me los comí! —exclama Lyon.
—¿Ves?, te lo dije, Milo —resopla Mimi. Sus coletas rubias se mecen con el viento mientras cruza los brazos sobre el pecho y pone su cara más feroz, aunque de alguna manera solo consigue parecer más adorable.
—Entonces, ¿dónde están? ¡Te hemos registrado y tienes los bolsillos vacíos! —pregunta Milo.
Lyon sonríe con picardía.
—Me habéis registrado. Tenéis razón, no los tengo.
.. —Los niños empiezan a hacer pucheros mientras lo dejan levantarse.
Sus ojos buscan los míos, con las comisuras arrugadas por la sonrisa, y levanta un dedo señalándome—.
Ella los tiene —les dice. Al instante, todos los niños vuelven sus grandes ojos brillantes hacia mí.
—¿Que tengo qué? —pregunto, sin saber aún qué les ha prometido. Y entonces veo despertar a la fiera que Mimi lleva dentro.
—¡A por ella! —grita, y el corazón me da un vuelco de alegría mientras los niños se abalanzan sobre mí como una manada de animales salvajes.
Chillo, me doy la vuelta y echo a correr hacia los campos. Mi risa resuena mientras los niños me persiguen. Gnash, Hunter y Shadow se unen al alboroto, pero no parece que estén ayudándome a escapar.
—Se supone que estáis de mi lado —les digo a mis lobos mientras me acorralan.
Cuando los niños me rodean, caigo en que van a por la bolsa que Lyon me colgó del hombro, pero lo comprendo un instante demasiado tarde.
En un momento veo sus caritas ansiosas, y al siguiente me asaltan decenas de manitas.
Cierro los ojos, esperando caer al suelo, pero los niños me mantienen en pie mientras hurgan en la bolsa y en mis bolsillos.
Sus diminutas manos me hacen cosquillas y hurgan hasta que me roban la bolsa entera y huyen victoriosas. Caigo de culo, oigo a Lyon riéndose por lo bajo y levanto la vista para verlo acercarse.
—Un aviso no habría venido mal —le digo.
—Qué va, me encantó la cara de horror que pusiste cuando te diste cuenta de que eras la siguiente.
Se ríe. Arqueo una ceja justo cuando Shadow y Gnash se frotan contra mis costados. Le hago un gesto a Lyon señalándolo, y los tres lobos se abalanzan sobre él. En un momento está de pie; al siguiente, en el suelo, asaltado por sus feroces lengüetazos.
—Tienes razón —le digo, de pie junto a él mirándolo desde arriba—. Ha sido muy satisfactorio ver el horror en tu cara cuando te diste cuenta de que mis lobos venían a por ti.
Me río. Lyon intenta hacerme la zancadilla, pero salgo corriendo hacia la plaza. Me pisa los talones, y justo cuando llegamos donde los niños, me atrapa.
Me rodea con los brazos y gruñe mientras hunde la cara en mi cuello. Su barba incipiente me hace cosquillas y me encojo, lo que le anima a repetirlo. Me lleva hacia las hogueras y por fin veo a qué viene tanta emoción entre los niños.
—¿Me han atacado por unos malvaviscos? —digo entre risas.
Mientras nos acomodamos alrededor del fuego, no puedo evitar sentirme contenta y en paz con todo. El calor de las llamas y de la gente que nos rodea hace difícil imaginar que algún día querré marcharme.
Lyon se ríe con algunos hombres, bromeando sobre los peces que pescaron por la mañana, mientras otros tocan música y sus voces se funden en armonía.
A medida que avanza la noche, algunos niños se acurrucan en mantas junto a sus padres, mientras otros juegan bajo el cielo oscuro. Me pierdo en mis pensamientos, con la mirada fija en el fuego, hasta que una mano en mi rodilla me devuelve a la realidad.
—Deberíamos intentar descansar mientras podamos —me dice Lyon, y frunzo el ceño.
—¿A qué te refieres?
Lyon sonríe.
—Ya lo verás, pero venga, vamos a descansar. Noto que me viene un sopor de los buenos.
Me ofrece la mano.
—¿No deberíamos ayudar a recoger?
—No hace falta —dice Lyon sin añadir más, mientras veo a padres que llevan en brazos a niños dormidos hacia el enorme salón comunitario, que según tengo entendido se usa para celebraciones—.
No todos quieren volver a casa con los pequeños, así que algunos dormirán en el gran salón. Los padres se turnan para vigilarlos.
Resulta que Lyon tenía razón sobre el sopor. Cuanto más camino, más llena y pesada me siento.
—No debería haber comido tanto —le digo, algo mareada.
—¿No tendrá nada que ver con los diez smores que te prepararon los niños?
—Habría sido de mala educación decir que no, ¡y estaban buenísimos!
Gimo la última palabra al recordar esa delicia dulce y pegajosa. Lyon se ríe y me lleva dentro del castillo; en cuanto llegamos a su habitación, me dejo caer de bruces sobre las mantas de piel.
Los tres lobos deciden convertirse en acolchado extra y se colocan a mi alrededor, envolviéndome en su calidez mientras Lyon enciende el fuego en la chimenea. Cuando vuelve, se apartan para hacerle sitio y luego se acurrucan en torno a nosotros. No tardo en sucumbir al sueño.
Pero el sueño no dura.
Un repentino estruendo de golpes fuertes me despierta sobresaltada. El corazón me late como si fuera a salírseme del pecho. Miro a Lyon con alarma, pero él parece imperturbable. Con los ojos aún cerrados, sus labios esbozan una suave sonrisa.
—¿Has oído eso? —pregunto. Abre los ojos y me mira divertido.
—Solo son fuegos artificiales, Zirah —me tranquiliza, ensanchando la sonrisa.
La idea de semejante espectáculo despierta mi curiosidad, y la emoción infantil que bulle en mi interior es innegable.
—¿Podemos ir a verlos? —susurro entusiasmada. Él sonríe.
—Cualquiera diría que nunca has visto fuegos artificiales.
Se ríe.
—No los he visto. De niña vi una bengala, ¿eso cuenta?
Me río mientras él niega con la cabeza.
—Créeme, en una cueva los fuegos artificiales son lo que menos te preocupa. Las únicas celebraciones que teníamos eran los suspiros de alivio después de una tormenta, cuando nos dábamos cuenta de que la cueva no se había derrumbado y no nos había matado a todos mientras dormíamos.
—Entonces esto te va a encantar.
Se incorpora y me apresuro a calzarme las botas. Nos preparamos rápidamente y Lyon me lleva escaleras abajo y fuera del castillo.
Me toma de la mano y me guía por callejuelas sinuosas y bazares animados; la ciudad resplandece bajo una cascada de colores y luz.
Parece una escena sacada de un cuento mágico: el aire lleno de risas y música, las calles rebosantes de vida y alegría.
Los vendedores vocean, los últimos niños corretean por ahí y hay una energía contagiosa que me arrastra.
—¿Qué celebran? —pregunto sin poder ocultar el asombro en mi voz.
Lyon se vuelve hacia mí con la mirada dulce bajo la luz de la luna.
—A su reina... A ti —me dice, y contengo el aliento.
Nos mecemos al ritmo de la música, nuestros cuerpos en perfecta armonía, y la noche se convierte en un borrón de risas y alegría mientras deambulamos viendo los fuegos artificiales y las celebraciones.
La gente baila alrededor de la hoguera y Lyon me lleva de la mano de vuelta al centro de la ciudad, adentrándose entre la multitud. Su cuerpo se mueve sin esfuerzo al ritmo de la música y yo lo sigo, libre y sin cargas.
Bailamos hasta quedarnos sin aliento, hasta que nos duelen los pies y tenemos el cuerpo exhausto.
Al final nos retiramos al castillo, pero en lugar de volver a la habitación, Lyon me lleva a la azotea.
Tendidos bajo el lienzo de estrellas centelleantes, contemplamos más fuegos artificiales iluminando el cielo, con el olor a humo y celebración flotando en el aire.
En este momento, una abrumadora sensación de calma y plenitud me invade.
—Así debería ser la vida —digo en voz baja, rompiendo el cómodo silencio entre nosotros mientras me vuelvo para mirarlo.
—Así es la vida aquí —responde Lyon con voz suave y tranquilizadora—. Y ahora formas parte de ella... si decides quedarte —susurra.